19.10.10

Dos columnas, 2

Mario Vargas Llosa y la izquierda latinoamericana

En el post anterior, enlacé las recientes columnas de Juan Gabriel Vásquez y Javier Cercas sobre el otorgamiento del Nobel a Vargas Llosa. Ambas se refieren al tema de la posición política de Vargas Llosa y, sobre todo, a su relación con las izquierdas hispanoamericanas.

La etiqueta que con más frecuencia se le adscribe a Vargas Llosa en América Latina es "neoliberal". Nadie me ha podido explicar qué quiere decir eso exactamente, pero cuando han tratado, me han descrito a un Vargas Llosa que parecería más bien cercano al movimiento neo-conservador norteamericano.

Vargas Llosa no es así. Está bastante más cerca de ser un liberal clásico en cuanto a sus razonamientos sobre el modelo económico y un progresista en casi cualquier tema central en aquello que en el mundo occidental contemporáneo llaman "las guerras culturales".

Es decir, Vargas Llosa, como hacen notar Vásquez y Cercas, es un defensor de la igualdad de homosexuales y heterosexuales en todos los aspectos de la vida civil; es un promotor de los derechos individuales; es acaso el más radical defensor de la institucionalidad de las democracias por sobre los militarismos, los totalitarismos y los autoritarismos; es un enemigo de los nacionalismos; es un crítico acérrimo de la influencia conservadora y retardataria de la Iglesia Católica en cada caso en que ésta se manifiesta (así como es, también, un defensor de la Iglesia en aquellos casos en que ella sirve como motor de la igualdad, el desarrollo y la atención a los marginados).

¿Cuál de esos rasgos podría servir para que alguien lo califique de conservador, o para que alguien lo agrupe acríticamente junto a lo que los latinoamericanos llaman "feroces neoliberales" (que son en verdad los capitalistas conservadores de la región)? Yo creo que ninguno. Cada vez que Vargas Llosa ha defendido alguna de esas causas, la izquierda ha guardado silencio y se ha hecho la sorda, a pesar de que esas causas deberían ser las suyas por naturaleza.

En todas esas ocasiones, la derecha más conservadora y reaccionaria es la que ha latigueado de amargura por la liberalidad progresista de Vargas Llosa. La razón es obvia: en casi cualquier tema cultural, las causas de Vargas Llosa son diametralmente opuestas a las causas del conservadurismo.

El rechazo habitual de la izquierda a Vargas Llosa tiene su origen, históricamente, en la ruptura de Vargas Llosa con la Revolución Cubana a fines de los años sesenta y principios de los setenta. Es crucial recordar que, en aquel tiempo, lo que Vargas Llosa objetó a la Revolución Cubana no fueron sus esfuerzos culturales, su interés socialista en la educación ni su difusión de los proyectos igualitarios en el campo de la salud.

Vargas Llosa objetó y denunció el autoritarismo, la verticalidad del régimen, la opresión de las minorías, la persecución de los homosexuales, la construcción de un Estado policial, las cárceles del castrismo. Es decir, objetó lo que cualquier izquierda moderna, amiga de la libertad y de la igualdad plena debería objetar siempre. Y cuando transitó hacia la derecha, no dejó jamás de denunciar escenarios de ese tipo, sin importar que se produjeran bajo un gobierno de izquierda o de derecha.

Por supuesto, Vargas Llosa no es un socialista desde hace mucho, y revisando sus novelas es posible alegar que tampoco lo fue cuando sentía que lo era: su espanto ante cualquier mundo en que los ideales colectivos se antepongan a la libertad individual es patente. Pero creo que en este momento, pasadas las décadas, ese espanto también se ha convertido en un sentimiento dentro de las izquierdas más progresistas.

¿Hay alguna razón para detestar a Vargas Llosa desde la izquierda? Es cierto que se pueden buscar argumentos ocasionales, hurgar en momentos y coyunturas en que Vargas Llosa se ha aproximado un tanto a regímenes moralemente dudosos, como el actual de Alan García en el Perú. También es fácil descubrir en qué instantes, con qué razones, siguiendo qué ideales, ha roto con esos regímenes en defensa de su noción de libertad.

Pero creo sinceramente que la izquierda pierde mucho más de lo que gana describiendo a Vargas Llosa como el corazón de la tiniebla derechista: pierde la voz más notoria y audible, mundialmente, en la defensa de la igualdad en libertad de los latinoamericanos. Pierde a un promotor constante de la transformación cultural que tarde o temprano llegará a la región, en la lucha contra la homofobia, en favor del aborto, y, con ello, de los derechos de la mujer, en contra de los nacionalismos, en contra del racismo, en favor de la democracia sin interrupciones autoritarias, etc.

¿O es que la izquierda desea anteponer las rencillas de hace casi medio siglo a la defensa de causas con las que su discurso debería identificarlas? Esa es la opción que ha elegido mayoritariamente desde hace mucho. La salida de Vargas Llosa de la política activa, tras su derrota en las elecciones de 1990, y el autogolpe de Fujimori poco después, debieron ser el momento de la reconciliación con Vargas Llosa, la oportunidad de reconocer los puntos comunes con alguien que ha luchado toda su vida en contra de las tendencias cerriles y cacicales que Fujimori representa.

Este es otro momento: la entrega del Nobel a Vargas Llosa, de parte de una Academia Sueca que finalmente da su mano a torcer y renuncia al prejuicio de negarle el premio debido a sus choques con la vieja izquierda. Porque hay que tener en cuenta que el otorgamiento del premio es ya un reconocimiento que Vargas Llosa recibe de la izquierda europea.

Hace unos días un amigo me decía (y lo dice también Cercas en su artículo) que le parecía tonta la frase, tantas veces repetida en estos días: "Me alegra que premien a Vargas Llosa aunque no comparto sus ideas". Yo no creo que sea una tontería, aunque reconozco que ha sido dicha por gente bastante tonta (no todos).

Está bien, creo, considerar a Vargas Llosa un maestro de nuestro mundo intelectual y artístico y hacerlo a pesar de diferencias ideológicas. Eso hubiera querido el "francotirador" que escribió y leyó en Caracas, hace tantos años, el discurso "La literatura es fuego", tras recibir el Premio Rómulo Gallegos. Vargas Llosa ha seguido nadando contracorriente, ha seguido peleándose con aparatos políticos y gobiernos, ha seguido porfiando por causas que muchos de sus admiradores y gran parte de la gente que le es próxima estima en muy poco.

