31.10.08

Cosas que deben morir

Diez puntos pendientes, si yo fuera diputado

"Here is what I'll do", dice Barack Obama, profesor universitario después de todo, cada vez que le preguntan por las cosas específicas que haría en un determinado campo si resultara electo presidente. En la literatura, claro, no hay un cargo análogo, pero creo que todos los que nos preocupamos por el caminar de la esfera literaria en el Perú tenemos en el fondo un programa mínimo de cosas que querríamos cambiar. Así que, siguiendo ese ejemplo,
here is what I'd do, si estuviera en mis manos cambiar algunas cosas en la literatura peruana.

1. Dejar de caracterizar a los grupos de escritores como argollas, mafias, clubes, logias, cenáculos, tertulias, camorras, manchas, patotas, bandas o cualquier otra etiqueta derivada del mundo del hampa, la delincuencia o el exclusivismo elitista. Bastante más productivo es entender si los vínculos entre diversos escritores son estéticos, ideológicos, políticos o acaso, quién sabe, programáticos. Eso no solo limpiaría el ambiente, sino que colaboraría a la comprensión de nuestro panorama literario, su crecimiento, sus direcciones y su futuro.

2. Dejar de juzgar el talento de los escritores peruanos en función de su recepción en el extranjero y, sobre todo, de su triunfo en concursos internacionales o su acceso a editoriales españolas: esa actitud disloca nuestra mirada cuando queremos entender los logros de los autores que no escriben pensando en un público internacional, y además subraya una mentalidad colonizada, según la cual las apreciaciones de la crítica y la lectoría de mercados más grandes resultan tener más importancia que las apreciaciones de los críticos y los lectores locales. En España nadie mediría el éxito de un autor guiándose por qué cosa se dice de él o de ella en el Perú: al ser una vinculación unilateral, se vuelve dependiente y sumisa. Si un brillante crítico español elogia una novela peruana, ese elogio tiene exactamente el mismo valor que uno proveniente de un brillante crítico local, no más.

3. Dejar de utilizar el triunfo internacional para menospreciar el trabajo de un escritor peruano. Se trata, claro, de un fenómeno opuesto y malamente complementario al anterior. Si un escritor local se hace de fama en el mundo literario internacional, eso no significa que haya traicionado su vínculo con el Perú, ni que se haya entregado a una literatura complaciente destinada sólo a capturar ese mercado: el fenómeno de la transnacionalización de la literatura, concurrente en gran medida con el (siempre debatible) fenómeno de la globalización no puede ser entendido tan solo como una renuncia a la complejidad o a la audacia creativa; de hecho, muchas veces es lo contrario.

4. Abandonar lo que en otro lugar he llamado nuestra narcolepsia crítica, por ejemplo, la tendencia a pensar que los debates y las polémicas son negativos, improductivos, inconducentes o inevitablemente violentos y que por ello hay que evitarlos o concluirlos apenas se inician. El debate es una práctica crucial en toda esfera intelectual, cultural o artística; el asunto no es evitar los debates, sino cuidar que no se vuelvan pleitos subalternos, personales, disfraces para airear vendettas o rivalidades intrascendentes.

5. Bajar la velocidad de esa fiebre endémica que lleva a críticos y escritores a decretar, cada cierto tiempo, el nacimiento de una nueva generación, antes de que esa generación haga algo por merecer la atención vívida de la crítica. La manía de expedir partidas de nacimiento apresuradas hace que la literatura peruana esté repleta de bebes nonatos. Hace cuatro o cinco años se habló del boom de la literatura joven, acompañado por la explosión de las editoriales independientes. Hoy tenemos más editoriales independientes que escritores jóvenes. Muchos de los nuevos autores que reclamaron, a veces arrebatadamente, la atención de la crítica, siguen debiéndoles a sus lectores un segundo libro valioso que cristalice lo que parecieron prometer en un principio.

6. Renunciar a la costumbre de ver la literatura peruana, en las generaciones recientes, como una sucesión de partidas de defunción (que suelen ser prematuras) y partidas de bautizo (que suelen caer en el olvido). Desde los años sententas, por lo menos, cada grupo poético parece reclamar que con su surgimiento ha fallecido la poesía previa, que todo lo anterior ha sido un esfuerzo vano y que, de lo que viene, sólo lo propio es valioso. Esa confusión entre apocalíptica y mesiánica no hace sino abrumar nuestra capacidad de ver las continuidades, las reconstrucciones, las reversiones de la tradición y de la historia literaria. La poesía peruana es un árbol de muchas ramas y no un macetero con brotecillos de hierbajos dispersos.

7. Ponerle fin a la idea de que las tradiciones literarias peruanas son meramente beligerantes, opuestas, contradictorias e inconexas. El caso se ha dado con muchas máscaras disímiles: la poesía pura frente a la social, la elitista frente a la popular, la literatura neoindigenista frente a la urbana, la andina frente a la criolla, la social frente a la intimista, etc. Ninguna de esas inclinaciones existe enteramente ajena a sus contrapartes: Arguedas y Vargas Llosa no son entelequias que habitan dos mundos paralelos, entre Alonso Cueto y Miguel Gutiérrez hay muchas más cosas en común que las que los críticos suelen discutir; que la preocupación por el asunto de la violencia política sea común a ambos, por ejemplo, no es un producto del azar.

8. Reconsiderar la idea de que el realismo es la matriz nuclear de nuestra tradición narrativa. Incluso si suponemos que dentro de esa modalidad se han producido muchos de los picos de la literatura peruana, y sin duda una cantidad significativa de obras de importancia relativa, el simple ejercicio metódico de dar un paso al costado y buscar, en vez de la consolidación de esa idea, las posibilidades de subvertirla, puede arrojar un resultado valioso y un rediseño de nuestras ideas centrales sobre la tradición local. No son marginales, ni mucho menos, las obras narrativas de autores como Martín Adán, Diez Canseco, Durand, Clemente Palma, Scorza, Ventura García Calderón, Abraham Valderomar, Eielson, Arguedas, Colchado, Rosas Paravicino, y, más cercanamente, Alarcón, Castañeda, Prochazka, Güich, Neyra, Chávez, etc., todos los cuales han trabajado, entera o parcialmente, fuera del territorio realista. Entonces, ante el hecho mismo de su abundancia, ¿no cabría recartografiar el mapa de nuestra narrativa, considerando que las aparentes desviaciones y las salidas del código realista no son eso, no son excepciones, sino una serie de constantes vertebradas con tanta solidez como la tradición realista?

9. Abandonar la visión compartimentada de la literatura que, en la práctica, nos hace estudiar la genealogía de la poesía peruana como un universo completamente ajeno al de la genealogía de nuestra narrativa, nuestro teatro, nuestra ensayísitica. Deberíamos pensar los momentos de nuestra tradición literaria, en el siglo veinte, con la misma visión panorámica con que los estudiosos de la colonia ven su objeto de estudio: historizándolo, tratando de desentrañar las grandes líneas maestras, encontrando cómo es que cada época ha respondido a unos mismos impulsos y motivos en los diversos géneros. Un ejemplo: las generaciones del cincuenta y del sesenta suelen explicarse en términos muy distintos cuando se habla de la poesía y cuando se habla de la narrativa. No tenemos estudios englobadores que pongan en juego, simultáneamente, las obras de Vargas Llosa o Ribeyro con las de los poetas que fueron coetáneos suyos, como si cada zona se hubiera movido dentro de una historia distinta e incluso divergente.

10. Dejar de lado el viejo purismo literario que margina géneros enteros por no considerarlos parte de una misma esfera: el cómic, el teatro popular, el teatro colectivo, la música, el cine, son corpus que los estudios literarios casi nunca contemplan en la universidad peruana, como si no tuvieran líneas coincidentes, e incluso orígenes y discursos entrecruzados con las prácticas de aquello que más tradicionalmente llamamos
lo literario. De ese modo, por ejemplo, nos enfrentamos a la idea de que el Perú tardó mucho en narrar coherentemente la violencia política de los ochenta en narrativas complejas y mayores, porque olvidamos el trabajo de gente como Augusto Cabada y Giovanna Pollarolo en la creación del guión de La boca del lobo, de Francisco Lombardi (1988).


30.10.08

Gonzalo Mayo y el cómic peruano

Intersecciones de nuestra literatura y nuestra novela gráfica

Hace unos días, en otro post de Puente Aéreo, una comentarista sugería la posibilidad de que en el Perú se hicieran más adaptaciones de clásicos literarios nacionales al lenguaje del cómic, y preguntaba si había antecedentes similares.

Entre los cómics de artistas consagrados a nivel mundial hay incontables ejemplos. Mis preferidos son las adaptaciones de Kafka hechas por Robert Crumb, por un lado, y Peter Kuper, por otro; y la versión gráfica de
City of Glass, the Auster, emprendida por Paul Karasik y David Mazzucchelli.

Los ejemplos que mencioné en mi respuesta, sin embargo, fueron latinoamericanos: la docena de cuentos argentinos y uruguayos reunidos y prologados por Ricardo Piglia en versiones gráficas de artistas y guionistas rioplatenses en el libro titulado
La Argentina en pedazos.

Quizá debí de haber sido más patriota y poner como primer gran ejemplo a Juan Acevedo y su notable adecuación gráfica del Paco Yunque de César Vallejo. De hacerlo, sin embargo, hubiera incurrido en otra injusticia, de la que, de cualquier forma, no me libré: no cité un ejemplo incluso más notable por su antigüedad y la publicidad de la que gozó en su momento: la versión cómic de
El mundo es ancho y ajeno que Gonzalo Mayo publicó por entregas en un suplemento del entonces joven diario Expreso en los años sesentas.

El piurano Mayo, que hizo su adaptación de la novela de Ciro Alegría en las páginas del suplemento Estampa entre los años 1963 y 1965 (la inició poco antes de que el escritor se convirtiera en congresista de la entonces centroizquierdista Acción Popular), dejó el Perú muy pronto, para convertirse en un autor cotizado en México, primero, y luego en los Estados Unidos, no sin antes dar la imprenta, también a través de Expreso, a largos cómics seriales sobre La historia de los incas y La batalla de Ayacucho.

Creador notable, parte de una generación de artistas gráficos peruanos que dejaron una huella profunda en el mercado norteamericano y el latinoamericano (Boris Vallejo, Juan Roncagliolo, Pablo Marcos, Ricardo Villamonte, Jorge Bernuy, Guido del Carpio, etc.), Gonzalo Mayo fue dibujante de series gráficas de fama mundial, como Fantomas y Vampirella, en series de horror como Hatha Yoga, y un pequeño maestro en el arte de la novela gráfica erótica (que, todo sea dicho, en la versión de Mayo, es parte de la tradición setentera de la sexplotation del cómic semi-underground, que con cierta justicia le sacará ronchas a muchas mujeres de mente progresista).

Quizás, a veces, cuando pensamos que nuestra tradición en el mundo de la novela gráfica es corta y no demasiado interesante, estamos siendo injustos con esa línea de artistas del cómic que establecieron un nombre propio desde hace más de cuatro décadas, en mercados extranjeros, inmiscuyéndose en tradiciones ajenas, pero que también hicieron una incursión interesante por temas peruanos y se entrecruzaron creativamente con nuestras herencias literarias y plásticas, como Gonzalo Mayo.

29.10.08

¿Revista de Estudios Literarios Peruanos?

Siguiendo con una conversación anterior

Hace unos días, en las líneas finales de un post titulado Narcolepsia, hablé sobre la escasez (más bien, la casi inexistencia) de revistas literarias profesionales y arbitradas en el Perú.

Entre los varios comentaristas, más de uno observó que la cerrazón del medio universitario y su reconcentración en dos medios vistos como antagónicos (la Universidad Católica y la Universidad de San Marcos), hacían poco menos que imposible la empresa de una revista así. También se señaló que los costos de publicación y distribución le restaban incluso más factibilidad a la idea.

Ambas críticas son válidas y señalan problemas reales, pero, pienso, están en el fondo equivocadas. En lo que respecta al financiamiento del proyecto: cada vez hay más revistas en los medios académicos internacionales que se publican online, en sus propios websites, muy bien recibidas en todas partes, con costos de edición y mantenimiento que se aproximan a cero y con una lectoría que excede largamente a las revistas tradicionales impresas.

(Lo digo por experiencia: yo edito una revista académica digital, Dissidences: Hispanic Journal of Theory and Criticism, de la que están por aparecer los números 4 y 5, que cuesta menos de trescientos dólares anuales).

