2.12.07

La isla y el continente

Díaz y Danticat: de La Española al triunfo americano

Hace un tiempo pasé un par de semanas en la República Dominicana, en uno de esos complejos hoteleros a las orillas del mar, que bien podrían estar todos arrumados en un barrio a quince minutos de Miami, y que siempre, invariablemente, están rodeados por una enorme pobreza que los turistas nunca llegan a ver.

Un par de veces, sin embargo, nos escapamos del resort, paseamos por la ciudad, aunque fuera sólo rápidamente, viendo las cosas desde el carro: las casas destruidas, las pistas inexistentes, las veredas de tierra que atraviesan algunos de esos pequeños pueblos pobrísimos que los dominicanos llaman sus ciudades más importantes.


De Puerto Plata, donde estábamos, según se avanza hacia el oeste, por la zona del Yaque del Norte, la gente empieza a advertirle a uno que tenga cuidado con los haitianos, que por allí abundan porque cruzan la frontera que parte en dos la isla, de arriba abajo, como mexicanos que atravesaran la frontera con Estados Unidos en busca del paraíso o, por lo menos, en busca del purgatorio.

De entre todos los que nos repitieron la advertencia, recuerdo a uno, un negro dominicano alto y flaco que vendía collares y que nos recomendó no acercarnos a ningún haitiano por motivo alguno. "¿Y cómo los vamos a reconocer?", pregunté. "Ah, de inmediato los reconoces, porque son negros", fue la respuesta.

Los haitianos que han huido de su tierra hacia República Dominicana son una multitud. También lo son los que de allí han seguido viaje a Estados Unidos. Y aún más son los dominicanos que han hecho esa última ruta: la isla La Española, que Haiti comparte con República Dominicana, debe ser uno de los lugares de la tierra más frecuentemente abandonados por sus nativos, y Estados Unidos, acaso sea el mayor centro receptor de migrantes en el mundo contemporáneo.

Se escribe mucho sobre el asunto de la inclusión y la exclusión de los migrantes en la sociedad norteamericana. Cada cierto tiempo, por ejemplo, cuando la economía encuentra un bache y la clase política no sabe bien cómo justificar el despelote, alguien señala a los migrantes ilegales y de pronto los que le hacen caso a la acusación se vuelven multitud, y el vocabulario de la xenofobia se multiplica.

Pero el hecho es que, legal e ilegalmente, el arribo de migrantes a los Estados Unidos continúa y su integración a la sociedad de este país no se detiene. Habría sin duda miles de estadísticas que citar, y los expertos sabrán elegirlas. Yo, desde el mundo de las letras, quiero citar un dato en cierta forma menor, pero en el fondo tanto o más relevante que cualquier otro:

En una reciente encuesta, hecha entre los más de ochocientos críticos literarios norteamericanos miembros del National Book Critics Circle, la más amplia y reconocida asociación del oficio en los Estados Unidos, se eligió como el mejor libro de ficción del año 2007 a la novela The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, de Junot Díaz, y como mejor libro de no ficción a Brother, I´m Dying, de Edwigde Danticat.

Junot Díaz es un dominicano que llegó a Estados Unidos a los seis años de edad; Edwidge Danticat es una haitiana, nacida en Port-au-Prince y migrada a Brooklyn, New York, a los doce años (ya para entonces con una novela acabada bajo el brazo).

Una cosa llamativa: el par de artículos que he leído en que se habla de los resultados de esa encuesta (incluyendo este de John Freeman, organizador de la muestra) no mencionan el hecho de que Díaz y Danticat, los dos autores largamente favorecidos por la votación, sean escritores que aprendieron el inglés como segunda lengua (tercera, en el caso de Danticat), que llegaron a los Estados Unidos hablando español, el primero, y francés y creole, la segunda, y que ambos hayan nacido en la paupérrima y problemática islita de La Española.

Ya que con tanta frecuencia se señala al ambiente literario norteamericano como egocéntrico, ombliguista y provinciano, no está de más matizar un poco la opinión: sí, puede ser que en este país la literatura de lengua inglesa sea siempre vista como si estuviera un escalón más arriba que las otras; pero también es cierto que la crítica americana se ha vuelto cada vez más y más inclusiva en lo que respecta al origen de los autores que consagra.

Fotografía tomada de aquí.

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Se aproxima la novela de César Gutiérrez

Justo cuando parecía que el último aeroplano fantasma de aquel once de setiembre terminaba de esfumarse en el aire, recibo un mensaje de César Gutiérrez y la nave vuelve a entrar en mi radar.

Bombardero, la novela del poeta arequipeño, que desde hace meses, si no años, viene circulando en fragmentos por el ciberespacio, está a punto de ser finalmente publicada, con el enorme aporte del Gobierno Regional de Arequipa, el cuidado de edición de
Mónica Belevan y el diseño gráfico de la pintora Susana Bouroncle.

Como recuerdan los transeúntes de este
Puente Aéreo, en este blog hemos publicado ya extensos adelantos de la novela (que pueden reencontrar aquí --pero recuerden que son capítulos previos a las correcciones y al nuevo diseño).

