24.3.11

En el segundo capítulo

La doble moral y el conflicto palestino-israelí

Hace menos de dos semanas, un grupo de terroristas palestinos asesinó a una familia israelí completa, la familia Fogel, en Itamar: degollaron al padre, a la madre y a los tres hijos, de once años, cuatro años y tres meses.

Hace un par de días, otro grupo de terroristas palestinos colocó una bomba en una estación de buses en Jerusalén y la hizo detonar en hora punta: una turista británica murió, treinta personas fueron heridas, incluyendo a dos mujeres embarazadas.

Entre ayer y hoy, media docena de proyectiles han sido lanzados desde Gaza sobre suburbios de Tel Aviv, y en la última semana otras dos ciudades, Ashdod y Beersheva, han sido atacadas del mismo modo, ocasionando la clausura de todos los colegios (los bombardeos suelen ser en horario escolar).

La respuesta israelí está comenzando: hoy atacaron túneles de contrabando en la frontera entre Gaza y Egipto, una de las posiciones de lanzamiento de proyectiles, un campo de entrenamiento de Hamas y una pequeña central de energía (lo que ocasionó un apagón temporal).

Eso quiere decir que mañana mismo comenzará el coro solidario propalestino y las condenas contra el gobierno israelí.

Me pregunto por qué no comenzaron las condenas la semana pasada (o anteayer o ayer) contra quienes cometieron los crímenes que acabo de listar. ¿Por qué quienes protestarán mañana no protestaron antes, ante las provocaciones y los asesinatos previos? ¿Por qué los comentarios sobre el conflicto árabe-israelí comienzan con tanta frecuencia en el segundo capítulo?

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23.3.11

Hecha la ley

Algo más sobre el Plan Lector

De todas las arbitrariedades que se pueden cometer a la sombra del Plan Lector, la más banal, pero también la más vergonzosa, es utilizarlo para convertir la obra propia en lectura escolar, servirse de él como mecanismo de autopromoción. Subrayarlo fue el objetivo de mi post anterior sobre el tema.

Por supuesto, alguien dirá (aunque nadie lo ha dicho) que esa actitud es sólo un signo de preocupación activa y de entrega a una causa: autores que ofrecen sus propios libros para la lectura de decenas de miles de colegiales.

Pero otros percibimos detrás de esa actitud, en el mejor de los casos, la terrible arrogancia de personas que suponen que la iniciación literaria de los peruanos debe darse en la lectura de los libros que esas mismas personas han escrito. En el peor de los casos, se trata de un asombroso ejercicio de autopublicidad: no en vano una de esas dos personas es un conocido publicista y la otra, un amante del autobombo.

Por supuesto, el Plan Lector permite otras indecencias: muchas editoriales no ofrecen a los colegios los materiales que juzgan trascendentes para la educación de un niño o un adolescente en la lectura, sino los libros que les sobran, los remanentes no vendidos de cualquier cosa que se les haya atascado en el almancén.

El Plan Lector no es, para esas editoriales, un proyecto de formación pedagógica en la lectura, sino una tabla de salvación para cuadrar los inventarios y borrar los rojos del balance anual. Los estudiantes y sus padres no son, para esas editoriales, sujetos de un proceso educativo, sino compradores de baratijas sobrevaluadas.

Hay editoriales que encargan la composición de libros especialmente destinados a ser vendidos mediante los mecanismos del Plan Lector: algunos pocos son valiosos; otros son libros de pésimo nivel, elucubrados por escritorzuelos que los componen ex profeso y por montones y que no son creadores ni estudiosos ni pedagogos, sino escribidores a destajo.

Hay editoriales que consiguen que ciertos autores --comprometidos con lo que piensan que es un plan de divulgación literaria o científica-- cedan los derechos de sus obras, o parte de esos derechos, sin darse cuenta de que la editorial está medrando más de lo habitual, haciendo un negocio redondo que, como se ha visto en informes periodísticos, puede incluir coimas, sobornos y arbitrarios sobreprecios.

Todo eso es consecuencia de la puesta en marcha de un mecanismo pésimo, el Plan Lector, que permite que el contenido de las lecturas colegiales de los niños y adolescentes peruanos se construya más en la dinámica del negocio editorial que en la del aprendizaje, más en la venta o la "colocación" de libros que en los contenidos de esos libros, mucho más en la promoción negociante que en la pedagogía.

De hecho, cualquiera que quiera discutir el basamento pedagógico del Plan Lector se encontrará con un vacío absoluto: no hay nada que discutir, porque el Plan Lector no tiene fundamento educativo, sólo páginas y páginas de documentos arbitrariamente diseñados por las mismas personas que ahora aprovechan ese vacío para vender cebo de culebra a millones de familias que, así, invierten lo poco de que disponen para libros anualmente en comprar libros sin orden ni concierto.

Por supuesto, nadie habla de eso ahora: hay una campaña electoral llegando a su fin, y en esa campaña la educación ha sido apenas objeto de pasajeras ofertas sin sustento, y no de debates, porque, claro, pocos peruanos son capaces de vincular al gobierno con la promoción cultural y de habilidades intelectuales.

¿Acaso no habría que proponer alternativas?

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11.3.11

Wells y los taxidermistas

Racismo, supremacismo y delirio de grandeza

Hay un cuento de H.G. Wells en el que un maestro taxidermista le cuenta a un colega principiante las cumbres mayores de su carrrera y, a la rápida, en su enumeración, menciona haber momificado "el cadáver de un negro", disponiendo los dedos del muerto de manera tal que le sirvieran para colgar sombreros y abrigos.

Ninguna otra alusión racial hay en el relato, ningún comentario que haga figurar al personaje ni como un racista culposo o culpable ni como un racista activo y programático. Es simplemente inconsciente de su racismo. Tampoco el narrador del cuento (que es su interlocutor en la conversación) lo objeta o lo critica.

