12.1.09

El otro negacionismo

Los números y sus "certezas imbatibles"

Un inocente pero desinformado comentarista me envía una carta en la que afirma una cifra: dice que, en los últimos ocho años, los grupos violentistas palestinos han causado la muerte de 23 israelíes, versus miles de víctimas asesinadas por el ejército de Israel.

Varios artículos de columnistas peruanos ponen sobre la mesa números similares, y nadie parece interesado en discutirlos. El efecto es inmediato y previsible: el ejército israelí resulta abusivo, criminal; los resistentes palestinos son descritos como una fuerza minúscula con la que bien se podría lidiar sin recurrir a la fuerza.

El único inconveniente de esa reflexión es que se basa en datos falsos. Contando sólo desde setiembre del año 2000, los palestinos han causado la muerte de más de mil 200 israelíes y herido a un número que bordea los 8 mil 500 (casi 6 mil de ellos civiles).

Sólo los bombardeos suicidas han sido más de 140 y ha ocasionado la muerte a un número que se acerca a las 550 personas, en su mayoría civiles. Y sí: esa nómina incluye a decenas de menores de edad.

¿Cómo es que, con tanta facilidad, esas mil 200 vidas caídas en atentados de todo tipo se convierten en apenas dos decenas en los rápidos y descuidados artículos de tantos desinformados columnistas en el Perú y en el resto del mundo?

En su blog de la edición electrónica de la revista Caretas, citando como fuente un artículo del periodista colombiano Antonio Ungar, Rafo León afirma que Hamas ha sido responsable de la muerte de apenas 26 israelíes en 28 años. León dice, de inmediato, sentirse angustiado ante "los números con sus certezas imbatibles".

Aquí le ofrezco a León otro número que debería considerar: 27.03.2002

Es la fecha de uno de los muchísimos atentados reivindicados por Hamas. Sólo ese día, un bombardeo suicida asesinó a 30 civiles israelíes durante una celebración religiosa de pesaj (la pascua judía) e hirió a otros 140. Y 20 de las víctimas tenían entre 70 y 97 años de edad.

Otro número, otra "certeza imbatible" que bien podría considerar Rafo León: 05.03.2003.

Ese día 17 israelíes murieron en un bombardeo suicida en un bus. Nueve de los muertos eran menores de edad. Hamas proclamó la autoría del atentado, como lo ha hecho en decenas de ocasiones. ¿De dónde sale la ridícula cifra que publicita Rafo León?

Otro número: 19.08.2003.

Ese día Hamas reivindicó un bomardeo suicida en el que murieron 23 personas y fueron heridas 130, pasajeros de un bus y peatones que andaban por allí. La mayor de las víctimas tenía 73 años. La más joven tenía 3 meses de nacida.

¿Dónde quedan esas muertes y las de los otros mil 200 israelíes caídos sólo en los últimos ocho años cuando columnistas como Ungar y León suman y restan sus datos? ¿Dónde queda la responsabilidad de los periodistas?

Nadie será tan bajo ni tan obtuso como para afirmar que las matanzas llevadas a cabo por Hamas justifican la matanza de palestinos inocentes. Pero está claro que quien quiera entender la naturaleza del conflicto no lo logrará si sólo recibe información falsa y datos mentirosos como base para formar su propia opinión.
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Sobre la foto: el hombre que aparece herido es Tuvia Grossman, ciudadano israelí víctima de un atentado. Cuando el New York Times publicó la fotografía, colocó una leyenda en que decía que se trataba de un palestino herido en un ataque israelí. Esas cosas pasan en la prensa. Errores. Pero la suma de errores acaba por tener otro nombre: desinformación.
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7.1.09

Gaza

El terror a la paz y la guerra infinita

Cualquiera que tenga el corazón en el lugar correcto debe sentir compasión y tristeza por los muertos de Gaza, así como por las víctimas inocentes de todos los conflictos en el planeta. Convertir esa compasión en el único factor de juicio ante el problema, sin embargo, no es el mejor servicio que se le puede hacer a la paz.

El conflicto entre israelíes y palestinos no se puede comprender si uno lo mira como un asunto congelado en el presente, sin una larga historia política y social (como si el conflicto hubiera empezado la semana pasada, como si el bombardeo israelí no fuera un tramo en un relato mayor).