Virtualmente todas las revistas académicas se publican con el trabajo ad honorem de profesores que se encargan de su edición, y la publicación de los ensayos, artículos y reseñas no demanda el pago a los autores, porque tal es la práctica de las revistas universitarias: se escriben los textos y se hacen públicos como una contribución a la investigación dentro de un campo determinado.

Respecto a la cerrazón del medio: las revistas académicas no necesitan estar asociadas ni oficial ni extraoficialmente a una universidad en particular. Basta con que los miembros de su comité editorial sean doctorados en el campo y que cada uno tenga una afiliación permanente. Para incluir la publicación en la esfera de las revistas académicas mundialmente aceptadas, basta con su inscripción en el índice de la MLA (Modern Language Association) y la obtención de un ISSN, que se logra mediante un trámite sencillo y, si no recuerdo mal, gratuito.

En contra de lo que un comentarista supuso, el proceso del
peer review, es decir, la evaluación del material publicable por parte de dos o tres árbitros profesionales (profesores universitarios del campo) no tiene que circunscribirse al juicio de los miembros del comité editorial: la práctica más normal es pedir a profesionales ajenos a la revista que lean y evalúen los textos, eligiendo a esos árbitros según su especialidad y el tema del artículo a ser evaluado. El trabajo de esos árbitros también es siempre gratuito.

En otras palabras, lo único que hace falta para que una publicación
peer reviewed exista en el Perú es la voluntad de un puñado de colegas universitarios que quieran llevarla a cabo.

Una cosa más: hasta donde yo sé, no existe ninguna revista
peer reviewed en todo el mundo que se dedique exclusivamente a la publicación de estudios sobre literatura peruana. Eso quiere decir que la fundación de una (llamémosla así por ahora) Revista de Estudios Literarios Peruanos no sólo es plausible, sino que ocuparía un nicho absolutamente vacío en el universo académico internacional. Y todo eso, sólo con trabajo y sin casi ninguna inversión de dinero.

De hecho, ya hay gente interesada en hacerlo, y a quienes quieran conversar sobre el tema puedo ponerlos en contacto con los demás si me escriben a: gfaveron@gmail.com

28.10.08

La cruz: ¿Obama o McCain?

Sobre un documento de los obispos norteamericanos


Leyendo un peculiar artículo del escritor Eduardo González Viaña (que me incluye gentilmente entre los destinatarios de su frecuente columna virtual Correo de Sálem), me encuentro con algunas afirmaciones un tanto dudosas sobre el papel de la Iglesia Católica en las elecciones norteamericanas.


González Viaña recuerda el caso de un comunicado conservador publicado a página entera en diarios de Estados Unidos, en octubre del año 2004, en el que, según dice, una decena de obispos católicos norteamericanos se sumaba a otros activistas de derecha para exigir a los católicos que votaran por George Bush y no por (el católico candidato demócrata) John Kerry. González Viaña afirma que ese aviso fue decisivo en el segundo triunfo electoral de Bush.


No quiero discutir extensamente la imprecisión de la referencia. Es bueno aclarar, de todas maneras, que cuando González Viaña afirma que el comunicado fue pagado por un grupo de extrema derecha llamado Familia, Patria y Propiedad, está mencionando a una agrupación fantasma (una rápida búsqueda en Google ofrece como únicas menciones las hechas por el mismo González Viaña en artículos anteriores), y que al caracterizar a ese grupo como "protestante y fundamentalista" está proponiendo que existió una alianza por lo menos improbable: que los obispos católicos firmaron públicamente un documento de fundamentalistas de otra confesión religiosa. Puedo equivocarme, claro está, pero me suena al menos extraño.


(Hay otras especulaciones demasiado superficiales en el artículo. Por ejemplo, González Viaña afirma que el factor clave para que los obispos en el 2004 recomendaran votar por Bush a costa del católico Kerry, fue que los obispos detestaban el hecho de que Kerry fuera divorciado. Si así fuera, si los obispos fueran tan incautos como para guiarse por ese tipo de motivos, entonces hoy deberían aborrecer al donjuán divorciado John McCain, y estarían felices con el monógamo Obama, casado con su primera novia oficial).


Luego, González Viaña dice que esa misma operación está siendo repetida en estas elecciones, pero de modo mucho más abierto: afirma que la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos está llamando implícitamente a votar por el candidato republicano John McCain y a no votar por el demócrata Barack Obama. ¿Cómo lo harían, sin mencionar sus nombres? Muy simple, según González Viaña: un documento oficial de la Conferencia de Obispos ordena a los católicos no votar por un candidato de "moral funesta" (ese sería Obama, el candidato pro-choice) y amenaza con el fuego eterno del infierno a quienes vayan contra esa instructiva.


Algunas objeciones. La primera es que el documento de la Conferencia de los Obispos Católicos de Estados Unidos se acabó de redactar y aprobar en noviembre del año 2007, es decir, mucho antes de que Obama se convirtiera en el candidato favorito incluso dentro de las elecciones primarias demócratas. De hecho, en ese momento se preveía que los candidatos con más probabilidades de disputar la elección general eran, entre los demócratas, Hillary Clinton, de excelentes lazos con los demócratas cristianos (y que, de hecho, en las primarias apeló a su compromiso religioso para llevar a su redil a quienes veían a Obama como demasiado liberal), y, entre los republicanos, los dos candidatos más seculares y menos religiosos: Rudolph Giuliani y Mitt Romney.


Pero más importante que eso es notar que el documento de la Conferencia de Obispos no dice, simplemente, lo que González Viaña sugiere. De hecho, una de sus páginas afirma: "The Church’s leaders are to avoid endorsing or opposing candidates or telling people how to vote". Más discutibles pero de todas maneras interesantes son otras observaciones del mismo documento:


"A Catholic cannot vote for a candidate who takes a position in favor of an intrinsic evil, such as abortion or racism, if the voter’s intent is to support that position. In such cases a Catholic would be guilty of formal cooperation in grave evil. At the same time, a voter should not use a candidate’s opposition to an intrinsic evil to justify indifference or inattentiveness to other important moral issues involving human life and dignity".


Cuando la Iglesia habla de "intrinsic evil" se refiere, notablemente, a la justificación del aborto, inaceptable desde el punto de vista de la doctrina católica oficial. Eso querrría decir, a primera vista, que un católico no debe votar por Obama. Pero la misma cita afirma que no se debe votar por un candidato simplemente porque se oponga a ese "intrinsic evil". Es decir: el hecho de que, por ejemplo, McCain sea "pro-life" no es motivo suficiente para votar por él.


Es más, los obispos dicen a continuación: "There may be times when a Catholic who rejects a candidate’s unacceptable position may decide to vote for that candidate for other morally grave reasons". Leyendo con objetividad, esa afirmación libera a los católicos que quieran votar por Obama, a pesar de su posición "pro-choice", si consideran que hay otros motivos morales que lo hagan preferible al candidato opuesto.


¿Un ejemplo de esas otras "razones moralmente gravces"? El documento dice que es deber de los católicos abogar por el logro de una "comprehensive immigration reform that secures our borders, treats immigrant workers fairly, offers an earned path to citizenship, respects the rule of law, and addresses the factors that compel people to leave their own countries".


Eso, curiosamente, está mucho más cerca de las políticas inmigratorias que defiende el Partido Demócrata que de aquellas que proponen los republicanos (y que recientemente han sido suscritas por McCain, quien antes era bastante menos leal a los dictados de la mayoría de su partido).


También indican los obispos que es deber de los católicos norteamericanos oponerse a "policies that reflect prejudice, hostility toward immigrants, religious bigotry, and other forms of discrimination". Como es perfectamente sabido, sólo el ala radical derechista del Partido Republicano (así como agrupaciones marginales de ultraderecha que votan mayoritariamente por ese partido) alberga a quienes defienden ese tipo de posiciones xenofóbicas y chauvinistas.


Entonces, la pregunta es: ¿por qué candidato deben votar los católicos, según la Conferencia de Obispos de Estados Unidos? Deben votar por quien les parezca moralmente aceptable, no considerando su posición frente a un problema determinado y particular, sino sopensando su postura frente a un abanico mucho mayor de decisiones de tipo moral.


Obviamente, no digo que no haya obispos partisanos y conservadores que promuevan la candidatura de McCain, como lo hizo en el 2004 el cuasireaccionario obispo de Denver. Digo simplemente que la Conferencia de Obispos ha adoptado de manera oficial una postura cauta y no interventora.



Máscaras, 2

Emily Brontë en el cine

Muerta a los treinta años, en diciembre de 1848, luego de vivir una de las historias familiares más trágicas y misteriosas de la literatura británica (y de escribir una de las historias más trágicas y misteriosas de la ficción inglesa: Cumbres borrascosas), Emlily Brontë fue la menor de las mujeres en una familia de artistas malditos y escritoras de destino fatal.

Quizá por ese halo de leyenda que la circunda, Emily Brontë (arriba a la izquierda) ha sido representada en el cine en al menos seis películas, además de un puñado de series de televisión.

La bellísima Ida Lupino hizo el papel de Emily en Devotion (1946), de Curtis Berharndt, donde Olivia de Havilland aparecía en el rol de su hermana Charlotte Brontë. Dos años antes, en 1944, Lynne Roberts (al centro) había representado a Emily en Three Sisters of the Moors, de John Larkin, un cortometraje más o menos desapercibido en su época.

En 1992 Peter Kosminsky obtuvo un éxito relativo con una versión algo libre y caprichosa de Wuthering Heihgts en la que aparecía, de manera más o menos fugaz, la talentosa irlandesa Sinéad O'Connor (abajo derecha) en el papel de la autora de la novela.

Sin duda, Les Soeurs Brontë (Las hermanas Brontë), del francés André Techiné, es la cinta mejor lograda desde el punto de vista artístico en esta breve familia: en ella, el rol de Emily lo tomó esa estrella eterna (a los 53 años sigue pareciendo de 30) del cine francés, Isabelle Adjani (abajo izquierda), quien, curiosamente, a pesar de la diferencia de origen, es la que guarda un mayor parecido físico con el modelo real.


PD: A quienes recién entran al blog hoy, les ruego que le echen una mirada al post que aparece inmediatamente debajo de este, referido a un pedido de ayuda urgente para el artista plástico Carlos Runcie Tanaka.

Carlos Runcie Tanaka

Se busca diez donantes de sangre para el artista

El artista plástico Carlos Runcie Tanaka, acaso el más celebrado ceramista peruano de las últimas décadas, está en problemas de salud y necesita colaboración.

Según me entero por un correo electrónico de Paulina Chirif, Runcie está a punto de ser intervenido quirúrgicamente en el Hospital Almenara, y para el éxito del procedimiento se necesita la buena voluntad de diez donantes de sangre.


El mensaje de Paulina dice lo siguiente:
"El ceramista Carlos Runcie Tanaka necesita 10 donantes de sangre con urgencia para una operación a la que va a ser sometido en el hospital almenara. Los que están fuera tienen vinculaciones con el Perú, así que a lo mejor pueden ayudar a circular el mail entre sus conocidos. Para los que lo conocen, será un gusto poder ayudarlo indirecta o indirectamente, pues conocen su calidad de persona y su trabajo. Para los que no, es indistinto: se trata de una ayuda que podemos dar anónimamente a cualquier persona que la pudiera necesitar. tengo entendido que se trata de sangre B1, pero cuando se trata de donaciones, también los bancos aceptan otros tipos de sangre, así que cualquier potencial donante podrá apoyar".
Los interesados en colaborar, pueden contactar a la madre del artista, la señora Elsa Tanaka de Runcie, en uno de estos teléfonos: 997- 601 480 ó 372-3993. O, si lo prefieren, pueden escribir al email de Paulina: paulina.chirif@pucp.edu.pe

27.10.08

La ignorancia al poder

Cuando no saber nada se vuelve un modo de vida

Una de esas cosas que la gente dice constante y casi ritualmente sobre Alan García (suele decirse como un gesto de hidalgo reconocimiento, una suerte de
touché, una especie de al César lo que es del César) es que nuestro mofletudo y balairín primer mandatario es un orador notable.

Yo, que soy fácil para las emociones en materia de discursos, y suelo apreciar por igual las palabras lúcidas y las emotivas, siempre que no sean ni cínicas ni atrabiliarias ni fácilmente dulzonas, soy, sin embargo, absolutamente incapaz de citar una sola frase memorable de Alan García, como no se trate de una recordada por su descaro o su desprecio de cualquier principio moral (cosas sobre hundimientos colectivos, retiradas masivas, patadas de energúmeno o declaraciones de admiración por la mística del terror).