Las enumeraciones continúan: el taxidermista ha falsificado animales, componiéndolos con partes de otros; ha construido una sirena; ha fingido especies nuevas; ha hecho, incluso, seres fantásticos, con tal agudeza de talento y sutileza de detalle que los especímenes han ido a parar a museos de zoología sin que experto alguno distinga la mentira.

En el momento cumbre de su carrera, el taxidermista ha creado un animal enteramente, componiéndolo de partes unidas con tal maravilla de realismo que, en efecto, el resultado ha sido, ya no una falsedad, sino una bestia flamante, nueva, verdadera: el sujeto es otro moderno Prometeo, un doctor Frankenstein, orgulloso de su concebida criatura.

Entonces uno descubre el valor de la referencia previa, de esa línea rápida que delataba el racismo del personaje: la megalomanía del alucinado que se siente un semidiós involucra también el complejo de superioridad que sustenta su racismo. En la base del delirio del suplantador de Dios está la banal creencia en una jerarquía en la que unos seres humanos son intrínsecamente superiores a otros, y los seres a los que cree inferiores son poco más que animales u objetos ante sus ojos.

La creencia en la posibilidad de crear un ser perfecto implica la creencia en la superioridad del creador sobre los demás: es su deicidio, la falsedad de su egolatría. (Su creación no tiene que ser un ser tangible, una entidad de carne y hueso, ni siquiera un elaborado concepto de Ser Superior --o de ser humano superior--: es siempre una pura proyección ideal de lo que entiende como sus propias virtudes).

Es en ese terreno donde brotan las segregaciones: el espíritu de discriminación es siempre una voluntad de afiatar la fantasía de superioridad. Pero esos suplantadores de Dios, nos dice Wells, no son dioses; son, a lo sumo, taxidermistas: la criatura superior de su imaginación es un ser muerto, un despojo, una apariencia. El supremacista, como todo racista, es un obnubilado y un delirante.

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7.3.11

El plan combi

Javier Arévalo, ReCreo, el Plan Lector

Por siglos (aunque no tantos) se ha hablado de la relación temprana entre un niño y los libros como el más elemental fundamento para una actitud intelectual válida y constructiva en el futuro. Eso se convertirá en una verdad sólo parcial tan pronto como el libro sea reemplazado por algún otro instrumento de lectura, pero parece más o menos indiscutible hoy.

¿Con qué libros se debería iniciar la relación? Las respuestas de los pedagogos, al menos en el campo de la literatura, son disímiles y múltiples y a veces contradictorias: se debe comenzar por lo más familiar y cercano, para mostrar al niño que los libros hablan sobre su propio mundo; o por lo más extraño y distante, para que se descubra la diversidad y se acelere la imaginación de lo desconocido; o por lo más canónico, para sentar las bases de una apreciación estética coherente; o por lo más simple, para no aturdir; o, acaso, por lo relativamente complejo, para activar desde temprano la capacidad de análisis y raciocinio.

El escritor Javier Arévalo tiene un plan distinto a todos esos. Tiene la atendible idea de que esos libros deberían ser peruanos, la arbitraria noción de que deberían ser contemporáneos, el inquietante capricho de que deberían ser de sus amigos y la aterradora ocurrencia de que deberían ser los suyos.

Desde hace pocos años, Arévalo, asociado con el publicista Gustavo Rodríguez, maneja un proyecto al que ha llamado ReCreo, una suerte de misión de difusión librera, con un fondo editorial aparentemente financiado por la editorial San Marcos, y que explota las posibilidades del Plan Lector, que es la norma estatal que rige los programas de lectura en los colegios peruanos.

El papel de Arévalo en el Plan Lector y sus alrededores es en apariencia omnipresente. Si aceptamos sus propias declaraciones, Arévalo diseñó el Plan Lector, lo promovió y lo llevó hasta la aprobación y la institucionalización. Luego creó el proyecto ReCreo, originalmente concebido a pedido de la Editorial San Marcos, que aún hoy, en su website, coloca los libros de ReCreo como propios, y que es una de las editoriales denunciadas por sus negociados y sobornos en relación con el Plan Lector en un reciente informe de Panorama. Por último, a través de ReCreo, Arévalo edita sus propios libros (y los de su socio Gustavo Rodríguez, junto a obras de otros autores) para convertirlos en lectura escolar.

Redondeando la cuenta: Arévalo produjo una ley que hoy le sirve para tener una audiencia cautiva y numerosa de lectores para sus propios libros, lo que no sólo le deja una ganancia a San Marcos y a ReCreo (entidad que además recibe donaciones) sino que curiosamente convierte a un escritor secundario como él en lectura escolar. Se entiende por qué Arévalo cuenta con tanta alegría en entrevistas su relación con la hoy denunciada editorial San Marcos ("tengo una alianza con San Marcos", explica, en una entrevista).

Dice Arévalo: "ellos financian la impresión de los libros, manejan el stock, y sus vendedores venden los libros como cualquier otra editorial. Por nuestra parte, nosotros manejamos la Escuela de Desarrollo, que es el objetivo de Recreo". El informe de Panorama nos permite saber exactamente cómo es que la editorial San Marcos "maneja el stock" y cómo es que "sus vendedores venden los libros".

Por su parte, la "Escuela de Desarrollo", que pretende ser un proyecto de difusión didáctica, no es sino la fuente de los beneficios complementarios que ReCreo ofrece a las escuelas: cursillos sin mayor estructura ni fundamento pedagógico alguno, que, al carecer de cualquier tipo de base teórica, se reducen a la función de convertir a los niños en lectores de los libros que a Arévalo le provoque; en más de un caso, esos libros son los mismos que él escribe.