Tampoco es entendible si uno lo ve sólo como un tema histórico y social, leyéndolo con la frialdad de las estadísticas y la memoria de pactos, acuerdos, paces y rebrotes violentistas, olvidando que hay vidas humanas atrapadas en el conflicto, y, sobre todo, olvidando que esas vidas están a ambos lados de la divisoria.

Evidentemente, en la respuesta de Israel ante los constantes bombardeos del grupo terrorista Hamas, hay una desproporción que hiere la sensibilidad de cualquier observador. No menos evidente es, sin embargo, que el Estado de Israel no puede quedarse de brazos cruzados ante los atentados que parten de la franja de Gaza, constantemente, efectuados con el visto bueno de la mitad de las autoridades palestinas y la vista gorda de la otra mitad.

Hamas es un grupo terrorista responsable de la muerte de cientos de civiles israelíes y palestinos, motor de guerras, crímenes y vendetas internas en Palestina tanto como de atentados contra Israel. Hamas no es un grupo guerrilero ajeno al poder oficial palestino: el primer ministro del gobierno palestino pertenece a Hamas, agrupación caracterizada por su constante bloqueo a todo tipo de negociación, y por operar sus atentados más radicales cada vez que las conversaciones bilaterales progresan en dirección a la paz posible.

Por supuesto, es entendible que quienes no forman parte del conflicto, así como quienes no conocen su historia, al observar con horror la respuesta israelí, reaccionen de inmediato en su contra. Pero quienes quieran expresar su opinión deben también evaluar que el enemigo de Israel es un grupo terrorista, y que, lamentablemente, abismado por el caos de su situación y sus circunstancias, el pueblo palestino ha colocado a ese grupo terrorista en el poder, lo ha convertido en su vocero oficioso y en su instancia representativa.

¿Cómo debería lidiar Israel con un enemigo que considera que el Estado de Israel no tiene derecho a la existencia? ¿Deberían los israelíes decir bueno, sí, tienen razón, no tenemos derecho a existir, vamos a cancelar nuestra existencia, vamos a desaparecer de la faz de la tierra, vamos a regresar a ese momento de la historia en que éramos el único pueblo del planeta condenado a no tener nunca una patria propia?

Quienes simplemente asumen que eso es así, que el Estado de Israel no debería haber existido jamás, están negando una verdad histórica transparente: en 1945, recién terminada la guerra mundial y concluido el Holocausto, los judíos de todo el mundo tenían perfecto derecho a considerar que sus vidas y su sobrevivencia eran inviables e imposibles si no tenían un país propio y una patria física.

Eso lo pensaron también los líderes de la mayor parte del planeta, y quien hoy diga que la creación de un Estado para los judíos de la diáspora fue un acto prepotente y matonesco demuuestra su incapacidad de comprender la magnitud de la historia del antisemitismo global en la década del cuarenta.

Desde finales del siglo diecinueve y principios del siglo veinte, organizaciones judías de todo el mundo intentaron comprar tierras en África y en América (en la Patagonia) para fundar el Estado de Israel. Quizá hubiera sido una decisión más sabia que la de volver a una tierra en la que estarían rodeados de enemigos seculares, pero el hecho fue que la decisión final fue otra.

Quienes creen que fue una decisión arbitraria el regreso a Jerusalén están desinformados: en las tierras del actual Israel nunca dejó de haber una estable población judía, y allí no había ningún Estado independiente árabe, sino uno administrado, primero, por el Imperio Otomano, y, después, por Inglaterra, que prometió, entre 1917 y 1920, en repetidas oportunidades, tanto a árabes como a judíos, que en esas tierras se les otorgaría la posibilidad de fundar sus patrias.

En 1945, años antes de que se decidiera la fundación del Estado de Israel, había un millón de musulmanes, 135 mil cristianos y medio millón de judíos en el lugar, y estos últimos se habían enfrentado por dos décadas a la insurgencia de grupos árabes ultranacionalistas que querían expulsarlos y detener la inmigración de quienes venían huyendo del antisemitismo europeo, primero, y del Holocausto, después.

Un 31% de la población palestina en 1945 era judío. Quienes creen que los judíos llegaron de pronto, súbitamente, en 1948, para apoderarse de tierras ajenas, están ignorando la historia enteramente.

Ahora bien, si el Estado de Israel tiene derecho a la existencia, si los judíos tienen derecho a la patria que han construido, derecho a un país como todos los demás pueblos de la tierra, ¿cómo deberían reaccionar ante sesenta y un años de atentados, dos décadas de intifadas, y amenazas como la del presidente de Irán, quien niega que el Holocausto haya sucedido pero, a cambio, promete perpetrar uno al cabo del cual no sobreviva un solo judío en todo el Medio Oriente?

