El terror a la paz y la guerra infinita
Cualquiera que tenga el corazón en el lugar correcto debe sentir compasión y tristeza por los muertos de Gaza, así como por las víctimas inocentes de todos los conflictos en el planeta. Convertir esa compasión en el único factor de juicio ante el problema, sin embargo, no es el mejor servicio que se le puede hacer a la paz.
El conflicto entre israelíes y palestinos no se puede comprender si uno lo mira como un asunto congelado en el presente, sin una larga historia política y social (como si el conflicto hubiera empezado la semana pasada, como si el bombardeo israelí no fuera un tramo en un relato mayor).
Tampoco es entendible si uno lo ve sólo como un tema histórico y social, leyéndolo con la frialdad de las estadísticas y la memoria de pactos, acuerdos, paces y rebrotes violentistas, olvidando que hay vidas humanas atrapadas en el conflicto, y, sobre todo, olvidando que esas vidas están a ambos lados de la divisoria.
Evidentemente, en la respuesta de Israel ante los constantes bombardeos del grupo terrorista Hamas, hay una desproporción que hiere la sensibilidad de cualquier observador. No menos evidente es, sin embargo, que el Estado de Israel no puede quedarse de brazos cruzados ante los atentados que parten de la franja de Gaza, constantemente, efectuados con el visto bueno de la mitad de las autoridades palestinas y la vista gorda de la otra mitad.
Hamas es un grupo terrorista responsable de la muerte de cientos de civiles israelíes y palestinos, motor de guerras, crímenes y vendetas internas en Palestina tanto como de atentados contra Israel. Hamas no es un grupo guerrilero ajeno al poder oficial palestino: el primer ministro del gobierno palestino pertenece a Hamas, agrupación caracterizada por su constante bloqueo a todo tipo de negociación, y por operar sus atentados más radicales cada vez que las conversaciones bilaterales progresan en dirección a la paz posible.
Por supuesto, es entendible que quienes no forman parte del conflicto, así como quienes no conocen su historia, al observar con horror la respuesta israelí, reaccionen de inmediato en su contra. Pero quienes quieran expresar su opinión deben también evaluar que el enemigo de Israel es un grupo terrorista, y que, lamentablemente, abismado por el caos de su situación y sus circunstancias, el pueblo palestino ha colocado a ese grupo terrorista en el poder, lo ha convertido en su vocero oficioso y en su instancia representativa.
¿Cómo debería lidiar Israel con un enemigo que considera que el Estado de Israel no tiene derecho a la existencia? ¿Deberían los israelíes decir bueno, sí, tienen razón, no tenemos derecho a existir, vamos a cancelar nuestra existencia, vamos a desaparecer de la faz de la tierra, vamos a regresar a ese momento de la historia en que éramos el único pueblo del planeta condenado a no tener nunca una patria propia?
Quienes simplemente asumen que eso es así, que el Estado de Israel no debería haber existido jamás, están negando una verdad histórica transparente: en 1945, recién terminada la guerra mundial y concluido el Holocausto, los judíos de todo el mundo tenían perfecto derecho a considerar que sus vidas y su sobrevivencia eran inviables e imposibles si no tenían un país propio y una patria física.
Eso lo pensaron también los líderes de la mayor parte del planeta, y quien hoy diga que la creación de un Estado para los judíos de la diáspora fue un acto prepotente y matonesco demuuestra su incapacidad de comprender la magnitud de la historia del antisemitismo global en la década del cuarenta.
Desde finales del siglo diecinueve y principios del siglo veinte, organizaciones judías de todo el mundo intentaron comprar tierras en África y en América (en la Patagonia) para fundar el Estado de Israel. Quizá hubiera sido una decisión más sabia que la de volver a una tierra en la que estarían rodeados de enemigos seculares, pero el hecho fue que la decisión final fue otra.
Quienes creen que fue una decisión arbitraria el regreso a Jerusalén están desinformados: en las tierras del actual Israel nunca dejó de haber una estable población judía, y allí no había ningún Estado independiente árabe, sino uno administrado, primero, por el Imperio Otomano, y, después, por Inglaterra, que prometió, entre 1917 y 1920, en repetidas oportunidades, tanto a árabes como a judíos, que en esas tierras se les otorgaría la posibilidad de fundar sus patrias.