Uno puede rebuscar una y mil veces las cosas que Arévalo ha dicho y escrito sobre la filosofía de su Plan Lector y su proyecto ReCreo y en ninguna parte encontrará una sola reflexión inteligente acerca del valor intelectual de la lectura, la importancia de la imaginación literaria y la formación en el universo de los libros y del saber en general, o la necesidad de incitar la curiosidad reflexiva a través de la investigación.

Todo lo que Arévalo atina a decir es que leer debe ser una diversión y que hay que leer cosas que resulten entretenidas. En una entrevista, incluso, declara que leer libros de Paulo Coelho en las escuelas es más aconsejable que leer libros más complejos que puedan resultar "aburridos". Recordemos: hay niños peruanos cuya relación con los libros depende en enorme medida de la persona que afirma cosas como ésa.

Como consecuencia de ello, la lista de libros que ReCreo lleva a los colegios incluye a autores como Pedro Salinas, Beto Ortiz, Dante Castro, Guillermo Thorndike o Mario Suárez Simich, además, como digo, de los directores del proyecto, el mismo Arévalo y Gustavo Rodríguez.

El Plan Lector es un ejemplo perfecto de lo que sucede cuando la supuesta solución a un asunto crucial (en este caso, la columna vertebral de la formación intelectual en la escuela) se diseña a partir de ideas torpes, con expectativas miopes, sin trazarse ningún objetivo intelectualmente relevante y, además, sin conocimiento profesional; en resumen, desde la ignorancia. El Plan Lector deja la educación de los niños y adolescentes peruanos sin brújula y en manos de negociantes inescrupulosos. Pero eso no es todo.

El informe de Panorama hace evidente lo que todos siempre supieron: que el Plan Lector es un caldo de cultivo para todo tipo de delito comercial y está a kilómetros de solucionar, siquiera parcialmente, el problema de la pobreza lectora en el país. Pero sería tonto suponer que ese es el único defecto del Plan Lector; no es así, y la solución al problema no es únicamente judicial o policial.

El Plan Lector es, en la práctica, el abandono de cualquier aspiración de hallarle un sentido relevante a la lectura y a la reflexión intelectual en el colegio. Es la versión editorial de la "liberalización" del transporte público que ofició Fujimori en la década pasada: las editoriales circulan hoy por las escuelas con la misma brutalidad con que las combis circulan por la ciudad, sin orden ni concierto, sin una dirección predecible, sin someterse a un plan que les dé una lógica general.

El resultado más grave: hoy en día un niño puede salir del colegio confundiendo la literatura, los libros, la cultura, la intelectualidad y la imaginación con los libros de Beto Ortiz, Gustavo Rodríguez o Javier Arévalo. Si eso es posible, estamos muy mal, mucho peor de lo que el informe de Panorama nos permite percibir.

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6.3.11

Vuelvo

En mi calidad de padre...

La larga pausa de este mes en Puente Aéreo ha tenido el mejor de los motivos: el 16 de febrero nació mi hija Zoe, un buen tiempo antes de la fecha en que la esperábamos, como quien quiso adelantarnos la alegría a mí y a su mamá, mi esposa, Carolyn Wolfenzon.

Y, claro, Zoe nos ha hecho inmensamente felices y al mismo tiempo ha robado toda mi atención. Pero desde esta semana vuelve el blog a su ritmo normal, es decir, al ritmo al que me conduzca el azar, que, espero, no será muy diferente del que ha tenido en los (ya más de cinco) años anteriores.

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12.2.11

El canon masculino

Un tema que siempre se queda en el tintero

Algo que no deja de incomodarme en las idas y venidas de discusiones como la que se acaba de producir en torno a Hora Zero y la (casi invisible) construcción del canon poético peruano, es la constatación frecuente, constante, siempre exacta, de que las escritoras --las poetas, las cuentistas, las novelistas, incluso las ensayistas y las críticas-- suelen elegir quedarse fuera del asunto.

Cuando digo que es una elección, estoy siendo injusto, seguramente. En verdad, lo que ocurre es que esas discusiones suelen construirse de una manera tal que presupone la exclusión de las escritoras mujeres.

En este último caso, por ejemplo, las partes del conflicto parecen ser los cuatro antologadores, todos hombres; los firmantes del primer reclamo, hombres ambos; los bloggers participantes de la discusión, hombres en su totalidad; y, claro, el grupo Hora Zero, del que solo se menciona a los hombres: Pimentel, Ramírez Ruiz, Verástegui (que en verdad no se da por aludido) o el mismo Mora.

No fue distinta en lo más mínimo la cuestión genérica cuando se produjo la disputa de los mal llamados "andinos" y criollos": todos los involucrados fueron hombres sin ninguna excepción notoria. De hecho, hay un sentido relevante en el que cabe decir que todos estos enfrentamientos se producen en un espacio eminentemente masculino, y que las escritoras mujeres o bien se sienten excluidas de la discusión o bien se excluyen ante la evidencia de que la disputa no tiene mucho que ver con ellas ni con su obra ni con las zonas de la esfera literaria por las que ellas transitan.

Hay una suerte de canon femenino peruano, cuyas aristas principales son autoras del siglo diecinueve como Clorinda Matto de Turner o Mercedes Cabello de Carbonera, al que la fuerza de la academia suma nombres como el de Aurora Cáceres o, más tradicional pero también más equívocamente, Flora Tristán, junto a escritoras del siglo siguiente como Magda Portal, Blanca Varela, Laura Riesco o Carmen Ollé.

Su eventual inclusión en censos panorámicos (como los que cada cierto tiempo intenta la revista hueso húmero) no alcanza a hacer otra cosa que colocarlas como puntos discrepantes entre las líneas continuas constituidas por la otra literatura, la mayoritaria, la de los hombres.

