6.9.06

El fondo de las aguas

Mi autoimpuesta cura de silencio, que me impide reseñar (por ahora y, básicamente, hasta que me dé la gana) los libros de mis amigos, me ha quitado el placer de comentar El fondo de las aguas, de Peter Elmore, que leí en su primera versión hace dos años y en su versión reciente ahora mismo.

Así pues, no la voy a reseñar, pero, con la libertad que me da dejar de ser un crítico en ejercicio profesional frente a este libro en particular, me voy a permitir decir algo que pienso sobre esa novela, sin explicar demasiado: que es la más interesante, audaz y personal de las novelas peruanas publicadas en años recientes, y, en cuanto a su ejecución, sólo Travesuras de la niña mala es preferible. Y esa no es una afirmación fácil en una época en que hemos tenido libros tan valiosos como las novelas recientes de Cueto, Castañeda, Begazo, Lauer, etc.

Acaso su mayor defecto sea ser un libro intelectualmente exigente (aunque no de lectura difícil), en un tiempo en que, desgraciadamente, ni siquiera los lectores consuetudinarios parecen aceptar la complejidad como un desafío legítimo en los libros.

¿Que es poco serio comparar? No, no lo es. No existe ninguna otra forma de juzgar una obra de arte que no sea comparando. El juicio es siempre una comparación: con antecedentes, con obras paralelas, con la obra previa de un autor, con una tradición, con un género, etc.

Y si la cosa es decir algo sobre el momento actual de la narrativa peruana, la comparación debe ser establecida con sus libros coetáneos. Y en ese paralelo, creo que El fondo de las aguas es lo que he dicho: más compleja formalmente y más arriesgada ideológicamente que otras novelas recientes, y tan diferente que resulta idiosincrásica.

La única reseña negativa que he encontrado (peculiarmente, escrita bajo seudónimo) se basa, también, casi exclusivamente en comparaciones. Pero, sin desdemerecer a los libros implicados en ese paralelo (básicamente, Hotel Europa, de mi también amigo Luis Hernán Castañeda, y El inventario de las naves, de Alexis Iparraguirre, creo, sin embargo, que la comparación del reseñador anónimo está desencaminada.

En primer lugar, es arbitrario al decir cosas como que la novela "parece desubicada y anacrónica respecto de sus congéneres; unos años antes hubiera resultado novedosa; ahora sufre de hipertrofia".

Esa afirmación, que peca de responder a una mirada meramente coyuntural, parece dar por sentado que Peter Elmore ha compuesto su novela respondiendo a esa suerte de arbitraria minitradición que el comentarista construye (¿cómo suponer a esta novela "congénere" de un libro de cuentos abstracto y de escasa coherencia interna, como el de Iparraguirre?). Y olvida, entre otras cosas, que este libro fue terminado de escribir al mismo tiempo o incluso antes que aquellos otros. Si la comparación ha de ser temporal, si años antes esta novela "hubiera resultado novedosa", pues entonces ese dato no puede dejarse de lado. El comentarista anónimo, cuando dice que el libro de Elmore es anacrónico y "ancilar" (es decir, derivativo y dependiente) con respecto a los otros dos, está haciendo una afirmación que es, paradójicamente, ciento por ciento anacrónica: está diciendo que un libro anterior es derivativo con respecto de unos libros posteriores.

Pero eso es, de todas maneras, lo menos importante. Porque para que esa observación tuviera alguna importancia, el comentarista debió explicar por qué, más allá de echar mano del tópico de la ciudad enrarecida, la novela de Elmore puede resultar prescindible debido a la simple existencia de los otros dos libros: es decir, debió explicar cómo es que esos libros y este tratan de lo mismo, y cómo es que aquellos dan una respuesta u ofrecen una mirada a la que este aspira pero que no alcanza. Pero, para hacerlo, tendría que haber dado un paso que le fue imposible: tendría que haber entendido el libro.

