15.3.08

Silenciosa vigencia

Sobre racismo y puntos de vista

Hay una pequeña polémica entre Jorge Bruce y Martín Tanaka en torno al tema del racismo peruano. Ya que el origen de la discusión está en una columna vieja de Tanaka en Perú 21, respondida por Bruce en un libro reciente, los invito a ver la columna de Tanaka antes de seguir leyendo mi post.

Estoy plenamente de acuerdo con Tanaka en su párrafo final, pero no en la especulación que lo lleva a él. Digamos que concuerdo con la prescripción pero no con el diagnóstico. No comprendo muy claramente la noción de que, si la gran mayoría de quienes han sido víctimas cruciales del racismo peruano reaccionan contra él y lo carcomen, o actúan de manera beligerante y convencida en su contra, ese racismo debe declararse ya inexistente, muerto o siquiera agónico.

Es más, me parece que eso de declarar el racismo peruano muerto y enterrado, y decir que sus manifestaciones contemporáneas no son parte crucial de nuestra sociedad hoy, sino sorprendentes vestigios del pasado --que nos sorprenden como nos sorprendería ver a un dinosaurio corriendo por la Vía Expresa-- no es sino una forma de miopía que promueve la eliminación del problema del racismo en el discurso como si con ello se eliminara el problema en la vida real.

Es parte de esa sociología feliz que algunos estudiosos ejercen, en la que las formas de resistencia son festejadas como triunfantes por el solo hecho de existir, como si las formas de resistencia no estuvieran definidas en función de la existencia de una fuerza contraria.

Recuerdo, hace años, cuando un científico social, en una charla de la Universidad Cayetano Heredia, decía que los pueblos jóvenes limeños se creaban en los cerros que rodeaban a la capital porque esa era la manera en que los migrantes celebraban la reinstauración de su vida previa en las montañas de los Andes. Eso es lo que llamo sociología feliz (o antropología feliz, en ese caso).

Martín Tanaka
dice que las migraciones internas de la segunda mitad del siglo pasado, que convirtieron al Perú en país urbano y ya no predominantemente rural, fueron la manera indirecta y triunfante en que los provincianos protestaron contra el racismo y la segregación. Eso --lo digo sin ánimo agresor, solo descriptivo-- me parece sociologia feliz. Una versión un tanto menos feliz diría que las migraciones fueron una reacción bastante más relacionada con la miseria que con el racismo, y bastante menos premunida de un sentido discursivo. Crearle una fábula esperanzada a las arbitrariedades de la desgracia popular es el rasgo clave de la sociología feliz.

El racismo es, por supuesto, una compleja superposición de paradigmas culturales, no solo una ideología borrosa o un programa social que un sector de la población ejerce en contra de otro. En el paradigma del racismo suelen estar inmersos victimas y victimarios (pero no siempre es así). Blancos y cholos, cholos e indios, indios y negros. Pero suponer que si los cholos y los indios y los negros, algunos de ellos o todos ellos, reaccionan contra el paradgima, entonces el paradigma ya desapareció, es una manera ingenua de olvidar que el racismo también es lo otro: también es un instrumento de dominación sostenido en un discurso (aunque sea un discurso silencioso) y no en una suerte de impulso por inercia, como parece plantear Tanaka cuando habla de las inequidades del Perú como problemas que han sobrevivido por inercia al racismo del pasado.

Y es además una manera ingenua de pasar por alto algo evidente: que el hecho de que los dominados señalen la impropiedad del paradigma y hagan algo, o mucho, por subvertirlo, no implica que quienes lo usaron como herramienta y arma durante siglos hayan dejado de usarlo ya, mágicamente, así de pronto, o que la herramienta se haya vuelto inocua o secundaria.

El reconocimiento y la reación de la víctima es por supuesto el primer paso para la activación del cambio, pero no implica su consumación. El mundo está atravesado de ejemplos de racismo y otras formas de segregación en las que las víctimas nunca aceptaron el paradigma de la inferioridad racial o étnica o cultural, y lo atacaron activamente en todas las maneras que tuvieron a la mano, y, sin embargo, no solo no lograron con ello que el paradigma se diluyera, sino que sucumbieron víctimas de él.

El racismo europeo contra los judíos no se diluyó en el aire simplemente porque los judíos hubieran demostrado considerarse iguales a cualquiera, y se hubieran integrado perfectamente --no por décadas, sino por siglos-- a la estructura productiva y financiera de las sociedades en las que habitaban. También, medio milenio antes, los judíos de Córdoba habían sido piezas bienvenidas de la estructura cultural, social, política y económica de los reinos surhispanos, y sin embargo acabaron expulsados por un discurso segregador (racial, religioso, etc) que se pensaba desaparecido, cuando apenas había quedado soterrado.