Ahora les dejo más cosas: por ejemplo, este enlace al pequeño blog de lanzamiento del libro, donde César mismo explica cuál es el próximo paso antes de la impresión final: hay que prevender 50 ejemplares del libro para acabar de cubrir los costos de la sofisticada edición de 590 páginas en papel couché mate de 17 x 24 centímetros.

César me hace llegar esta nota escrita por Belevan para la solapa del libro:

CAVEAT LECTOR

Este no es un prólogo. No es un epílogo.
Tampoco es esta necesariamente una novela.

Este libro bien podría ser lo que usted jamás quiso leer porque jamás pudo escribirlo.

Y sin embargo, ya lo está leyendo, ya ha venido anticipándolo con una mezcla de entusiasmo, miedo, buena fe, cinismo.

Y es que sabe, intuye, ha leído en algún lugar, que a todo gran suceso le preceden una serie de apariciones y fenómenos extraños en los cielos, en la tierra y los infiernos (que son todos, y al cabo, lo mismo).

“Y vaya si este año ha sido raro”, se dirá a sí mismo. Qué invierno, qué tal sismo, o qué falsos resultaron ser en todo caso mis amigos.

Mas tiene usted razón: 2007 fue un año de portentos y exotismos.

Esta no es necesariamente una novela, pero es un hito, un suceso, una sucesión de balas limpiamente encajadas donde duelen más (que es donde menos se olvidan).

Si usted quiere leer este libro como un intento de reanimar a las alicaídas y multipremiadas letras peruanas de hoy, lo felicitamos. Si no, lo felicitamos igual, porque su opinión no bastará para interceptar a eso que es esto y que se cierne como un presagio sobre su cabeza.

Amigo, enemigo, lector: el volumen que tiene usted ahora entre sus manos ha sido rechazado por 6 editoriales en 2 continentes en el curso de los últimos 4 años. Las estadísticas nos lo indican: o es este un muy mal libro o estamos ante algo visionario, amenazador y vivo.

Apueste por lo último.
Ya se lo he dicho: esto no es un prólogo…

MÓNICA BELEVAN

1.12.07

Solano López

Apúrense, que se nos va

Aún está en Lima Francisco Solano López, el veterano dibujante argentino coautor de El eternauta que ayer, en la Feria del Libro Ricardo Palma, presentó la última reedición de ese clásico de la novela gráfica argentina, hecho originalmente hace cincuenta años con sus diseños y un guión notable de H.G. Oesterheld.

Todavía (este es un gesto de esperanza) son pocos los medios que le han prestado la atención que su presencia demanda, pero por lo pronto vale la pena darle una mirada a
la entrevista que le ha hecho José Gabriel Chueca para Perú21 --algo general, similar a muchas otras que ha dado Solano en el pasado, pero de cualquier manera informativa y cumplidora para un medio como el peruano, donde muy poco se dice del mundo de los cómics.

Eso sí: quienes lean la entrevista de Chueca y al mismo tiempo estén pendientes de leer el episodio final de El eternauta que --¿con guión de quién?-- viene preparando Solano López, tengan cuidado con ese último párrafo de la entrevista en el que el dibujante bonaerense revela todo el final de la saga. (Saga que, digámoslo de paso, poca justicia le hace hoy al extraordinario nivel creativo de su primera parte).

Encontrarán un poco más de información sobre la visita de Solano López a Lima en este cable de Andina.

30.11.07

El salario del miedo

¿Cuánto se paga a los motores de la inteligencia en el Perú?

La huelga de estibadores del Callao tiene a medio Perú con los pelos de punta; el que la Federación Peruana de Fútbol pueda ser desafiliada de la FIFA le destroza los nervios a la otra mitad de la patria; pero, mientras tanto, los maestros de universidades nacionales comenzaron una huelga de hambre para reclamar por una mejora en sus sueldos miserables y patéticos, y eso a nadie le importó demasiado. De hecho, a nadie le importó un pepino.

La huelga podría terminar definitivamente hoy, y los salarios han sido incrementados en proporciones considerables; lo malo es que, tras el aumento, siguen siendo miserables y patéticos. No soy economista, pero se me ocurre que, al menos en principio, como indicio del problema, no será del todo inválido, para denunciar la miseria del maltrato del Estado Peruano s sus profesores universitarios, comparar sus sueldos con los de colegas suyos del primer mundo y luego con el costo de vida en el Perú (al menos en Lima) y el costo de vida en las ciudades del primer mundo donde viven esos colegas mejor pagados.

Primero, los sueldos. Entre los profesores de "tiempo completo y dedicación exclusiva", el sueldo de un profesor principal en una universidad nacional peruana llega a mil 200 soles, es decir, aproximadamente, 400 dólares. Un profesor asociado recibe 580 soles (menos de 200 dólares) y un profesor auxiliar recibe 300 soles (unos cien dólares). En sueldos anuales, eso da un aproximado de 4 mil 800 dólares para un profesor principal, 2 mil 400 para un asociado y mil 200 dólares anuales para un profesor auxiliar, a todo lo cual hay que restarle impuestos y deducciones.