Allá por los ochentas, en un país mayoritariamente ágrafo y marginal a la lectura, pero todavía no orgulloso de ese rasgo, Alan García solía parecerle culto a muchos por sus citas equívocas y malentendidas de clásicos hispanos o poetas modernistas. Recuerdo con horror especial la forma escolar y declamatoria en que, incluso hasta hoy, García destroza el célebre monólogo de Segismundo en
La vida es sueño, que, en sus labios, pasa de ser una reflexión sobre la fragilidad de la vida y del poder y la confusión existencial de sueño y realidad, a convertirse en un lugar común y demagógico sobre el placer que el baño de masas produce en un caudillo de segunda al borde del orgasmo popular.

(En una entrevista radial durante la última campaña presidencial, según me hace recordar un amigo, Alan García, el vasto letrado de lecturas insondables, atribuyó
El viaje del niño Goyito, de Felipe Pardo y Aliaga, al tradicionista Ricardo Palma).

Otro amigo me hace notar que hay, sin embargo, una diferencia grande entre el García de los ochentas, que decía disfrutar la ópera, recitaba poesías canónicas y gastaba parte de su presupuesto en llevar a Lima a músicos consagrados de las Américas, y el Alan García del siglo veintiuno, que baila como un muppet histérico, perrea, lanza puntapiés callejeros y no tiene el menor interés por parecer culto, ilustrado o, siquiera, como se decía antes, someramente
leído y escribido.

Supongo que la frontera entre un García y el otro la dibujó Fujimori, quizá no sólo durante su gobierno, cuando bailar en los mítines políticos se volvió más importante que enhebrar una que otra idea coherente, sino desde su primera campaña presidencial, cuando, en pleno debate con Vargas Llosa, utilizó la obra literaria del novelista arequipeño para demostrar que era un ser vicioso y degradado: un pornógrafo, un bohemio, un consumidor de drogas: un
intelectual.

Durante los once años siguientes, los años del fujimorismo, ser intelectual fue convertirse en un ser ajeno e inútil, elitista y por lo tanto inservible y digno de sospecha. Con decir que lo más parecido a un intelectual en las filas del fujimorismo militante era Martha Hildebrandt: la ortografía parecía ser la ciencia humana más aguda que los fujimoristas eran capaces de aceptar, e incluso admirar, con la sorpresa con que un niño observa los conejos que salen del sombrero de un mago de circo.

Después de Fujimori, los políticos en el Perú no necesitan ni siquiera fingir inteligencia. No sería raro, de hecho, que uno que otro afecte ignorancia e incluso estupidez para ser recibido con mayor naturalidad en lugares tan asfixiados de ramplonería como, por ejemplo, el Congreso de la República, los programas de radio y televisión, los diarios de circulación nacional.

Es posible, por ejemplo, que Alan García sea un poquito menos bruto de lo que parece últimamente cada vez que abre la boca. El origen de esas prácticas estaría también en aquel infausto debate de Vargas Llosa y Fujimori, en 1990, cuando la simplonería insustancial del futuro delincuente demostró ser más atracticva que la brillantez obvia de su rival.

Pero no hay que buscar la paja en el ojo ajeno sin hallar la viga en el propio: no se trata de un mal que afecte sólo a los políticos. El fujimorismo ha dejado al noventa y nueve por ciento del Perú convencido de que la superficialidad de ideas, la mañosería politiquera, la disolución de los discursos y el repudio al ejercicio del pensamiento crítico son rasgos de los cuales vale la pena preciarse.

Entre los científicos sociales, en los diarios y en la blogósfera, la onda más común es la mirada distanciada sin ningún juicio ético y moral de por medio, como si la obervación social fuera un juego de roles y no un ejercicio simultáneamente educador y guía. Por otro lado, hay también sociólogos y politólogos que parecen adoptar el sarcasmo y el cinismo como
modus operandi, descartando el discurso crítico en favor de una especie de sentido común criollo, o criollazo.

En el periodismo, el escándalo vociferante es mucho más deseado que la articulación de críticas orgánicas y de fondo, y se deifica a reporteros veteranos sin criticarles sus asosciacones pasadas, por el simple hecho de ser buenos sabuesos y atreverse con el más pintado: el periodista peruano empieza a adorar la matonería como uno de los rasgos cruciales de su oficio.

En todos esos casos, pareciera que la consigna no es elevar la profesión hacia una posición magisterial, capaz de aportar a la búsqueda de una sociedad más funcional y más justa, sino rebajarla, traerla abajo, situarla en el llano, decirla con la lengua de los no iniciados y las mismas imprecisiones del no experto: pareciera que un periodista, un crítico, un científico social debieran sonar como si no lo fueran, como si fuesen uno más de por ahí. El problema no es sólo de estilo: si llegamos a convencernos de que no hay diferencia entre el neófito y el experto, entonces la
expertise se vuelve irrelevante y la intelectualidad se disuelve en una falta absoluta de valor.

(El Perú no es el único lugar donde eso sucede: las elecciones americanas, por ejemplo, ahora que McCain ha pasado a un segundo plano incluso dentro de su propia campaña, se ha convertido en un plebiscito entre la lucidez ilustrada de Barack Obama y la figura del ciudadano común y corriente que no cree necesario educarse para gobernar el país más poderoso e influyente del planeta --imagen representada en la candidata vicepresidencial republicana, Sarah Palin, un subproducto de la trivialización intelectual de la derecha americana, presidida por el ignaro George W. Bush--).

25.10.08

Rodolfo Walsh, criptólogo

Una historia de claves y mensajes crifrados

Un estudiante colombiano de Bowdoin College, Juan Angarita, me cuenta una parte para mí desconocida de la vida del escritor argentino Rodolfo Walsh, y revisando páginas de internet encuentro referencias sobre ella.

Años después de la llamada Revolución Libertadora en Argentina, y del caso de asesinato masivo que Walsh cuenta en su clásica crónica Operación masacre, el escritor, como es sabido, partió a Cuba, donde formó parte del grupo de intelectuales y periodistas fundadores de Prensa Libre, la agencia encargada de contrarrestar la labor de los noticiarios internacionales en el trabajo de informar acerca de la realidad cubana.

Eso fue en 1959. Dos años más tarde, laborando en Prensa Libre, Walsh estuvo entre quienes recibieron una serie de cintas con mensajes aparentemente inocuos y de carácter a primera vista comercial emitidos desde Guatemala, pero que algunos agentes de inteligencia cubanos habían considerado por un momento posibles mensajes cifrados entre cubanos en el exilio y servicios secretos norteanericanos.

Suspicaz a toda costa, y aun luego de que los investigadores cubanos desecharan esa sospecha, Walsh, armado con manuales para aficionados a la criptografía, emprendió furiosamente el desciframiento de esos mensajes, y tras batallar arduamente con ellos acabó por hallar el hilo de la madeja: en efecto, decodificó los textos y descubrió que sí eran mensajes de inteligencia.

No sólo eso: lo que Walsh descifró eran las coordinaciones para una inminente invasión a Cuba promovida y financiada por la CIA. Era la operación que habría de convertirse en el fallido desembarco de Bahía de Cochinos, o Playa Girón, en abril de 1961. En efecto: cuando las tropas coordinadas y entrenadas por los Estados Unidos llegaron a la costa cubana, el gobierno de Castro tenía ya más de una pista acerca de la operación, y parte de ese conocimiento se debía, aparentemente, a la acción criptológica de Walsh.

Walsh mismo escribió alguna vez, refiriéndose al trabajo de los hombres de la agencia: "vivíamos al pie del teletipo". Y Gabriel García Márquez, otro miembro de Prensa Latina, en "Rodolfo Walsh, el hombre que se adelantó a la CIA", recordó el incidente de la siguiente manera:
"Jorge Masetti había instalado en la agencia una sala especial de teletipos para captar y luego analizar en junta de redacción el material informativo de las agencias rivales. Una noche, por un accidente mecánico, Masetti se encontró en su oficina con un rollo de teletipo que no tenía noticias sino un mensaje muy largo en clave intrincada. Era en realidad un despacho de tráfico comercial de la "Tropical Cable" de Guatemala. Rodolfo Walsh, que por cierto repudiaba en secreto sus antiguos cuentos policiales, se empeñó en descifrar el mensaje con ayuda de unos manuales de criptografía recreativa que compró en una librería de lance de La Habana. Lo consiguió al cabo de muchas horas insomnes, sin haberlo hecho nunca y sin ningún entrenamiento en la materia, y lo que encontró dentro no solo fue una noticia sensacional para un periodista militante, sino una información providencial para el gobierno revolucionario de Cuba. El cable estaba dirigido a Washington por el jefe de la CIA en Guatemala, adscripto al personal de la embajada de Estados Unidos en ese país, y era un informe minucioso de los preparativos de un desembarco en Cuba por cuenta del gobierno norteamericano. Se revelaba, inclusive, el lugar donde empezaban a prepararse los reclutas: la hacienda Retalhuleu, un antiguo cafetal al norte de Guatemala".

24.10.08

Narcolepsia

La enfermedad de nuestra esfera intelectual

Hablando con un amigo en Colorado, hace un par de días (me despedía de él, así que no tuve tiempo de decírselo), se me ocurrió que quizás el gran mal de la esfera intelectual peruana, por lo menos en el campo de la literatura, que es el que más me interesa, sea la narcolepsia: la tendencia inmanejable y súbita a desbarrancarse en el sueño.

Y no digo sueño como fantasía o como ensoñación: digo sueño como parálisis e inoperancia, como falta de reacción y como caída en el silencio.

Cada vez que en la crítica peruana, o en el mundo de nuestros escritores, parece iniciarse una polémica, el debate avanza a trompicones, un poco a salto de mata, sin dirección ni sustento, y llega siempre a un involuntario final abierto: no termina, no se alcanza conclusión alguna, nadie modifica sus posturas, nadie acepta nada del otro; los conceptos en juego, que al principio no fueron bien definidos, se hacen incluso más caricaturales, menos nítidos, más desdibujados; a la bulla la reemplaza el silencio, o, peor aún, un zumbido incómodo que es un mal sucedáneo del silencio.

La crítica peruana no es poco productiva, pero está diluida en la distancia: la mayor parte de nuestros críticos viven fuera del país, publican libros y ensayos en otros mundos académicos, casi siempre en el norteamericano, coinciden solo eventualmente en congresos, únicamente por azar alcanzan a leerse unos a otros, a saber lo que los demás han dicho o trabajado: no tienen un escenario propio, y en esa campana del vacío sus palabras no resuenan, o, si lo hacen, no suelen recibir contestación: cada quien pone un ladrillo en el trazado de una pared diferente.

Esa inmensa mayoría de críticos peruanos que se mueve en la academia americana está sujeta a sus leyes: son críticos que deben publicar sus ensayos en editoriales universitarias y en revistas profesionales, con la condición de que ambas, revistas y editoriales, sean arbitradas por colegas suyos bajo el sistema del
peer review, es decir, sus textos deben ser evaluados por otros especialistas, casi siempre bajo la condición del anonimato, antes de ser aceptados.

Para esos académicos peruanos, como para cualquier otro en Estados Unidos, publicar sus investigaciones en editoriales y revistas que no sigan ese procedimiento es, en lo que atañe a sus currículos, una pérdida de tiempo: sus universidades no considerarán que ellos están haciendo un aporte real al campo si sus trabajos aparecen en revistas que no se ajusten a esa medida elemental de cualquier academia que se respete.

Y ocurre que en el Perú casi no existen las revistas de crítica o teoría literaria que sean
peer reviewed: en este momento sólo se me ocurre pensar en Lexis, la revista de literatura y lingüística de la Universidad Católica, de larga existencia y no pocos aportes, pero que, lamentablemente, tiene una circulación muy restringida dentro del país y casi clandestina fuera de él.

Eso significa que cualquier académico peruano que, en el campo de la literatura, quiera publicar en una revista profesional que sus universidades extranjeras vayan a reconocer como tal, tiene que hacerlo en Lexis o hacerlo fuera del Perú, lo que, una vez más, contribuye al lamentable corto circuito del trabajo académico peruano.

Ahora bien, una revista profesional que cumpla con los estándares académicos internacionales no tiene que ser necesariamente publicada por una universidad: basta que tenga un comité formado por académicos, que haga claras las reglas del peer review, y que se forje un prestigio dentro del campo y dentro de esas coordenadas regulatorias. ¿Pasará mucho tiempo antes de que podamos contar con un abanico de posibilidades en el marco de esos requisitos, que son los que obedecen todas las publicaciones académicas serias del mundo?