Lo crucial es que el reseñador no debió dejarse llevar por las superficies: no todas las novelas que inventan un "Alphaville", para usar la referencia que propuso Iván Thays, son inmediatamente miembros de una misma tradición, porque esa invención es un recurso formal, cuyos objetivos no tienen que ser los mismos.

Es claro que la ciudad de Castañeda y la ciudad de Elmore responden a apreciaciones diferentes: una, la de Castañeda, es la construcción de un mundo basado en la decadencia y el espanto, la degeneración de unas estructuras que todos reconocemos pero que se han vuelto fantasmales y ajenas; la otra, la de Elmore, es una degeneración de la percepción del mundo y de las relaciones interpersonales.

La primera implica un enrarecimiento de lo factual y de lo panorámico; la segunda, en cambio, un enrarecimiento de la mirada introspectiva; de ello se desprende que en Castañeda el extrañamiento, para el lector, derive de lo social, mientras que en Elmore deriva de lo individual y de las formas de vinculación intersubjetivas más íntimas.

En la novela de Castañeda, la ciudad es una prisión que condiciona a sus pobladores; en la de Elmore es el movimiento y la interioridad de los personajes lo que da forma a la ciudad: una es la cárcel de sus habitantes, la otra es el trasunto, la emanación de la peligrosa parálisis íntima de sus moradores. El espacio, en la primera, es como el espacio claustrofóbico del expresionismo; el espacio en la segunda es como esos escenarios del cubismo que son ecos y reflejos de los cuerpos que les dan forma al tiempo que los ocupan.

Esa diferencia distingue también a la novela de Elmore de cualquier otra novela peruana que yo sea capaz de recordar en este momento; aunque estoy dispuesto, como siempre, a escuchar opiniones en contra.

Se ha publicado ya un cierto número de reseñas de esta novela, que a continuación voy a enlazar para que los interesados las revisen, así como entrevistas hechas al autor en las semanas pasadas.

En El Comercio, Enrique Planas le hizo a Peter esta entrevista, y Diego Otero, no sé si antes o después, esta otra. En El Peruano, Ernesto Carlín escribió este comentario. Perú 21 publicó esta otra conversación. En La República, Javier Ágreda publicó una reseña que reproduzco desde su blog. Imagino que hay más, pero, en fin, estas son las que he podido encontrar.

Imagen: Lima bajo las aguas: fotomontaje gfp.

5.9.06

Stephen Frears & Josué Méndez

Ayer fue un buen día para el reducido mundo del cine peruano: al premio recibidio por Mariposa negra en Montreal se añade otro que es sin duda notable.

Josué Méndez, el joven cineasta limeño que deslumbrara hace un par de años en su debut con Días de Santiago, acaba de triunfar en la llamada Iniciativa Rolex para Mentores y Discípulos, que coloca a artistas principiantes bajo el ala protectora (y las enseñanzas) de algún consagrado en su área: Méndez tendrá este año como mentor a Stephen Frears.

Frears, que ahora mismo viene recibiendo una montaña de elogios por su film más reciente, The Queen, protagonizado por la extraordinaria Helen Miirren, es el creador de algunos clásicos como My Beautiful Laundrette y Relaciones peligrosas, y de una joya del suspenso (y la denuncia social, a la vez) como es la más o menos reciente Dirty Pretty Things (2002), con Audrey Tautou.

Méndez, por su parte, viene trabajando en su segundo largo, Dioses, y si quieren saber algo sobre ese proyecto, pueden darle una mirada a este video (no se emocionen: no es un adelanto de la cinta; si esperan que pasen los dos primeros minutos, verán una breve entrevista a Méndez en la que, entre otras cosas, explica que Dioses no se parecerá en nada a Días de Santiago.


Imagen: Milagros Vidal, otro de los hallazgos de Méndez en Días de Santiago.