Decir que su premio es bienvenido a pesar de las diferencias intelectuales, cuando se dice razonándolo de verdad, es reconocer la validez de Vargas Llosa como intelectual y reconocer que su trabajo y sus ideas son legítimos y dignos de ser tomados en cuenta. ¿Cómo tomarlos en cuenta? Revisándolos, releyendolos, descubriendo ya no sólo las discrepancias, sino también las coincidencias; y aprendiendo en la lectura, porque alguien que inventa los mundos que Vargas Llosa ha imaginado, es alguien que tiene mucho que decirnos sobre el nuestro.

¿Puede la izquierda hacer eso? ¿Puede dejar de demonizar y satanizar a Vargas Llosa? Sí puede. Y tiene que. Si ustedes revisan algún día una colección de ejemplares de Casa de las Américas, la famosa revista cubana, podrán detectar con toda exactitud el día, el mes y el año en que la crítica izquierdista comenzó a decir sobre las novelas de Vargas Llosa exactamente lo contrario de lo que decía el día anterior.

Encontrarán el momento preciso en que los críticos dejaron de tomar La ciudad y los perros o La casa verde como extraordinarios alegatos socialistas y empezaron a proclamar que eran horrorosos y despreciables discursos dictados por el capitalismo americano. (El papel de Fernández Retamar en ese giro fue irritantemente deshonesto).

Si la izquierda pudo hacer ese malabar, con esa baja intención sofista, siguiendo su rabia y su odio en lugar de ser fiel a cualquier forma de ética intelectual, seguramente podrá hacer también un giro honesto y revisar la obra de Vargas Llosa, y descubrir que, acaso, Vargas Llosa ha estado escribiendo más para ella que para la derecha.

(La foto es de Steve Pyke, 1996)

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18.10.10

Dos columnas, 1

Cercas y Vásquez sobre Vargas Llosa

Las comentaré en un post más tarde, pero por ahora les recomiendo que vayan leyendo estas dos columnas publicadas en España la semana pasada acerca del otorgamiento del Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa.

El tema de ambas no es el del mayor o menor mérito literario de Vargas Llosa, porque eso, creo, no está en discusión para nadie que haya tenido contacto con lo central de su obra narrativa, sino con el rol de Vargas Llosa como intelectual y también con las reacciones de la izquierda ante el premio.

En este enlace encontrarán la columna del español Javier Cercas y en este otro la columna del colombiano Juan Gabriel Vásquez, dos connotados novelistas que no poco deben a la buena lectura de la obra del maestro peruano (¿alguien ha mencionado el aire de familia notorio que existe entre Soldados de Salamina, de Cercas, e Historia de Mayta, de Vargas Llosa?).

(En la foto, VLL con el Nobel latinoamericano mejor recibido por la izquierda de la región: Pablo Neruda).