Estados Unidos es, por supuesto, un paraíso para los intelectuales, especialmente los ligados a instituciones sólidas, que pueden encontrar sustento económico y de otro tipo para casi cualquier investigación debidamente justificada. Los sueldos universitarios pueden variar mucho según la región, el rango de la universidad e incluso el campo y los méritos profesionales de cada individuo. En la costa Este, considerando esos factores, se espera que un profesor auxiliar comience su carrera con un sueldo entre los 45 y los 65 mil dólares anuales; un profesor asociado debería recibir entre 70 y 90 mil dólares anuales; un profesor principal estará por encima de eso, y el cielo es literalmente el límite (el rector de Cornell, lo recuerdo, ganaba un millón ochocientos mil dólares anuales hace un tiempo).

Comparando las tres categorías en el caso peruano y el de la costa Este americana, y tomando los rangos más bajos en este segundo caso, la proporción va de esta forma: el profesor auxiliar americano recibe 37 veces más que su par peruano; el asociado recibe 29 veces más; el profesor principal recibe dieciocho veces más. Si tomáramos los límites superiores, la desproporción se intensifica, obviamente: el auxiliar en Estados Unidos recibe 54 veces más que el peruano; el asociado recibe 37 veces más, etc.

Cuando uno expresa su sorpresa (su indginación) ante esas cifras, la respuesta más frecuente es: ah, claro, pero es que vivir en Estados Unidos es mil veces más caro. Bueno, pues no exactamente mil veces. Mercer, empresa de consultoría que es líder mundial en temas relacionados con recursos humanos, publica anualmente un estudio sobre el costo de vida en las principales ciudades del mundo. Usualmente, la ciudad base para las comparaciones es New York (la ciudad medular de la costa Este americana, así que resulta perfecta para la lógica de este post). Mercer estudia el costo de vida en New York y le asigna a ese costo 100 puntos porcentuales; en comparación con los cien puntos de New York, ciudades como Moscú, Seúl, Tokio y Londres fluctúan entre los 110 y los 124 puntos. Es decir, vivir en Moscú (el infierno de los viajantes, la ciudad más cara del mundo) es un veinte por ciento más caro que vivir en New York. ¿Dónde está Lima en esos ránkings?

En años recientes, Lima se ha disputado con Santiago de Chile la posición como la ciudad más cara de Sudamérica después de Sao Paulo y Rio de Janeiro, que son las más invivibles en cuanto a costos se refiere. En relación al 100 de New York, Lima varía entre los 66 y los 69 puntos. Eso quiere decir que vivir en New York no es
mil veces más caro que vivir en Lima. De hecho, no es ni siquiera dos veces más caro que vivir en Lima.

Resumiendo todas las cifras: un profesor auxiliar de una universidad en la costa Este de Estados Unidos puede recibir anualmente entre 37 y 54 veces más que un homólogo peruano en una universidad nacional, y vive en un mundo que no se acerca a ser dos veces más caro.


Se supone que las universidades nacionales, que suelen ser las más grandes, las más antiguas, las más diversificadas en la academia peruana, son el terreno natural para el desarrollo de nuestra intelectualidad. Un problema crucial para que eso se transforme en algo más que palabras es el asunto de los salarios: un buen profesor de química o de matemáticas o de economía o de sociología tiene dentro de las paredes del cráneo toda la materia prima elemental que necesita para ser un profesional decisivo en su campo.

Al mismo tiempo, mientras se quede en un medio que lo limita y lo frustra, tiene la materia prima más fácilmente desaprovechable del mundo. ¿Por qué tendría que dársela al peor postor, por qué a cambio de casi nada, por qué sabiendo que sus pares en el extranjero gozan de enormes privilegios que también podrían ser suyos? ¿Y por qué blogs y diarios y revistas escritos por gente con formación universitaria y más de dos dedos de frente le hacen mucho más caso a la situación de la Federación de Fútbol o la huelga de los estibadores (perfectamente justa, por otra parte) que al hecho de que los maestros universitarios peruanos sean mantenidos en esa situación por el Estado?

A propósito (esto me lo cuenta un amigo): en la Universidad Católica, los trabajadores lograron que se les diera un aumento; los administradores se subieron al coche y se aumentaron los sueldos también. Sólo se olvidaron de una parte de la comunidad asalariada: los profesores, a quienes no se les subió ni un maldito sol. ¿Qué tal? ¿Excelente, no? Todo un gesto.