Soy el primero en creer que a la violencia extremista y criminal no se puede ni se debe (no es cauto y no es justo) responder con violencia de una índole similar. Pero nadie puede evaluar la realidad del conflicto sin antes detenerse a conocer qué cosa es Hamas y cuáles son los principios que guían su postura contra Israel. El artículo 22 de la de la declaración programática de principios de Hamas, a la que ha jurado fidelidad el actual primer ministro del gobierno palestino, dice a la letra:

Enemigos u organizaciones sionistas acumularon una riqueza material grande e influyente con la cual tomaron el control de la prensa mundial. Estuvieron detrás de la Revolución Francesa y las revoluciones comunistas. En cuanto a guerras locales y mundiales nadie objeta que estuvieron detrás de la Primera Guerra Mundial, así como del aniquilamiento del califato islámico. También estuvieron detrás de la Segunda Guerra Mundial, cuando obtuvieron inmensos beneficios gracias al comercio con materiales de guerra, y se prepararon para el establecimiento de su Estado. Inspiraron la creación de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad para reemplazar a la Liga de las Naciones, para dominar el mundo a través de sus intermediarios. No hay guerra que haya estallado en lugar alguno que no lleve sus huellas digitales.
Es decir, Hamas sostiene, como lo hizo antes Hitler, que los judíos son
culpables de todas las injusticias y todas la guerras de la tierra, y que
controlan todo el planeta con su dinero. Increíblemente, Hamas asegura que la Segunda Guerra Mundial (sí, la misma del Holocausto) fue un negocio judío. Ese es el grupo con el cual Israel tiene que negociar.

Yo, como muchos, creo que la negociación debería ser el camino, y no la violencia. Pero, ¿cómo debería negociar Israel con quien defiende como único objetivo político el de abolir y obliterar absoluta y radicalmente la existencia de todos los judíos?

Quienes acusan a Israel de genocida deberían considerar un par de hechos: primero, que el Estado de Israel nunca ha propuesto la persecución de los palestinos por su religión o su pertenencia étnica (en gran medida, la pertenencia étnica palestina es una novedad postcolonial), y, en cambio, ha visto el problema como un asunto eminentemente político.

Segundo, que grupos como Hamas sí describen el tema como una guerra étnica, en la que los judíos representan un mal intrínseco, opuesto a la bondad representada por los pueblos árabes musulmanes, todo ello dentro de un discurso indudablemente genocida. La misma declaración de principios de Hamas dice, en su artículo siete:

No vendrá el Día del Juicio hasta que los musulmanes combatan a los judíos, hasta que los judíos se escondan tras las montañas y los árboles, los cuales gritarán: '¡Oh, musulmán! Un judío se esconde detrás mío, ¡ven y mátalo!
Esperemos que el gobierno de Israel detenga su ataque en Gaza, que los inocentes dejen de morir en uno y otro bando. Pero esperemos también que en un momento cercano Israel tenga al otro lado de la alambrada a un gobierno que pueda representar cabalmente la necesidad de paz de su pueblo y que esté dispuesto a negociarla en lugar de imposibilitarla con sistemáticos atentados, bombarderos suicidas y estallidos de violencia evidentemente destinados a obstaculizar cualquier solución pacífica, y discursos fanáticos e intransigentes.

Dioses

La segunda película de Josué Méndez

Si algo ha ingresado en el cine peruano con las películas de Claudia Llosa y Josué Méndez, algo que no existía o no había logradado mayor sofisticación antes (salvo en casos muy puntuales, como el de La boca del lobo, de Lombardi), es el complejo equilibrio de los relatos arquetípicos que no descuidan ni sofocan, en su afán intelectual, la construcción de la anécdota visible, pero tampoco se extravían en ella ni pierden la ambición de decir algo trascendente.

Lo que hicieron Madeinusa y Días de Santiago con varios modelos clásicos (el descenso a los infiernos, el regreso demoniaco al espacio natal, la mentida tentación de las sirenas, la sublevación de los ángeles) lo hace ahora, velada y sutilmente, Dioses, con una historia que también recurre a la difícil estructura que Joyce llamaba "método mítico": la narración de unos cuantos días en la vida de una familia burguesa limeña bajo la sombra del relato griego de Cronos, el dios egomaniaco que se tragaba a sus hijos, destruyéndolos al nacer para que no lo sucedieran, hasta el advenimiento de su sexto hijo, Zeus, quien habría de trastornar su reinado para siempre.