(En

15.10.10

Los peces de Monza y la novela

Mi intervención en la presentación de El anticuario ...
... Copio debajo el texto que leí en la presentación de mi novela anoche (una noche estupenda, creo). Lo copio incluyendo los primeros párrafos de agradecimientos, para que éstos les lleguen a aquellos que, debido a la distancia, no pudieron estar presentes (y más tarde pondré algunas imágenes):
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Quiero agradecer la presencia de todos ustedes esta noche y muy especialmente el trabajo de Germán Coronado, Martha Muñoz, Pierre Émile Vandoorne y todos aquellos en Peisa que han hecho posible la publicación de El anticuario. A mis amigos Mónica Belevan, Alonso Cueto y Daniel Salas por sus palabras. Alonso no lo recuerda, pero mucho antes de que fuéramos amigos, él fue uno de los primeros escritores a quienes conocí en persona, en la oficina de Luis Jaime Cisneros en la Universidad Católica. Era un día de mucho calor, Alonso lo hizo notar y procedió a abanicar su humanidad con suaves movimientos del dedo índice. Aprendí que Alonso tenía gran confianza en el poder de la imaginación.
Desde entonces Alonso me ha dado muchas mejores razones para la reflexión y lo mismo puedo decir sobre Daniel que me ha dado muchos años de amistad, y Mónica, que me ha dado en muy pocos meses una amistad de muchos años. También quiero agradecer a Iván Thays por su intención de decir algo aquí esta noche hasta que un tropiezo suyo en una ducha madrileña nos privó de su presencia. Es lo que le pasa a Iván cuando sus viajes dejan de ser interiores. Gracias a Rossella di Paolo por sus comentarios. A Edmundo Paz Soldán, Félix Reátegui, Peter Elmore, mi esposa Carolyn Wolfenzon, Daniel, Alonso, Mónica y Luis Hernán Castañeda, que leyeron diversas versiones de la novela, en el caso de Carolyn y Daniel, varias veces, como consecuencia de mi inseguridad. Cada vez que cambié una coma les pedí, por favor, léetela de nuevo porque he introducido una variante arriesgadísima. En una entrevista que saldrá publicada dentro de unos días Kike Sánchez Hernani me preguntó si había alguien a quien considerara mi maestro. Respondí que mi único maestro era mi amigo Daniel Salas. Quiero dejar en claro que eso era una broma.
Hace tres noches, en un avión que venía de Boston, leí un pequeño artículo de Stephen Hawking, el famoso científico tetrapléjico, en una revista de divulgación científica. Era acerca de lo que él llama la “teoría de todo”, la una teoría capaz de explicar el universo entero. Parte del artículo era acerca de la polémica filosófica entre idealistas y realistas. Como no sé prácticamente nada sobre esa polémica, la puedo explicar con absoluta claridad. Aquí va.
Los idealistas, entre muchas otras cosas, piensan que nuestra percepción modifica el mundo y que la forma de lo que llamamos realidad está siempre necesariamente influida por nuestra manera de verla. Los realistas piensan que nuestra imagen de la realidad, medida metódicamente y descrita de acuerdo con nuestros sentidos, es de hecho igual a la realidad y la puede retratar punto por punto.
Hawking propone una alternativa, a la que él llama “realismo dependiente del modelo”. La idea es simple. Si yo tengo un modelo del mundo y cada vez que lo pongo a prueba ese modelo funciona, entonces mi teoría sobre el mundo es buena y mi modelo es un modelo de la realidad. Si ustedes tienen un modelo completamente diferente del mundo pero cada vez que lo ponen a prueba, también funciona, entonces su teoría sobre el mundo también es buena y su modelo también es un buen modelo de la realidad.
Hawking cita un caso real extraordinario. En Monza, una pequeña ciudad italiana, hace unos meses, la municipalidad prohibió a los habitantes tener pececitos en peceras esféricas. La razón dada por el alcalde y los concejales es que, encerrados en una pecera curva, los peces son forzados a percibir el mundo de una manera deformada. Deformada porque la pecera esférica los fuerza a ver el exterior como no es. Cada vez que yo me acerque a la pecera, los peces verán mi rostro transformado, alargado hacia un lado, con un gesto y una forma que no son los de mi rostro. Dicho sea de paso, es posible que me vean curiosamente parecido a Stephen Hawking.
Anteayer, en mi segundo día en Lima, le mostré el artículo a un amigo, que me hizo comprender por qué Hawking citaba el ejemplo de los peces italianos y sus peceras esféricas. El argumento es éste, me dijo mi amigo: “Gustavo, si esos peces viven toda su vida en la pecera, y nada nunca les da un indicio de que el mundo es diferente, todas las conclusiones que ellos alcancen sobre cómo es el mundo, serán siempre ciertas, porque siempre los llevarán a actuar de manera acertada, no importa si nosotros, desde fuera de la pecera, sabemos o creemos saber que los pececitos están equivocados. Los peces no son idealistas ni realistas: son lo que Hawking llama “realistas dependientes de su modelo””.
No hay nada más tonto y frecuentemente equivocado que un artista o un escritor que roba las ideas de un científico, sin conocerlas bien, y las usa como metáfora para explicar el arte o la literatura. Como el error y la tontería han definido la mayor parte de mi vida, voy a hacer eso ahora mismo. Pasa con frecuencia que leemos dos novelas o vemos dos películas que tocan un mismo asunto, un mismo tema o un mismo momento histórico, y lo hacen de maneras muy distintas, proponiendo visiones del mundo enteramente discrepantes, acaso irreconciliables. Leemos a Arguedas y a Vargas Llosa, por ejemplo, y ambos nos hablan del Perú y de sus choques y encuentros culturales, y de sus males sociales y políticos, y sabemos que sus obras nos proponen modelos del mundo (peruano) que son divergentes, difíciles de comparar, y que es imposible aceptar ambos modelos al mismo tiempo.
Pero lo hacemos. Aceptamos La casa verde y Todas las sangres; aceptamos Historia de Mayta y Los ríos profundos. Los aceptamos al menos en la medida en que no salgamos de la pecera, es decir, en la medida en que no salgamos de la ficción, que es un mundo en sí mismo. Apenas nos convertimos en el pez fuera del agua, renegamos de uno de esos modelos y aceptamos el otro, o renunciamos a ambos. Los novelistas hacen peceras para peces italianos. La gran maravilla de la literatura está en darnos la oportunidad de ser lo que Hawking llama “realistas dependientes del modelo”, una y otra vez, infinitamente, y la oportunidad, también, de romper la pecera de vez en cuando, aunque sepamos, claro, que romper la pecera, cuando uno es un pez dentro de ella, no es precisamente la salida más apacible. La literatura ha hecho eso desde siglos antes de que Hawking lo advierta como posibilidad científica: la literatura es una anacrónica ciencia del futuro.
El anticuario, como toda novela, quiere ser uno de esos posibles modelos para entender un mundo; en este caso, el Perú de las últimas décadas, y su violencia pública y privada. Quiero explicarles cómo y empezaré por lo público.
Imaginen el caso de un hombre, al que llamaré X. X vive en un país cualquiera. El país lo gobierna un dictadorzuelo, posiblemente extranjero. Hablo de un país imaginario. El dictador es, además, un ladrón, un mentiroso y un cobarde. Un día está en aprietos, renuncia y desaparece. El hombre, X, también renuncia y desaparece y se va a vivir al otro extremo del continente, como me fui yo un día hace diez años. X está basado en mí.
A la distancia, X observa su país. Al cabo de unos años, los ciudadanos de ese país deciden perseguir, juzgar y encarcelar al dictador y a sus aliados. Simultáneamente, sin embargo, en virtud de una lógica oscura, esos mismos ciudadanos empiezan a sentir una inmensa simpatía por la hija del dictador, que está hecha a imagen y semejanza de su padre. Este es un país imaginario. El país enloquece de esa manera y de otras muchas maneras: el peor gobernante de su historia anterior es electo nuevamente; individuos desconocidos se vuelven políticos populares; delincuentes consumados son premiados con la inmunidad y el poder; la cleptomanía se vuelve virtud; a los criminales se los declara impunes; los comediantes de la tele se vuelven factores determinantes en la vida política, etc.
Mirando todo esto desde la distancia, el hombre, X, empieza a intuir que su país ya no es un país; ahora es un manicomio. Pero no exactamente una clínica psiquiátrica, en la que se intente devolver la cordura a los insanos, sino algo más parecido a una prisión para locos, en la que los locos creen gozar de plena cordura y cierta libertad. Mirando mejor, X se da cuenta de que el país no sólo es un manicomio recientemente: lo ha sido siempre, ya lo era antes de que lo gobernaran el dictador y el corrupto. Ya lo era en los años anteriores, en los años de una guerra que comenzó previamente. Ya lo era cuando el hombre, X, todavía vivía ahí. X es un loco que ha escapado subrepticiamente. Más aun: en verdad, X nunca ha escapado, nunca ha estado afuera. Cree mirar el país a la distancia, pero no. Quiere escribir lo que ha visto, pero tiene las manos atadas por una camisa de fuerza. Sólo puede repetir unas pocas palabras, en una secuencia extraña y caótica que parece, engañosamente, tener un orden lógico.
Esas pocas palabras, en mi caso, son la novela El anticuario. Es la novela de uno más de los locos que cree por un instante tener la ilusión de estar fuera de la clínica, fuera de la pecera, y ver las cosas con claridad, aunque en verdad no pueda.
Les explico el lado privado. Hace muchos años un amigo mío inmensamente querido pasó por una experiencia violenta y terrible que le costó la vida a dos personas, incluido él mismo. Esa experiencia me marcó. Me hizo conocer la demencia, visitar por primera vez una clínica psiquiátrica, aprender que la persona más bella puede hacer las cosas más terribles y que lo que llamamos el mal no se diferencia radicalmente de lo que llamamos el bien o el amor o la pasión y que la locura y la cordura no son ajenas una de la otra. Años más tarde quise escribir una novela y me di cuenta de que no podía escribir otra cosa que la novela que esa experiencia me había impuesto. Tenía que sacar de mí esa historia. Cuando empecé a escribirla me di cuenta de que tenía la necesidad de hacer algo más: deformar la historia lo suficiente para que mi amigo no fuera culpable de sus culpas. Fue una debilidad inútil pero humana: todos somos culpables de algo. También el país más bello puede hacer las cosas más horrorosas, porque la marca de nacimiento de la civilización es la barbarie, así como la barbarie es la señal en la extremaunción de la civilización: la barbarie está siempre con nosotros, de principio a fin. Mi novela dejó de ser la historia de mi amigo y se convirtió en otra cosa: la historia del manicomio que es una ciudad que es un país que somos mi amigo y yo y ustedes y los demás, y ese manicomio es nuestra pecera y si nunca la vamos a poder comprender desde afuera, tenemos el deber de entenderla desde adentro.
El anticuario es una novela sobre el Perú y sobre los años de la violencia política. Que la novela sea una fantasía gótica, una novela de misterio, un policial con ecos de cuento de terror, de cómic, de thriller, de película de la serie B, y, sin embargo, pueda ser un intento serio de representar el momento más terrible de la vida republicana del Perú, es, para mí, una virtud. No sé si los lectores pensarán los mismo o no. Me conformo con que crean en el mundo de la novela durante el tiempo de la lectura, porque ese tiempo también está en el mundo real. Para mí, decir algo terrible e incluso tenebroso, que es personal, pero que a la vez se refiere a un momento oscuro en la historia de nuestro país, y decirlo sin renunciar al juego, al juego infantil de la literatura, al juego para adultos que es la literatura, ha sido liberador.
Escribí mi primer cuento a los diez años, cinco minutos después de ver en la televisión el primer episodio de La isla misteriosa, con Omar Shariff como el Capitán Nemo. Le leí el cuento a mi mamá. Mi mamá me dijo que era extraordinario. Pero también me dijo que era un plagio descarado del episodio de La isla misteriosa que yo acababa de ver. Yo no sabía qué cosa era un plagio así que lo tomé como un elogio. En los meses siguientes mi mamá declaró que mi segundo cuento, mi tercer cuento y mi cuarto cuento eran plagios, respectivamente, de un episodio de Viaje a las estrellas, un episodio de La isla de Gilligan, y, en un giro que hasta el día de hoy yo no puedo comprender ni mucho menos justificar, un comercial de Desenfriolito protagonizado por el Topo Giggio.
Mi mamá no está ya para leer esta novela, pero puedo asegurar que no se quedaría corta a la hora de descubrir los plagios que hay en ella. Hay muchos. De Borges, Mulisch, Vargas Llosa, Hawthorne, etc. Sospecho que esos plagios no están allí porque yo sea uno de esos escritores que quieren llenar sus textos de referencias literarias. Creo que esos plagios los he cometido con la secreta esperanza de que mi madre se divierta encontrándolos. Mi esposa, Carolyn, que no pudo viajar conmigo esta vez, ya pasó por ese proceso, ya leyó, releyó, señaló, subrayó, corrigió, alabó, desdeñó, condenó, celebró e incluso denunció El anticuario. Es interesante estar casado con una crítica literaria: tengo la corazonada de que no encontraré un crítico más cariñoso conmigo que ella; pero tampoco uno más feroz. La novela está dedicada a Carolyn pero también a mi madre, y a los amigos que vivieron parte de ella.
Yo y esos amigos míos (varios de ellos están aquí) teníamos trece años cuando Sendero Luminoso empezó a colgar perros en postes y a robar urnas y luego a matar gente inocente por millares; teníamos poco más cuando el Estado comenzó a responder con no menor crueldad y con similar violencia. Todos nuestros años de la universidad estuvieron signados por ello. Los horarios de nuestras reuniones dependían de los toques de queda; nuestros viajes a la universidad, de los paros armados; nuestras amistades eran afectadas por nuestras afiliaciones políticas. Muy poco en nuestras vidas, al menos en la mía, es siquiera lejanamente comparable con lo que sufrieron decenas y centenares de miles de campesinos, de provincianos, de militares, de policías, de limeños marginados, de civiles arrastrados por el terrorismo o arrasados por él o por el Estado, pero nuestras vidas fueron signadas por todo eso, irremisiblemente: ése es el mundo en el que crecimos.
Por ello, tal vez, una cosa se me hizo clara al escribir esta novela: que yo no tengo ninguna manera sensata y razonable de distinguir entre la vida pública de nuestra sociedad y la vida privada de cada uno de nosotros en esos años. Esa es la única clave necesaria de lectura para entender El anticuario: en mi generación lo público y lo privado fueron una misma pesadilla y también un mismo sueño: y lo digo sin ironías: teníamos miedos pero también esperanzas, temores visibles pero también ilusiones. Mirando hacia atrás, es increíble que hayamos sido felices entre tanto horror, pero lo fuimos, muchos de nosotros, no todos, lo fuimos. Otros muchos no, otros no sobrevivieron. Pero acaso fuimos la última generación de peruanos que pudieron crecer antes de que el cinismo se sumara al caos y a la desidia.
En cierta forma, los personajes de la novela son esos amigos míos y ustedes. Sería interesante que se reconocieran en alguna de sus páginas, o reconocieran alguna de las calles en forma de espiral que cruzan la ciudad de mi novela, que es circular como las partes del infierno y circular como las peceras, pero tiene salidas y tiene porvenir. Gracias.
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13.10.10