28.11.07

Žižek y Sendero

Los derechos humanos y otros detalles secundarios

En su blog, Paolo de Lima ha colgado unas anotaciones de Victoria Guerrero acerca de una presentación del filósofo esloveno Slavoj Žižek en la Universidad de Boston. Cito un párrafo:

"El crítico planteó la diferencia entre la moral y la ética. Para él, la moral es una cuestión que tiene que ver con la culpa o los valores religiosos, por ejemplo, hacer caridad para los niños de Africa para sentirse bien. Él propone una "ruthless ethic", es decir, una ética sin misericordia en la que no se actúe por satisfacer una motivación narcisista, sino porque hay actos que se hacen necesarios y urgentes para garantizar el bienestar del otro. En este sentido me quedó la duda de si existen límites para las revoluciones. En el caso peruano, por ejemplo, en los "excesos" (Abimael Guzmán dixit) cometidos por SL en nombre de la justicia social, cuál sería esa ética o cuál ese límite, si existe".
Como no estuve en la conferencia, no puedo saber si la rotunda trivialidad de la pregunta final de Victoria tiene en verdad su origen en las palabras de Žižek o si son producto de un malentendido.

El hecho es que la pregunta está allí: Victoria Guerrero dice varias cosas en esas pocas líneas: por ejemplo, dice que para ella las actividades de Sendero Luminoso fueron una revolución; del mismo modo acepta usar el término "exceso", propuesto por el mismo Abimael Guzmán, para referirse a las atrocidades senderistas, en lugar de llamarlas crímenes; y, sobre todo, finalmente, se coloca en el plan de quien aún necesita evaluar si lo de Sendero Luminoso estuvo mal o no.

O sea, Victoriase pregunta si entrar a saco en un pueblito, secuestrar a prepúberes, degollar niños y acuchillar ancianos, incendiar casas, robar ganados, ejecutar a hijos en frente de sus padres y violar a madres en frente de sus hijas,será justificable siempre que no se haga por un impulso narcisista, es decir, siempre que se haga "para garantizar el bienestar del otro".

Entiendo que cuando dice "el otro" no ha de estar refiriéndose a las decenas de miles de cadáveres echados a podrir por los desprendidos maestros de ética de Sendero Luminoso, porque --según comprendo yo en mi miserable ignorancia, en esta incapacidad mía para la alta filosofía--, poco bienestar les causó Sendero Luminoso a todas esas personas cuando las asesinó. ¿No?

Por supuesto, no es la banalidad seudomarginal de becaria bostoniana de Victoria lo que me interesa discutir. Es, más bien, la raíz del error que la lleva a esas preguntas: ni siquiera los verdaderos senderistas actuaron jamás justificando sus actos con ninguna idea siquiera parecida a lo que ella llama el "bienestar del otro"; Sendero Luminoso no concebía la existencia de ningún "otro" que no fuera su enemigo y por tanto su potencial aniquilado.

En cualquiera de sus variantes contemporáneas, la noción de "otro" existe por oposición a la de "yo", categorías que en la mirada senderista son enteramente fantasmáticas e innecesarias, porque en la doctrina de Sendero Luminoso el individuo ("yo" u "otro") es descartable, deleznable y siempre insuficiente.

Debido a ello, Guzmán declaraba enfáticamente que los derechos humanos eran una estupidez burguesa, que habría de desaparecer con la imposición de los "derechos del pueblo". Sendero Luminoso se entendía a sí mismo como una sola gran unidad inexpugnable a la que todos debían someterse o por la cual todos debían ser destruidos.

En esa lógica no sólo no hay "otro" que valga (literalmente) sino que no hay "exceso" posible, porque la norma violentista de Sendero Luminoso era el exceso mismo, el desborde perpetuo. Lo que todos los demás (con excepciones engorrosas) llamamos crimen.

Por último, una observación final: todos los políticos peruanos que formaron parte de algún gobierno durante el combate contra Sendero Luminoso, mientras les tocó administrar el Estado, justificaron todas las acciones de la guerra en función de la búsqueda de un bien inalienable y superior para los más pobres del país. ¿Se preguntará Victoria Guerrero si sus crímenes fueron crímenes o solamente excesos?

27.11.07

La muerte de Batman

3 datos del mundo de los cómics

Según nos acercamos al 2008, el año en que morirá Batman, y como quien va propiciando el ambiente para la elección (a dedo) de las mejores novelas gráficas del 2007, mencionemos algunas noticias breves del mundo de los cómics.

1. La primera sólo es noticia para unos cuantos despistados, pero aquí va de todas maneras: hay un blog informativo, inaugurado oficialmente en el 2002, pero desaparecido entre noviembre de ese año y agosto del 2006, que por fin se ha estabilizado, se renueva con enorme frecuencia, y es sin la menor duda el más fluido centro de informaciones para cualquier amante de los cómics: se llama
¡Journalista!, y lo dirige un perfecto nerd ex-editor de The Comics Journal.

2. Acaba de reiniciarse la publicación de un cuasi olvidado clásico de la Marvel,
Omega, the Unknown, que tuvo su cuarto de hora de celebridad (en este caso, diez números) entre 1976 y 1977 y que, en su versión revamped tiene como guionista ni más ni a menos que al novelista norteamericano Jonathan Lethem (el mismo de La fortaleza de la soledad --donde se alude a Omega-- y que ganara en el año 2003 el National Book Critics Circle Award con su novela Motherless Brooklyn).