(De hecho, la historia de Cronos se menciona en la cinta, en los diálogos entre Maricielo Effio y Pilar Brescia, que conversan mientras observan una exposición de flores raras).

El engranaje mítico le sirve a Méndez para dar estructura a su mirada sobre la decadencia de las clases altas tradicionales: un mundo endogámico e incestuoso --por reconcentrado y ombliguista--, un universo que sólo tiene ojos para sí mismo, enclaustrado en una cárcel dorada, recluido del mundo por espanto y autosuficiencia, pero también por debilidad y temor a la realidad: un mundo de "dioses" tuertos y miopes incapaces de atravesar con la mirada los muros de sus casas de descanso para ver más allá del horizonte, incapaces de asomar al mundo sublunar entre los pilares de su olimpo (el primero en hacerlo, en un descubrimiento personal, desde la altura de un cerro invadido de casuchas malparadas, será el hijo, el futuro dios).

Que el relato se construya sobre arquetipos no implica para nada, como han malentendido algunos críticos, que la historia funcione en base a la recreación de estereotipos. De hecho, aunque la película deja muy en claro la injusticia de la división de clases en el Perú, su mérito mayor, en ese aspecto, es lograrlo sin recurrir a la mostración de la violencia implicada en la inequidad: la relación entre patrones y sirvientes resulta cordial, casi amistosa, pero estrafalaria en su racismo soterrado, doblemente chocante porque se plantea como un sometimiento que no parece basarse en la fuerza y la sojuzgación. Es decir, Dioses es un perfecto retrato de la forma más común del racismo peruano, esto es, el racismo y el clasismo sonrientes, benévolos, hipócritas, enteramente naturalizados, que fingen no violentar el campo social, sino, más bien, ser su forma irrefutable.

El breve diálogo en quechua entre las empleadas domésticas, la forma en que sus uniformes blancos parecen hacerlas más parte del decorado que del mundo de los sujetos y los individuos, la sobreposición de una canción latinoamericana sobre las imágenes de una fiesta electrónica, la irrupción de la madre andina en el paraíso artificial de su hija mentirosa: todos son pincelazos apacibles, diestros, de tono menor, pero van construyendo en su conjunto la sensación de impertinencia y artificialidad, de deshumanización y hartazgo decadente que sirve de argamasa a los ladrillos de la sociedad de la que se ocupa la cinta.

A Josué Méndez no hay que seguir esperándolo: está aquí y en este momento es el más solvente e interesante de los cineastas del Perú.


Harry Mulisch

Mi mejor aventura literaria del 2008

Cuando la colombiana Laura García, del blog Arco Libris, publicado en Chile por La Tercera, me pidió hace unas semanas que respondiera a la pregunta ¿cuáles son los mejores libros que leíste el año que termina?, mi respuesta fue monotemática e indudable: todos fueron libros del holandés Harry Mulisch.

Copio debajo, con minúsculas modificaciones, el texto que le envié y que ella colocó en su blog:
Este año, mi mejor hallazgo no ha sido un libro, sino un autor: el holandés Harry Mulisch. Hacia finales del 2007 cayó en mis manos un libro titulado Caso criminal 40/61. Era una compleja y peculiarísima crónica del juicio del criminal nazi Adolf Eichmann en Jerusalén, en 1961. El cronista era Mulisch, entonces un joven periodista y narrador con un pasado familiar conflictivo: hijo de un colaboracionista holandés (de Haarlem) y una madre judía, sobreviviente él mismo de la ocupación alemana de Holanda en la Segunda Guerra Mundial.
Cuando supe que el de Mulisch era, para muchos, el nombre crucial de la narrativa holandesa en el siglo veinte, decidí echarme a buscar el resto de su obra. Son más de treinta libros, pero en traducciones al español o al inglés apenas se puede encontrar seis de esos títulos: los leí todos el 2008. Todos son estupendos. La novela El descubrimiento del cielo es una suerte de épica fantástica, aventurera, sobrenatural, pero en el fondo es una novela filosófica que no teme interesarse por los temas más difíciles de la teología occidental y oriental. Es en cierta forma la gran summa de la obra de Mulisch, aunque yo, personalmente, prefiero sus demás libros, que menciono a continuación.