Cuando Jorge Bruce dice que no es bueno confundir los "discursos oficiales y legales, por un lado" y, por otro, "las prácticas de la vida diaria de los peruanos", está diciendo una verdad meridiana, que describe por completo el error de Tanaka. Quizá el ejemplo más sistemático esté en los estudios de Roberto Schwarz acerca de la discrepancia de décadas entre la hegemonización del discurso antiesclavista liberal en Brasil, su virtual universalización en cierto momento, su conversión en sentido común de la época, y el instante, muy posterior, en que empezó (sólo empezó) a generar frutos reales, cotidianos y visibles en la vida diaria brasileña.

El movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos surgió porque existía un reconocimiento masivo de parte de las víctimas --notoriamente, la población negra--, y muchos de sus habituales beneficiarios, de que el paradigma de la discriminación era injusto; actuaron contra él, protestaron, abrieron mil rutas para superarlo. En su lucha, ganaron un terreno gigantesco en la trama social norteamericana. Pero cuando, en las primarias demócratas de Mississippi, la semana pasada, Barack Obama gana el 91% del voto negro y Hillary Clinton logra el 75% del voto blanco (a lo que hay que añadir el hecho de que la mayoría de la población blanca sea republicana), uno entiende que el racismo norteamericano y su forma de ver el mundo no han muerto, y que sus manifestaciones --el olvido de las víctimas de Katrina, por ejemplo-- no nos sorprenden por ser anacrónicas ni por ser un resabio del pasado, sino por su silenciosa vigencia, porque existen pese a que los discursos públicos las nieguen con increíble insistencia. El paradigma racista domina la mente de millones en Estados Unidos aunque durante medio siglo haya estado limitado al balbuceo y la media voz.

Hay una última cosa que quiero mencionar. En una respuesta posterior a Bruce, Tanaka ha observado lo siguiente:
"La sociología del conocimiento nos dice que todo saber está socialmente situado: es decir, miramos el mundo desde un punto, y este, necesariamente, implica algún sesgo. Creo que Bruce mira el mundo fundamentalmente desde ciertos espacios de clases altas, "blancas", desde la cúspide de la pirámide de la discriminación.

"Para estos sectores, en efecto, "la gente" ya no "se ubica", no respeta, se ha "igualado". La ideología de mercado, la derrota de la izquierda, de Sendero Luminoso, el crecimiento económico, les da a estos sectores más confianza para darse "licencias" discriminadoras que no se daban antes. Visto el Perú desde aquí, efectivamente, la persistencia del racismo es lo más llamativo.


"Pero, si asumimos el punto de vista de la inmensa mayoría de los peruanos, creo que podemos tener una mirada que entiende mejor lo que ha ocurrido en el país, y nos permite tener una mirada más optimista".

Y mi objeción es que, si Tanaka quiere ser justo con su propio principio, tiene que reconocer que la sociología del conocimiento no se aplica solo a Bruce, sino también a él. La noción de que todo saber está socialmente situado no quiere decir que unos estén condicionados por su situación social en la construcción de sus discursos y otros, en cambio, puedan producir su saber desde situaciones que no ocupan. ¿Cómo es que Tanaka asume que el saber de Bruce está situado en las "clases altas", "blancas", que forman "la cúspide de la pirámide de discriminación"? ¿Y por qué sostiene, en cambio, qué su punto de vista es "el punto de vista de la inmensa mayoría de los peruanos"?

De hecho, la noción de que el choleo no es crucial y que el racismo antiindígena peruano ya prácticamente no existe, parece bastante más típicamente el discurso de las clases medias liemeñas que el discurso de alguien que haya pasado las décadas anteriores sufriéndolos. (Salvo, claro, que quiera decirse que nunca han existido)...

Pero bueno, en resumen: ¿cómo es que Bruce solo puede hablar con las anteojeras de las "clases altas" y Tanaka, en cambio, puede asumir la voz de todos y la mirada del pueblo? ¿No se supone que lo que quiere la sociología del conocimiento es, antes que cualquier otra cosa, en su raíz hermenéutica, advertirle a los sociólogos que su mirada no está libre de su situación social? ¿Cómo es que llega Tanaka a la conclusión de que él sí puede proyectar su mirada desde los ojos de los demás y abstraerse de las circunstancias reales de su situación social para asumir la ajena?