Presentación de El anticuario

Este jueves a las 7:30 pm en Pescados Capitales

Ahora sí, el dato completo: la Editorial Peisa y yo mismo los invitamos a la presentación de mi novela El anticuario, este jueves a las 7:30 pm en el restaurant Pescados Capitales, en la cuadra 13 de la avenida La Mar.

Los presentadores serán Alonso Cueto y Mónica Belevan (además, claro, de mí mismo). Iván Thays iba a ser parte de esa mesa, pero un mal paso dado en Madrid (un accidente muy feo pero no grave, por si acaso) lo ha dejado desgraciadamente fuera del evento.

Hace unos meses, tras leer el manuscrito de la novela, Luis Hernán Castañeda escribió algo acerca de ella, que copio aquí debajo. El texto de Luis Hernán, a su vez, terminaba con una larga cita extraída de la novela, que también yo dejo aquí para respetar el sentido de su texto...

Y, para terminar, al final coloco los enlaces a otros dos textos de lectores tempranos de la novela, Edmundo Paz Soldán y Laura García.


Un haz complejísimo de articulaciones
Por: Luis Hernán Castañeda


En el centro de la novela de Gustavo Faverón hay un crimen, una amistad y una pesquisa. El narrador es Gustavo, un psicolingüista cuya esposa ha fallecido y cuyo mejor amigo de los tiempos universitarios, Daniel, "el anticuario", ha cometido un crimen brutal: treinta y seis puñaladas acabaron con la vida de su novia, Juliana, y ahora Daniel se halla recluido en un hospital psiquiátrico desde el cual convoca a su viejo camarada para contarle su historia y para pedirle algo. Gustavo, pese a que desde que supo del crimen decidió apartarse del perturbado anticuario, accede, lo visita y mantiene con él una serie de conversaciones que dan su materia principal a la novela.