Mariposa negra

La noticia que da Iván Thays sobre el premio recibido por Mariposa Negra en el Festival de Cine del Mundo de Montreal hay que tomarla con mucha alegría: se trata de una de las citas cinemeras más prestigiosas de las Américas.

Desde aquí, una felicitación al equipo detrás de la cinta, desde el director Francisco Lombardi hasta la guionista Giovanna Pollarolo, pasando por los actores, por supuesto, y el autor del libro original, Alonso Cueto (para quien este asunto de los trofeos se viene haciendo costumbre).

Hay que aclarar, eso sí, que se trata del premio del público para la cinta más popular entre las de origen latinoamericano, y no de un premio del jurado, cuyo botín mayor fue a parar a las manos de dos cintas, Nagai Sanpo, del japonés Eiji Okuda, y O Maior Amor do Mundo, del brasileño Carlos Diegues.

Sin embargo, es interesante que los cinéfilos canadienses asistentes al festival prefirieran la película de Lombardi por encima de la ganadora brasileña, dirigida, dicho sea de paso, por un Carlos Diegues que es ya legendario en el cine de su país por películas como Xica da Silva (1976), Bye Bye Brasil (1979) o Quilombo (1984).

Por coincidencia o por premonición, hace pocos días la misma Giovanna Pollarolo escribió un par de columnas en Perú 21 acerca de la constante discrepancia entre los premios de jurado y los premíos del público en los festivales de hoy. Vale la pena darles una mirada: se titularon ¿Profundos abismos? I y ¿Profundos abismos? II.

Entre las otras cintas latinoramericanas que compitieron con la de Lombardi se encuentran la cubano-mexicana Páginas del diario de Mauricio, de Manuel Pérez Paredes, y Ruido, del portorriqueño César Rodríguez, que mereció un premio por su originalidad.

Imagen: fotografía de Melania Urbina, tomada del blog Cinencuentro.

¿Quién era Matilde Urbach?

Los amantes de Hemingway repiten hasta el cansancio, admirados, el relato más breve del americano: "For sale. Baby shoes. Never worn", es decir, "En venta. Zapatos de bebé. Jamás usados".

Es sin duda el ejemplo más elocuente de la teoría del
iceberg de Hemingway: lo dicho en la escritura explícitamente debe esconder siempre una enorme carga de sugerencias implícitas.

Los más lúdicos recuerdan El dinosaurio de Monterroso.

Para los borgianos, el mejor ejemplo es otro: "Yo que he sido tantos hombres, no he sido nunca aquél en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach".

Son diecisiete palabras que contienen una de las frases más románticas de Borges pero también sus obsesiones con el tiempo, la tragedia, la transmigración, la circularidad, la historia como continuo y repetición a la vez, la humanidad como hecha de un solo hombre que es todos los hombres (pero no este en particular), etc.

¿Y quién era Matilde Urbach? El artículo en que Juan Bonilla responde a la pregunta no tiene pierde, sobre todo para los fanáticos borgianos. Aquí está, y va muy recomendado.


Imagen: Borges y Estela Canto.

El otro Capote

Sus lectores saben que la relación de Capote y el cine comenzó antes de que sus novelas fueran llevadas a la pantalla, y los cinéfilos saben que el vínculo se mantiene hasta hoy.

Capote actuó en un par de películas (
Murder by Death es la más recordada) y tuvo un papel breve en Annie Hall, de Woody Allen, como "el hombre que se parece a Truman Capote". Antes, en los sesentas fue la voz en off de unas adaptaciones televisivas de cuentos suyos.

Pero también fue el guionista de dos decenas de películas, que sus fans deberían echarse a buscar como perlas preciosas.

La más célebre es, claro está,
Desayuno en Tiffany´s, de 1961, con Audrey Hepburn, un guió retrabajado luego por George Axelrod; la más curiosa, una versión de un cuento suyo adaptada para Bugs Bunny en 1956.