Imagen: mi versión del afiche del festival de cine PUCP.

14.3.08

Bolaño salvaje

504 páginas, 25 ensayos y un documental

Finalmente. Creo que han sido dos años los que hemos pasado Edmundo Paz Soldán y yo en las idas y venidas de la edición del libro Bolaño salvaje, que por fin aparece dentro de unos pocos días en España, bajo el sello más que auspicioso de la casa editorial Candaya.

(Edmundo estará allá en las presentaciones; a mí me hubiera gustado, pero debo salir hacia California, para mi trabajo en S
tanford, dentro de cuatro días).

El libro, de más de quinientas páginas, reúne veinticinco textos de diverso tipo sobre
Roberto Bolaño. Más o menos la mitad de ellos son ensayos no académicos
, escritos, en su inmensa mayoría, especialmente para este volumen por autores como Juan Villoro, Enrique Vila-Matas, Alan Pauls, Rodrigo Fresán, Jorge Volpi, Carmen Boullosa e Ignacio Echevarría, entre otros.

Entre los ensayos académicos, el libro incluye textos del traductor de Bolaño al inglés, Chris Andrews; de una de las mayores especialistas en su obra, Celina Manzoni; de Peter Elmore, María Luisa Fisher, Valería de los Ríos, Matías Ayala y Jeremías Gamboa, entre muchos otros.

Por supuesto, también hay un ensayo mío y uno introductorio de Edmundo. Y c
ierra el libro una entrevista previamente inédita al escritor chileno, a cargo de Sonia Hernández y Marta Puig.

El bonus track no es un simple bonus track, sino todo un DVD, que contiene un documental producido especialmente para ser coeditado con Bolaño salvaje: se llama Bolaño cercano --que fue el título que Enrique Vila-Matas nos sugirió inicialmente para el libro en sí. (La historia de los nombres del libro, las sugerencias sobre él y las discrepancias sobre sus posibles interpretaciones dan para un ensayo aparte).

El documental, dirigido por Erik Haaznoot, cuenta con entrevistas a la viuda y los hijos de Bolaño, así como a amigos próximos suyos como Fresán, Villoro y el mismo Enrique.

No está de más recordar que la idea de producir el documental e incluirlo en un solo paquete con el libro fue de los editores de Candaya, los imparables Olga Martínez y Paco Robles.


Por si acaso, las librerías y distribuidoras que quieran contactarse con ellos para importar ejemplares del libro, pueden hallar su correo y otra información de contacto en esta página.

Haciendo clic sobre la segunda imagen podrán verla muy ampliada y leer los textos de la contratapa y las solapas del libro.

13.3.08

El poeta Vargas Llosa

Y los 55 años de El Dominical: este 30 de marzo

Un chisme: para su número especial del domingo 30, en el cual El Dominical del diario El Comercio celebrará cincuenta y cinco años de vida, el editor, Alonso Rabí, viene reuniendo colaboraciones de primer nivel, un poco en el espíritu de los libros de homenaje, es decir, una suerte de antología de críticos y autores que escribirán cada cual sobre los temas de su especialidad.

José Miguel Oviedo contribuirá con una crónica sobre sus inicios como crítico literario en el suplemento; habrá colaboraciones de Julio Ortega, Peter Elmore, Fernando Iwasaki y muchos otros, además de una historia de
El Dominical en la que viene trabajando Jorge Moreno.

Pero sin la menor duda la sorpresa especial de ese domingo 30 (ojalá que no le eche la sal con el anuncio, porque el texto aún no ha llegado al diario) será un poema prometido por Mario Vargas Llosa: un poema al cual el novelista arequipeño se refiere como "un homenaje a Homero", probablemente surgido durante el tiempo dedicado a su reciente y homérico montaje teatral.

Otro texto posible pero aún no confirmado es una memoria de Alonso Cueto acerca de sus años como editor del suplemento: esos fueron también mis años en El Comercio, y puedo atestiguar que hubo material para más de una crónica de las buenas.

12.3.08

Periodistas

Sobre profesionalismo y deontología

Cuando uno denuncia un delito, uno está denunciando la violación de un códgo, es decir, la ruptura de una norma moral traducida en cierto tipo específico de regla. Las sociedades contemporáneas tienen un largo número de individuos dedicados profesionalmente a señalar, denunciar o corregir violaciones de códigos diversos: los policías, los fiscales, los psicólogos, los periodistas de investigación y los curas, por ejemplo.