En manos de la crítica feminista, esa discrepancia se reafirma porque el énfasis crítico se coloca en la diferencia y la otredad, en lo femenino; en manos del resto de la crítica o bien se intenta borrar toda diferencia o bien los casos se anotan como momentos excepcionales en que la obra de una mujer alcanza un reconocimiento insólito. (He escrito sobre estos temas antes: por ejemplo, aquí).

En ninguno de los dos casos una escritora tendría por qué sentirse parte de una discusión sobre el canon: en ambos casos un enfrentamiento como el reciente es sólo una instancia del debate sobre un canon que no integra la obra de las escritoras mujeres dentro de un relato general, un relato en el que, sin extraviarse las diferencias, se observen las formas en que las distintas obras de escritoras mujeres se han tejido, relacionado, yuxtapuesto o contrapuesto con las formas e ideas dominantes en la literatura de sus épocas.

Este es otro "debate" (la palabra es excesiva, como dije antes) que termina sin que el tema asome, sin que se le considere relevante o siquiera reconocible, no importa cuán progresistas se piensen algunos de los participantes, ni cuán renovadores, ni cuán iconoclastas, ni cuán antiinstitucionales.

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10.2.11

Ayuda para Carlos Iván Degregori

http://www.indiegogo.com/The-Carlos-Ivan-Degregori-Fund


No he tenido hasta hoy el placer de la amistad de Carlos Iván Degregori, pero sí lo he conocido y pasé unas horas con él hace años, en Ithaca, New York: él venía de Princeton a dar una conferencia en Cornell, donde Billie Jean Isbell, la famosa antropóloga, nos pidió a Carolyn y a mí que lo recogiéramos del aeropuerto y lo condujéramos a casa de ella.

Es un tipo simpático, rápido, gracioso, agudo, que pasa de un chiste familiar a una observación muy fina (sobre política, sobre historia, sobre fenómenos sociales o culturales) sin que se note siquiera la transición. Cuando lo conocí, yo estaba leyendo ensayos suyos, curiosamente, porque por esos días debía escribir la introducción a un libro sobre violencia política peruana, y en eso, claro, Carlos Iván, un antropólogo con el don del escritor, es una autoridad indispensable.

Carlos Iván está muy enfermo, desde hace tiempo: dos años hace que le diagnosticaron un cáncer pancreático. Sus amigos, sus colegas, sus lectores, están conduciendo una iniciativa para reunir dinero que sirva para su tratamiento. Quienes puedan donar algo y quienes puedan difundir la inciativa, por favor, busquen toda la información relevante AQUÍ.

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8.2.11

Desintelligentsia, 2

O cómo debería ser lo que será

Un objeto de estudio de la crítica literaria y de la sociología de la literatura es la institución misma donde la primera se produce: el establishment literario, el espacio de la academia y los caminos que la rodean, la determinan o confluyen en ella.

Un proyecto que --como la antología consultada de poesía peruana-- quiere recoger en el aire de los tiempos la manera en que esa institución observa la poesía contemporánea, debe empezar por preguntarse, incluso antes de cómo funciona la tradición poética en el Perú, cómo funciona el establishment literario.

Y si, además, tiene la expectativa de dejar una impronta perdurable, debe ser tan ambiciosa en sus aspiraciones como versátil en su visión: debe hacer el intento de entender, por ejemplo, cómo son las primeras recepciones de la poesía publicada en el país, cómo se la juzga críticamente, a través de qué medios, bajo qué conceptos y dentro de qué marcos teóricos o ideológicos.

Los críticos a cargo del proyecto quizá encuentren, por ejemplo, en esa investigación, la existencia de prejuicios lingüísticos ligados con la recepción literaria en el país, de prejuicios academicistas o de otros derivados de nuestro centralismo; acaso encuentren cómo es que la concentración en Lima de la mayoría de las editoriales, facultades de literatura y revistas especializadas, académicas o no, incide en la recepción y la eventual consagración de ciertos autores y ciertos libros.

Lo crucial es que, si encuentran o confirman eso, o incluso sólo si lo suponen, se encuentran frente al deber de no concebir una obra que simplemente repita, subraye o prolongue esos prejuicios y esos desequilibrios. La misión, entonces, será describir los problemas (si existen) y buscar la manera de evitar la repetición.

Menciono un aspecto puntual sólo como ejemplo. Si la desconexión entre Lima y el resto del país hace que desde la capital se dejen de percibir fenómenos regionales de producción literaria, nacionales o localizados, la emergencia de grupos o de estéticas singulares, o la existencia de rutas poéticas distintas o incluso contrarias a las que se perciben desde la institución capitalina, entonces, emprender una encuesta en la que esos otros espacios no estén representados sólo arribará a una imagen que reproduzca los mismos puntos ciegos.

En otras palabras: en la medida en que el nuevo estudio se diseñe con los mismos elementos de siempre (interrogando a los mismos críticos, a los mismos autores, a los mismos reseñadores, a los lectores entrenados en la misma costumbre lectora), no se obtendrá nada más que la reiteración de nóminas canónicas semejantes a las ya conocidas. En lugar de promover un canon diverso, se subrayará el que nos es familiar.

Eso no es un error del modelo estadístico, como absurdamente ha propuesto Tulio Mora. Es inconducente cuestionar el trabajo hecho hasta ahora por los antologadores en términos de representatividad estadística, porque lo que han llevado a cabo no es una encuesta sobre la que haya que realizar proyecciones o extrapolaciones.