¿O seguiremos jugando con las reglas de la narcolepsia, que nos empujan al sueño y la desatención cada vez que un colega publica algo que debería merecer ser sometido al debate, a la discusión y a la réplica, o ser tomado como punto de inicio para investigaciones mayores? ¿Alguien se animaría a empezar un proyecto así?

Alan o Fujimori: ¿qué pasa en El Comercio?

Cuidado con el reacomodo de la prensa

Les recomiendo que se refresquen la memoria leyendo este artículo de Caretas, del 2 de marzo del año 2000. Encontrarán el recuento que hacía entonces la revista acerca de la denuncia, hecha por el diario El Comercio, sobre la fábrica de firmas falsas de Fujimori, pero encontrarán también varias otras cosas interesantes.

Una de ellas es la siguiente: en ese preciso momento --principios del 2000--, Martha Meier Miró Quesada era candidata fujimorista al Congreso de la República en la lista de Perú 2000, es decir, la lista para la cual se habían falsificado 1 millón 200 mil firmas, primero en la casa del regidor limeño Luis Navarrete y luego en la Notaría Medelius de Bellavista.

El diario El Comercio, entonces dirigido por el sector de la familia Miró Quesada que se oponía abiertamente a la dictadura de Fujimori, llevó a cabo la investigación y la denuncia. El trabajo fue hecho en conjunto por la Unidad de Investigaciones, entonces dirigida por Ricardo Uceda, y por Pablo O'Brien, redactor de la revista Somos, de la que yo era editor bajo la dirección general de Fernando Ampuero.

Caretas reportaba en ese mismo artículo las declaraciones ofrecidas en ese tiempo por la lamentable dama de hierro del fujimorismo, la congresista Martha Chávez:
"Martha Chávez, por su parte, siempre lista para apagar denuncias, atribuyó el hecho a una especie de venganza familiar incendiaria. Según ella, se trataría de la respuesta de El Comercio a la presencia de Martha Meier Miró Quesada en la lista parlamentaria oficialista. Se rumorea que en los próximos días anunciará que las firmas se autofalsificaron solas".
Ahora, ocho años después, esa facción de la familia Miró Quesada a la que pertenece la ex candidata fujimorista Martha Meier (candidata en pleno año 2000, cuando sólo los ciegos o los descarados estaban con Fujimori) ha tomado el poder en el diario. Una de sus primeras medidas ha sido deshacerse de Fernando Ampuero debido a su tenacidad en la denuncia de los petroaudios que comprometen a tantos líderes del gobierno aprista.

La dirección de
El Dominical, que estaba a cargo de Ampuero, será asumida, según todo parece indicar, por Martha Meier Miró Quesada... ¿Quién hablaba de venganzas?

Pero eso es probablemente lo menos importante. Lo crucial es que
El Comercio queda en manos de quienes hubieran preferido no hacer públicos los petroaudios, no buscarle problemas al gobierno de Alan, y que, entre esas personas, ocupa lugares prominentes gente cercanamente asociada con el antiguo régimen del dictador Fujimori, ahora sometido a innumerables juicios de toda estirpe. ¿Qué debemos esperar de El Comercio de ahora en adelante?

23.10.08

Honroso despido

Comienzan los temblores en El Comercio

Aquellos a quienes la memoria de corto plazo les funcione bien recordarán quizá que hace pocas semanas anuncié en este blog la aparición quincenal de artículos míos en
El Dominical de El Comercio.

Curándome en salud, también dije que la publicación de esos artículos dependía en gran parte de que la nueva dirección del diario no canibalizara muy rápidamente
El Dominical, y no decidiera hacer cambios drásticos en poco tiempo.

En fin: ya sucedió. Empezaron los temblores.

Fernando Ampuero ha salido del diario de la familia Miró Quesada, después de más de una década, obligado a dejar tanto la dirección del suplemento como la jefatura de la Unidad de Investigaciones del diario, unidad que descubrió hace unas semanas el enorme caso de corrupción cuya madeja se ha ido desenredando con el destape de los petroaudios.


¿Un periodista de investigación despedido por los dueños de la empresa debido a que descubrió un caso de corrupción? Eso mismo. Así como lo oyen.

No tengo idea de quién quedará a cargo de la Unidad de Investigaciones de
El Comercio, pero puedo poner mi mano en el fuego por esto: no será nadie que represente ni siquiera la más ligera incomodidad para el gobierno aprista. El Comercio ya no será un obstáculo para la corrupción del régimen.

Sobre
El Dominical tengo indicios más claros: aparentemente, la conducción del suplemento quedará en manos de Martha Meier Miró Quesada. Si los aficionados a las artes, las letras y la cultura en el Perú no han escuchado hablar de ella, no es culpa de los mencionados: es que Martha Meier no pertenece a ese mundo. ¿Qué pasará con El Dominical en el futuro? Ojalá los jefes recién arribados dejen trabajar en paz al actual subeditor y a sus redactores. Si no, será un barco a la deriva.

Máscaras, 1

Anaïs Nin en el cine

Esta es una nueva sección de Puente Aéreo. Una sección de trivialidades, para decirlo con todas sus letras desde el principio: en "Máscaras" iré colocando retratos de célebres escritores y de los actores o actrices que los han representado en el cine, el teatro o la televisión.

En este primer caso, se trata de la escritora cubano-francesa Anaïs Nin, que aparece en la foto de arriba a la izquierda en un retrato tomado cuando tenía treinta años.

A su derecha está Diana Quick, actriz teatral británica que representó a la Nin en el famoso documental Drug-Taking and the Arts, de Storm Thorgerson.

Abajo a la derecha, la más célebre (y la más parecida) de las Anaíses del celuloide: la portuguesa María de Medeiros, quien encarnó el papel en Henry and June, junto a Fred Ward y Uma Thurman (Henry Miller y su esposa), bajo la dirección de Philip Kaufman.

Y, para terminar, abajo a la izquierda, la libanesa Arsinée Khanjian (quizá la recuerden como "la americana" de Irma Vep; o en el papel de Zoe en Exótica): ella hizo de Anaïs Nin en un episodio de la serie canadiense Mentors, diez años atrás.

22.10.08

García Márquez y Castro

Amor constante más allá de la ética

Un amigo me pasa una cita extraída del artículo "Cuba de cabo a rabo. La mala noche del bloqueo", que originalmente apareció en el número 51 de la revista Alternativa (1975), y que luego fue republicado en la antología Por la libre: obra periodística 4 (1974-1995).

El autor del texto es Gabriel García Márquez y, en el fragmento que copio a continuación, se refiere a los interminables discursos con los que Fidel Castro atormentó a la población cubana, por la radio y la televisión, durante décadas, hasta que la vejez le cerrara la boca:
"Gracias a estos inmensos reportajes hablados, el pueblo cubano es uno de los mejor informados del mundo sobre la realidad propia, y mediante un canal más directo, profundo y honrado que el de los periódicos tramposos del capitalismo".
Es tan estúpido que resulta indignante, pero a la vez tan intragable que produce vergüenza ajena: García Márquez afirma que, en esa Cuba sin libertad de expresión, la censura y la represión de toda información que no proviniera de los labios de Castro era un gran beneficio que la dictadura le regalaba al pueblo isleño. El Gran Hermano de Orwell es santificado por el novelista y transformado en el buen Tío Fidel, fuente de toda verdad.

¿Qué opinan de la ética del escritor colombiano?

17.10.08

Trabalenguas 14

Las barbaridades escritas de la semana

"Un carnet de prensa, una cámara o un blog no son armas que se puedan utilizar a discreción"

(José Alejandro Godoy, enemigo jurado del lenguaje, quien ve en el diccionario a su bestia negra, parece sostener que las armas de la prensa deben ser usadas sin discreción. Un paso adelante en la articulación de su discurso, eso hay que reconocerlo).

"El poder mediático, o la fama, compensa la ausencia de aura que tenía el escritor decimonónico. Pero ante el riesgo de caer en la trivialidad y la fugacidad del poder nacido de la tecnología, pervive aun la academia. El prestigio de lo académico, que nace de las universidades, revistas de crítica literaria, talleres, becas, seminarios, etc., existe para no olvidarse, por ejemplo, que alguna vez los poetas hablaban con los dioses, o eran sus intermediarios: los visionarios, los místicos, los salvaguardas del lenguaje y lo culto".

(Miguel Ildefonso, visionario en viaje místico hablando con los dioses: sólo los dioses saben qué quiso decir).

"Todavía estamos esperando los suicidios de los que creyeron que el sistema capitalista era su tabla de salvación, los que viajaron veloces al país del norte a atornillarse en algún puesto para, de esa forma, cumplir su sueño americano. Pobres diablos".

(Rodolfo Ybarra, mostrando su solidaridad con cientos de miles de peruanos que viven en los Estados Unidos. Dicho sea de paso: hay que recodar que mientras peor vaya la economía en el norte, peor irá en el sur; y tampoco estará de más notificar al bocafloja que al capitalismo nada le ha ocurrido en estas semanas: es la forma extrema del mercado libre, la ejercida por Bush en los últimos años, la que ha enmarcado la reciente crisis.

14.10.08

Boulder

Si quieren verme, búsquenme en esta esquina

Me voy una semana a Boulder, Colorado, a visitar a los amigos. Allá la colonia peruana es bastante grande: están Peter y Vivian Elmore; Daniel y Gisela Salas; Alonso Rabí y Olga Saavedra; Luis Hernán Castañeda, y, a un tiro de piedra, Roberto Forns, así que no faltará con quien conversar cada día. Puente Aéreo se seguirá renovando regularmente, espero, excepto por este martes que pasaré de avión en avión.


12.10.08

Silencios

La historia se repite

Revisando notas que tomé hace varios años, cuando preparaba el primer capítulo de mi tesis doctoral, encontré hace un par de días la siguiente transcripción de un fragmento de un artículo anónimo, publicado en una revista argentina, El Redactor, en los años de la emancipación en América Latina:

"No es menos cruel el tirano que se complace en ver la humanidad ahogada en lágrimas y sangre, que un imprudente escritor cuando se empeña en afligirla de nuevo, retratando con los rasgos de su pluma la imagen del crimen, y sellando así su imperio en la memoria de los hombres. Quizá sería menos abultada la historia de la opresión si con cada tirano hubiese desaparecido la memoria de su injusticia".

Me vinieron de inmediato a la memoria los nombres de quienes, dos siglos más tarde, defienden igualmente la tesis de que la literatura no debería entregarse al ejercicio de la memoria de la violencia, como si el recuerdo y la elaboración del recuerdo fueran, de alguna manera, tan perjudiciales como la violencia original. Sonaba absurdo e indolente en ese tiempo, y suena absurdo e indolente ahora también.

9.10.08

El Nobel

Y la otra cara de la literatura francesa

Hay quienes no le prestan atención al Nobel y quienes lo esperan pero solo para ver si sus autores preferidos son premiados. Yo aguardo sentado, desde hace años, el Nobel de Vargas Llosa, el de Oz, el de Murakami, el del notable Harry Mulisch. Pero, en el fondo, espero incluso con más ganas que, cada año, la Academia Sueca me descubra a un autor extraordinario del que nunca he tenido noticia. Con eso me doy por bien servido.

Jean-Marie Gustave Le Clézio no me resulta una novedad y tampoco es de ninguna manera uno de mis autores favoritos, aunque esa opinión mía puede cambiar en las próximas semanas, luego de que lo lea con más amplitud: hasta ahora, después de todo, mi contacto con su obra ha sido hasta cierto punto sui generis: ocurre que Le Clezio es un latinoamericanista de corazón, y los libros suyos que he leído son los que van por ese lado.

Le Clézio vivió cuatro años en Panamá, en el seno de una comunidad indígena, y ha pasado temporadas en otros lugares de América Central. Viajero constante, ha vivido intermitentemente en México e incluso ha sido (tal vez lo sea todavía) residente de New Mexico, una de las regiones más latinas de los Estados Unidos --el único estado de la unión que hoy mismo tiene un gobernador bilingüe de origen mexicano (el demócrata Bill Richardson, ex precandidato presidencial y ahora seguidor de Barack Obama).

Su infancia y su juventud no fueron menos internacionales: hijo de un inglés de las islas Mauricio y de una madre francesa, vivió en Nigeria, en Tailandia, estudió en Inglaterra y, ya en años posteriores, hasta hace muy poco, fue profesor en Estados Unidos y en Corea.