Pero hay muchas más:
Stazione Termini (1953), de Vittorio de Sica, y Beat the Devil (1953) de John Huston, por ejemplo; también hizo el guión de The Innocents (1961), una extraordinaria película de John Clayton basada en la nouvelle de Henry James The Turn of the Screw; aunque la adaptación de su propia obra maestra, A sangre fría, en 1967, se la dejó casi por completo al mítico director Peter Brooks.

Y este año,
Capote ha pasado a ocupar el lugar que le faltaba en el mundo del cine: se ha convertido en el objeto de dos ficciones que se disputan el derecho a retratarlo desde ángulos distintos. La primera, Capote, la cinta de Bennett Miller, ya la vimos, y es una excelente película, con una actuación deslimbrante de Philip Seymour Hoffmann.

Pero se viene la segunda,
Infamous (palabra que significa "infame" literalmente pero que en verdad se suele usar con el sentido con que nosotros decimos de alguien o algo que es "tristemente célebre"). La película viene precedida de críticas positivas, aunque tiene que cargar con el peso de la falta de novedad y la responsabilidad de contar exactamente el mismo pasaje de la vida de Capote al que aludió la cinta de Miller, que cautivó a gran parte de su audiencia.

Esta no ha ahorrado en estrellas:
Capote es Toby Jones, un actor con un cv larguíismo de roles secundarios, elegido sólo por su gran parecido físico, pero lo rodean Sandra Bullock, Peter Bogdanovich, Jeff Daniels, Gwyneth Paltrow, Hope Davies, Isabella Rossellini, Sigourney Weaver, etc.

Ahora que se aproxima su estreno, lo interesante será la oportunidad de observar dos proyectos creativos distintos que han nacido exactamente a la vez con precisamente el mismo objetivo: discutir la rectitud o el retorcimiento éticos de
Capote y el rol de ese factor de moralidad íntima en la construcción de una ficción que corría entre la vida y la muerte de más de un ser humano de carne y hueso.

Imagen: fotomontaje sobre dos escenas de Infamous; gfp.

4.9.06

Hablando de trabalenguas

Hay una sola gran dificultad en el trabajo de reseñar literatura para la prensa: es necesario ser entendible para mucha gente, sin abandonar el rigor crítico.

La jerga especializada, por ejemplo, no viene al caso en la reseña periodística, pero el comentarista tiene que ser lo suficientemente hábil como para no dejar de decir las cosas a pesar de no poder usar ciertos términos.


Una reseña escrita para un medio especializado, en cambio, le da al reseñador licencia para llamar a las cosas por sus nombres técnicos, sabiendo que eso no ha de marginar a sus lectores, y para elaborar crítica y teóricamente sin sentirse culpable ni enajenar a nadie.


Hay medios que están a un paso entre el academicismo estricto y la conversación entre inciados, y en ese difícil equilibro a veces se inclinan más a un lado, a veces más al otro. Hueso Húmero, por ejemplo, o Dedo Crítico, o La Mujer de mi Vida, o Intermezzo Tropical, o El hablador.

El hablador, justamente, acaba de aparecer (va por el décimo segundo número), y trae un cierto número de reseñas. Rafael Ojeda escribe sobre En la comarca oscura, el libro de Lucho Chueca, Pepe Güich y Carlos López Degregori, en un comentario dedicado y serio, que ofrece reparos y señala virtudes pero termina en el lugar común de preguntarse por qué se incluyó a tales autores y por qué se excluyó a otros, deporte que cada vez resulta más aburrido.

Por su parte, Jack Martínez hace una lectura bastante superficial de Abril Rojo, la novela premiada del narrador peruano Santiago Roncagliolo, que el crítico entiende superior a las anteriores (cosa indiscutible, eso sí), mientras que Guillermo Amorós Uribe comenta el libro La soledad de la página en blanco, de Camilo Fernández Cozman, y Christian Bernal Méndez reseña la reciente antología de ensayos arguedianos reunida por el crítico Sergio R. Franco.