Ninguno de ellos sobreviviría si sus antecesores en el oficio no hubieran colaborado en la creación de códigos: leyes penales y civiles, parámetros (más o menos arbitrarios) sobre la normalidad del individuo, presunciones sobre la ética en la esfera pública, decálogos religiosos.

Los críticos literarios, los críticos en general, pese a su fama de jueces severos y fiscales rara vez bienvenidos, están entre los pocos profesionales que viven de detectar violaciones de la norma para exaltarlas, saludarlas y explicarlas sin reducirlas: se trata del reconocimiento crítico a la originalidad, tan querido a la estética contemporánea.


El señor James ha destruido las reglas de construcción de la consciencia del personaje; el señor Beckett ha pateado el tablero en el diseño de la acción en la representación teatral; el señor Vallejo no se conforma con romper las reglas convencionales de la poesía y hace añicos también la sintaxis del español: cuando el crítico llega a comprender la violación, la consagra.

Fui impreciso dos párrafos más arriba: no todos los profesionales que mencioné viven de señalar, denunciar o censurar la ruptura de leyes que ellos mismos diseñaron: los abogados sí lo hacen, y los policías y los psicólogos y los curas. Pero no los periodistas. Los periodistas viven de denunciar la ruptura de códigos que no han construido ellos mismos y que muchas veces no se preocupan en comprender.

Una vez más aclaro: yo ejercí como periodista por varios años y cuando hablo de los periodistas no pretendo excluirme del grupo. Además, no me interesa hablar mal de los periodistas como gremio: mi interés está en señalar una disfuncionalidad.

Los periodistas hacen denuncias sobre la criminalidad y la legalidad de ciertos hechos --esa es su actividad más frecuente--; escriben sobre la salud mental de ciertas personas --¿cuántas veces hemos leído columnas y noticias acerca del equilibrio psicológico de Alan García?--; opinan sobre la vida pública y privada de la gente --piensen en lo que antes se llamaba "prensa del corazón", en la institución de los paparazzi, en las campañas de fiscalización sobre la conducta de futbolistas o actores de televisión--; hablan sobre la moral ajena, etc.


Es decir, especulan e informan, o desinforman, dentro del terreno de fiscales, jueces, psicólogos, curas y demás. Salvo por el hecho de que ellos no han dedicado su vida a estudiar esos campos; las más de las veces, no han dedicado ni un instante; con frecuencia no le han dedicado ni siquiera el instante previo a la escritura de sus artículos.

(Sin ir muy lejos, la semana pasada, un periodista de un diario limeño, informando sobre la crisis colombo-ecuatoriana, decía en tres párrafos consecutivos de un mismo artículo, que el gobierno de Quito había decidido: (a) llamar a consulta a su embajador en Bogotá; (b) retirar a su embajador en Bogotá; (c) romper relaciones con Bogotá. Es decir, el periodista se apropiaba del lenguaje de la diplomacia, desconociéndolo por completo, y acababa por describir un hecho de tres maneras no sólo distintas, sino discrepantes e incompatibles).

Durante los años en que trabajé como periodista, conviví con reporteros, redactores y editores que habían estudiado la carrera y con otros que, como yo, habían ido a parar al diario o a las revistas de pura casualidad, y que provenían de otras profesiones. Sé que no es simpático decirlo, pero, con excepciones indiscutibles, la diferencia general de formación (ya que no de capacidad) era notoria: la mayor parte de la gente que destacaba en ese mundo eran antropólogos, psicólogos, sociólogos, abogados, filósofos, o graduados de literatura o de historia.

Una cosa muy clara: todos ellos se podían convertir rápidamente en periodistas eficientes, y a ese entrenamiento sobre la marcha le aportaban un conocimiento adicional traído de sus esferas académicas. Los periodistas de profesión, por su parte, se veían igualados rápidamente en su propio juego, y en la gran mayoría de los casos no tenían nada más con qué responder.


Las carreras de periodismo suelen ser insustanciales, mecánicas, puramente operativas, y para colmo de males no suelen estar diseñadas de manera que ese conocimiento operativo se transmita sistemáticamente; es más, muchos profesores de periodismo les dicen a sus estudiantes que no sabrán nada de la profesión hasta que empiecen a practicar. Y cuando esos estudiantes empiezan a practicar, descubren que en verdad tampoco hay secretos mayores en el ejercicio del oficio.