Sigfrido es una ficción contrahistórica: la trama se construye a partir de una pregunta hipotética: ¿qué hubiera pasado si Adolf Hitler hubiera tenido un hijo con Eva Braun? ¿Cuál habría sido la índole del lazo paternal-filial con un individuo como Hitler en uno de los lados del vínculo? Dando un paso atrás, la novela no cuenta precisamente esa historia, sino la historia de un novelista que quiere imaginar el relato y que de pronto se halla ante la posibilidad de que su imaginación sea, de hecho, una realidad.

El asalto, una de las más conocidas de sus novelas, fue llevada al cine (como ocurrió con El descubrimiento del cielo) hace unos años. La idea es excepcional: un colaboracionista local, pronazi, es asesinado ante la puerta de una casa en Haarlem, Holanda, hacia finales de la guerra. El hombre ante cuya casa ha caído el muerto, decide empujar el cadáver hasta colocarlo frente a otra casa, para evadir una posible acusación. Ese gesto azaroso decide el destino entero de una familia por varias generaciones: la cadena de homicidios que estalla como consecuencia acompaña, traumáticamente, al único niño sobreviviente del hecho, que se reencuentra con las memorias fragmentarias de ese momento (y con diversos actores del hecho) a lo largo de las décadas siguientes.

El procedimiento es acaso mi preferida (y eso la convertiría en mi libro favorito leído en el 2008). La novela cuenta un puñado de historias sucedidas en momentos históricos distintos --desde el siglo dieciséis checo hasta el siglo veinte norteamericano-- pero vinculadas vertebralmente por un mismo tema: todos los relatos paralelos involucran a un ser humano que intenta crear otros seres humanos: un rabino que elabora un gólem en Praga, un científico holandés que contribuye a la creación artificial de seres vivos, pero también la versión más natural de la historia: una madre que da a luz a su primer hijo. Mediante el complejo juego de vasos comunicantes del relato, Mulisch acaba por devolverle a los hechos naturales de la concepción y el nacimiento el aura mágica que sus versiones fantásticas le han arrebatado en la literatura prometeica, desde la tragedia griega hasta Mary Shelley.

Lamentablemente, me faltan sólo dos novelas suyas, una en versión española (Dos mujeres) y una en traducción inglesa (Last Calls) para terminar con todos los libros de Mulisch traducidos a lenguas que puedo leer. ¿Y después, qué hago? Aprender holandés, supongo; o empezar una campaña para que la obra (más de treinta títulos) de este candidato al Premio Nobel tenga toda la atención que merece fuera de Europa.

6.1.09

Montalbetti

Sin jipijapa, pañuelo, ni poncho blanco de lino


Acabo de leer 8 cuartetas en cotra del caballo de paso peruano, el reciente poemario (¿antipoemario?) de Montalbetti, y una vez más tengo la misma certidumbre que me queda luego de revisar cualquiera de sus libros: la de estar ante la obra de uno de los más idiosincrásicos, complejos e inteligentes poetas peruanos de las últimas décadas.


"Compañeros de generación nuestros versos podrían estar escritos en una lengua más conjetural", dice el cuarto de los cincuenta y cinco versos que componen (o se aglutinan en) la sección titulada "Lejos de mí decirles compañeros". Y uno tiene la sensación inmediata de haber descubierto el engañoso bajo continuo del conjunto: poesía de un racionalismo suspicaz y acaso descreído, escrita en una lengua bajo sospecha, con el ánimo de un poeta que desconfía de su propio soporte: "la unidad del idioma la unidad del idioma no tiene la menor importancia compañeros" (verso tres de la misma página).

"No asocio lo que dices con nada la mención del bote en la playa no me dice nada", se lee al principio de "La brisa del N.O.", como seña, quizá, de que no es sólo el lenguaje como estructura y potencia lo que cae bajo la duda del poeta, sino su nexo endeble con el mundo, su capacidad misma de referir.

Tal vez a eso se deba el intento de Montalbetti de abandonar el poema y concentrarse en el verso individual, en el versículo, en la frase y sus fragmentos, como esperanzado en que al menos las unidades menores del lenguaje abriguen todavía algún poder de significancia, que el poeta parece intuir perdido en los textos de mayor aliento, en las construcciones macrotextuales, en los discursos que se pretenden enteramente articulados, y que este libro evita casi maniáticamente: "La autoridad del poema tiene un hueco en el centro" (cuarto verso de "No literal").