Cuando se dice que el 25% de los interrogados mencionaron al autor X no se está diciendo que el 25% de los poetas, o el 25% de los críticos, o el 25% de los lectores de poesía, o el 25% de los lectores peruanos de poesía prefieran al autor X. Mucho menos que el autor X goce de la aprobación crítica de la cuarta parte de los individuos que forman la institución literaria peruana. Se está afirmando, únicamente, que el 25% de las personas que respondieron al cuestionario mencionaron a ese autor entre los que juzgan relevantes, y nada más.

Por eso es risible que Mora, en sus ácidos desplantes de los últimos días, queriendo lucir técnico a ratos, entre dicterios e invectivas, hable de "márgenes de error". Cuando no se hacen proyecciones de una muestra parcial a un universo total, no se puede producir ningún margen de error. Y hasta donde he podido ver, los autores del cuestionario, promotores de la futura antología, no han hecho proyección alguna.

Lo que hay, tal como dije desde mi primera alusión al tema, es un error en la forma del estudio que se plantea. El error consiste en aceptar sin reparos que la institución literaria peruana es exactamente tal cual se la percibe en Lima o desde Lima. Es el mismo viejo error de siempre: el centralismo.

La violenta grosería de las reacciones de Mora sirven para subrayarlo: Hora Zero percibe la antología como una lucha entre poetas capitalinos por el mismo palmo de tierra de siempre, que Mora y Pimentel se rehúsan a dar por perdido. De allí que su preocupación elemental sea denunciar quiénes son los "enemigos de Hora Zero", quiénes son los amigos de José Antonio Mazzotti, quiénes son los amigos de Antonio Cisneros, etc.

¿Cómo debió componerse el grupo de interrogados? La respuesta es obvia, una vez identificado el problema: se debió preguntar a académicos establecidos en todas las universidades del país donde existan facultades de literatura, a críticos y autores que dirijan revistas de literatura en Lima y en provincias, a poetas de diversas regiones del Perú.

Se me dirá que muchos de ellos ya están incluidos en la muestra. Muy bien: yo no digo que la lista de entrevistados haya debido ser mayor. Quizá una lista más breve hubiera sido infinitamente más productiva: una en la que, realmente, sólo hubiera personas cuya opinión no fuera a ser la repetición casi exacta de las opiniones de otros: un grupo múltiple, lo que no significa un grupo abarrotado de poetas de Hora Zero o de poetas que Hora Zero no considere sus "enemigos": significa un grupo de personas con perspectivas diferentes, cuya opinión pueda conducir a una apertura.

Se me dirá, también, acaso, que descentralizar la nómina de los consultados no necesariamente hubiera alterado de manera significativa el resultado. Eso sería un hallazgo notablemente interesante en sí mismo: podría, por ejemplo, terminar con el discurso de quienes dicen que necesariamente la mirada de la institución capitalina a la literatua nacional la tergiversa o la pervierte, pues un panorama más amplio arroja un resultado similar; o podría, por el contrario, significar que la mirada desde los bordes de la institución literaria ha sido ya capturada por la visión que se imparte desde el centro. Ambos posibles hallazgos serían sintomáticos e interesantes en sí mismos.

Se me dirá, quizás, lo opuesto: que una lista hecha con ese objetivo descentralizador en mente hubiera podido generar un resultado idiosincrásico (en relación con otras encuentas y recuentos semejantes). Eso también sería un descurbimiento singular, y uno, ciertamente, que no habría razón para rehuír, porque sería, por una vez, un indicio de que en realidad la manera en que la literatura peruana es percibida en el establishment limeño discrepa radicalmente de la forma en la que se la percibe fuera de él.

Todo eso no sería obedecer al capricho egocéntrico de Mora o Pimentel; por el contrario, la obra de Hora Zero, como la de Kloaka o cualquier grupo posterior, también merece ser cuestionada y puesta en perspectiva, porque no es menos producto de la mirada limeña que cualquier otra literatura sancionada por el establishment.

Por cierto, descentralizar la mirada institucional no es garantía de un resultado más o menos realista, más o menos certero, más o menos justo que cualquier otro: sólo es garantía de contar con un camino nuevo para la modelación del canon, sólo introduciría un elemento no sopesado antes.

La discusión no acabaría con ello, sino que se iniciaría de nuevo, pero con mayores elementos de juicio: la consideración del valor estético de un cierto corpus dentro de una tradición no va a saldarse con una simple evaluación, ni centralista ni descentralizada. Pero la segunda opción sí nos daría la novedad bienvenida de ensanchar el paisaje en lugar de volver a calcarlo, a copiarlo, a repetirlo.

La tradición literaria peruana, recordémoslo siempre, ha tenido por siglos su centro de poder en Lima, pero eso no ha significado que las obras individuales que constituyen los pilares canónicos de esa tradición hayan sido obras limeñas: Felipe Guamán Poma, Garcilaso de la Vega, Mariano Melgar, Enrique López Albújar, José María Arguedas, Ciro Alegría, César Vallejo, Gamaliel Churata, Carlos Oquendo de Amat, Miguel Gutiérrez, Oswaldo Reynoso, Edgardo Rivera Martínez, Enrique Verástegui, Óscar Colchado, José Watanabe, y sí, también Mario Vargas Llosa, arequipeño, el escritor peruano que más tercamente ha tomado a la selva como escenario de sus ficciones, son todos ellos escritores nacidos y educados, entera o parcialmente, en provincias: el resto del Perú ha formado también el canon, lo ha asediado, lo ha vencido, lo ha capturado innumerables veces.

Por eso, la descentralización de estudios como el propuesto no implica una deformación de la realidad, sino un nuevo reconocimiento de ella, uno necesario metódicamente y necesario referencialmente, uno necesario porque el orden de un estudio no debe reproducir el orden del prejuicio sino el orden de la realidad.