3. Y sí pues, lo dicho: el
rumor más repetido en blogs y fanzines de todo el continente es que el año 2008, entre junio y julio --posiblemente en torno a las fechas de lanzamiento de The Dark Knight, la próxima cinta de la saga cinematográfica de Batman--, la editora DC va a sorprender a sus fanáticos con la historia de la muerte del caballero de las tinieblas (o al menos la muerte de Bruce Wayne). Aunque quizá ya no sea sorpresa, digo yo: ningún aficionado que se respete ignora la noticia a estas alturas.

26.11.07

Juicios y prejuicios

Sobre el oficio de la crítica y la crítica amateur

Una de las cosas que con más frecuencia repito sobre la crítica literaria, y que menos bien suele caer entre quienes me escuchan, es que la crítica es casi inevitablemente un ejercicio de creación de prejuicios.

Me refiero de modo particular, pero no exclusivo, a la crítica hecha para medios de prensa, la que suele difundirse apenas se produce la publicación de un libro, la que se convierte, en cierta medida, en una guía de adquisiciones literarias para sus lectores, que son, a la vez, los lectores eventuales del libro.


Es lo que creo, de modo que no voy a contradecirlo: cualquiera que lee un crítica literaria antes de leer el libro criticado está, voluntaria o involuntariamente, formándose una serie de prejuicios sobre la obra en cuestión. Los juicios del crítico pueden convertirse, al menos pasajeramente, en los prejuicios del lector.

Algunos llegarán al libro, y confirmarán o desecharán los prejuicios, pero difícilmente podrán leerlo sin tenerlos en mente. Otros jamás abrirán el libro pero no por ello dejarán de archivar en la memoria un juicio ajeno y adquirido: el que leyeron en esa reseña, en ese comentario, en esa breve recensión alguna vez.

La creación de prejuicios, entonces, es parte del oficio. El punto central en la ética del crítico reside en ese reconocimiento: sus juicios tienen que ser coherentes, sustentados, genuinos, concluidos de buena fe. Si el crítico no puede evitar contribuir a los prejuicios ajenos, debe al menos tratar de que crear los prejuicios correctos.

Cada vez que he escrito un comentario negativo sobre un libro, alguien, tarde o temprano, ha respondido: ¿quién se cree esta persona para decirme qué debo leer y qué no y qué debe gustarme y qué no y qué debo considerar bueno y qué no?

Esa pregunta da en el clavo, pero de carambola. Un crítico jamás debe decir a sus lectores que no lean un libro, ni exigirles que compartan sus gustos, ni debe tratar de imponerles su juicio como verdad. Sin embargo, sí debe decir, si lo piensa, que un libro es menos crucial que otros, que es menos coherente que otros, que está menos logrado que otros.

(¿Acaso es necesario comparar? ¿Acaso la literatura es una carrera de caballos? Por cierto que no: la literatura no es una carrera de caballos. Pero ocurre que la comparación, el contraste y el paralelo son operaciones básicas e inevitables de la crítica: son la esencia del ejercicio del criterio propio).

Si el crítico recomendara simple y directamente no leer cierto libro, habría roto un pacto elemental de honestidad, habría tratado de imponer su juicio como prejuicio definitivo del lector, y, además, habría echado por la borda la piedra de toque de su trabajo intelectual: la noción de que la crítica existe como una continuación y un fomento del diálogo entre escritores y lectores (el crítico es por definición ambas cosas, y también un mediador entre ellas).

Un crítico es un lector especializado. ¿Puede ser su opinión más solvente y acaso también más atendible que la de un lector común? Esa pregunta siempre es difícil de responder, no porque no haya una respuesta evidente, sino porque siempre parece sonar ofensiva para quienes no quieren atender razones. La respuesta es sí.

No aceptar que un crítico competente sabe más de literatura que un lector común, es como no aceptar que un buen cirujano sabe más de medicina que sus pacientes legos. El argumento en contra suele resumirse en una sola frase, el lugar común más descabellado de la lengua española: "sobre gustos y colores no han escrito los autores".

Lo curioso es que quien dice esa frase, y cree en ella, demuestra con eso mismo el origen de su error: que él no haya leído los miles de libros que los autores han escrito "sobre gustos y colores" no significa que no existan. ¿Y acaso un lector común está obligado a saber de teoría y de estética y de la sociología del gusto literario, etc.? Obviamente no: para eso hay especialistas. Entonces, así como le damos crédito a la palabra del médico, démosle algún crédito mayor también a la palabra del crítico.

Eso no es equivalente a proponer la tiranía del crítico: yo siempre tengo derecho a ir donde un segundo médico y consultar otra vez. La opinión de un segundo experto no puede sino ensanchar mi propia idea sobre un asunto. Y si se trata de literatura, siempre hay un último doctor que consultar: el libro mismo. ¿Me estoy contradiciendo con esto? Creo que no, pero trataré de explicarlo mejor.