Con altos y bajos, todos esos comentarios son, en sus peores momentos, cumplidores, y, en los mejores, iluminadores. Pero hay uno más, escrito por Johnny Zevallos acerca de Travesuras de la niña mala, la novela de Mario Vargas Llosa, que resulta inverosímil.

Parece, a ratos, una parodia del lenguaje académico, escrita por puro afán humorístico: levanta una montaña de palabras, como si se tratara de ganar un premio en la Exhibición Mundial de Taxonomías, para decir las cosas más sencillas del mundo.
Un ejemplo:

"Los campos culturales hegemónicos dependen necesariamente del marco sociocultural imperante en las comunidades occidentales, pues las producciones artísticas sólo pueden entenderse a partir de las categorías mentales inherentes en los sujetos que cohabitan dentro de esas mismas colectividades. Estas categorías mentales condicionan la producción de la colectividad artística y la interpretación de la sociedad representada, en la medida de que reflejan las identidades colectivas desde las prácticas culturales interrelacionadas. Los diferentes actores sociales, reunidos en una representación ficcional, subordinan no sólo el nivel discursivo, sino, especialmente, la vertiente escritural en que aparecerán retratados".

O sea, toda producción hegemónica depende de la cultura de su sociedad.

Y, cuando intenta ser sencillo y explicativo, dice las cosas más singulares. Por ejemplo:

"La novela tuvo su periodo de auge entre los siglos XIX y XX, puesto que la renovación estética, formulada por los escritores realistas, contribuyó a la reproducción de la naturaleza humana".


Es decir, los realistas eran (no sólo se creían) dioses.

No los abrumaré con más citas: dejo aquí nuevamente el link por aquello de ver para creer. Pero sí quiero agregar que esa tendencia al trabalenguas, al galimatazo, a la confusión y la seudocomplejidad no tiene nada que ver con la crítica, ni con la academia, ni con la intelectualidad.

El Hablador
, cuya existencia es muy loable en un país que, como el nuestro, necesita más y más publicaciones culturales responsables y serias, debería echarle un par de miradas a reseñas como esta antes de publicarlas, porque una cosa es vivir en el difícil equilibrio entre la especialización y la divulgación, y otra es caminar la cuerda floja entre el academicismo y el palabreo.

Bloguerías

En los últimos meses, aunque he seguido renovando mi blog con cierta constancia, no he navegado mucho por otros, salvo dos o tres. Hoy me di un tiempo para visitar algunos que tenía olvidados y aquí está lo que me encontré.

Edmundo Paz Soldán, en su Río Fugitivo, ha colocado un texto titulado Antes de Bond: el Mabuse de Fritz Lang, donde comenta la extraordinaria saga de misterio del Dr. Mabuse, en la que Lang trabajó entre 1922 y 1960. Mi preferida de Lang seguirá siendo M: una narración perfecta y una actuación inmejorable de Peter Lorre. (Y, por si fuera poco, es una película poblada de agudas alusiones a Brecht y Benjamin).

El crítico literario brasileño
Idelber Avelar, profesor de Tulane University y autor de el libro crucial en el estudio de la literatura postdictatorial del Cono Sur, ha regresado a su entretenido blog O Biscoito Fino e a Massa tan activo como antes. Entre sus muchos posts recientes (que incluyen uno en que, generosamente, recomienda la lectura de este Puente Aéreo), me llamó la atención este texto, donde Avelar comenta un caso reciente de censura en la blogósfera brasileña.

Daniel Salas
, en esta última semana, con tres lúcidos textos sobre Juan de Flores, el Poema de Fernán González y el Libro del Arcipreste de Talavera, ha transformado su blog Matado por la letra en un foro de discusiones medievalistas que todo interesado en el tema debe anotar y grabar en sus favoritos.