Como ya dije antes, este no es el mejor lugar para una reseña, así que aquí me detengo, anotando ese par de impresiones. Pero repito: si quieren leer algo de la mejor poesía que se hace en el Perú en estos días, denle una mirada a este libro negro de carátula semi-ausente.

PD: Una duda me viene dando vueltas en la cabeza, y la menciono sin ánimo polémico, apenas en busca de una respuesta potable: ¿cómo es que, habiendo publicado no una sino dos listas de los libros más destacados del año en el Perú, el doctor Ricardo González Vigil ha preferido no mencionar en ninguna de ellas los libros de Montalbetti (ni 8 cuartetas ni El lenguaje es un revólver para dos, la plaqueta editada en la colección Underwood, de la PUCP)? Si es que me equivoco en el dato, claro, también será bienvenida la aclaración de quien quiera proporcionármela.

Cosas que conocí el 2008, 1

Tómenlo como una (casi) tácita recomendación

No hablo de cosas aparecidas en el 2008, sino de cosas que existían desde antes (en algunos casos, muchísimo antes) y que yo recién descubrí, o aprendí a apreciar, durante el año recién pasado.

Las novelas de Harry Mulisch. Como decía hace unos días, en la presentación de la última novela de Iván Thays, es sumamente posible que quienes satisfacen su sed de ficción con novelas de Ricardo Piglia y Paul Auster, en el fondo estén buscando, sin saberlo, un libro de Harry Mulisch, el novelista más sorprendente, inteligente y conmovedor que he leído en los últimos años... No les hablo más de él por ahora porque en estos días pienso republicar aquí un pequeño texto sobre Mulisch que Laura García me pidió hace unas semanas para su blog de La Tercera de Chile. Por lo pronto que quede constancia: es mi "nuevo" novelista favorito.

La música de Mississippi John Hurt, el gran blusero del sur negro americano, siempre fiel a la guitarra de palo, al sonido acústico, a las letras melancólicas, doblemente melancólicas en la voz cascada y anciana de sus últimos discos. Mississippi John Hurt es el padre natural de Bob Dylan (porque, en efecto, su blues tiene mucho de folk, así como el folk de Dylan tiene tanto y tanto de blues), y su música, bastante reconocida por los expertos, debería ser escuchada con mayor atención por todos los simples aficionados (como yo).

Sigamos con la música: me sorprendo casi infinitamente cada vez que compruebo que Peter and the Wolf es un grupo casi virtualmente desconocido. La mayor parte de su música se transmite en cd´s caseros, apenas un par han aparecido decentemente editados por disqueras pequeñas independientes, y si uno los busca en Google o persigue sus canciones en iTunes, lo que encuentra, con gran frecuencia, es la música de otro grupo del mismo nombre, Peter and the Wolf, no americano sino inglés. El buen Peter and the Wolf es una pequeña banda de música folk, muy urbana, cuyo centro y referente crucial es el cantante y compositor, Red Hunter (no es seudónimo). Supongo (si hay juticia en este asunto) que no sobrevirirá al 2009 la sorprendente anonimia de la banda.

En mi ojo de cinéfilo "high art" ninguna luz ha brillado más que la del cineasta mexicano Carlos Reygadas, el de Japón, Batalla en el cielo y, en este 2008, Luz silenciosa. En mi ojo de cinéfilo "low pop" el placer culposo han sido las películas de horror marquetero (pero hábil, muy hábil) del catalán Jaume Balagueró. Los amantes del género pueden ver todas sus cintas sin arrepetinrse, pero hay una que tienen que ver de todas maneras: [REC]. Yo la busqué por todas partes y terminé por encotrarla en Lima, en copia pirata (mea culpa).

5.1.09

Augusto Higa

La iluminación de Katzuo Nakamatsu


No suelo hacer reseñas en este blog, y no me siento en disposición de romper la costumbre esta vez, pero tampoco quiero dejar de mencionar esto: en un año que nos trajo no pocas obras de alta calidad en la narrativa peruana (novelas y colecciones de cuentos de Iván Thays, Abelardo Sánchez León, Edgardo Rivera Martínez, Luis Nieto Degregori, etc), corre el riesgo de pasar poco percibida una nouvelle estupenda, La iluminación de Katzuo Nakamatsu, de Augusto Higa. Y la verdad es que merece mucha atención: toda nuestra atención.