Estos diálogos son la puerta de entrada a la mente de Daniel, un bibliófilo de inteligencia brillante, memoria prodigiosa e imaginación desbocada cuya principal ocupación fue, desde siempre, relatar historias de ficción, y que hallándose en el manicomio, sigue cumpliendo su labor ante un alelado círculo de orates que lo escuchan, quizá sin entenderlo, quizá complotando contra él para retenerlo en la locura. Gustavo escucha estas historias apasionantes y terroríficas, muchas de ellas incluidas en la novela, como relatos en clave que podrían llevarlo a descifrar las acciones de su amigo, conducirlo a comprender el porqué del crimen y tal vez, también, otras formas de violencia mayores y más extendidas.

"El anticuario" es una novela sobre la relación entre el acto de narrar, la locura y el dolor, tanto a un nivel individual como social; también es una historia conmovedora sobre la pérdida, y sobre la posibilidad de convivencia entre seres radicalmente distintos. En la relación amorosa de Daniel y Juliana se encarna este último problema y acerca de esa relación trata el fragmento que cito más adelante.

En la cita, Mireaux, uno de los compañeros bibliófilos de Daniel, le narra a Gustavo la primera conversación entre Daniel y su entonces futura novia: una conversación en la que un ser que se sabe diferente, excepcional quizá, y por eso mismo excéntrico y para algunos monstruoso, intenta "presentarse", seducir, hacerse considerar y apreciar y posiblemente amar; en cualquier caso, acercarse tal vez por primera vez en su vida a una mujer. Lo conmovedor está en que la única arma de que Daniel dispone para acercase a los otros, tarea siempre difícil tratándose de él, es justamente esa singularidad que lo ha apartado del mundo en primer lugar. La exposición de esa singularidad hecha por él mismo ofrece una bella reflexión sobre el significado -vital, visceral- de la ficción para quienes viven en, con y por ella.

Creo que en el fragmento se aprecia la calidad de la prosa, que es precisa, dinámica, intensa y deliberadamente artificiosa -en especial en las descripciones de espacios y personajes-, lo cual es coherente con el régimen de representación delirante de la novela. La dicción del narrador Gustavo se aleja, por voluntad propia, de esa engañosa ilusión de "transparencia" que algunos lectores habituados al grado cero de un realismo banal pueden confundir con la naturalidad del lenguaje coloquial. Por momentos, la voz del narrador adquiere un ímpetu sobrecogedor, un ritmo frenético que "atrapa" al lector de dos formas: por la fuerza del horror, que es la sustancia de casi todos los relatos de Daniel, y por la persuasión de la inteligencia, en los numerosos acertijos y analogías que las múltiples historias contenidas en la novela despliegan y anudan. No digo más pues he decidido reseñar esta excelente novela cuando salga publicada, espero que muy pronto.

"Juliana —continuó Mireaux, con esa voz suya de soprano que se pulverizaba al salir de sus labios— no había escuchado nunca a Daniel hablar sobre sí mismo, y de pronto, para su propio asombro, derrotada por la simpatía circense y taciturna de nuestro amigo, se encontró atraída por las palabras de Daniel, y se fue zambullendo en ellas como quien se sumerge entre las páginas de una novela. Te voy a decir cómo me imagino a mí mismo, le había dicho Daniel, o al menos cómo me gustaría imaginarme: como una persona con muchos cuerpos simultáneos, todos unidos entre sí por un haz complejísimo de articulaciones que a su vez se tocaran en infinitos puntos con otros tantos mundos paralelos. La función de esos cuerpos siameses sería entrar en contacto con todo lo demás, unirse a todo, estrecharse con todo, y para eso, sería necesario ejercitarlos, que los cuerpos aprendieran a aguzar sus sentidos, ensayar la forma en que han de quebrar sus articulaciones, doblar sus extremidades, curvar sus abdómenes, para alcanzar la elongación que les permitiera llegar a cualquier sitio. Y cuando digo cuerpo, en verdad quiero decir espíritu: hay que hacer que el espíritu de uno llegue a todas partes. ¿No se entiende?, preguntó Daniel. Pues, la verdad, no mucho, dijo Juliana. Está bien: te voy a poner un ejemplo. De seguro nunca has oído hablar sobre el síndrome de Ehlers y Danlos.

Cuando Mireaux llegó a ese punto, me invadió una tristeza súbita: el síndrome de Ehlers y Danlos era la enfermedad de Sofía, el mal que la había condenado a vivir encerrada los pocos años de su vida que pudieron haber sido normales. Daniel, que, como he dicho, jamás hablaba acerca de su hermana, sí volvía sobre el tema de esa enfermedad con frecuencia. En resumen, la historia la contaba de este modo: el síndrome de Ehlers y Danlos ha existido siempre, pero sólo tiene nombre desde 1908, cuando dos médicos, el danés Edvard Ehlers y el francés Henri-Alexandre Danlos, unidos en la Sociedad de Sifilología y Dermatología de París por la desgracia de haber engendrado cada cual una criatura deforme, decidieron investigar las causas de esas malformaciones y arribaron a una cuidadosa tipificación. Quienes sufren el síndrome de Ehlers y Danlos tienen la piel elástica y esponjada, y la pueden jalar con los dedos hasta alejarla visiblemente de sus músculos, y en ocasiones la longitud de ese estiramiento puede llegar a los treinta o cuarenta centímetros. Una víctima del síndrome es capaz de tirar de su propio pellejo en los antebrazos y descolgarlo de su cuerpo, y hacer lo mismo con la piel de su abdomen o sus hombros, hasta dar la impresión de tener puesta una gabardina de piel humana que en cualquier momento fuera a enrollar y sacarse pasándola por sobre la cabeza. Sus articulaciones también son maleables, como los huesecillos de un feto, y por eso pueden girar las rodillas, los codos, los tobillos o el cuello de maneras imposibles para los demás, como si todo en su cuerpo se hubiera descoyuntado o se quebrara con cada movimiento para reconstituirse unos segundos más tarde en posturas inhumanas. De hecho, eso es muchas veces lo que ocurre. En el siglo cinco antes de Cristo, Hipócrates de Cos describió de esa manera la piel peregrina y las coyunturas flácidas de los guerreros getai, de Tracia, y las de los escitios y otros nómades que transitaban entre el Danubio y el Don, y sus contemporáneos atribuían a éstos el poder de trasladarse en el agua o en el humo, hechos burbujas o vapor, para filtrarse en las casas de sus enemigos y dejarse respirar o beber por ellos para poseerlos. Era una invención supersticiosa, claro está, pero, como siempre, se basaba en una intuición profunda: que la total elasticidad es o bien un rasgo de Dios o uno del demonio.