Durante esos años hice la pregunta muchas veces: ¿qué cosa te han enseñado en la universidad durante todos esos años? Las respuestas no solían tener mucha variedad: las que no se referían a tres o cuatro lugares comunes que cualquiera con cierta educación o algo de sentido común puede discernir, se referían a un aspecto en particular, subrayando una palabra específica: la deontología periodística.

Es decir: la teoría del deber, la ética profesional, las delimitaciones jurídicas y morales del ejercicio periodístico, etc. En otras palabras: si le quitan sus sueños de gloria, su más bien módico cariño por la escritura, sus trucos de la vida callejera que casi nunca funcionan, un estudiante recién salido de una facultad de periodismo es una suerte de experto en el tema de la ética profesional y la violación de sus tácitos códigos de ejercicio.

Eso nos deja con una situación llamativa: los periodistas, que viven de denunciar las infracciones contra códigos que suelen desconocer, están (idealmente) preparados a nivel profesional para denunciar las violaciones de un sólo codigo (fantasma): el de la ética periodística. Es decir, si alguien debería temer la voz, la presencia y la autoridad de un periodista, es otro periodista.

Y sin embargo, estoy seguro que pocos países del planeta tienen una comunidad periodística tan corrupta como la peruana, en la que el noventa y cinco por ciento de quienes administraron la desinformación de la prensa fujimorista aún tiene puestos en diversos medios, controla más de uno e incluso, oh paradoja de paradojas, de vez en cuando alza su voz para denunciar cierta inmoralidad, cierta falta de ética, cierta injusticia.

Claro, los que somos enemigos del argumento ad hominem quisiéramos evitar situaciones en las que uno se ve forzado a decir cosas como: "pero si el que ha hecho esa denuncia es Álamo Pérez Luna", o "¿qué autoridad tiene Nicolás Lúcar para opinar sobre la limpieza de la esfera pública", o "¿no les parece atroz que uno de los futuros jefes de Hildebrandt en RBC, ni más ni menos que el gerente general, sea el editor, prologuista, biógrafo y ayayero número uno de Fujimori, Luis Alfonso Morey?".

Pero en el fondo no hay problema con decir esas cosas. Porque cuando uno las dice, uno no está proponiendo que cualquier cosa que digan Pérez Luna o Lúcar o Hildebrandt son mentira porque las digan ellos (aunque provoca pensar que ellos las dicen porque son mentiras). Lo que uno está diciendo es otra cosa. Lo que uno está diciendo es: "me gustaría que en mi país los profesionales de la fiscalización y la denuncia tuvieran una formación valiosa y una historia ética limpia". Lo que uno está diciendo es: "basta de medios de comunicación ignorantes e inmorales".

Encuesta ajena

¿Cuál es tu película peruana favorita?

En su blog La Soga, que se publica en la página web del diario El Comercio, Alberto Servat (editor de artes y espectáculos del diario) ha abierto una encuesta: ¿Cuál es tu película peruana favorita?

Acepta sólo la inclusión de largometrajes de ficción, sin contar cintas animadas ni documentales.


Alberto propone su top 5:

1. La muralla verde (1970), de Armando Robles Godoy
2.
La boca del lobo (1988), de Francisco J. Lombardi
3.
Bajo la piel (1996), de Francisco J. Lombardi
4.
Días de Santiago (2004), de Josué Méndez
5.
Madeinusa (2006), de Claudia Llosa

Yo me atrevo a publicar mi propia lista, que se parece bastante:


1. La boca del lobo (1988), de Francisco J. Lombardi.
2. Madeinusa (2006), de Claudia Llosa.

3. Bajo la piel (1996), de Francisco J. Lombardi.
4. Días de Santiago (2004), de Josué Méndez.
5. Tinta roja (2000), de Francisco J. Lombardi.

La diferencia mayor: aunque acepto que las películas de
Armando Robles Godoy eran antes menos malas que las más recientes, todas me parecen, sin excepción, una suma de trivialidades.

Las pequeñas diferencias: entre Días de Santiago y Madeinusa me parece que hay una diferencia de originalidad estética que vale la pena señalar: Llosa es sin duda más atrevida y tiene una imaginación destellante; Méndez es aún en Dias de Santiago bastante más retórico y primerizo (esos pasos del color al blanco y negro, que son el punto menos apreciable de la película, parecen de ejercicio universitario).

Alberto además le da una ayuda a la memoria de sus lectores colocando una lista de cintas peruanas que va desde el inaugural Luis Pardo de Cornejo hasta la segunda parte de Mañana te cuento. (A propósito: ¿eso no les suena involutivo: una especie de salto al vacío?). Yo les sugiero complementar la lista con las cintas que aparecen en esta interesante página web.