Ezio Neyra ha dejado, en su blog El extranjero, una crónica de Margo Glantz acerca de su visita a Lima con motivo de la pasada Feria del Libro. La crónica apareció días atrás en el diario La Jornada, de México. En su texto, Glantz aprovecha para meterle palo, de pasadita, al actual presidente de México debido a su poco cariño por la cultura.

Luis Eduardo García ha puesto en su blog homónimo un texto titulado La bella desdicha, acerca de uno de mis narradores favoritos: Robert Walser.

José Antonio Galloso se ha dedicado últimamente a escribir sobre el artista chileno Franz Fischer y, también, por qué no, a colocar en su blog, también homónimo (José Antonio Galloso) sus propias creaciones de diseño gráfico: una serie de fotomontajes que vale la pena ver.

Trabalenguas

Inauguro una sección (una más; ya ni recuerdo cuáles fueron las anteriores, motivo por el cual no continúo con ellas). Esta vez es simple: unas cuantas frases alucinantes leídas por ahí durante la semana que pasó. Se aceptan desde hoy sugerencias para la próxima semana.

"¿Alguien dijo que no había crítica de libros en la prensa peruana?".
(Víctor Coral, defendiendo como nadie la idea de que la prensa cultural peruana está bien como está).

"Muchos han dicho que World Trade Center es tal vez la peor película de Stone y una de las peores que se hayan hecho sobre el tema de la aviación".
(¿Película sobre la aviación? Ja. La frase es de Víctor Coral, quien, confundiendo a World Trade Center con Dónde está el piloto, le hace el avión a sus lectores, opina sobre un tema que desconoce y una cinta que no ha visto, y da un ejemplo práctico de lo bien que está la prensa cultural peruana).

"No puedo ser muy objetivo con esto porque en la producción de la película trabajó mi esposa, pero lo que acaba de ocurrir aquí es sin duda el acontecimiento cultural del año en el Perú".
(Crítico Gustavo Buntinx, dejando las flores en casa).

"Creo por otra parte que este cambio no será posible sólo por la voluntad de unos cuantos".
(Guido Lombardi, opinando sobre lo que debemos hacer para volver al Perú un país próspero, descubre la Coca-Cola y descarta la telekinesis).


"El verano en estado puro es una metáfora del vivir".
(Eloy Jáuregui, cuyos artículos son una metáfora de cualquier cosa).

3.9.06

Ficciones del demonio

Cada cierto tiempo uno escucha algo como esto. Pasó con Natural Born Killers, cuando algunos chiflados cometieron crímenes imitando los de la película.

Ocurrió con The Matrix, que, según se dijo, fue inspiración parcial de los muchachos idiotas que asesinaron a un puñado de compañeros suyos en un High School en Columbine, Colorado.

Años antes, un fiscal norteamericano le echó la culpa parcial de las barbaridades de Charles Manson a una canción de Paul McCartney, Helter Skelter, y a otro puñado de cosas de los Beatles.

Y también los Beatles tienen que ver con otra, más célebre, historia de estas: Mark Chapman, el asesino de John Lennon, y su descabellada interpretación de The Catcher in the Rye de Salinger, que fue uno de los factores que lo condujo a matar al beatle.

Ahora dicen que detrás de la historia inverosímil y compleja de
Natascha Kampusch --la joven austriaca secuestrada a los nueve años de edad y que hace una semana, una década después de su desaparición, consiguió escapar de su captor-- hubo también una ficción inspiradora para el delincuente: la novela The Collector, que el británico John Fowles publicó en 1963.

The Collector
(que parece una mezcla del "Wakefield" de Hawthorne, El silencio de los inocentes y Misery, la novela de Stephen King) cuenta la historia de un solitario que, desde la ventana de su casa, observa cotidianamente las entradas y las salidas de su joven vecina de enfrente, hasta que decide un día secuestrarla, y lo hace, y la encierra en el sótano de su casa.