Daniel solía concluir esa explicación, matices más, matices menos, con una misma pregunta dicha sólo parcialmente en son de broma: ¿acaso no hablamos de elasticidad cuando decimos que Dios está en todas partes? Pues bien, había añadido esa vez, dijo Mireaux: lo que yo tengo, Juliana, es una variante del síndrome de Ehlers y Danlos, que no afecta ni mi piel ni mis huesos, sino mi imaginación. ¿O sea que eres un monstruo, mentalmente?, había preguntado ella, con un mohín coqueto pero precavido, sorbiendo el café de su vaso, y Daniel le había respondido acaso sí, pero el asunto es que da lo mismo, porque todos somos monstruos, de un modo u otro; sólo es cuestión de hurgar en las malformaciones de cada uno, y además, mientras más monstruoso es alguien, más único, había dicho Daniel, bajando la voz y aproximándose a Juliana, y si ser diferente te afecta mucho, pues eso tampoco es un problema. Basta con encontrarle a la deformidad de cada cual el escenario en donde se vuelva una habilidad extraordinaria. ¿Sí sabes quién es Niccolò Paganini, verdad?".
Otros dos comentarios sobre la novela:

Edmundo Paz Soldán en El Boomeran, España.

Laura García en los blogs de El Espectador de Colombia y La Tercera de Chile.

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7.10.10

Mario Vargas Llosa, Premio Nobel

Un premio que parecía no llegar nunca

En ocasiones así, a uno le dan ganas de hablar en representación de algo más grande que uno mismo: hablar en nombre de toda su generación, por ejemplo, o todos los peruanos, o todos los lectores de novelas. En lo posible voy a evitar arrogarme esa representatividad: hablaré de qué y quién es Mario Vargas Llosa para mí.

Para comenzar, es el autor de las primeras siete novelas adultas que leí en mi vida. En tercero de secundaria, una profesora de literatura me encargó leer La ciudad y los perros y el resultado fue una fiebre, un fanatismo. (Años después aprendí que, cuando uno admira a Vargas Llosa, debe aprender a no ser fanático de nada).

En los meses siguientes leí Los cachorros, La casa verde, Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor y una novela nueva, que publicitaban en la televisión y que se llamaba La guerra del fin del mundo.

Aprendí muchas cosas sobre el mundo y sobre mi país leyendo a Vargas Llosa, pero los laberintos de la admiración (y sí, también los laberintos de la admiración fanática) me hicieron aprender antes que nada una cosa que era radicalmente nueva para mí: que uno podía sentirse amigo de un desconocido, pariente cercano y discípulo de un extraño, que uno podía en verdad querer a alguien a quien nunca había visto.

En los años de mi adolescencia, tuve tres ídolos semejantes. Vargas Llosa fue el primero, el siguiente fue Paul McCartney y el último Stanley Kubrick.

Los tres tenían en común una misma cosa: la capacidad de metamorfosearse en alguien nuevo cada vez, de inventar todo un estilo ad hoc para cada obra nueva, de convertirse en un artista diferente a la medida de aquello que estuvieran imaginando, o a consecuencia de imaginarlo de manera sanguínea, íntima, real, desde muy adentro, hasta el punto en que la misma imaginación que los conducía a crear un mundo y unos personajes, los conducía también a recrearse a ellos mismos, a convertirse en otros.

En mi vida, en esos años, y en los años siguientes, pocas personas de carne y hueso fueron tan reales para mí como Eleanor Rigby o el pájaro negro que espera este momento para levantar vuelo; nadie como Jack Torrance o el Private Joker; nadie tanto como el Poeta, el Jaguar, Lituma, la Pies Dorados, el Periodista Miope, Jum, Galileo Gall, Fushía, Teresita, Santiaguito Zavala, el León de Natuba, Jurema o la Brasileña.

He hablado con Vargas Llosa algunas veces. La primera fue una entrevista de casi tres horas para El Comercio: Vargas Llosa regresaba al Perú después de un largo hiato, para presentar La fiesta del Chivo, y en la entrevista me confesó que empezaba a sentir de nuevo, como en algún momento de su juventud, cierta afinidad con los anarquistas del siglo diecinueve.

La segunda vez fue en el Parque del Retiro, en Madrid, en una Feria del Libro: los stands con autores célebres se multiplicaban, y cada uno dialogaba con una nubecilla de lectores. Vargas Llosa, en cambio, estaba solo en su stand. Era más popular que cualquiera de los otros, pero también tenía en torno a él como un aura de ser de otro mundo que hacía que la gente, una gran cantidad de gente, lo mirara a la distancia, formando una media luna en torno a él, sin atreverse a aproximarse demasiado.

Le conté que yo lo había conocido años atrás, en aquella entrevista, y creo que cuando dijo que lo recordaba fue sólo un gesto de amabilidad. ¿Cuántos cientos de periodistas lo habrán entrevistado? ¿Cuántos miles de entrevistas habrá concedido? ¿Para cuantos aspirantes a escritor que se han cruzado con él y han intercambiado algunas palabras con él ese habrá sido un momento inolvidable?

¿Cuánto tiempo de su vida habrá dedicado Vargas Llosa a conversar con extraños, a tratar de convencerlos de algo, de exponerles algo, de hacerles ver que él piensa tal y tal cosa sobre tal otro asunto, solamente porque, a sus setenta y cuatro años, él es todavía consciente de la responsabilidad que la vida le ha dado a consecuencia de su talento, de su enorme habilidad como retratista de su tiempo, de la estatura monumental de su carrera como novelista?

Cada vez que he hablado con él me he tenido que presentar nuevamente. En verdad, creo que nunca me ha reconocido. Pero puedo decir sin lugar a dudas que yo me he reconocido en sus libros y he reconocido mi mundo en sus libros, y que mi vida es diferente porque lo leí aquella vez, a los quince años, y no dejé de leerlo jamás. No tengo la menor idea de quién sería yo hoy si no hubiera leído a Vargas Llosa. Sólo sé que mi mundo sería infinitamente más pequeño. Me reconozco a mí mismo como su discípulo sin que él lo sepa; él está en mi universo así como yo y tantos otros peruanos y latinoamericanos estamos en el universo que él creó con nosotros y para nosotros.

Y por eso, ahora que celebro el Premio Nobel de Vargas Llosa lo hago como quien celebra un acontecimiento feliz en la vida de alguien que le es completamente cercano, familiar, propio. Felicitaciones, don Mario Vargas Llosa. No quería hablar a nombre de nadie más que de mí, pero eso es demasiado pedir en un día en que tantos peruanos estamos tan profundamente orgullosos de usted. Felicitaciones y muchas, muchas gracias.