Le Clézio ha escrito estudios de carácter histórico e incluso casi antropológico sobre México, país que es, por decirlo de algún modo, su pasión y su segunda patria, además de haber traducido
Las relaciones de Michoacán y algunos de los libros que conforman el corpus del Chilam Balam. Es también uno de los varios intelectuales en la lista del Nobel que siguen apoyando a Fidel Castro: escribe laudatoriamente sobre su régimen, condona sus pecados, contribuye a la leyenda del Che Guevara, y tiene una tendencia similar a mitificar a ciertas figuras del imaginario socialista latinoamericano en Europa.

El primer libro suyo que leí fue
Diego y Frida, una biografía compartida, casi hagiográfica, de Frida Khalo y Diego Rivera, en la que Le Clézio despliega, hay que decirlo, una encomiable amplitud de fuentes y referencias, pero también una mirada sumamente inocente no sólo sobre la relación entre los dos célebres pintores y amantes mexicanos, sino, incluso más, acerca de su supuesta naturaleza como símbolos encarnados de la rebeldía socialista postrevolucionaria en el México de la primera mitad del siglo.

La premiación de Le Clézio, sin embargo, no deja de ser interesante desde otro punto de vista: hace ya varios años que es lugar común hablar, creo que con apresuramiento e incluso algo de saña (las pequeñas venganzas de la periferia), de la decadencia de la literatura y de la intelectualidad francesa en general. Creo que ese juicio, que pasa por alto la influencia supérstite del postestructuralismo y el postmodernismo, suele perder de vista, además, acaso el fenómeno más interesante de la cultura francesa en las últimas varias décadas.

Me refiero a la creciente toma del centro del establishment francés por parte de intelectuales que provienen de las antiguas colonias francófonas, de migrantes de otros países que escriben en Francia y en francés, o provenientes de minorías religiosas. Una lista rápida: Derrida era un judío sefardí nacido en Argelia; Helene Cixous también es argelina de padres judíos; Bernard-Henri Lévy es asimismo argelino y también judío, como lo era el parisino George Perec; Jonathan Littel, la última sensación de la novela francesa, es un norteamericano de New York; Michel Houellebecq es originario de la isla Réunion, al este de Madagascar; Youssef Rzouga es tunecino; Amin Maalouf es libanés; Julia Kristeva es búlgara, y la lista es mucho más larga.

Así que la renovada visibilidad de Le Clézio puede ser leída también como una cifra de la vida inusitada de esa otra literatura francesa, la menos eurocéntrica, la del influjo postcolonial, la que encuentra muchas de sus explicaciones teóricas, dicho sea de paso, en la obra de otro francófono, el filósofo caribeño (de Martinica) Frantz Fanon. Fanon hablaba de la paradoja postcolonial: la del intelectual que tiene que recurrir a los discursos de la metrópoli para sustentar las ideas de su propia liberación: algo de eso debe de haber en la emergencia de toda esta otra literatura francesa.

La reacción de Alberto Fuguet.
La reacción de Jean-Francois Fogel.
La reacción de Pierre Assouline.
La reacción de Camilo Marks, vía Iván Thays.

Demasiado pesimismo

Carlos Calderón Fajardoy los escritores migrantes

En su último artículo, publicado en Porta 9, el escritor Carlos Calderón Fajardo emprende una lamentación sobre el desarraigo de exiliados y exiliados interiores, pero, sobre todo, señala el riesgo de empobrecimiento lingüístico que corre un escritor latinoamericano al vivir en el extranjero, alejado de su idioma o de su dialecto, así como de su mundo natal y de su tierra.

Se refiere en un momento a los Estados Unidos y la recepción de las letras hispanas en este país. Dice Calderón:

"La literatura en español no interesa en USA. Allí hay una preocupación muy grande por el creciente debilitamiento del modelo dominante en el poder en Estados Unidos, blanco, anglosajón y protestante. El hispano es un peligro a corto plazo por su crecimiento poblacional. No es blanco, es católico y mantiene sus patrones culturales, sus tradiciones latinas".

Algunas precisiones: en Estados Unidos un 51.3% de la población se reconoce protestante, lo que quiere decir que aproximadamente la mitad de los habitantes no lo son. El 24% de los norteamericanos son católicos. La siguiente minoría es la judía, con un 1.7%. Y, curiosamente, como signo de que la religión está lejos de ser factor de segregación en las letras americanas, de esa minoría absoluta de judíos provienen escritores estadounidenses tan célebres como Paul Auster, Philip Roth, Bernard Malamud, Saul Bellow, Michael Chabon, Jonathan Safran Foer, Art Spiegelman, Will Eisner, Isaac Asimov, E.L. Doctorow, Bob Dylan, Jerzy Kosinski, Jonathan Lethem, Norman Mailer, David Mamet, Cynthia Ozick, Grace Paley, Dorothy Parker, J.D. Salinger, Isaac Bashevis Singer, Susan Sontag, George Steiner, Nathanael West, Elie Wiesel, etc.

Un 15% de la población norteamericana es de origen latino. Esa minoría ha producido un buen número de escritores, algunos de ellos entre los más leídos del país, como Julia Álvarez, Sandra Cisneros, Cristina García, Achy Obejas, Óscar Hijuelos, Ana Castillo, Helena María Viramontes, Giannina Braschi, Rosario Ferré, Tato Laviera, Judith Ortiz Cofer, clásicos notables como William Carlos Williams e incluso el último ganador del premio Pulitzer, el dominicano Junot Díaz.

Supongo que el problema en la mirada de Calderón es que no alcanza a percibir la naturaleza del fenómeno demográfico en Estados Unidos: que el crecimiento de la población latina no es una invasión extranjera, sino un largo y paulatino proceso de integración sociocultural. Es cierto, claro está, que una porción significativa de la población blanca y anglosajona ve el asunto como problemático e incluso amenazante. Pero tengo la viva impresión de que la inmensa mayoría de los norteamericanos que temen al crecimiento de la población hispana están fuera de la esfera de los lectores de literatura. Entre los lectores, la apertura y la multiplicidad son indicios de amplitud cultural.

Si no, sería inexplicable el lugar sostenido en la recepción de los lectores norteamericanos, a lo largo de tantas décadas, de las obras de autores como Fuentes, Vargas Llosa o García Márquez; el explosivo (casi incomprensible) pero ya duradero éxito de escritores como Laura Esquivel, Isabel Allende o Arturo Pérez Reverte; el boom excepcional de Roberto Bolaño, la galopante multiplicación de estudios y editoriales dedicados casi en exclusiva a la literatura US-Latina, etc.

Calderón se refiere también, por otro lado, a la desconexión entre los públicos y los lectores de los diversos países del mundo hispano:

"En algunos de los que vivimos acá, pervive la ilusión de que el español nos une a otros países latinoamericanos y a España. Eso tampoco es cierto... Lo que existe es desinterés en cada país de nuestro sub-continente por lo que se escribe en otros países latinoamericanos. Los padres, ellos sí interesan aún: Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Rulfo, Onetti, Fuentes; también los tíos: Pitol, Piglia, Bolaño, etc. pero no leemos a nuestros hermanos, a nuestros contemporáneos".

Quizá haya que recordarle a Calderón que él es bastante mayor que algunos de esos "tíos", y contemporáneo de otros. Señalo esto únicamente porque tal vez a ese detalle se deba su impresión de vacío en la comunicación entre las últimas generaciones: porque él no pertenece a ellas. Mi idea es que, de hecho, hoy existe una larga serie de lecturas compartidas por el público de diversos países latinoamericanos, que internet tiene mucho que ver con ese fenómeno, que la estructura misma de las generaciones literarias en América Latina está tendiendo a organizarse cada vez más en función de toda la región y menos en función de tradiciones nacionales inconexas.

Sobre ese tema, abunda Calderón:

"Se ha dicho, se dice, que España desde que se incorporó a la Comunidad Europea, dejó de ser iberoamericana. A los lectores españoles, fuera de los consagrados como Vargas Llosa o Bryce, hoy ya no les interesa leer literatura latinoamericana".

El dato es notoriamente erróneo: por primera vez en mucho tiempo, luego del antecedente lejano de Seix Barral, existen en España no sólo grandes editoriales con catálogos marcadamente latinoamericanistas, como Anagrama y Alfaguara, sino incluso sellos independientes creados con la intención de promover la literatura latinoamericana mayoritariamente, como Periférica y Candaya, y otras que van en esa dirección, como Lengua de Trapo.

Continúa el novelista:

"La oferta que llega de los países hispanoamericanos es demasiado grande, y se junta a una oferta también grande de nuevos escritores españoles que participan en la pugna, y así las posibilidades de publicar en España son para un peruano muy, pero muy remotas. Hay peruanos que publican en España, pero son milagros que no garantizan nada".

Una lista apurada puede que, en todo caso, no se trata de milagros aislados: publican en España Mario Vargas Llosa, Jaime Bayly, Alfredo Bryce, Jorge Eduardo Benavides, Santiago Roncagliolo, Fernando Ampuero, Alonso Cueto, Fernando Iwasaki, Sergio Galarza, Diego Trelles, Patricia de Souza, Martín Rodríguez Gaona, Teresa Ruiz Rosas, Fietta Jarque, Eduardo Chirinos, Abelardo Sánchez León, Enrique Prochazka, Carlos Germán Belli, Julio Ortega, Blanca Varela, José Miguel Oviedo y sospecho que el etcétera no será breve.

Pero es el centro del artículo de Calderón lo que me parece incluso menos sustentable:

"Lo que escriban los que se fueron no tendrá esa vida que surge del contacto con la realidad, escribirán de memoria. Se desconectarán del lenguaje, y el lenguaje no deja de enriquecerse, de cambiar, mejor dicho se empobrecerá su lenguaje peruano. Su sensibilidad peruana se disociará de su lengua al vivir en un país donde se habla inglés o francés o un español que no es el nuestro Y serán, por más integrados que estén en los países donde vivan, siempre extranjeros, ciudadanos de segunda clase, marginales a las literaturas de esos países, ajenos a la dinámica política y social, incluso a la vida cotidiana donde serán, son, considerados en muchos casos indeseables, invisibles, y en el mejor de los casos extraños".

En primer lugar, todas las críticas de Calderón Fajardo en ese pasaje se basan en una premisa desconcertante (y que, sinceramente, yo pensé que Calderón rechazaba): la idea de que el escritor peruano debe escribir sobre el Perú y en español del Perú. Más aun, que para el escritor peruano la realidad está solamente dentro del país. De otro modo no se entiende por qué para Calderón "lo que escriban los que se fueron no tendrá esa vida que surge del contacto con la realidad". El extranjero, hasta donde sé, también es parte de la realidad. La realidad no se acaba en Tumbes ni en Tacna ni en el Trapecio de Leticia.

Para tratarse de un artículo que se anuncia como una especulación sobre el escritor y la migración, o el exilio, el texto de Calderón parece ignorar por completo las dinámicas de la transculturación y la asimilación dentro de la esfera literaria. Abrirse al mundo no puede nunca implicar una cerrazón de posibilidades ni una reducción de aspiraciones y ambiciones para un autor consciente de que el universo es más grande que su calle y su barrio y el jardín de su vecino. El desarraigo implica muchas pérdidas, sí, pero también incontables adquisiciones.

Para demostrarlo sin salir de una biblioteca basta con coger los libros de exiliados que perdieron, en algunos casos, hasta su lengua original en su trabajo literario, pero ganaron a cambio el poder de cristalizar unas obras que durarán mucho tiempo: Vladimir Nabokov, Joseph Conrad, Guillaume Apollinaire, Jerzy Kosinski, Anaïs Nin (hija de cubanos, por cierto), César Moro, Vicente Huidobro, Isaac Bashevis Singer. ¿Decayó la literatura de Vallejo debido al exilio? ¿La de Darío, Solzhenitsyn, Rushdie, Cabrera Infante?

¿"Indeseables, invisibles"? No sé en qué lugar del mundo los escritores peruanos migrantes reciben ese trato. Tengo la impresión, mirando la lista de cinco párrafos arriba, que los escritores peruanos en el extranjero suelen ser mejor recibidos y mejor tratados que dentro del país.

8.10.08

La metainfluencia

Desesperado intento por subirme al coche ajeno

Ahora quén le saca la sonrisa de la cara a Edmundo Paz Soldán: luego de su visita a Lima para una serie de eventos vinculados con la elección de su novela
El delirio de Turing como lectura obligada del año en la Universidad Católica, de regreso a Ithaca se encuentra con la noticia de que la edición hispana de Foreign Policy lo ha elegido entre los cincuenta intelectuales más influyentes del mundo iberoamericano. (Peruanos en la lista: Mario Vargas Llosa y... Jaime Bayly).