En 1945, años antes de que se decidiera la fundación del Estado de Israel, había un millón de musulmanes, 135 mil cristianos y medio millón de judíos en el lugar, y estos últimos se habían enfrentado por dos décadas a la insurgencia de grupos árabes ultranacionalistas que querían expulsarlos y detener la inmigración de quienes venían huyendo del antisemitismo europeo, primero, y del Holocausto, después.
Un 31% de la población palestina en 1945 era judío. Quienes creen que los judíos llegaron de pronto, súbitamente, en 1948, para apoderarse de tierras ajenas, están ignorando la historia enteramente.
Ahora bien, si el Estado de Israel tiene derecho a la existencia, si los judíos tienen derecho a la patria que han construido, derecho a un país como todos los demás pueblos de la tierra, ¿cómo deberían reaccionar ante sesenta y un años de atentados, dos décadas de intifadas, y amenazas como la del presidente de Irán, quien niega que el Holocausto haya sucedido pero, a cambio, promete perpetrar uno al cabo del cual no sobreviva un solo judío en todo el Medio Oriente?
Soy el primero en creer que a la violencia extremista y criminal no se puede ni se debe (no es cauto y no es justo) responder con violencia de una índole similar. Pero nadie puede evaluar la realidad del conflicto sin antes detenerse a conocer qué cosa es Hamas y cuáles son los principios que guían su postura contra Israel. El artículo 22 de la de la declaración programática de principios de Hamas, a la que ha jurado fidelidad el actual primer ministro del gobierno palestino, dice a la letra:
Enemigos u organizaciones sionistas acumularon una riqueza material grande e influyente con la cual tomaron el control de la prensa mundial. Estuvieron detrás de la Revolución Francesa y las revoluciones comunistas. En cuanto a guerras locales y mundiales nadie objeta que estuvieron detrás de la Primera Guerra Mundial, así como del aniquilamiento del califato islámico. También estuvieron detrás de la Segunda Guerra Mundial, cuando obtuvieron inmensos beneficios gracias al comercio con materiales de guerra, y se prepararon para el establecimiento de su Estado. Inspiraron la creación de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad para reemplazar a la Liga de las Naciones, para dominar el mundo a través de sus intermediarios. No hay guerra que haya estallado en lugar alguno que no lleve sus huellas digitales.
Es decir, Hamas sostiene, como lo hizo antes Hitler, que los judíos son
culpables de todas las injusticias y todas la guerras de la tierra, y que
controlan todo el planeta con su dinero. Increíblemente, Hamas asegura que la Segunda Guerra Mundial (sí, la misma del Holocausto) fue un negocio judío. Ese es el grupo con el cual Israel tiene que negociar.
Yo, como muchos, creo que la negociación debería ser el camino, y no la violencia. Pero, ¿cómo debería negociar Israel con quien defiende como único objetivo político el de abolir y obliterar absoluta y radicalmente la existencia de todos los judíos?
Quienes acusan a Israel de genocida deberían considerar un par de hechos: primero, que el Estado de Israel nunca ha propuesto la persecución de los palestinos por su religión o su pertenencia étnica (en gran medida, la pertenencia étnica palestina es una novedad postcolonial), y, en cambio, ha visto el problema como un asunto eminentemente político.
Segundo, que grupos como Hamas sí describen el tema como una guerra étnica, en la que los judíos representan un mal intrínseco, opuesto a la bondad representada por los pueblos árabes musulmanes, todo ello dentro de un discurso indudablemente genocida. La misma declaración de principios de Hamas dice, en su artículo siete:
No vendrá el Día del Juicio hasta que los musulmanes combatan a los judíos, hasta que los judíos se escondan tras las montañas y los árboles, los cuales gritarán: '¡Oh, musulmán! Un judío se esconde detrás mío, ¡ven y mátalo!
Esperemos que el gobierno de Israel detenga su ataque en Gaza, que los inocentes dejen de morir en uno y otro bando. Pero esperemos también que en un momento cercano Israel tenga al otro lado de la alambrada a un gobierno que pueda representar cabalmente la necesidad de paz de su pueblo y que esté dispuesto a negociarla en lugar de imposibilitarla con sistemáticos atentados, bombarderos suicidas y estallidos de violencia evidentemente destinados a obstaculizar cualquier solución pacífica, y discursos fanáticos e intransigentes.