Cómo se construye una mentira

Más enseñanzas del maestro del periodismo peruano

En una columna de esta semana en el diario La Primera, César Hildebrandt, escribiendo sobre la reciente bronca grancolombiana deja otra lección de alto periodismo, de esas que sólo un maestro de su nivel es capaz de dar.

El artículo es básicamente un encadenamiento de inexactitudes que prueban que en el campo de la política internacional Hildebrandt no es precisamente más sabio que en sus comentarios sobre cine.

Sería largo (y aburrido, lo acepto) enumerar las imprecisiones y los datos equivocados, así que los dejo sólo con un ejemplo de falsedad flagrante y del uso de esa falsedad para argumentar no falaz sino mentirosamente. Dice Hildebrandt:
"Colombia ha acusado al ­Ecuador, bajo el paraguas de la impunidad puesto por Bush, de 'complicidad con las FARC'. Nada más irresponsable. Ecuador ha destruido, a lo largo de los últimos años, diecisiete bases de la guerrilla colombiana en territorio ecuatoriano y se prestó inclusive para la operación de captura de Simón Trinidad, el llamado canciller de las FARC, hecho ocurrido en pleno Quito y con la colaboración de agentes de la CIA".
¿Cuál es la falsedad, cuál la mentira y cuál la consciente manipulación de la verdad en ese pasaje? Simple: es obvio que las acusaciones colombianas no se dirigen ni a la nación ni al Estado ecuatorianos como entidades históricas, sino al gobierno actual del Ecuador. El presidente de Ecuador, Rafael Correa, aliado de Chávez y protector de las FARC en territorio ecuatoriano, está en ese cargo desde diciembre del 2006. La destrucción de las bases guerrilleras se produjo como parte de un proceso anterior a la llegada de Correa al poder. Y la captura de Simón Trinidad se dio en enero del 2004, es decir, casi tres años antes de que Correa alcanzara la presidencia.

Por supuesto, la cereza sobre el pastel es el título involuntariamente irónico que Hildebrandt le da a su artículo: Verdades sobre Colombia. Si así es Hildebrandt cuando dice la verdad, ¿se imaginan cómo será cuando miente? ¿O es que ya no percibe la diferencia entre una cosa y la otra?

¿Será que en su tránsito del velasquismo al izquierdismo democrático, el conservadurismo radical, el liberalismo y el neoliberalismo y el ultranacionalismo, y en su reciente conversión a las filas de populistas cleptómanos como Chávez, además de su obligado alineamiento y subsecuente renuncia frente a las líneas editoriales de todos y cada uno de los medios de prensa en el Perú, Hildebrandt ya se olvidó de que a veces para construir o reconstruir una historia hay que prestarle atención
a los hechos reales?

10.3.08

La revolución chiquita

El sospechoso baile de la política latinoamericana

Una buena parte del Perú vive resignada a la miseria moral: la miseria de nuestra democracia disfuncional, nuestra economía cadavérica, nuestra legalidad más que precaria, nuestra ley de la selva cotidiana, la inexistencia de nuestros derechos más elementales.

No es curioso que esa resignación, cuando permite, circunstancialmente, el aliento suficiente para una protesta, se ponga a sí misma siempre los límites más pequeños: por ejemplo, la mayoría de los peruanos ya eligió no protestar por la semiesclavitud de las empleadas domésticas, y en su lugar se limita a señalar de vez en cuando los estúpidos reglamentos de una playa en Asia o de un club chorrillano (que no son nada más que la parte más grosera del sistema común al que los limeños de las nuevas y las viejas clases medias y de las clases altas no le han puesto nunca un pero de manera seria y orgánica).


Otro ejemplo: el famoso afiche del Festival de Cine Latinoamericano de la Universidad Católica, cuyo ficticio personaje segregado tuvo el año pasado bastantes más defensores que cualquier peruano de carne y hueso marginado por motivos racistas en la vida real, incluyendo, por supuesto, a aquellos peruanos que venden chicles y cigarrillos en la puerta del Centro Cultural de la Católica cada vez que los activistas implicados en la protesta van a ver una película, comprarse un libro o tomarse un cappuccino con crema.

(No soy ciego para dejar de ver el sentido posible del afiche y el alcance simbólico de la protesta, pero me indigna que tantos se conformen con pelear contra el símbolo cuando jamás pelean contra la realidad que ese símbolo representa).