Cómo nombrar la rata

Sobre la mediocridad y los beneficios de señalarla

Ocurre con frecuencia que alguien me increpa el hábito de escribir sobre mediocres. Comúnmente, desecho la acusación con una respuesta sincera pero parcial, burocrática, hecha para pasar a otra cosa; una respuesta que suele incluir palabras como defensa, peligro, decadencia, precipicio y profilaxis. Hay mejores contestaciones que demandan mayor reflexión.

En mi oficio, es inhabitual enfrentarse a un hecho simple que pueda ser descrito literalmente, sin tanteos ni maniobras laterales, sin aproximaciones tentativas ni dudas metódicas, sin péndulos hermenéuticos ni equívocos irrecuperables. Cuando uno lo encuentra, sobreviene la tentación de señalarlo. Explico por qué.

Lo bueno, como lo malo, es a veces dudoso y casi siempre ambiguo; ambos tienen una densidad difícil de abarcar. Cuando ostenta la forma de un texto literario, lo bueno es complejo (incluso si su economía formal hace pensar otra cosa) y lo malo es cautivante a su manera: argumentar las virtudes de una novela de Faulkner es un ejercicio interminable; argumentar con inteligencia los delitos de una novela de Allende no demanda mucho menos trabajo.

Cuando juzga lo bueno, lo malo y lo mediano (que no es lo mediocre), el comentarista pone en juego los extremos y todo el rango de su escala de valores estéticos, culturales, morales o ideológicos. No importa siquiera si los ha razonado o si son como una suerte de membrana interior, un órgano de su gusto y sus afinidades, del cual él mismo es inconsciente, como somos inconscientes de las venas o las glándulas.

Lo bueno y lo malo pueden hacer mutar ese tejido, porque el lector se ve obligado a contrastarlos con él, a ponerlos en contacto y ver si pueden convivir: un ejercicio de ese tipo puede ser transformador, nunca es simple y suele ser demandante.

Pero lo mediocre no tiene ese poder. Lo mediocre no echa sombras porque no es opaco sino transparente; no hiere porque no es agudo; no intoxica porque es inocuo; no confunde ni plantea acertijos porque es unidimensional y jamás es ambiguo. Lo mediocre tiene una manera de ser ostentoso, visible, indudable; se anuncia mediocre y no traiciona.

De lo mediocre, entonces, se puede hablar en términos indudables, con más facilidad que acerca de lo malo, que exige una demostración y una cuidadosa evaluación. Cuando una habla de lo mediocre, su lenguaje se hace necesario, las palabras llegan solas y certeras: escribir sobre lo mediocre es como tocar la guitarra con el diapasón a la mano: todo vuelve a su lugar, todo se regula.

Uno complica las certezas aparentes de su juicio estético, las pone en el banquillo, problematiza sus seguridades leyendo a Kafka, Beckett, Proust, Borges, Woolf, Piglia, Mulisch, Machado de Assis, Vallejo, Eltit; pero también leyendo los libros medianos y malos que quisieron ser buenos, los libros lisiados, los que llegaron mucho menos lejos que sus ambiciones.

Esos libros merecen atención porque algo en sus estructuras, algo en su sombra o en su aura, alcanza un cierto aire de realidad e incluso, a veces, de grandeza: la forma de su consumación ideal no nos es del todo esquiva, uno puede imaginarlos menos amorfos, más victoriosos, como los habrá proyectado, quizá, su autor, o como ellos mismos, independientemente, nos sugieren que pudieron ser.

Los libros mediocres, en cambio, nacen siempre muertos y ninguna operación es practicable sobre ellos como no sea la autopsia: la disección, la enumeración de lo corrupto. Leerlos es comprobar literal y directamente su nimiedad, su escasez, su poquedad; escribir sobre ellos, por eso, es regresar a un lenguaje en el que todo es fácil de nombrar.

Uno sale maltrecho de escribir sobre los buenos y los malos libros, pero ágil y funcional de escribir sobre los libros mediocres. Y lo mismo vale para las ideas mediocres, los conceptos y nociones y principios mediocres, los proyectos políticos mediocres, los intelectuales y los artistas mediocres. Luego de opinar sobre ellos, todo parece volver a su lugar, aunque sea por un rato.

Y también está lo otro: defensa, peligro, decadencia, precipicio y profilaxis. Hay que escribir sobre lo mediocre porque aunque nada en ello tenga el potencial de destruirnos, todo en ello tiene el potencial de distraernos, de modo que lo mejor es mencionarlo, criticarlo, ponerlo en su sitio y saltar a otra cosa. Y así tantas veces como sea necesario.

Yo, por ejemplo, he pasado toda la semana llamándole mediocre a lo mediocre, y ahora me siento como nuevo: es como el solfeo, o como afinar un instrumento, pero el instrumento es uno mismo.

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6.2.11

De vanguardia a lumpen

Divinización, deterioro y caída del poeta

El mito más irritante que, heredado de tiempos en que tuvo sentido, campea ya desnudo de él en la literatura contemporánea es el que construye la figura del poeta como un personaje irregular, anómalo, distinto, que flota más allá de las leyes sociales, una semidivinidad encarnada cuya naturaleza es inasible para los otros y cuyo poder acampa más allá de los territorios en que vive el resto de la humanidad.

En la figura del poeta, unos quieren ver al viejo paria, al desterrado o al exiliado interior, al enajenado que ha previsto la futilidad del mundo y le sonríe con sarcasmo, al ser extrasocial cuyo lenguaje es vehículo de intuiciones supremas, basado en una especie de ciencia infusa, sin origen tangible, el vate, el oráculo, el sacerdote, el adelantado de dios o del demonio.