Hace años, un amigo que estudiaba sicología y hacía su internado en una clínica psiquiátrica me contó el caso de un paciente que recolectaba cajas de medicinas, e instrucciones de uso y posología, y que las estudiaba con tanto interés y tanta acuciosidad, que acabó siendo capaz de entender qué debía tomar para fingir los síntomas de cualquier enfermedad.


Ese paciente, en su locura, se había vuelto poco menos que un médico autodidáctica, en la medida en que era capaz de diagnosticar con precisión cualquier mal. Eso mismo puede hacer con la literatura un lector que sea capaz de leer con igual voracidad: si, como dije, un crítico es un lector especializado, también es verdad que todo lector puede ser un crítico, si acepta que para hacerlo debe seguir leyendo.

25.11.07

Quién lee, quién escribe

Planas, González Vigil y La cuarta espada

Dos reseñas del libro La cuarta espada de Santiago Roncagliolo han aparecido en El Comercio el día de hoy. Si no entiendo mal el caótico sitio web del diario, una de las reseñas fue publicada en El Dominical y la otra en la sección Luces.

En la primera (que pueden leer completa
aquí), el novelista
Enrique Planas escribe lo siguiente: "A pesar de que hay varios libros periodísticos con información tanto más extensa como rigurosa, La cuarta espada vale la pena por la polémica que despierta y porque por primera vez, la generación que vivió el terrorismo en su infancia demuestra que tiene algo que decir".

En la segunda (que pueden consultar aquí), el crítico
Ricardo González Vigil, sostiene: "No será una investigación periodística de primer orden, pero sí un testimonio honesto escrito con una prosa fluida que atrapa al lector".

González Vigil hace notar la inclinación comercial de Roncagliolo, e incluso atribuye a ello la intención y la factura de alguno de sus libros anteriores (específicamente, la novela El príncipe de los caimanes), antes de concluir que el libro cuenta por su honestidad y su prosa, aunque no por su valor informativo o especulativo. (La honestidad fue también el rasgo mencionado por Rocío Silva Santisteban. Yo me pregunto, y les pregunto, si la primera honestidad de un intelectual no radica en su capacidad de estudiar rigurosamente antes de opinar).

El comentario de
Planas parece escrito con la cuarta espada en una mano y una bola de cristal en la otra. La bola le permite, por ejemplo, decir qué críticos han leído el libro y qué críticos no lo han leído antes de comentarlo, aunque olvida mencionar a los críticos a los que quiere aludir.

Es especialmente divertida la observación de
Planas acerca de los bloggers que critican a Roncagliolo sin leer el libro completo, descontextualizándolo. Es divertida porque nada en el artículo de Planas va más allá de los temas que esos bloggers innombrados hicieron notar en sus comentarios --cierto que Planas alude a ello para desmentirlo--, de modo que difícilmente podría uno saber si Planas comete o no el pecado que cree descubrir en los demás. Pero ese, claro, no es el tema.

Sobre todo, la afirmación es divertida porque pareciera que el reseñador no ha notado que el libro de
Roncagliolo tiene varias decenas de páginas dedicadas a hacer papilla al marxismo y al maoísmo pero --curiosidad de curiosidades-- su bibliografía, que no enumera un sólo libro de Marx, menciona apenas uno de Mao. ¿Se han fijado en cuál? Les cuento: Quotations from Chairman Mao. Es decir, no un libro de Mao sino un libro de citas de Mao, un compendio oficiosamente publicado por el gobierno chino para solaz de sus prosélitos, pero que ningún ensayista serio puede tomar como volumen de consulta.

Habría que preguntarle tanto al reseñador como al autor del libro (que también se ha quejado por la supuesta descontextualización con que se comentan pasajes de su obra) si hay o no hay un desatino en todo esto, o al menos un doble standard jocoserio (para usar una palabra que solía usar el profesor González Vigil en sus clases de la PUC): ¿o es que los discursos ideológicos sí pueden criticarse sin contexto ni conocimiento, y el rigor solamente es requisito para criticar a Roncagliolo?

Planas dice además un par de cosas curiosas en ese párrafo final que he citado líneas arriba. Sostiene por ejemplo que el libro de Roncagliolo "vale la pena por la polémica que despierta", a pesar de que su información no sea ni tan rigurosa ni tan extensa como la de de otros "libros periodísticos".

A mí que me disculpe
Enrique Planas --escrtitor y crítico respetable sin la menor duda--, pero creo que esa afirmación da un ejemplo involuntario (y no característico en él) de la medianía de expectativas de nuestro medio cultural, un medio que parece a veces escéptico, a veces desconfiado, a veces simplemente incómodo ante la idea de que el autor de un libro tenga cierta responsabilidad en tanto escritor y comunicador. Es decir, ante la idea de que, sin importar si su obra es una crónica o un reportaje o un libro de ensayos o de estudios, un escritor tiene el modesto deber ético de escribir no sólo cosas "polémicas", sino cosas bien hechas, razonadas, razonables y que digan algo.

