Hace un tiempo pasé un par de semanas en la República Dominicana, en uno de esos complejos hoteleros a las orillas del mar, que bien podrían estar todos arrumados en un barrio a quince minutos de Miami, y que siempre, invariablemente, están rodeados por una enorme pobreza que los turistas nunca llegan a ver. Un par de veces, sin embargo, nos escapamos del resort, paseamos por la ciudad, aunque fuera sólo rápidamente, viendo las cosas desde el carro: las casas destruidas, las pistas inexistentes, las veredas de tierra que atraviesan algunos de esos pequeños pueblos pobrísimos que los dominicanos llaman sus ciudades más importantes.
De Puerto Plata, donde estábamos, según se avanza hacia el oeste, por la zona del Yaque del Norte, la gente empieza a advertirle a uno que tenga cuidado con los haitianos, que por allí abundan porque cruzan la frontera que parte en dos la isla, de arriba abajo, como mexicanos que atravesaran la frontera con Estados Unidos en busca del paraíso o, por lo menos, en busca del purgatorio.
De entre todos los que nos repitieron la advertencia, recuerdo a uno, un negro dominicano alto y flaco que vendía collares y que nos recomendó no acercarnos a ningún haitiano por motivo alguno. "¿Y cómo los vamos a reconocer?", pregunté. "Ah, de inmediato los reconoces, porque son negros", fue la respuesta.
Los haitianos que han huido de su tierra hacia República Dominicana son una multitud. También lo son los que de allí han seguido viaje a Estados Unidos. Y aún más son los dominicanos que han hecho esa última ruta: la isla La Española, que Haiti comparte con República Dominicana, debe ser uno de los lugares de la tierra más frecuentemente abandonados por sus nativos, y Estados Unidos, acaso sea el mayor centro receptor de migrantes en el mundo contemporáneo.
Se escribe mucho sobre el asunto de la inclusión y la exclusión de los migrantes en la sociedad norteamericana. Cada cierto tiempo, por ejemplo, cuando la economía encuentra un bache y la clase política no sabe bien cómo justificar el despelote, alguien señala a los migrantes ilegales y de pronto los que le hacen caso a la acusación se vuelven multitud, y el vocabulario de la xenofobia se multiplica.
Pero el hecho es que, legal e ilegalmente, el arribo de migrantes a los Estados Unidos continúa y su integración a la sociedad de este país no se detiene. Habría sin duda miles de estadísticas que citar, y los expertos sabrán elegirlas. Yo, desde el mundo de las letras, quiero citar un dato en cierta forma menor, pero en el fondo tanto o más relevante que cualquier otro:
En una reciente encuesta, hecha entre los más de ochocientos críticos literarios norteamericanos miembros del National Book Critics Circle, la más amplia y reconocida asociación del oficio en los Estados Unidos, se eligió como el mejor libro de ficción del año 2007 a la novela The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, de Junot Díaz, y como mejor libro de no ficción a Brother, I´m Dying, de Edwigde Danticat.
Junot Díaz es un dominicano que llegó a Estados Unidos a los seis años de edad; Edwidge Danticat es una haitiana, nacida en Port-au-Prince y migrada a Brooklyn, New York, a los doce años (ya para entonces con una novela acabada bajo el brazo).
Una cosa llamativa: el par de artículos que he leído en que se habla de los resultados de esa encuesta (incluyendo este de John Freeman, organizador de la muestra) no mencionan el hecho de que Díaz y Danticat, los dos autores largamente favorecidos por la votación, sean escritores que aprendieron el inglés como segunda lengua (tercera, en el caso de Danticat), que llegaron a los Estados Unidos hablando español, el primero, y francés y creole, la segunda, y que ambos hayan nacido en la paupérrima y problemática islita de La Española.
Ya que con tanta frecuencia se señala al ambiente literario norteamericano como egocéntrico, ombliguista y provinciano, no está de más matizar un poco la opinión: sí, puede ser que en este país la literatura de lengua inglesa sea siempre vista como si estuviera un escalón más arriba que las otras; pero también es cierto que la crítica americana se ha vuelto cada vez más y más inclusiva en lo que respecta al origen de los autores que consagra.
Fotografía tomada de aquí.