En la novela, la historia es contada primero desde el punto de vista del secuestrador y luego desde los ojos de la víctima, hasta que esta muere y la voz regresa donde el pepetrador del delito. El desenlace, afortunadamente, ha sido distinto en la realidad: la chica ha huido y su secuestrador ha terminado suicidándose.

Es curiosa el aura negativa (o, en el otro extremo, el aura de culto) que adquieren algunas veces las obras de ficción cuando se convierten en detonantes de una de estas desgracias. La gente parece sorprenderse de que el arte, y muchas veces, el arte de gran calidad, ejerza un poder real sobre la mente de psicópatas, asesinos, delincuentes consuetudinarios y corruptos, etc.


Como si en verdad el disfrute, el placer o la atracción estética o intelectual estuvieran reservadas a unos cuantos justos. Como si
Hitler no hubiera sido un acuarelista amante de sus mascotas y Vallejo un abortista despiadado.

El problema, pongámoslo de este modo, es que el arte es siempre capaz de rescatar, despertar, remover, atizar o echar a andar aquello que tengamos en nosotros de extraordinario, sea extraordinariamente bueno o malo. Y las mismas ficciones que a algunos de nosotros nos son suficientes para ventilar nuestros lados oscuros y dejarlos expandirse un rato sin dañar a nadie --salvo, acaso, a nosotros mismos--, para otros son pasajes de salida y de regreso a una realidad más torva y cruel, más negativa y criminal.


Porque la literatura y el cine, entre otras, son formas de locura controlada, y siempre, como con cualquier simulacro, se corre con ellas el riesgo de olvidar la distancia entre los hechos de su mundo y los hechos de la realidad.


Imagen: el libro y la vida. Fotomontaje: gfp.

1.9.06

Un libro no es noticia

Una revisión rápida de los espacios sobre libros en la prensa peruana nos lleva a una conclusión fácil: hay muchísimas personas capaces de escribir sobre libros, pero casi no existen los medios de comunicación que juzguen eso una tarea importante.

La columna de Luis Aguirre, escrita con entusiasmo pero sin exceso de luces, desapareció de Correo, donde quedan los comentarios de Carlos M. Sotomayor, muy informativos y cumplidores pero rara vez lo suficientemente arriesgados a la crítica como para considerarlos reseñas en todo el sentido de la palabra.

En La República, eventualmente Abelardo Oquendo dedica su columna al comentario puntual de un libro. Cuando lo hace, suele ser iluminador, pero no lo hace con gran frecuencia.

Los artículos que escribía Peter Elmore ya no asoman en Domingo, me parece, y con ello el suplemento de dicho diario ha quedado casi enteramente desligado del mundo de los libros.

Javier Agreda sigue siendo, con su serena y metódica página semanal, que debe andar ya por los ocho años de vida, el único lazo de La República con ese universo.

Después del despido de Coral de Somos, la revista sabatina de El Comercio no ha tenido problemas en encontrar un reemplazo interno para sus cápsulas de treinta palabras, y yo mismo venía ya colaborando, a pedido de sus editores, con reseñas eventuales. Pero lo cierto es que Somos ya hace años dejó de contar con una sección fija de reseñas, cosa que debilita a la revista por decisión no de sus editores, sino de la dirección del diario.

El cuerpo Luces de El Comercio es un caso grave y sopecho que el responsable es mi amigo Alberto Servat: la confusión entre show business y sección cultural es tan hipertrófica que parece cosa de broma, y en la broma, por supuesto, es la literatura la más afectada. Luces seguirá dedicada a describir los vestidos de Scarlett Johansson en la entrega del Oscar y, mientras tengan tiempo para eso, el mundo se puede venir abajo y nadie se dará cuenta.