Sí, es cierto, como en el fondo parecen opinar González Vigil y Planas: hay decenas de libros más interesantes sobre el tema. Ninguno de ellos ha merecido jamás de parte de la prensa la atención que está recibiendo el de Roncagliolo. Y si ninguno ha despertado tanta "polémica", es básicamente porque no cuadran con la trivial noción de "polémica" que se maneja desde hace años en el país, porque son libros mucho más serios, bien investigados, sólidos, y no se deshilachan apenas los coge uno entre los dedos; porque no lanzan hipótesis deleznables sobre el origen del terror en el Perú; porque no comparan la afiliación del senderismo con las invenciones maniqueas de una saga cinematográfica infantil; porque no atribuyen el desmoronamiento del Sendero Luminoso a las pasiones desatadas de sus líderes; porque no confunden a Túpac Amaru con Túpac Amaru II (cosa que Roncagliolo ya había hecho en Abril rojo); porque no equivocan la información sobre personajes (Benedicto Jiménez, José Carlos Mariátegui) ni sobre hechos históricos (la sublevación arequipeña de 1950, la época de la desaparición de la cultura Wari, etc); porque no se atreven al reduccionismo extremo de considerar al marxismo una cantaleta de ciegos y fanáticos en lugar de entenderlo como el discurso ideológico más influyente, proteico y orgánico surgido en los últimos ciento cincuenta años en el mundo.

Quien quiera hacerse una idea del perfil intelectual y psicológico de
Abimael Guzmán lo puede hacer mejor, por ejemplo, leyendo el libro del periodista Simon Strong, con entrevistas a sus familiares, datos investigados de primera mano sobre la infancia de Guzmán, su trato dentro de Sendero Luminoso, su relación con otros intelectuales de la época, los rastros de su trabajo académico que pervivieron en su proyecto genocida, etc.

Y no menciono a
Strong porque el suyo sea el libro más novedoso (es ya un libro viejo, más bien), ni el mejor sobre el tema de Sendero Luminoso (lo mejor, junto a los libros de Degregori, son las dos antologías editadas, respectivamente, por David Scott Palmer y Steve J. Stern, obviamente ausentes en la bibliografía de La cuarta espada): lo menciono sólo porque Strong también es un periodista, del New York Times, y su libro fue asimismo concebido a partir de un reportaje de encargo.

Y no por ser periodístico es una simplificación, ni una caricatura de la historia, ni una versión esquematizada al supuesto gusto de las grandes masas lectoras. Porque cualquier periodista responsable sabe que su público no necesita simplificaciones, sino claridad: el mérito de la crónica y la divulgación no está en obviar las dificultades o deshacerlas o evadirlas: su mérito está en enfrentarlas y hacerlas comprensibles.


Una investigación solvente, por ejemplo, habría evitado que Roncagliolo escribiera esta frase: "algún día, alguien tendrá que explicar por qué el grupo más sanguinario de nuestra historia estuvo dirigido por maestros". Y habría evitado que Planas citara esa frase como si se tratara de un hallazgo decisivo, uno de los grandes dedos sobre la llaga de La cuarta espada. Porque, para información de Planas y Roncagliolo, debo decir que Carlos Iván Degregoriya escribió largamente sobre ese asunto, y lo hizo hace varios años, y otros han respondido a sus hipótesis, y las han reformulado. Y venir a decir de buenas a primera que alguien debería interesarse sobre el tema y estudiarlo es desconocer el trabajo de Degregrori y los otros por completo.

Pero, claro: la obra de
Degregori --como las de Gonzalo Portocarrero o Carlos Tapia o Deborah Poole o Gerardo Rénique-- también está ausente en la bibliografía de La cuarta espada.

Esa es mi queja sobre el libro, y lo ha sido desde el principio:
Roncagliolo se da la licencia de decir, una y otra vez, que su libro es el primero que habla de Guzmán como personaje y trata de desentrañar su psicología; eso no es verdad. Roncagliolo alude más de una vez en La cuarta espada (y en entrevistas) a temas relativos a Sendero Luminoso como si nadie se hubiera referido a ellos con anterioridad, cuando la lista de estudios sobre SL es virtualmente inagotable y todos y cada uno de los temas que Roncagliolo parece dejarles de tarea a los científicos sociales ya han sido objeto de estudio de muchos de ellos.

Al hacer eso,
Roncagliolo desconoce olímpicamente el trabajo de antropólogos, sociólogos, historiadores, periodistas y politólogos, peruanos y extranjeros, que en muchos casos han dedicado años a sus estudios. No se puede hacer una introducción a un tema así sin una enorme investigación previa, como no se puede ser el guía de una exhibición si no se ha puesto nunca los pies más allá de la entrada de la galería.

La prosa ágil no es inteligencia, la habilidad narrativa sin capacidad comprensiva no aporta a la solución de problemas históricos, la desinformación no es polémica, la dramatización y canonización del ego como centro de un problema social, perfectamente aceptable en muchos otros campos, no es más que un pase mágico desafortunado en un libro que se vende no como una autoinspección sino como una mirada sobre el surgimiento del terror político en el Perú.