6.10.10

Blurb, blurb, blurb

Las opiniones ajenas
Y según se acerca (este 14 de octubre) el lanzamiento de El anticuario, comienzo a descubrir detalles de la edición: ya sé qué imagen irá en carátula y conozco los comentarios ajenos que irán en la contracarátula, escritos por los primeros lectores de la novela.

Esos los copio aquí debajo, para información del lector y deleite de mi ego.

(Nota: dentro de unas horas salgo de viaje a Toronto, Canadá; regreso a Brunswick el 9, a Boston el 10; viajo a Lima el 11 y me quedaré allá hasta la noche del 16. Pero iré actualizando el blog durante todo ese tiempo. Ahora sí, opinones ajenas:).

“Desde su reclusión, un artista y un criminal llamado el Anticuario cuenta las historias del mundo que lo rodea. Pocas veces en la literatura peruana una prosa tan notable ha estado al servicio de historias tan tiernas y violentas” (Alonso Cueto).

“Una novela fascinante de principio a fin. Los diversos y logrados niveles de lectura nos proponen sorprendentes concepciones del mundo: La primera de ellas es la visión que se adquiere a través de la lente deformante de la literatura y de todo lo que puede vinculársele: libros y papeles, bibliotecas, libreros, escritores y lectores. Hay también aspectos más abstractos, como los que se relacionan con la palabra y sus poderes benéficos y malignos: la que fabrica discursos orales o escritos, racionales o fantasiosos, cifrados o esquizofrénicos, o que simplemente se calla. Existen en este libro, asimismo, aspectos relacionados con los recursos de la lírica —el lenguaje de la novela está impregnado de belleza poética—, del teatro —los protagonistas representan personajes de los libros que leen— y de la narrativa —la misma novela, que lleva en su interior pequeños cuentos y viñetas” (Rosella Di Paolo).

"El anticuario comienza con ecos intencionales a Borges y Auster, para luego desmarcarse y crear su propio e inquietante mundo narrativo. La atmósfera es la de una novela de terror, pero los sustos no tienen que ver con fantasmas góticos sino más bien con las intermitencias del corazón, con los extraños lazos fraternales que nos unen y también nos desunen. Gustavo Faverón ha escrito una gran novela" (Edmundo Paz Soldán).

“En El anticuario, la construcción de la trama no es menos rigurosa que las construcciones perversas en las cuales está confinado su enigmático protagonista. La diferencia entre la arquitectura de la ciudad donde moran los personajes y la del texto que el autor diseña es, sin embargo, enorme: radica en el carácter lúcido y, por eso mismo, liberador del relato. El rastro de ceniza que deja el crimen y el misterio que oscurece el pasado contribuyen, en la novela de Faverón, a la creación de una atmósfera poderosa y oscura; son, también, las marcas que en las memorias y los cuerpos inscribe el Mal, al cual exorciza la narración. Sin regodeos efectistas ni atajos complacientes, Faverón narra una historia turbadora sobre la violencia y la memoria en la cual se advierte, velada y transformada, la presencia de los horrores privados y públicos de una sociedad que es, al mismo tiempo, familiar y extraña” (Peter Elmore).


"Con impecable agudeza, Gustavo Faverón nos introduce en una historia donde se cuestionan no solo los límites de la razón, sino también los de la amistad" (Iván Thays)


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29.9.10

Oh, el título

¡Todavía acepto sugerencias!

Un comentarista anónimo anuncia, previsor y clarividente, que en cualquier momento empezaré a listar en este blog los títulos de obras clásicas que llevan referencias a anticuarios. No lo había pensado ni lo voy a hacer, pero sí confieso que el título es robado directamente de una novela de Walter Scott, The Antiquary, cuyo protagonista, en gran medida como el mío, es un coleccionista de antigüedades, un historiador equívoco y un colosal bibliófilo.

¿Por qué robar un título? Primero, porque salió naturalmente y segundo porque pienso que es suficiente título para la historia contada, en la medida en que se pueda entender la palabra "anticuario" en más de una dimensión: un hombre perdido en el tiempo y en la memoria, un hombre al rescate de algo que posiblemente se ha extraviado en el pasado o se ha deformado en el tiempo.

La mayor parte de las personas a quienes consulté sobre el título se opusieron. Todas ofrecieron pensar en uno alternativo. Ninguna cumplió: la culpa es de ellos, totalmente. Cuando le dije a Edmundo Paz Soldán que mi título alternativo era La muerte y su sombra, me dijo que los títulos que evocaban la muerte eran los menos atractivos y los más pasados de moda. Dos meses después, publicó su novela Los vivos y los muertos.

Nunca he sido genial para elegir títulos. Puente Aéreo lo escogí en dos segundos, sin una idea clara de por qué lo elegía, y al inscribir el URL coloqué el acento de "aéreo", que fue automáticamente eliminado, con todo y la letra "e", de modo que, para siempre, el URL de este blog quedó como "puenteareo.blogspot.com".

Cuando editaba Somos, Óscar Franco me alcanzó un artículo sobre ciertos delfines que eran capaces de reproducir, sin ser entrenados para ello, la melodía de una canción de Madonna. Óscar no sabía qué título ponerle a la nota. Le puse "Los delfines cantan canciones de Madonna". Ese "los" convirtió el informe científico de Óscar en una nota de tabloide amarillo.

Poco después Pablo O´Brien le hizo una entrevista a Javier Pérez de Cuéllar, en la que el diplomático dijo que el regimen de Fujimori era "autoritario". Era una época en que la gente no se refería a Fujimori en esos términos y mi entusiasmo con las declaraciones me llevó a exagerarlas. El titular, entre comillas, decía "Esto es una dictadura". ¿Mal periodismo? Sí. No. No lo sé. Seguro sí. En verdad, creo que Pérez de Cuéllar quería decir exactamente eso. Pero no lo dijo. Esa es mi mala estrella con los títulos.

Hace apenas un par de semanas, Pablo de Santis presentó su novela más reciente, Los anticuarios, que aún no leo pero que, por obvias razones, despierta en mí la mayor curiosidad. Mis amigos pensaron que el título me iba a molestar. En verdad, curiosamente, ha sido una especie de legitimación; algo así como: "ok, bien, entonces todavía se le puede llamar así a una novela".

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28.9.10

El 14 de octubre

El lanzamiento de El anticuario

En el 2006 escribí los primeros capítulos de una novela que terminé en la primavera del 2008, en Palo Alto, California, en los meses que pasé como profesor visitante en Stanford University.

Esa novela, El anticuario, va a ser publicada por la editorial Peisa y la presentaré junto a Alonso Cueto, Iván Thays y Mónica Belevan (a quienes agradezco) este 14 de octubre en Lima.

