"Lo que todo el mundo esperaba era la noticia de la muerte", ha dicho la escritora cubana Zoé Valdés ante el anuncio de que Fidel Castro ha decidido, por fin, dar un paso al costado en la jerarquía del gobierno de la isla.¿Alguien recuerda los tiempos en que Castro todavía no era una momia pero ya le empezaban a salir las canas, y un movedizo presidente peruano, joven pero que ya andaba por la tercera papada en el buche, aspiraba seriamente a sucederlo en el liderazgo de la región?
A Alan García, en esas épocas, el caricaturista Alfredo lo dibujaba como era: un muchacho gigante de permanente terno azul, al que los músculos de la sonrisa, aún sin atrofiar, no le habían dibujado esa morisqueta grotesca de máscara china que es su gesto de estos días.
Si un visitante se pasea por La Habana, no encontrará con frecuencia retratos de Fidel Castro; no al menos en esa inundación constante con que hallará los retratos del Che Guevara o de José Martí, el muchachón y el viejito eternos que no deberían serlo porque no murieron ni tan joven el primero ni nada viejo el segundo (a los 39 y a los 46).
Si uno pasea por Lima verá la cara de García en todas las esquinas, en todos los periódicos. Pero solo si abre La República y llega hasta la columna del caricaturista Alfredo descubrirá que Alan sigue siendo un niño angelical, que ninguna arruga le cruza las mejillas ni la frente, que su sonrisa es un ejemplo de felicidad.
Quienes hayan leído la novela más celebrada de Oscar Wilde notarán de inmediato que la relación entre Alan y Alfredo evoca la relación de Dorian Gray y Basi Hallward, solo que con el vínculo perfectamente invertido: en La República Alan vive inocente y limpio mientras su doppelganger carnudo, que va ya por el buche de siete bolsas, circula por las calles del país convertido en un despojo del Alan que fue.
Si eso --el alanismo de propaganda, el alanismo de ministerio de información-- fuera el peor pecado de Alfredo en estos tiempos, no estaría hablando de él. El problema es que no se puede ser propagandista de un tipo como García y no representar, tarde o temprano, su lado oscuro, el lado que Dorian Gray confinaba a los dos metros cuadrados de su lienzo maldito.
Consideren la caricatura del avión y de los indios que muestro en este mismo post. Y consideren que esa es la forma en que Alfredo representa el conflicto desatado a raíz de las protestas en el Cusco en contra de las recientes leyes de promoción del turismo aprobadas por el Congreso de la República.
Los indios y el avión, entonces, son los cusqueños y el gobierno central; los regionalistas y el Estado; los primitivistas y el desarrollo; los indígenas y el Perú moderno; el pasado y el futuro; etc. También, lamentablemente, son la imagen de la turba estúpida que cree que es posible derribar un avión tirando lanzas y flechas. La idea es clara: solo los indios ignorantes son capaces de oponerse al inexorable plan de García.
No se trata, entonces, solamente de una señal de desprecio: también es una representación de la inevitabilidad del poder y de los motivos por los cuales es enteramente natural que Lima gobierne a las provincias: porque, para Alfredo, para Alan, las provincias son incapaces de gobernarse a sí mismas.
Eso explica por qué Alan, así como encarga a su caricaturista dibujitos idiotas que no son chistes sino logotipos del racismo, así también le pide a su juglar de cabecera, Aldo Mariátegui, que escriba, con su estilo de gamonal que ya se ha vuelto uno solo con su caballo, artículos como el de ayer en Correo, en el que decía:
"Indignante y preocupante como han reaccionado varias regiones al promulgar ordenanzas contra la decisión del Ministerio de Educación de establecer la pertenencia al tercio superior como requisito para postular a ser profesor contratado. Igual de mal reaccionan los cusqueños, que creen que nos pueden imponer su parecer al resto del país si es que a ellos no les agrada una norma determinada, como la concesión de zonas adyacentes a ruinas.
"¿Es que Simon y Guillén se creen que estamos en los Balcanes, que Lima es Serbia y ellos son Kosovo, Croacia y Macedonia? ¿Ese Gonzales Sayán de Cusco se cree un reyecito, el Inca del Perú? ¿No saben que esta es una república unitaria? Ni siquiera en un sistema federal, de estados asociados por contrato constitucional, los gobernadores desconocen que existe una sola política educativa nacional.
"¿Mañana qué sigue entonces? ¿Arequipa con pasaporte propio? ¿Simon con ejército propio? ¿Cusco reemplazando definitivamente la bicolor por esa huachafada gay-andina? ¿Moquegua quedándose con toda el agua? Oigan, esto es un país y no un lenocinio donde cada uno hace lo que le da la gana. ¿Estos se creen curacas, caciques, señores feudales, duques, marqueses, barones, que pueden hacer lo que quieran en sus dominios? ¿Están cojudos o qué?".
Uno quisiera decir que ese menosprecio patente por los peruanos del interior es sólo cosa del alanismo. Pero no. Ojo. La idea de que si los cusqueños creen tener una respuesta mejor que la del gobierno central en el tema de la promoción turística, entonces los cusqueños son "cojudos", tiene exactamente el mismo transfondo de aquella otra noción genial, la de Jaime Bayly y Pedro Pablo Kuczynski cuando señalaban que ciertas opciones políticas defendidas en los Andes eran producto de la falta de oxigenación del cerebro de los serranos.
Ahí lo tienen: los indios lanceros de Alfredo, los "cojudos" de Mariátegui, los descerebrados de Bayly: Lima (lo peor de Lima) piensa que su poder sobre las provincias se justifica en la tendencia al atraso y la estupidez de "los indios". Exactamente igual que hace doscientos años. Exactamente igual que hace quinientos años. Y curiosamente, cuando eso pasa, son los autoproclamados "neoliberales" los que defienden el centralismo, la mano dura, la imposición de las ideas de la capital, la implementación de legislaciones unitarias, etc.
A Mariátegui las protestas le parecen "indignantes"... "Ay, estos indios levantiscos", debe de pensar, como habrían pensado nuestras tatarabuelas. "Habrá que mandarles una expedición"...