El Dominical, donde también colaboro cuando me invitan, presenta comentarios de ciento cincuenta palabras (que, al menos en la edición online que yo veo, aparecen sin firma) sobre un par de publicaciones cada semana, y cualquier otro texto sobre libros lo deciden sus responsables coyunturalmente (hablo de Alonso Rabí, Diego Otero y, claro está, de Álvaro Roca Rey).

Perú 21 (cuya página web recomienda y enlaza a Puente Aéreo desde meses atrás) es un caso curioso: entre sus columnistas hay muchos escritores, ya sean autores de obras literarias (Gregorio Martínez, Alonso Cueto, Luis Jochamowitz, Alonso Alegría, Giovanna Pollarolo) o seudoliterarias (Beto Ortiz), pero nadie asume el comentario de libros como tarea estable, decisión que, ciertamente, no corresponde tomar a esos columnistas, sino a la dirección del diario: Martínez, Cueto, Pollarolo podrían sin duda hacerlo muy bien.

Que me corrijan si me equivoco, pero pienso que ni La Primera ni Expreso tienen columnas reservadas para la crítica de libros. (A juzgar por el nivel intelectual de Expreso, en ese diario ni si siquiera debe de haber libros).

Caretas, donde labora otro de nuestros buenos escritores, Jaime Bedoya, tiene reseñas eventuales como las que escribe Iván Thays, y me consta, porque el mismo Bedoya hace tiempo me ha invitado a colaborar allí, que existe la preocupación por cubrir el mundo de los libros en las páginas de la revista. Pero al parecer no es algo que pueda estar considerado en la planilla fija de la publicación.

En Terra aparecen los artículos de la Vaca Profana, que, como sabemos, con frecuencia se dedica a comentar a los autores más que a sus libros, y tras cuyo seudónimo se disimulan apenas los ácidos de la mala leche. Sin embargo, curiosamente, además de la de Ágreda, ésa es la única otra columna de libros extensa, frecuente y de periodicidad regular en toda la prensa peruana.

Por último, con la desaparición de Identidades, la gente de El Peruano ha perdido también bastante del espacio que tenía para hablar de literatura. Identidades era claramente un coto cerrado, de aire marginaloide pero sorprendentemente cómodo dentro de un medio estatal, y sin embargo era interesante, pero ahora ya no está.

No es exagerar, entonces, decir que en nuestros medios de comunicación las reseñas de libros son artículos en proceso de extinción. Eso puede no ser sorpresivo, pero tiene que quedarnos claro que es triste y vergonzoso y que ni siquiera en el paupérrimo espectro de la prensa latinoamericana hay casos tan lamentables como el peruano.

No esperamos que, en un día próximo, los directores de El Comercio, Perú 21, Expreso, La Primera, La República, etc., se despierten una mañana habiendo comprendido en sueños lo importante que es para un país leer y hablar acerca de libros... ¿Pero quizá sí se les pueda hacer entender que sus "productos" adquirirían una mayor aura de prestigio y seriedad si ellos invirtieran un porcetaje minúsculo de sus presupuestos en contratar a un escritor o a un crítico y pedirle que, puntualmente, todas las semanas, sin falta, comparta con sus lectores sus impresiones acerca de algún libro?

Postdata: Iván Thays me hace notar que a Luis Aguirre lo reemplazó Olga Rodríguez Ulloa, en Correo. Y también me recuerda las reseñas de Ricardo González Vigil en El Comercio. El caso de González Vigil es paradigmático, más allá de la opinión que cada quien tenga de su trabajo (y la de Iván, se sabe, es negativa): de una página completa en el antiguo Dominical, su espacio se ha ido empequeñeciendo y marginalizando en la sección cultural del diario.

Postdata 2: Quizá, lamentablemente, la respuesta a la pregunta con la que termino mi post sea que no: que, simplemente, en el Perú, la intelectualidad no es prestigiosa y la reflexión cultural no gana auras de credibilidad. O que la seriedad intelectual, en general, no es particularmente bien vista.