Otros ven al poeta como el orate de la tribu, el opa sabio, el ingenio lego, que incluso si está marcado por la ignorancia de lo cotidiano y de lo inmediato y por el desentendimiento de lo visible, ve más allá de todo eso: es un médium, un transmisor, una antena tendida a lo desconocido; su capacidad intelectual no es relevante porque su discurso es, casi literalmente, ajeno a sí mismo, no se origina en su mente sino que es un saber de la alteridad (o de la Alteridad) que atraviesa al poeta y lo utiliza para asumir una apariencia discursiva.

Las dos visiones se complementan o son una sola: la idea del poeta como un ser especial, un elegido, que al sumergirse en el trance (entrar en "olor de poesía", dicen los más huachafos), salta a un estadio que lo deja solo, se encarama en la cumbre de un abstracto Sinahí desde el cual descenderá con un nuevo decálogo, un verbo iluminado e instaurador, una verdad revelada.

Otras imágenes comunes del poeta son menos halagüeñas: el poeta es también un vago, un cuasidelincuente, un renegado de la ley social, un bueno para nada, un desentendido de la realidad, un mantenido, un pedigüeño, un engreído, un holgazán, un cero a la izquierda, un iluso, un nefelíbata, un soñador, un abstraído sin oficio ni beneficio.

En el Perú de hoy, un poeta es un ave rara, un ser del pasado y un sospechoso. Si está muerto, quizás es digno de un programa escolar y un monumento, siempre que no sea demasiado grande ni demasiado vistoso; pero si está vivo, entonces hay que mantenerlo más o menos lejos de la caja fuerte, de la alcancía del bebe, a distancia de las señoritas. Y si el poeta es una señorita, ha de ser una extraviada, una loca, una descarriada.

Tonterías, obviamente; prejuicios. Hay una clase particular de poeta, sin embargo, que se esfuerza por dar razones para ese estereotipo y, de paso, además, se escuda en los otros lugares comunes (los del poeta-gurú, el poeta-santón, el poeta-visionario, el poeta-paria) para reclamar inimputabilidad y licencia: licencia para la idiotez, para la ruptura de cualquier norma de convivencia civil, para la insdisciplina intelectual (incluso cuando se reclama un estudioso, un analítico) y para la arbitrariedad más arrogante.

Andan por ahí declarándose genios, inventándose méritos mayores que los sustentados por su obra, publicitando la propia superioridad, desenterrando honores recibidos en una calle oscura en un día lejano, sin testigos a la vista, atesorando un autógrafo regalado a la volada, recordando o suponiendo su amistad con otro poeta, siempre uno más crucial que ellos, uno icónico, uno espectacular o legendario, viviendo en una ficción en la que ellos son protagónicos, una ficción más afilada que sus vidas y más gloriosa que sus versos.

Benjamin escribió sobre el contador de historias de un pasado premoderno, comparándolo, en desmedro del actual, con el escritor contemporáneo, ya no más sacerdote, ya no más bendecido con el aura de aquel anterior, el que representaba la voz comunal porque construía la propia con retazos y experiencias de las voces de todos los otros.

Perdidos en el tránsito, sumergidos en esa suerte de aldea interior que es el mundo de los escritores y lectores de poesía (que en efecto parece regirse a sí misma con leyes del pasado), no escasean hoy los poetas que quieren, dentro de la modernidad, mantener el aura, y, aunque son incapaces de lograrla (porque el aura no la tiene ya nadie), quieren inventarla diciéndola, no es sus obras, sino fuera de ellas: "mira alrededor de mi cabeza, verás un brillo especial".

Y entonces reinterpretan, a los cabezazos, las más tardías versiones que la historia de Occidente recuerda del poeta con aureola de santo maligno, con alas sucias de ángel caído: se protegen en la esperanza de ser vistos como iconoclastas, como poetas malditos, como inconformes con la mirada oblicua del que desprecia todo aquello que huele a institución, a sobriedad, a orden, a burguesía.

Hasta que una mañana se descubren a sí mismos parados en la cola del Seguro Social, regateándole un sol al taxista, rogándole a una compañera de trabajo que les marque la tarjeta, planchando la corbata, pidiendo por teléfono que les pasen con el ingeniero Fulano de Tal, sin saber qué decir en la reunión de padres de familia. Y se preguntan: ¿por qué nadie se da cuenta de que soy diferente?

Y entonces reparan en el calendario y empiezan a notar que sus mejores poemas fueron escritos hace mucho tiempo, cuando tenían dentro de sí algo de lo que ahora carecen y que ya no son capaces siquiera de nombrar. Y empiezan a pensar, más que en el presente y en los borradores de los poemas futuros, en la precipitación con que el poco reconocimiento pasado se ha empezado a disipar y a diluir.

Para entonces es demasiado tarde, claro --porque no se puede desandar el tiempo, incluso si se vive en el pasado--, y el viejo poeta medio maldito, el viejo poeta del aura imaginaria, ya no sabe qué hacer por su leyenda, como no sea esperar que alguien más la consagre de alguna manera rápida y tangible: que el Estado (al que decía querer dinamitar) le dé una medalla y le alcance una pensión; que un ministro introduzca en un programa de lecturas obligatorias los poemas icononoclastas que él escribió en su juventud; que su nombre figure en las antologías, en los recuentos, en los manuales, que la autoridad lo imponga con mano militar, ya que la historia parece estar tomándose la libertad de olvidarlo.

Esas últimas traiciones contra su ser anterior le son tan naturales que no las alcanza a percibir: se ha vuelto un poeta burgués en el sentido más preciso: ahora cree que los poetas merecen una pensión del Estado, atención hospitalaria gratuita y cuenta de jubilación, una corona de laurel del establishment por cada bala de papel que dispararon contra ese mismo establishment en el pasado.