Nos estamos acostumbrando a reclamar siempre por el caso más pequeño y nunca por el caso mayor. Siempre por la salud del sacrificado más notorio (o el menos numeroso, el más lejano, etc) y nunca por la salud de la masa de sacrificados consuetudinarios.

No es muy distinta nuestra costumbre de reclamar en exclusiva para los poetas los derechos que todos los peruanos deberían tener: cada vez que un poeta envejece en la pobreza alguien protesta y le pide al Estado que solucione esa postergación; en las casas de al lado, envejecen en la pobreza maestros y carpinteros, zapateros y taxistas, vendedores y barrenderos, pero no se pide para ellos lo que se pide para aquél: la pensión especial, la casa gratuita para el desamparado, el reconocimiento público. ¿La razón? Que éste hacía poemas, mientras el de la casa de junto hacía zapatos o mesas. Que esa razón la esgriman --oh casualidad-- otros poetas solo multiplica la atrofia del reclamo.

La semana pasada tuvimos el caso de los arrestos de un grupo de personas, entre ellos ex miembros del MRTA, que regresaban de un cónclave hecho en Ecuador con dinero de la dictadura venezolana --sin duda malversado de las arcas del Estado caraqueño-- y proyectado para ensanchar la base del chavismo y del terror de las FARC.

Cierta ONG ligada a los derechos humanos eligió defender la suerte de una de esas personas, la que está de alguna forma ligada al activismo derechohumanista (y que ha sido en el pasado víctima directa de abusos atroces). Cierto grupo de escritores decidió defender a otra de esas personas, la joven poeta
Melissa Patiño. Cada quien exige el respeto a los derechos de sus colegas o conocidos, nadie defiende el derecho haciendo abstracción de la persona.

Más curioso aún: el único que reclama que se investigue a la policía y a las autoridades que ordenaron el arresto, soy yo, aun a pesar de haber declarado que yo no puedo poner la mano en el fuego por ninguna de las personas detenidas (y esto lo he declarado porque es la absoluta verdad: no conozco a esas personas, como no conocen a Melissa Patiño algunos de quienes firmaron la carta que pedía su libertad inmediata).


Y, sin embargo, muchas personas han brincado al mismo ritmo y se han lanzado encima mío a acusarme como si fuera yo el aliado del gobierno y el "enemigo del pueblo". Yo he escrito hace mucho lo que creo sobre este gobierno: sus autoridades máximas deberían estar en la cárcel desde hace varias décadas; los asesinatos en la huelga de las semanas pasadas no hacen sino reforzarme en la idea.

Eso, ciertamente, no significa que al otro lado todo sea transparencia: que Alan García se pare en una esquina del ring y Hugo Chávez en la otra no convierte a ninguno de ellos en la gran esperanza del porvenir latinoamericano: el panorama continental es lamentable: por un lado violentistas populacheros y megalomaníacos con un profundo desprecio por las leyes, como Chávez, Morales y Correa; por otro lado, falsos demócratas que quieren vivir bajo el ala protectora de los Estados Unidos y que entienden la ley como una simple apariencia, como Alan García y Álvaro Uribe. Y pululando por allí políticos tradicionales dispuestos a cualquier alianza para lograr sus objetivos, como Michelle Bachelet. ¿Por qué tendría uno que estar obligado a tomar partido por alguno de esos especímenes?

En un contexto así, no hay que ser ni macartista ni paranoico para sospechar. ¿Qué cosa que haga Alan García no es digna de sospecha? ¿Qué cosa que haga Hugo Chávez no es digna de sospecha? ¿Quién se puede aliar con uno u otro y reclamarse transparente, inmaculado, inocente, insospechable? ¿Quién que se quede callado cuando el gobierno mata huelguistas puede exigir respeto a su buen nombre? ¿Quién que aplauda las persecuciones, las exacciones, los atropellos y los crímenes de Chávez o Castro puede pedir que nada de ese barro salpique su prestigio o manche su reclamada inocencia? ¿Quién que denuncie los delitos de uno pero celebre los del otro puede esperar ser visto como una persona íntegra?

Foto: AP, tomada de aquí.

Todos somos poetas

Más sobre la detención de Melissa Patiño


Pasé los últimos cinco días en El Paso, Texas, en el XIII Congreso de Literatura Mexicana.
A eso se debe que el blog haya quedado congelado la última semana y que recién el viernes encontrara algún tiempo para subir los comments que habían llegado.