En un gesto a todas luces desesperado, yo quiero reclamar mi inclusión en la lista de personas que influyen sobre algunos de los intelectuales más influyentes del mundo iberoamericano, y para sustentar mi candidatura presento como prueba este artículo publicado por Edmundo en el diario
La Tercera de Chile y en su blog de El Boomeran(g), en el que comenta su lectura de la novela París, de Mario Levrero, novela que el suscrito lo instigó a leer en una operación de convencimiento que duró casi cuatro años.

Por cierto, otro post reciente de Edmundo está dedicado a su visita a Lima y, en parte, a la literatura de Enrique Prochazka.


¿Conversos o aprovechados?

Fujimoristas arrepentidos y fujimoristas solapas

En los años noventas, hacia la segunda mitad de la década, trabajé en el diario
El Comercio. Luego de renunciar simultáneamente a las varias plazas de profesor con las que me ganaba la vida, y de pasar un año viviendo de mis ahorros y leyendo un libro al día, me cayó de la nada una oferta de trabajo como crítico de libros en ese periódico.

Conocí a Fernando Ampuero el día en que me entrevistó para el trabajo: una conversación que pronto se volvió una charla de café sobre lecturas compartidas. Entré como crítico para la revista
Visto & Bueno, de la que un año más tarde fui subeditor y luego editor. Hacia el 98, si no recuerdo mal, pasé a trabajar como editor de Somos.

En esa época,
El Comercio tenía una política sui generis: el cuerpo principal de diario ejercía una crítica al régimen de Fujimori, marcada por su habitual moderación, destapando casos turbios de vez en cuando. Somos, en cambio, se ganó a pulso la licencia para discrepar con el diario y seguir una línea bastante más agresiva y de abierta oposición. Ampuero, que era editor general del área de revistas tuvo, claro está, muchísimo que ver en que lográramos esa libertad, pero fue también una decisión evidentemente respaldada desde la dirección.

Poco después el diario entró en un proceso judicial peliagudo, y era evidente que el gobierno podía manipular el juicio tras bambalinas (el Poder Judicial era un títere), de modo que, si el diario se arriesgaba demasiado en la crítica, el juicio se decidiría de la manera que le conviniera más al gobierno de Fujimori, que podría eliminar de esa manera la oposición de uno de los medios de prensa más influyentes del país.

En esa época, ocurrió aquéllo que conté una vez en este blog y que a la luz del tiempo transcurrido no tiene más que la importancia de una anécdota: en
Somos, como editor de la revista, escribí un texto para un recuento de fin de año, en el que no sólo criticaba al gobierno de Fujimori, sino que expresaba el deseo de la revista de que su gobierno, a todas luces ilegal, terminara lo antes posible. El texto iba acompañado por esa célebre fotografía de Sergio Urday (que entonces trabajaba en el diario, aunque la foto la había tomado para Caretas bastante antes), en la que aparece Fujimori, con cara de asco y molestia, jalando la cadena de un inodoro.

Don Aurelio Miró Quesada pensó que el texto era excesivo, que el diario no podía darle a Fujimori excusas para decir que le teníamos una ojeriza particular, más allá de lo estrictamente político. Pensó don Aurelio, además, que gastar pólvora en ataques de ese tipo nos quitaría credibilidad para hacer críticas más puntuales y más efectivas.


Tuvo razón. Muy poco tiempo después, El Comercio destaparía el caso de la fábrica de firmas falsas, que marcó el primer gran golpe contra Fujimori en la comprobación de cómo funcionaba su organización mafiosa, y que señaló el camino para otros destapes (como el de los vladivideos, en el que el medio de prensa instrumental fue Canal N, también de la empresa
El Comercio). La primera entrevista larga al testigo principal del caso del millón de firmas fue publicada en Somos cuando yo era editor de la revista y Ampuero editor general del área, y fue Pablo O`Brien quien se encargó de hacerla. La investigación principal la condujo la Unidad de Investigaciones del diario, con el apoyo de Pablo.

La primera vez que conté esta historia, un entonces anónimo sujeto que dirigía un blog llamado Pepitas, cogió un párrafo de mi declaración, lo sacó de contexto,
lo reprodujo en su bitácora y, sin pruebas de ningún tipo, por obra y gracia de su capricho, nos acusó a los periodistas de
El Comercio y a sus directores de habernos vendido por dinero a la mafia de Montesinos. El entonces anónimo blogger, que luego, cuando le sonrió el amarillismo, salió del closet y empezó a firmar con su nombre, no dudó en embarrar el honor de una empresa que, como recordará cualquiera que no esté cegado por la estupidez o la mezquindad, fue absolutamente decisiva en la caída del régimen fujimorista.

Ese mismo ex anónimo, curiosamente, es ahora uno de los acólitos que andan colocando hojas de palma sobre el piso por donde camina su diosa, Rosa María Palacios, quien --oh amnesia colectiva-- sí se ganó la vida recibiendo un sueldo de Fujimori para asesorar programas de la Presidencia del Consejo de Ministros, mientras otros, en cambio, hacían pública su posición en contra del sistema autoritario y opresivo del fujimorismo.


Buena parte de la prensa televisva de hoy tiene como cabezas visibles a más de un fujimorista a sueldo de los noventas: Álamo Pérez Luna, Nicolás Lúcar y Rosa María Palacios son sólo tres ejemplos. ¿Por qué los blogs que saltan como perritos domesticados para satisfacer cualquier capricho de Palacios (por ejemplo, Pepitas), no escriben de vez en cuando acerca de eso? Y a los lectores, ¿no les huelen mal esos periodistas supuestamente perspicaces que, como Palacios, "recién se dieron cuenta" de que el fujimorismo era corrupto después de que cayó en desgracia, a pesar de haber trabajado ellos mismos dentro de la maquinaria fujimorista?


7.10.08

Trabalenguas 13

Los disparates de la semana que pasó

"A veces reviso los blogs -un fenómeno excesivamente sobrevalorado- más que todo por narcisismo masoquista, pues me divierte ser el "Gran Satán" en muchos de ellos".

(Aldo Mariátegui, quien sigue sin entender que los blogs no lo ven como el "Gran Satán", sino como un triste pedazo de idiota).


"¿De verdad necesita la PUCP tantos alumnos? ¿Elitización?"

(Marco Sifuentes --demostrando el por qué de su romance con Mariátegui-- da una prueba más de su incapacidad para el razonamiento lógico: se opone a que la PUCP reciba más estudiantes y de inmediato la acusa de elitista. Plop).

"El clásico imbécil... que reniega del Ku Klux Klan o de Hitler sin haber leído siquiera Mi lucha".

(Rodolfo Ybarra, pidiendo una segunda oportunidad para el incomprendido Hitler y llamando imbécil a quien tenga prejuicios contra el Ku Klux Klan).


“El ignorante, si calla, será tenido por erudito, y pasará por sabio si no abre los labios”.

(Frase atribuida al rey Salomón y citada por... Rodolfo Ybarra. Lo malo es que, para citarla, una vez más, Ybarra abrió los labios).

"
Hay novelas del lenguaje, es decir, aquellas en que el autor ha enfatizado sistemáticamente no la trama, ni la historia ni la "construcción de personajes" sino el movimiento autoconstructivo de la palabra, que vuelve sobre sí misma y encuentra en esa dinámica autónoma su sentido más esencial, pero no el único"

(Víctor Coral, en la frase más hueca y palabrera que he leído en meses --los meses en que no leí a Víctor Coral).

Olvidos

Derechos humanos: ¿no tienen la menor importancia?

César Hildebrandt escribe un artículo lanzándole flores a la memoria de Fernando Belaúnde. Repitiendo la monserga de las viejas pitucas, dice que Belaúnde fue un caballerazo porque no robó. El Harry Houdini del periodismo nacional, ídolo de la blogósfera, pasa por alto el detalle de que durante el gobierno de Belaúnde se produjo el número más elevado de crímenes del Estado contra la población civil en toda la historia republicana del Perú.

José Alejandro Godoy hace
una evaluación del gobierno de Juan Velasco Alvarado e intenta poner sus virtudes y defectos en la balanza. Sin embargo, no le resulta relevante mencionar que durante la dictadura de Velasco y bajo sus órdenes directas se produjo la masacre de Huanta, en la que, según cifra oficial del gobierno, se asesinó a veinte campesinos, entre adolescentes, hombres y mujeres, incluso ancianas, que sólo protestaban por la cancelación parcial de la gratuidad de la enseñanza en colegios del Estado. Las cifras de víctimas que los pobladores ofrecieron, además, eran mucho más elevadas. Y no fue el único caso.

¿Cuál es el tiempo de prescripción moral de los crímenes contra la humanidad en el Perú? ¿Cuántos años tiene que dejar pasar un ex gobernante para que la gente empiece a recordar de él más sus buenos modales en la mesa o sus discursos igualitarios que su sordera, su incuria o su atropello de los derechos humanos?

De los crímenes de Alan García y Giampetri se acuerda cada vez menos gente: la mayoría de los peruanos los premió con la presidencia y la vicepresidencia. ¿Olvidaremos luego los crímenes de Fujimori?


6.10.08

Novela del lenguaje

Sobre un concepto demasiado laxo

Ya escribí alguna vez que, cuando estudié en la Universidad Católica, lo que yo hice no fue un bachillerato en literaturas hispanas, sino un bachillerato en literaturas hispanas según Ricardo González Vigil: llevé al menos media docena de cursos con él, y leí en esas clases algunas de las mejores cosas que he leído en mi vida, explicadas por él con esa pasión inextinguible que todos sus alumnos conocemos.

El profesor publicó hace poco un artículo, en
El Comercio, acerca de la novela Bombardero, de César Gutiérrez, y se refirió a ella como una “novela del lenguaje”, justificando el concepto en la idea de que esa ficción es “protagonizada por el lenguaje (y no por la trama, los personajes o el ámbito retratado) y la exploración metaliteraria”.

A mí el concepto de “novela del lenguaje” nunca me ha convencido, no me ha parecido sólido y no lo he hallado útil desde ningún punto de vista. Me parece una categoría hechiza, sin sustento, y un cajón de sastre en el que cabe cosas en extremo disímiles.

Carlos Fuentes introdujo la noción de “novela del lenguaje” en su libro
La nueva novela hispanoamericana, en 1969. El concepto no responde a ningún principio crítico riguroso: se refiere, en efecto, simplemente, a la idea vaga de que en ciertas novelas el lenguaje es protagónico; los ejemplos que ofrecía Fuentes eran mayoritariamente, casi exclusivamente, novelas del boom.

Fue una noción que la crítica no debatió nunca suficientemente, y que, más bien, fue utilizada en la academia (y en cierta prensa cultural) para dar sustento a la idea de que el boom latinoamericano no era un estallido de poéticas divergentes, sino un fenómeno con ciertos rasgos particulares: como ha anotado Raymond L. Williams, en
The Writings of Carlos Fuentes, sin el concepto de “novela del lenguaje”, hubiera sido extremadamente difícil encontrar un punto más o menos común entre los autores del boom: unos realistas urbanos, otros fantásticos, otros real-maravillosos.

El objetivo principal de la idea de Fuentes era, básicamente, como lo ha mostrado Doris Sommer en la introducción a
Foundational Fictions (que es lo que mejor sobrevive de ese libro), sostener la noción de que la narrativa del boom marcaba un cambio radical en relación con la literatura previa de la región, dado que en ella el trabajo con el lenguaje era minucioso y central, experimental y novedoso, protagónico y crucial, a diferencia de lo anterior.

No hay ninguna necesidad de creer en ese concepto, lanzado como una bandera generacional por un autor que, como Carlos Fuentes, estaba interesado no en dilucidar un fenómeno literario, sino en marcar su propio territorio y diferenciarse de sus antecesores, acuñando una idea extravagante que los escritores del boom defendieron en sus años de apogeo: que ellos estaban fundando, como dice el título de Fuentes, “la nueva novela” de la región, sin reconocer casi a ningún padre o abuelo, como no provinieran de otras tradiciones.