¿Cómo seguir reclamando la posición de vanguardia en el ejército antiburgués cuando uno vive postrado en el aburguesamiento o de cuclillas en sus bordes, aspirando a ingresar en su zona de comfort? Difícil: el reclamo se vuelve superficial y puramente exterior, es una apariencia.

Y si el reclamo se radicaliza, viene acompañado de una belicosidad que ya no tiene el objetivo contestatario de subvertir lo colectivo, sino el objetivo pequeñamente gregario de defender con uñas y dientes la consagración del grupo poético de ayer, la idolización de las ansias rebeldes ya largamente abandonadas. Vean el caso que nos ha rondado en las últimas semanas, el de los poetas de Hora Zero.

Tanto los fundadores del grupo como quienes se añadieron tiempo más tarde a él, sostuvieron casi programáticamente la propuesta de una relación visceral entre la poesía escrita y el marco ideológico revolucionario desde donde surgía. El "poema integral" de Ramírez Ruiz, su paradigma central, postulaba la poesía como una experiencia de clase, una experiencia social y una experiencia histórica, cuyo marco ideológico era la construcción de la revolución: el poeta era el observador lúcido, deshecho de falsos atavíos, la mirada clavada en la realidad como un dardo letal.

Aunque los sobrevivientes del grupo sigan celebrando las hazañas librescas y celebrando también las hazañas callejeras de aquel tiempo ("el suceso de las 12 de la noche con dos personas en un parque: a cada momento acontece un poema"), lo cierto es que el núcleo de su programa y la forma de su paradigma han sido abandonados por ellos hace mucho, sin que le hayan encontrado un reemplazo válido.

Ramírez Ruiz (de quien tomo la cita anterior) no murió entregado al ideal rebelde ni diagnosticando el mal social desde sus versos, ni acuñando el discurso que habría de revelar lo "esencial cotidiano", sino, lamentablemente, terriblemente, librado al azar de una vida zozobrada: en el continuo de los poetas revolucionarios del Perú, su destino ocupa el extremo opuesto del destino de Heraud.

Lo anterior me lo ha señalado Daniel Salas, quien también observa que la transformación de Hora Zero en las últimas décadas ha sido el trayecto que va del movimiento revolucionario a la lumpenización. Los sobrevivientes del grupo, los que aún se identifican con él, esos lo rememoran, lo reactivan en antologías de cuño grupal y de aspiración colectiva, como Hora Zero: los broches mayores del sonido, de Tulio Mora. Pero ellos, en la práctica, han pasado a ocupar en la esfera literaria peruana el lugar sombrío del lumpen, ya no el motor de vanguardia, intelectualmente activo, razonado, programático, ideológico, que reclamaron en un principio.

Las batallas que libran Pimentel y Mora, batallas personales que siempre tienen la defensa del lugar central de Hora Zero como seña y como designio, suelen acabar convertidas en un exceso de epítetos y adjetivos usados para menospreciar al rival y glorificar el ego. "El adjetivo es el caballo de batalla de lo pasado, de la bella mentira, siempre mal usado es el adorno, el colorido, la fofa belleza, el revestimiento de viejo lenguaje. Guerra al adjetivo", escribió Ramírez Ruiz. El adjetivo es hoy el único signo de Hora Zero. El mismo Hora Zero es ahora un adjetivo.

En la misma semana en que Mora defiende la gloria horazeriana y publica su curriculum vitae, y adorna su pasado con la evocación de la amistad de Roberto Bolaño y las opiniones de críticos nórdicos y los artículos aprobatorios que se han escrito sobre su poesía, en la misma semama en que él hace pública, sin quererlo, la añoranza de la antigua creatividad, Eloy Jáuregui, otro miembro de Hora Zero, publica en una red social el enésimo plagio de su carrera, esta vez ya no un artículo, como tantas veces antes, sino un poema ajeno, copiado letra por letra, que hace pasar como propio. Y cuando es descubierto, agrede al denunciante con amenazas matonescas y groserías descalabradas: el poeta-genio, el poeta-médium, ya no tiene palabras propias, ahora las toma prestadas, las calca, las hurta; su verdadero lenguaje aflora en la amenaza posterior:
"Quisiera que ese profesor de la U de Lima (que escribe con seudonimo y me ha llamado plagiario) escriba un soneto como el mío. OYE CONCHA DE TU MADRE. YO SOY DE HORA ZERO Y EL DÍA QUE TE DESCUBRA TE VOY A SACAR SIMPLEMENTE LA MIERDA. Perdón hermanos del facebook. Pero ese tipejo es un miserable".
Notarán ustedes la frase crucial: "Yo soy de Hora Zero, y el día que te descubra te voy a sacar simplemente la mierda"... Es que hay una diferencia abismal entre el cantor de la tribu y el poeta maldito y otra mayor entre el poeta maldito y el poeta del lumpen desaforado, y esa distancia se paga en ridículo, se paga en autodestrucción.

Ayer, la frase "yo soy de Hora Zero" hubiera significado: soy un poeta en la vanguardia de la cultura peruana, estoy en el anverso de la última estética, mi palabra vale por su lucidez. Hoy, dicha por Jáuregui, significa: estoy en una banda de matones, no creo en nadie, cuídate de mi.

Los que estamos fuera del problema y tenemos la suerte de poder abstraer el deterioro de estos poetas en el tiempo, pasándolo por alto, podemos leer de vez en cuando un poema de Hora Zero escrito en aquellos años en que su existencia tuvo sentido, y entenderlo y disfrutarlo y valorarlo, y hacer abstracción total del triste espacio que sus autores han venido a ocupar, una vez pasado sobre ellos el caudal del río del tiempo, que los ha arrasado y los ha ahogado y les ha hinchado los cuerpos hasta convertirlos en cadáveres grotescos, en una horda zombie que repite, a quien la quiera escuchar, la historia placentera de la época en que tenía vida.

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