Si uno se echa a buscar en nuestra tradición, en nuestra usualmente rica tradición narrativa, se encuentra con la sorpresa de que no son muchas, en verdad, las novelas breves peruanas que puedan considerarse hallazgos notables. Eso sólo acaba por dar mayor brillo al logro de Higa, un autor del viejo grupo Narración que parece haber navegado muy lejos de su orilla original en este libro, pero que, sin embargo, se mantiene fiel a la noción elemental de crear un universo íntimo que sea reflejo de un mundo social mayor y, de manera peculiar en este caso, un mundo también marginal.


La iluminación de Katzuo Nakamatsu es la historia de un viaje a la locura, pero uno descrito a la vez como descenso al infierno y descubrimiento: iluminación, entonces, quizás, en el sentido sui generis que le dio Rimbaud: hallazgo de la tiniebla y mirada oblicua al paraíso, todo en un solo y contradictorio movimiento, abismado y maldito.

La novela traza el mapa urbano de una Lima muy claramente demarcada: ciertos barrios del centro, sus márgenes, las fronteras de La Victoria o Balconcillo, las grandes avenidas y las calles menores que han pasado, a lo largo de la segunda mitad del siglo veinte, de la pobreza relativa a la tugurización y de la miseria al lumpen, y que ahora se recomponen bajo la faz ardorosa de las nuevas emergencias sociales, lo chicha, lo informal, la autosuficiencia de lo popular urbano.


Si ese es el terreno en el que se mueve el protagonista (un profesor universitario que ha sido jubilado a la fuerza, enfrentado de pronto a la inacción prematura del retiro, y empujado con ello a la orilla de una locura a la vez senil y rebelde), lo cierto es que hay territorios menos concretos, más bien psíquicos, que levantan el escenario central de la historia: la vivencia de la marginación actual se vuelve memoria de la marginalidad anterior: el personaje --nikkei como el autor-- evoca y revive los años de la migración de japoneses al Perú, los atropellos xenofóbicos de que fueron víctimas en nuestra capital durante la Segunda Guerra Mundial, y acaba por somatizar en la pena y la locura íntima y contemporánea, los rasgos de esa otra locura que es la pasada alienación del migrante rechazado.


En ese movimiento, se sobreponen infinitas capas: el personaje, eminentemente esquizoide, se identifica con un viejo líder de la resistencia a la xenofobia antinipona en el Perú, pero también con Martín Adán, asumiento en ello la duplicidad del doble exilio, el exilio exterior del emigrado, y el interior del paria refugiado en su alma y en el hospital psiquiátrico, escapado hacia el escondite personal de su memoria y enajenado del mundo físicamente y mentalmente.


Libro conciso, tenso, que vence a su propio desequilibrio, que se levanta en el caos de sus largas frases y el ímpetu de su tono confesional, y asoma entre las líneas de su argumento desquiciado, La iluminación de Katzuo Nakamatsu es una de las mejores novelas breves publicadas en el Perú en muchos años.

La mejor música del 2008

Según mi criterio de neófito, por si acaso

Estos son algunos de mis discos preferidos del año, sin colocarlos en ningún orden particular, y reconociendo, claro está, que aunque yo escucho música fanática y compulsivamente, hay muchas cosas universalmente celebradas a las que no he podido prestarles una justa atención.

Olvido algunas cosas, sin duda, y otras dudo en colocarlas (¿es justo dejar de lado el último disco de REM?; probablemente no, pero prefiero hablar de discos un poco menos difundidos entre nosotros). ¿Es buena idea no mencionar a The Bug? Tampoco, pero no sé si sabría explicar cómo ha llegado a gustarme su variante postmo de rap y hip hop.

Third, de Portishead.- Larguísima espera, satisfacción total. La música de Portishead se hace más compleja pero a la vez más transparente, menos electrónica, más terrestre (y más terrícola) y el disco es el mejor de su espaciada y breve producción.

Electronic Arguments, de The Fireman (Paul McCartney & Youth).- Ya lo dije antes: en este disco Paul McCartney descubre el verdadero alcance de la alianza creativa más duradera de toda su carrera (sus colaboraciones con Youth llevan ya década y media). Música experimental que no olvida la melodía, ni la diversión, ni el hecho de que el espíritu reflexivo no tiene por qué renunciar a la vitalidad.

Exit, de Shugo Tokumaru.- Ya había deslumbrado con sus primeros intentos, pero este disco del japonés es mucho más un conjunto de hallazgos que un manojo de exploraciones: Tokumaru, de alguma manera imprevisible, ha encontrado el improbable punto de encuentro entre la electrónica, los Beach Boys y la música tradicional japonesa.