¿Quién que haya leído a Alejo Carpentier, a Jorge Luis Borges, a Leopoldo Lugones, a José Asunción Silva, a Juan Carlos Onetti, a Adolfo Bioy Casares, a Martín Adán o a Virgilio Piñera, por citar solo un número modesto de autores, puede sinceramente sugerir que el boom se diferenciaba de ellos por darle un mayor protagonismo al lenguaje o por hacer del lenguaje un arma más preponderante? La postura de Fuentes era claramente partisana: no crítica, sino programática, y su interés era otorgarle la credibilidad de una estética a lo que a todas luces era un haz de estéticas disímiles: el boom.

Es curioso que los defensores del concepto de “novela del lenguaje” buscaran sus antecedentes fuera de América Latina, sin detenerse salvo en contados casos a estudiar la continuidad que existe entre los autores que menciono en el párrafo anterior y los que ellos descubrían como hacedores de “novelas del lenguaje” en la América Latina más reciente. Se mencionaba a Joyce, comúnmente, como el puente directo desde la tradición anglosajona, pero se olvidaba a los autores de la región, como Macedonio Fernández, reivindicado hoy por descendientes suyos como Ricardo Piglia.

La crítica anglosajona, curiosamente, no ha acuñado nunca un término similar a “novela del lenguaje”, que es ya, en cambio, un lugar común de la crítica hispana. Por supuesto, nada hay de malo, sino exactamente todo lo contrario, en el hecho de que nuestra crítica conciba una noción sin necesidad de tomarla de una tradición distinta. Aun más interesante es que use ese concepto, por decirlo así, para hacer el viaje de regreso y llamar a Finnegans Wake o a Tristram Shandy, “novelas del lenguaje”.

Pero tengo la idea de que, en este caso, al menos, si la crítica anglosajona no se ha sentido en la necesidad de crear la categoría “novela del lenguaje” (se ha usado el término sólo eventualmente, y para designar cosas muy distintas de lo que estamos discutiendo aquí), ni ninguna otra similar para aludir a libros como los de Joyce o Beckett o Woolf o Faulkner o incluso Sterne, es porque no ha encontrado ni la necesidad ni la utilidad de esa noción: ¿novelas en las que el lenguaje es protagónico? ¿En qué novelas el lenguaje no es protagónico?

¿Qué significa que el lenguaje es protagónico? ¿Que son novelas “metaliterarias”? Sospecho que una novela puede ser metaliteraria sin que eso influya crucialmente en la construcción estilística y formal de su lenguaje. Nadie llamaría “novelas del lenguaje” a las de Paul Auster, que son casi siempre metaliterarias.

¿Que son autorreferenciales? Otra vez: la misma respuesta: también Unamuno escribió novelas autorreferenciales, que nadie llamará “novelas del lenguaje”. ¿Que son metalingüísticas, es decir, hechas con un lenguaje que refiere al lenguaje mismo? Esa sería una proposición más interesante. El problema es que jamás he escuchado una explicación que solvente ese concepto.

Ángel Rama, acaso el crítico latinoamericano más influyente de toda nuestra tradición, se refirió una vez a la llamada “novela del lenguaje”. Esto escribió en
un ensayo recogido luego en su libro Crítica literaria y utopía, apuntando la vacuidad del término y buscando una mirada más criteriosa para explicar el fenómeno del tratamiento del lenguaje en la novela del boom y la posterior:

“Forzoso es anotar, como entre paréntesis, que estas operaciones no pueden confundirse con un lugar común acerca de la “novela del lenguaje” que ha circulado aprovechando restos de la enseñanza barthesiana y dentro de un generalizado confusionismo crítico que provocó la consternación de los lingüistas... Un narrador de tan esplendoroso manejo de la lengua literaria culta, como Fernando del Paso, ha dicho sensatamente que “hace muchos años dejé de interesarme en las teorías --del lenguaje, de la novela, etc.-- tras una curiosidad inicial comprensible”, aunque reconociendo su deseo de “trabajar con el lenguaje, de exprimirle sus capacidades expresivas, de recrear al mundo con él, o a un mundo”, tarea a la que están aplicados ya hace algunos milenios los escritores. Lo privativo de algunas soluciones presentes, que no dejan de evocar, como Hocke ha apuntado, las del mecanismo setecentista, pertenece más legítimamente al resquebrajamiento del discurso intelectual racionalizado, y más vastamente aún al cultural de las críticas sociedades actuales, las cuales han visto desintegrarse los sistemas normativos que las animaban, dando lugar a una proliferación de fuerzas centrífugas, que aún más que la libertad que pregonan, están testimoniando la represión en que siguen formulándose”.

Pienso que Rama no se equivoca al llamar lugares comunes a los principios con que se ha tratado de definir la "novela del lenguaje". Creo que sólo se podría utilizar productivamente esa categoría si se empezara por caracterizarla de manera nítida, explicando en términos precisos qué cosa la distingue del resto, recurriendo, por ejemplo, a hipótesis que partan de una comprensión de qué cosa es un metalenguaje, para arribar luego a su utilización puntual para el estudio de un corpus que quede formulado por los rasgos involucrados en tal definición.

5.10.08

El cómic, en El Dominical

Una columna quincenal en El Comercio

Si es que
El Dominical de El Comercio tiene en su sitio web una versión en pdf, lo cierto es que yo no he sabido encontrarla. Así que les dejo aquí el enlace a la versión html de mi artículo de hoy, que se titula Las historias del porvenir, y que tiene que ver con el lugar del cómic en la evolución de la narrativa contemporánea.

Les cuento que, salvo que se produzcan inconvenientes (por ejemplo, que la nueva dirección del diario decida ponerme de patitas en la calle) estos artículos míos irán apareciendo en
El Dominical cada dos fines de semana. (La imagen, por cierto, es del Maus de Spiegelman, uno de los libros a los que hago referencia en el artículo de hoy).

3.10.08

Hackers

Un paso más de nuestra pujante ilegalidad

Me consta, porque he sufrido sus ataques, que los administradores del blog Pepitas Punto Com no tienen cariño alguno por la verdad ni se sienten particularmente inclinados a confirmar la veracidad de sus acusaciones antes de lanzarlas.

Por ese motivo, no siento ninguna vocación íntima a solidarizarme con ellos en absolutamente ningún terreno: son de la misma camada abundante de energúmenos que arroja mentiras a diestra y siniestra en la blogósfera sin hacer siquiera un ínfimo esfuerzo por comunicarse con las personas a las que atacan y verificar cuáles son sus versiones en los casos a los cuales se refieren. Como periodista de oficio, sé muy bien que esa arbitrariedad es práctica habitual sólo para los peores ejemplares de la profesión.

Yo he leído en Pepitas más de un caso en que han tomado una declaración, la han sacado completamente de contexto, la han volteado de manera espectacular, han deslizado insidias sin fundamento, y han extraído como conlusión la primera idiotez que les ha pasado por la cabeza.

Y sé que han hecho eso sin preocuparse, como lo haría cualquier periodista con un grano de ética y dos dedos de frente, por establecer contacto con la persona aludida y pedirle que explique con precisión el asunto. En vez de eso, prefieren armar historias especulativas, amarillistas de palmo a palmo, que se acomoden a sus objetivos o a su capricho. Y no lo sé por referencias de terceras personas; lo sé de primera mano, porque también lo han hecho con declaraciones mías.

Dicho esto, quiero dejar constancia de mi indignación por el hackeo del que ha sido víctima su sitio web, irregularmente intervenido. El sitio habría sido atacado en un intento de eliminar los posts referidos a los ministros Chang y Garrido Lecca. Creo que el caso amerita una investigación; desconozco la manera de llevarla a cabo, ciertamente, porque el tema no es de mi especialidad, pero me parece una exigencia necesaria y que va más allá de simpatías, rivalidades o desacuerdos: no se puede combatir a la prensa --ni a la buena ni a la mala-- desplegando las armas del hampa y siguiendo los métodos de la camorra.

Y hablo de una investigación que saque conclusiones y establezca responsabilidades, que apunte en alguna dirección definida, una investigación con principio y final. No una investigación como aquella que la Universidad Católica aseguró que haría para encontrar a los culpables del robo de información privada ilegítimamente hecha pública por el blog Desde el Tercer Piso, de José Alejandro Godoy, meses atrás. Creo que no somos pocos los que ya estamos hartos de que la legalidad en el Perú sea atropellada desde todas las esquinas, día a día, impunemente, y que los que la pisotean sean protegidos unos días desde una trichera y otros días desde la trinchera opuesta.

El boicot a Blindness

No hay peor ciego que el que no quiere ver

A través de un post de ese vigoroso e infatigable blogger que es el novelista Iván Thays, administrador de la única bitácora de lectura imprescindible en la literatura latinoamericana, me entero de una noticia sumamente extraña.

En Estados Unidos, la Federación Nacional de Ciegos (National Federation of the Blind) ha condenado y deplorado la película
Blindness, que se estrenará este fin de semana, dirigida por el brasileño Fernando Meirelles, basada en la novela Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, y protagonizada por la extraordinaria Julianne Moore.

¿La razón que aducen? Dice la NFB que Blindness describe a los ciegos como incompetentes, inválidos, incapaces de hacer las cosas que hacen los demás, además de "sucios, viciosos y depravados", y que, por ello, la audicencia de la película podrá ver alimentada una forma de prejuicio contra los ciegos en general, lo que redundará, a la larga, en menores posibilidades de empleo para los invidentes de todo el mundo.

La película, al parecer, es bastante fiel al contenido de la novela. Y es cierto: en la ficción de Saramago los ciegos caen en todos los defectos que señala la NFB. Pero, cuidado: los ciegos del relato no son ni invidentes innatos ni víctimas de una larga enfermedad, ni son unos cuantos individuos que hayan sufrido un accidente, sino que son prácticamente todos los seres humanos, atacados por una suerte de epidemia universal y súbita: la ficción no es el retrato de los invidentes que encontramos todos los días en calles y plazas, o en nuestras propias casas, sino la descripción de una sociedad agredida repentinamente por un desastre inesperado, sin tiempo para acostumbrarse a él, de modo que el mundo cae en un caos general (el caos al que probablemente nos deslizaríamos si mañana despertáramos todos privados de la visión).

Hace tiempo un amigo (fue Miguel Rodríguez Mondoñedo) me dijo que mi uso de términos como "miope", "ciego" o "cojo" para describir, metafóricamente, carencias intelectuales de ciertas personas, era agresivo y segregador, no contra esas personas, sino contra los miopes, los ciegos y los cojos. Yo, sinceramente, no lo creo. La ceguera es, en efecto, un mal que disminuye nuestras capacidades, como la miopía (de la que yo sufro en el sentido literal) o la cojera. Eso es una verdad objetiva, y partir de ese constatación fáctica para producir un sentido figurado de tales palabras no debería ofender a nadie.

(Decir que los ciegos merecen todas las facilidades para vivir de la mejor manera y que la sociedad no puede negarles, en principio, los derechos y las prerrogativas que otorga a los demás, es una verdad indiscutible. Pero no por ello vamos a repartir licencias de conducir a los invidentes mientras no exista una manera fiable de que manejen sin atropellar a nadie).

De hecho, me temo que la Federación Nacional de Ciegos está siendo miope (pun visibly intended) al juzgar de la manera en que juzga la película de Meirelles, película que, por otro lado, obviamente, los miembros de la federación no pueden haber visto y que por lo tanto son incapaces de apreciar. En fin, esto es lo último que faltaba: que los ciegos boicotearan la visión de una película y quisieran censurar la mirada de los demás.

Me pregunto qué pasará el día que adapten Sobre héroes y tumbas.

Los sueños del pueblo

¿Por qué somos nacionalistas?

Parte de las cosas que hay que hacer para hablar con claridad sobre política es no confundir términos: no llamar dictadura a lo que es sólo un gobierno autoritario y mucho menos a una democracia formal presidida por un individuo de personalidad autocrática.

Pero, ¿qué pasa cuando es la realidad la que insiste en confundir sus escenarios? ¿Qué ocurre cuando una democracia representativa es homicida y sus instituciones caen en la corrupción y los atropellos típicos de otra clase de régimen?


Si entiendo el concepto de democracia no desde sus formalismos, sino desde sus principios y sus ideales, tendría serios problemas para llamar democrático a alguno de los gobiernos peruanos que han tenido lugar desde que soy consciente: Velasco y Morales Bermúdez, dictadores; el caballero Belaunde Terry presidió sobre innumerables violaciones a los derechos humanos; Alan García, en su primer régimen, decidió masacres asistido por quien es el vicepresidente de su segundo gobierno; Alberto Fujimori sumó los horrores de todos los gobernantes previos,
and then some.