Por último, quiero releer esta otra frase de Planas: "por primera vez, la generación que vivió el terrorismo en su infancia demuestra que tiene algo que decir". Esta frase no es solo desinformada; es poco menos que ofensiva. Los hombres y mujeres de mi generación (que es la de Planas) también fueron niños o niñas o apenas llegaban a la adolescencia cuando comenzó esa guerra. Los que tienen mi edad, tenían doce o trece años cuando sobrevino el caos (Roncagliolo es ocho años menor que ellos, pero en el Perú la gente habla de generaciones como si éstas cambiaran cada dos semanas). La escritura del Informe final de la Comisión de la Verdad fue coordinada por un sociólogo, mi amigo Félix Reátegui, que entró conmigo a la universidad, y allí estuvo también Eduardo González Cueva, otro amigo de la misma promoción, también en un puesto crucial de la CVR. ¿No dice el Informe final de la CVR nada sobre la violencia política en el Perú?

La fila de libros, ensayos, cuentos, poemarios, artículos y crónicas que esa generación y sus menores han producido sobre el tema es más que considerable (a propósito: ¿no se suponía que
Abril rojo ya era un aporte al debate sobre la violencia política en el Perú?). Pero ahora resulta que este libro de Roncagliolo es para Enrique Planas el primer atisbo de que alguna de esas personas tiene algo que decir al respecto...

Creo, en resumen, que aquí el tema no es quién lee y quién no lee La cuarta espada. El tema es quién lee y quién no lee los millares de páginas escritas con mayor seriedad sobre estos temas. Y más aun: quién lee esas cosas antes de escribir las suyas propias.

24.11.07

Leer el futuro

Una novela de Alarcón que deberían revisar en palacio

A veces la literatura copia al mundo y a veces es al revés. Y otras veces la ficción es la advertencia de un porvenir que sería deseable esquivar.

En
Lost City Radio, la novela de Daniel Alarcón, hay numerosos pasajes, la mayoría de la mitad en adelante, que aluden a la época en que el imaginario gobierno del país ficcional de la novela, cuando la guerra interna se aproxima a su fin, confecciona una lista de sospechosos de terrorismo y la hace pública, e incluye en ella por igual a liberados y fugitivos, a rumoreados y a comprobados, a cabecillas y a segundones, a ejecutantes y a comparsas.

El objetivo explícito del gobierno (en la novela de Daniel, los objetivos escondidos se mantienen constantemente escondidos) es el exterminio de todos los que conforman esa lista. Sus consecuencias objetivas son el recrudecimiento de una violencia que estaba ya en el camino a la extinción, la conversión de la violencia en un impulso ciego y que encuentra focos insospechados, y el inicio de una nueva etapa de desapariciones clandestinas.

Sería interesante que alguien en el Perú le leyera esos pasajes del libro a Alan García, el intrigante fronterizo que nos gobierna, y a su caricaturesca eminencia gris, Jorge del Castillo, ambos empeñados ahora en confeccionar sus propias listas y en armar la pantomima infame de una vendetta por venir, camuflada de patriotismo y preocupación cívica, sólo para resucitar el señuelo del terrorismo y desviar hacia él las miradas de quienes empiezan a señalar las ineptitudes y oscuridades de García en la lucha contra el narcotráfico que su gobierno se niega a emprender como es debido.

23.11.07

El eternauta en Lima

La reaparición del desaparecido

Héctor Germán Oesterheld fue uno de los grandes narradores argentinos del siglo pasado, autor de una saga popular como pocas en la historia de la novela del Cono Sur: El eternauta, una narración inteligente y aventurera, sin cuya lectura resulta difícil entender buena parte de la obra de escritores posteriores como Ricardo Pilgia, Angélica Gorodischer o Pablo de Santis.

Pero habría que decir que Oesterheld es su
coautor, porque El eternauta es una novela gráfica, o un conjunto de novelas gráficas, en las que a los guiones de Oesterheld se sumaron los estupendos dibujos de dos de los artistas gráficos más originales de América Latina: Francisco Solano López y Alberto Breccia.

En este 2007 se cumplen no sólo cincuenta años del inicio de la saga de El eternauta en 1957, sino también treinta desde que, en 1977, H.G. Oesterheld fuera desaparecido por la dictadura argentina de aquella época, contra la cual se había echado a pelear desde años antes.

Estos aniversarios han sido marcados con un acontecimiento editorial: la reedición de todo El eternauta por parte de la casa bonaerense Doedytores, de Javier Doeyo, quien, según me cuenta él mismo vía email, estará en Lima para la próxima Feria del Libro Ricardo Palma con nada menos que Francisco Solano López, este 30 de noviembre, a las 7 pm.

Varias veces les he contado que a mí el virus de los cómics me lo contagió mi amigo Pedro Pérez del Solar. Otro contagiado simultáneo en el foco infeccioso de Ithaca hace unos pocos años fue Edmundo Paz Soldán, quien precisamente acaba de escribir sobre El eternauta y sobre Oesterheld un artículo que les recomiendo.

Imagen: dibujo de El eternauta, de Solano López.