Dig!!! Lazarus Dig!!!, de Nich Cave and the Bad Seeds.- Ya no es sorpresa que Nick Cave (novelista, cineasta, periodista y músico) sólo es capaz de hacer buenos discos, pero, con todo y eso, nada hacía presagiar para el 2008 uno de los puntos más altos de su carrera. Dos canciones para recordar: la que da título al cd y More News from Nowhere.

Welcome to Mali, de Amadou & Mariam.- Según los ránkings consolidados de Metacritic, este es el disco del año para la crítica anglosajona (particularmente impresionante para un dúo de músicos francoparlantes. Rock y pop africano del mejor nivel, en la huella de Geoffrey Oryema, Fela, Ayub Ogada, etc.

Laulu Laakson Kukista, de Paavoharju.- Finlandia ha producido algunas de las agrupaciones más idiosincrásicas del rock contemporáneo, y Paavoharju no es la menos extraña: una canción promedio de este conjunto de cristianos "born again" puede conciliar trance, psicodelia, canción napolitana y experimentalismo de resonancias africanas, así, como quien no quiere la cosa.

(Estoy con ese cansancio moribundo y apacible que dan las vacaciones prolongadas, por eso prefiero no echarme a buscar videos. Pero no puedo dejar de recomendarles una de las canciones más raras y bellas del año: Italialaisella laivalla, de Paavoharju.

4.1.09

3,000 / 14

"Tres mil ejemplares agotados en dos semanas"

Leo en un diario esa observación: Busco novia, el libro de Renato Cisneros que recoge textos antes publicados en su blog, vendió tres mil ejemplares en sus primeras dos semanas, y eso lo convirtió en uno de los grandes éxitos libreros del año pasado en el Perú.


Suponiendo que esa fuera la cifra de ejemplares vendidos efectivamente al público, y no, como es de suponer, la cifra de ejemplares distribuidos a pedido en las librerías del país (y cuando digo "país" me refiero al país de Lima), estaríamos hablando de la astronómica cantidad de 214 ejemplares comprados cada día durante dos semanas.

O, para decirlo de otra manera, promediando: unos veinte ejemplares vendidos diariamente, a lo largo de una quincena, en cada una de las diez librerías limeñas que en verdad venden libros (otra cosa que explicar a los extranjeros: la mayoría de las "librerías" del Perú no venden libros).


Es decir que, en una librería que esté abierta durante diez horas en cada jornada, la larga, interminable y fanática fila de compradores de Busco novia habría alcanzado a estar poblada, durante medio mes, por... dos compradores por hora.

Pongámoslo en porcentajes: un best seller peruano es un libro que alcanza a ser leído por el 0.0107 % de la población nacional o el 0.03 % de la población capitalina. Un best seller peruano tiene en sus dos semanas más exitosas de venta la quinceava parte de los lectores de un diario chicha promedio en un día cualquiera.

Pongámoslo en perspectiva: se trata de un libro, Busco novia, cuyo contenido ya ha sido leído (online) por la gran mayoría de sus compradores antes de adquirir un ejemplar, de modo que, paradójicamente, siendo un "éxito" de librerías, no debe de contribuir casi en nada al ensanchamiento del total de lecturas anuales de los peruanos.

Así estamos.


Regreso a casa

Después de un par de semanas...

Puente Aéreo se fue en silencio y regresa sin dudas ni murmuraciones: Carolyn y yo pasamos dos semanas en Máncora, andamos ya de regreso en Lima, y yo, personalmente, he pasado el tiempo tomando nota de algunos temas para comentarlos aquí, así que en las próximas semanas espero colocar al menos un par de posts cada día.

Antes de salir del tema mancoreño: ¿por qué si la zona de Máncora cuenta con un buen número de hoteles, algunos de ellos bastante caros, decenas de residencias no poco lujosas, tres decenas de restaurantes y bares, etc., el municipio local, que debe recaudar mucho más impuestos que cualquier distrito promedio de la costa norte, es incapaz de cosas elementales como asfaltar pistas o extender el alumbrado público?

No me refiero a asfaltar o alumbrar las calles de los hoteles y las residencias veraniegas, sino a las calles del pueblo, donde viven los habitantes locales, que no parecen beneficiarse de la afluencia de visitantes al menos en cuanto respecta a sus servicios públicos.