En perspectiva, sólo Valentín Paniagua y Alejandro Toledo gobernaron en democracia, respetando los poderes del Estado, conduciendo las mismas políticas que anunciaron al inicio de sus periodos, disminuyendo notablemente la corrupción de las administraciones anteriores, etc.

Curiosamente, a Paniagua, nadie lo eligió: los peruanos no lo llevaron al poder; la casualidad y una carambola del destino oculta entre leyes que nadie recordaba lo condujeron a ese lugar. La muerte se lo llevó con injusta rapidez y su imagen quedó, en el fondo, olvidada para siempre.

A Toledo la prensa lo detestó, la gente eligió culparlo de cualquier cosa, el racismo secular se activó en su contra sin tapujos y sin remordimientos: el suyo fue el mejor gobierno del último cuarto de siglo, pero era un cholo, tomaba whisky, jugaba fulbito en playas de lujo que no eran para gente como él, hablaba feo, era un lustrabotas de Stanford, habráse visto, quién se creía que era.

Los peruanos premiaron los crímenes contra la humanidad de García regalándole nuevamente Palacio de Gobierno, para que pudiera limpiar todas sus culpas y las de sus cómplices. Los que no colaboraron en esa tarea, en su gran mayoría, estuvieron a punto de darle el poder a un belicoso oportunista, sin ideas y sin juicio, sin inteligencia y sin programa: ese matón callejero, egomaniaco, mitómano, irresponsable, que es Ollanta Humala.

Millones de peruanos, no cabe duda, esperarían que el criminal Alberto Fujimori fuera absuelto de sus culpas para votar por él nuevamente; no les importan las firmas falsas, las alianzas con narcotraficantes, los comandos paramilitares, los grupos de aniquilamiento, las esterilizaciones forzadas, los cientos de millones robados, los asesinatos masivos, el autogolpe, la reescritura de la ley a la medida de sus conveniencias, la lógica mafiosa de su ejecutoria, los abusos delictivos contra su esposa, etc. Recompensan al dictadorzuelo votando por su hija oligofrénica, educada en universidades norteamericanas con la plata hurtada a las arcas del Estado: querrán llevarla al gobierno y dejar que indulte al líder de la jauría.

Y luego, Alan García. De nuevo, Alan García: el prófugo, el reo contumaz, el presidente.

Ayer, leyendo
Burma Chronicles, de Guy DeLisle (un artista québécois que ha reinventado el género de las travelogues en el mundo del cómic), me encontré con un dato curioso, que me hizo pensar en Alan García y en Ollanta Humala.

El dato es este: en el país antes llamado Burma, o Birmania, hoy llamado Myanmar, el general Than Shwe, dictador desde 1992, ordenó (y su orden se sigue cumpliendo) que todos los diarios y todas las revistas del país, en todos los ejemplares de todos sus números, republicaran permanentemente, en su primera plana, los doce principios ideológicos fundamentales del régimen, y, en la página final, los cuatro puntos cruciales que conforman lo que él llama "El Sueño del Pueblo", es decir, las nociones elementales que deben guiar la vida política de los birmanos: los sueños de los ciudadanos son impuestos por ley, sus ideales son dictados desde el poder.

Esos cuatro puntos de "El Sueño del Pueblo", están también pintados en carteles en todas las ciudades de Myanmar, en los cruces de las calles, en la entrada de los parques, a la salida de cada túnel, en todas las carreteras y en las paredes laterales de los grandes edificios. ¿Cuáles son esos cuatro puntos? ¿Cuál es "El Sueño del Pueblo"? Este es el tetrálogo en cuestión:

1. Oponerse a quienes actúan como títeres de elementos extranjeros para sostener puntos de vista negativos en contra del Estado.

2. Oponerse a aquellos que intentan poner en peligro la estabilidad del Estado y el progeso de la nación.

3. Oponerse a las naciones extranjeras que interfieren en los problemas internos del Estado.

4. Aplastar a todos los elementos destructivos, internos y externos, como a un enemigo común.

Esos principios se han traducido históricamente en un número casi infinito de decisiones políticas: las pocas ONG´s que funcionan en el país son acosadas e investigadas permanentemente; las organizaciones internacionales y de derechos humanos son perseguidas y acusadas de defender intereses antipatrióticos y foráneos: son "elementos extranjeros que difunden ideas negativas". Esa es la misma lógica que, pocos meses atrás, llevó a Than Shwe, increíblemente, a prohibir el ingreso de la ayuda internacional para los damníficados por un terrible huracán que dejó varios miles de muertos y heridos.

Esos cuatro puntos son los principios guías de cualquier forma de nacionalismo extremo. Son, por ejemplo, los pilares ideológicos sobre los que se sostuvo todo el discurso político de Ollanta Humala hasta que le cayó del cielo el dinero de Hugo Chávez y entonces decidió afiliarse a la campaña seudo-bolivariana del venezolano (el protegido y protector de Monteisnos, nunca lo olvidemos). Y es el mismo discurso de Chávez en su persistencia antiamericana, y el de los hermanos Castro, y el de Evo Morales: cualquier oposición es juzgada antinacional y acusada de servir a intereses extranjeros. Por cierto, a veces es verdad, y eso no hace sino legitimar falsamente el discurso.

Pero, con las excepciones y los matices del caso, eso mismo era lo que decía Belaunde en 1980, para denunciar a la izquierda en el mismo paquete del senderismo, como subvencionados por Cuba o por el "comunismo internacional"; y es lo que decía Alan García en su primer periodo, en la dirección opuesta, para culpar a las derechas de ser apóstoles del imperialismo norteamericano. Y ahora, dirigiendo el discurso exclusivamente en contra de la oposición populista, sindical o de izquierda, es lo que dice García cuando afirma que cualquier forma de oposición en el Perú es una maquinación chavista, incluyendo las defensas de los derechos humanos y las actividades de las ONG´s.

Y, paradójicamente, es ese tejido ideológico nacionalista el que ha elegido García para sustentar sus exabruptos cuando habla del perro del hortelano: su meta es la inversión extranjera de índole capitalista, pero --vaya golpe de timón-- sostiene, acusatoriamente, que quienes se oponen a que esa inversión sea predatoria e indiscriminada, son traidores al ideal de progreso de la nación y están manipulados por
otros intereses extranjeros.

Me pregunto qué clase de fibra primitiva tenemos los peruanos en lo político, qué clase de chauvinismo desbocado abrigamos, para que tanto los que promueven la inversión extranjera como los que temen su impulso devorador tengan que recurrir, insólitamente, a un mismo subterfugio y una misma retórica nacionalistas para dar fundamento a sus proyectos.

2.10.08

Libros de mentira

Y el regreso de Moleskine Literario

Ayer pasé un rato hablando por msn con Luis Cruz, un amigo chileno que, junto a Gabriel Oyarzún, dirige el sitio web Libros de Mentira, uno de los más completos lugares de literatura en el lado chileno del mapa ciberespacial.

Libros de Mentira, además de reportajes, noticias, entrevistas y reseñas, mantiene un proyecto interesante: una librería digital donde publica libros virtuales: muy cuidadas ediciones electrónicas de relatos inéditos escritos por los más destacados, innovadores y visibles escritores chilenos del momento.

El proyecto no es un negocio: los autores ceden sus textos y Libros de Mentira no cobra por el acceso a ellos: es un sitio abierto donde cualquier interesado puede aproximarse al trabajo de sus escritores favoritos y saber en qué dirección se mueven antes de la aparición de su próxima obra impresa.

Les quiero recomendar que se den una vuelta por esa colección de pequeñas joyas digitales, que pueden visitar aquí. Y, de paso, otro dato para quienes no se han dado cuenta todavía: Moleskine, el blog de Iván Thays, la más completa de las bitácoras literarias peruanas, está de vuelta desde ayer.

1.10.08

Qué cosa es ser un ignorante

Sobre una etiqueta que nadie quiere que le cuelguen

A menudo hay discusiones que acaban con alguien que le coloca ese temido epíteto al rival:
ignorante. Por supuesto, muchas veces se trata de una falacia, una salida simple, una descalificación arbitraria. En otras oportunidades, sin embargo, es sólo el síntoma de una creencia real, dicha tal vez con disgusto, pero de buena fe: uno piensa que la conversación no tiene futuro porque la otra persona no sabe las cosas que debería saber para entablar un debate. O uno cree sinceramente que el comportamiento de la otra persona es consecuencia de un tipo específico de desconocimiento.

Pero, ¿qué cosa es ser un ignorante, precisamente, y cuándo tenemos derecho a poner esa palabra sobre la mesa?

Está claro que, en principio, el adjetivo quiere aludir a cierta falta de conocimientos, probablemente dentro de un campo en particular. También es evidente, entonces, que ninguno de nosotros se puede salvar de ser ignorante en una o en muchas, quizá infinitas, materias. Yo soy un cero a la izquierda en astrofísica y en mecánica automotriz, por ejemplo, y en otro centenar de cosas. ¿Debo ser llamado un ignorante?

Supongo que, en la medida en que esos conocimientos no me involucran intelectualmente, no marcan mi vida ni mis temas de discusión, es decir, en la medida en que no pretendo tener autoridad alguna sobre ellos, decirme ignorante en virtud de esa carencia resultaría excesivo, o por lo menos gratuito. Salvo, claro está, que yo quiera arrogarme una habilidad en esos tópicos: si digo saber mucho de mecánica automotriz y acabo por estropear el carro de un amigo, tendrá pruebas suficientes para decir que soy un ignorante en el asunto. Y un mentiroso.

El profesor de introducción a la lingüística que cree que sus estudiantes de primer año son ignorantes porque conocen poco o nada de Chomsky o de Pinker o de Wittgenstein, está siendo nítidamente excesivo en su juicio. Pero si uno de los alumnos nota que el profesor desconoce a esos autores en profundidad, y lo llama ignorante, lo estará haciendo con todo derecho y plena razón.

El padre que asegura que su hijo es un ignorante en materia de música popular porque no lo atraen los Rolling Stones o Led Zeppelin o Jefferson Airplane, tendrá que pensar dos veces por qué motivo a él no lo atrapan Radiohead, The Flaming Lips o The White Stripes. Entonces, cuando quiere recurrise al argumento de la ignorancia para endilgar un epíteto, debe considerarse primero la parcialidad de su terreno, y cuál es el campo de los intereses del otro.

Un ignorante no es, tampoco, quien ha sido privado de aproximarse a diversos conocimientos: la persona a quien la vida ha vedado el asistir a un colegio, a una universidad, la persona que ha debido trabajar desde siempre y no ha gozado del lujo de la educación, incluso el profesional al que las cuentas impagas y la escasez de medios privan de mantenerse al día en su propio campo, no puede ser agredido con el adjetivo ignorante: el ataque implicaría una denuncia injustificable, haría de una víctima un culpable.

Quien cuenta con los medios pero carece de todo interés, quien tiene acceso al conocimiento pero elige evadir, eludir, esquivar la posibilidad de instruirse, ése sí merece ser señalado. Porque hay un requisito mínimo que no es rebatible ni condonable: la responsabilidad que todos tenemos con saber más sobre el mundo alrededor de nosotros, con multiplicar nuestros vínculos con él, cada vez que tenemos esa opción, y siempre y cuando la tengamos en verdad.

Ignorante no es el lustrabotas ni el pirañita ni el lavacarros: ignorante es el intelectual que prefiere reducirse a fórmulas y a dogmas; el militar que espera la guerra como si esa fuera su única función; el profesor que celebra su superioridad ante los alumnos en vez de hacer su mejor esfuerzo por atraerlos a su nivel de entrenamiento; el congresista que desconoce la ley o la evade y la archiva y la menosprecia o la viola, pero aun así se siente con derecho a reescribirla. Ignorante es el que sabe y no quiere enseñar.

Hay, paradójicamente, una cultura de la ignorancia. Es la del votante que no quiere a un político por su inteligencia, sino porque es igual a él; la del artista o el escritor que nunca quiere atender al crítico; la del director de un diario que elimina las secciones de cultura porque no son comerciales; la de quien menosprecia al intelectual porque es un "culturoso" o un "académico"; la del intelectual que usa su autoridad como un escudo o la lleva amarrada al pecho como una escarapela de distinción.

Repito: ignorante también es el que sabe y no quiere enseñar. Ignorar es, etimológicamente, negarse a conocer; yo pienso que también es ignorante quien niega a los demás el conocimiento. Y eso incluye a quienes eligen torcer la verdad por amor a una teoría interesante o a una hipótesis atractiva, y a quienes prefieren la certeza del dogmatismo antes que la incertidumbre de salir detrás de una verdad.