Cada lector tendrá una manera diferente de describir el libro; yo lo pensé y lo sigo entendiendo como una novela de misterio policial, de tono gótico y de ambiente expresionista, y una de mis intenciones al escribirla fue intentar decir algo en clave de ficción íntima acerca de la violencia social, sin referirme a los hechos notorios de esa historia pública.

Más bien, quise intuir la historia pública a través de un pequeño haz de historias privadas que muy pocas veces aluden directamente a la violencia política peruana, pero que, en el fondo, de diversas maneras, la tienen siempre en mente. Es un libro libresco y un libro personal, pero también, acaso parabólicamente, un libro sobre la historia, sobre la malignidad al centro de nuestra cultura, sobre las diversas caras que el impulso tanático y destructor asume en nuestro mundo.

Y sin embargo, no es una novela de apariencia intelectual, creo yo (otros pensarán distinto): cualquier idea que pueda resultar interesante en ella, me parece, se desprende de los hechos del relato --que a final de cuentas, como digo, es un relato policial-- y no de ninguna forma de voluntad ensayística, que la novela no tiene.

En los días que vienen les seguiré contando cosas sobre el libro, sobre su origen, su escritura y también acerca del lanzamiento, incluyendo las opiniones de otras personas acerca de la novela... Por cierto, la imagen de Durero que ilustra este post tiene una relación directa con El anticuario.

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24.9.10

¡El anticuario!

Mi segundo debut literario



Este lunes les daré una noticia. Tiene que ver con una novela cuyas primeras páginas escribí hace cuatro años en Brunswick, Maine, y que retomé y concluí hace dos años, en la primavera del 2008, en Palo Alto, California.

La novela, que es una suerte de relato de misterio en clave gótica, lleva el título El anticuario (¡oh, te odio, Pablo de Santis!) y en las próximas semanas voy a tener tiempo de contarles varias cosas acerca de ella.


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6.9.10

La corrección politica

Y la incorrección moral

Considerando la cantidad de veces que se escucha a los peruanos quejarse de las restricciones de la "corrección política", uno supondría que la peruana es una sociedad estrangulada por las más extraordinarias formas de censura y auto-censura, en la que todos se ven forzados a ser ultra-cuidadosos con su lenguaje e híper-conscientes de cada sustantivo y cada adjetivo que usan.

La corrección política, como sabemos, es un conjunto de políticas y criterios destinados a disminuir en la vida cotidiana la posibilidad de ofender a un individuo o a un grupo en función de su género, su pertenencia étnica, su fe (o falta de ella), su orientación sexual y también cualquier tipo de desventaja que sea producto de una condición física o psicológica.

Tiene un segundo tipo de consecuencias queridas. La hipótesis es que, eliminando del discurso los términos ofensivos se puede ir modificando también otras formas de conducta ofensiva o discriminatoria. Eso quiere decir que la corrección política tiene un componente conductista y una orientación pedagógica.

En el Perú y en otros lugares del mundo hispano (y seguramente en muchos otros), según he notado, quienes se oponen a la corrección política suelen no tener la menor idea de qué cosa es, y construyen una oposición curiosa: dividen el mundo entre los que son "políticamente correctos" y los que dicen las cosas "tal como son", los que no tienen pelos en la lengua.

La corrección política, sin embargo, no implica en lo más mínimo la idea de deformar nuestra percepción de la realidad u ocultarla tras un discurso hecho de eufemismos o, menos aun, mentiras. Al contrario: su intención final es lograr una lengua pública en que las designaciones colectivas se descarguen de prejuicios, abandonen los lastres del racismo, del sexismo, del chauvinismo, de la xenofobia, del menosprecio a quienes padecen una enfermedad, etc.

En mis primeros años universitarios, la prensa hablaba de una terrible enfermedad, la plaga del final del siglo veinte, que los diarios y la televisión llamaban "cáncer gay". La elección de ese nombre dejó una huella de prejuicio y rechazo a la comunidad homosexual que apenas ha disminuido en años recientes.

Además el nombre ocasionó que la gente al rededor del mundo tuviera una idea radicalmente errada de quiénes eran las víctimas posibles del virus, quienes podían contagiarse y quiénes podían desarrollar la enfermedad. Era un nombre hecho de prejuicios y ese fue un batuismo que, literalmente, mató a cientos de miles: los que creyeron que la enfermedad no tenía nada que ver con ellos.

Fue políticamente correcto olvidar el "cáncer gay" y empezar a hablar del VIH y del Sida, pero esa modificación del lenguaje también colocó en labios de la gente común las palabras de los científicose e hizo al lenguaje más cercano a la verdad, más preciso; como dicen: más realista.

No fue la "corrección política" de los peruanos la que ocasionó ese cambio en nuestro léxico. Fue simplemente un reflejo del cambio en el lenguaje de los cables y las noticias internacionales. A decir verdad, no creo ser capaz de nombrar una sola palabra del español del Perú que haya caído en desuso como consecuencia de una prevención, una suspicacia o una inclinación relacionadas con la corrección política. La manera más fácil de comprobarlo es encender la televisión peruana cualquier semana y tomar nota del vergonzoso lenguaje racista, sexista, homofóbico, etc., que la invade.

Así que los peruanos que expresan su molestia con las restricciones de la corrección política (que no son únicamente los radicales de derecha, los reaccionario o los conservadores: muchas veces son gente que se considera progresista) en verdad han de estar incómodos con alguna otra cosa, o esperan imponer algo más que una simple liberación de la (inexistente)  traba auto-censora.

Cuando se dice, por ejemplo, que imponer el poder del Estado violentamente sobre las comunidades indígenas es dejarse de resquemores políticamente correctos, o que extender una vergonzosa anmistía a los militares que cometieron delitos durante la guerra interna es un triunfo de la pragmática sobre las trabas de la corrección política, se está levantando una oposición deforme y maniquea.

Se le está llamando corrección política al simple humanitarismo, a la doctrina de la igualdad, a la idea de que los derechos humanos son para todos y no sólo para algunos: se está aprovechando el relativo desprestigio de la etiqueta de la "corrección política" para atropellar cosas que son mucho más significativas, intrínsecamente valiosas para cualquier sociedad moderna más allá de la perspectiva ideológica desde la cual la observemos. Excepto una: la perspectiva de los autoriatios, los que necesitan desaparecer los derechos humanos y la aspiración de la igualdad para conservar el status quo.

Porque ser racista o sexista no es "políticamente incorrecto". Insultar a un colectivo y reducirlo a un puñado de rasgos degradantes no es "políticamente incorrecto". Burlarse de alguien por su origen étnico o por la falta de oportunidades educativas que haya tenido en su vida no es "políticamente incorrecto". Todas esas cosas son moralmente incorrectas. E incluso si no nos importa la política, no debe dejar de importarnos la moral.

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