Recibí en esos días un email, de Rodolfo Ybarra, con enlace a un video de YouTube, que decía, textualmente:

"Estimado Faverón, ésta es la forma en que un Estado fascista trata a sus escritores y artistas, inventando motivos delirantes para encerrar a una poeta y reprimiendo —luego- a quienes se oponen a la barbarie. Así como posteaste ese video de Raúl Reyes relacionándolo con el "caso Patiño" te invito a postear este vídeo".

Cumplo con publicar el video.

Quienes siguen discutiendo mi observación de que el pedido público de libertad para Melissa Patiño se ha construido básicamente a partir de la identificación de Patiño como poeta, podrán prestar atención a ciertos puntos del video.

Por ejemplo, que en él los manifestantes repiten varias decenas de veces la frase “suelten a Melissa” pero no se acuerdan de los otros detenidos en ningún momento. Que los manifestantes dicen más de una vez cosas como “quieren meter presos a los poetas”, “este Estado fascista… mete preso a poetas”, “acá todos somos poetas y artistas”, “es una chica joven de veinte años", "¿no tienen hermana, no tienen hija?”

Para mí sigue clarísimo: el mensaje más insistente en todo esto no es que Melissa Patiño sea inocente, sino ese torpe lugar común de patio universitario según el cual los poetas (sobre todo los poetas jóvenes) son intocables.

Sobre Patiñoen particular, ya lo dije: en términos legales y judiciales, si ha sido detenida sin pruebas debe dejársela libre e investigarse y castigarse a quienes cometieron el abuso. Si queda libre hoy, como se rumorea, eso no debe marcar el final del caso: debe saberse a qué respondió la detención, sus causales y sus instigadores.Pero, políticamente, ya va siendo tiempo de que la gente deje de hacer cosas como participar en cónclaves de apoyo al terrorismo internacional para luego poner cara de ofendido cuando se le señale como parte del asunto del que participan.

(¿O es que porque Chávez dice que las FARC no son terroristas, entonces uno debe olvidarse de que se trata de una partida de asesinos y secuestradores que han pasado décadas humillando y vejando gente, torturando y bombardeando, demostrando el más absoluto desprecio por los derechos humanos? Y a propósito... ¿dónde están las protestas indignadas de gente como Víctor Delfín o Rodolfo Ybarra por los rehenes de las FARC, por las personas a las que Reyes iba a matar al día siguiente y las que mató el día anterior, por la protección de las FARC al narcotráfico, por los periodistas que Chávez persigue y encarcela si se atreven a criticarlo, por los medios de comunicación vetados y amordazados por el régimen chavista? ¿Será que esos delitos no existen mientras no toquen a un joven poeta amigo de uno?

PD: Mi posición acerca del derecho del pueblo (y sus organizaciones) a protestar contra el evidente autoritarismo y la prepotencia del gobierno de Alan García ya debería haber quedado bastante clara en un post de hace muy pocos días, que pueden revisar aquí.

3.3.08

La inocencia del poeta

Sobre la santidad de quien escribe poesía



La poeta Melissa Patiño ha sido detenida por la policía cuando venía de Ecuador como parte de un grupo de delegados presentes en un congreso de la chavista Coordinadora Continental Bolivariana, donde el invitado y orador central era ni más ni menos que el hoy fallecido Raúl Reyes, número dos de la organización terrorista colombiana FARC.

No tengo elementos de juicio para saber el grado de inocencia de Melissa Patiño, ni conozco las leyes como para opinar si su sola presencia en un acto público de la organización chavista (o la compañía del ex emerretista Roque González) la hacen parte de un delito. Supongo que no. Ciertamente no la hacen más inocente. No creo que el gobierno peruano tenga la intención de capturar a quienes nada planean, ni que quiera comprarse un lío adicional con Chávez mientras no sea imprescindible; pero no voy a esgrimir la sospecha para probar la sospecha, claro está.

Lo que sí quiero decir es que por primera vez en mucho tiempo, quizá por primera vez desde los años de la fascista e infame Operación Cóndor, en América Latina hay un puñado de gobiernos decididos a apoyar y promover el terrorismo coordinadamente, y que la reciente bravata matonesca de Hugo Chávez lo demuestra claramente.

Para no hablar del presidente de Ecuador, Correa. ¿Cómo es que los ecuatorianos no están exigiendo a gritos la renuncia de ese papanatas que reclama por la incursión del Ejército Colombiano pero se queda tan campante y feliz cuando una compañía de las FARC, armada hasta los dientes, viola su frontera y hace campamento en tierras ecuatorianas para planificar desde allí sus nuevas incursiones en territorio colombiano? ¿A qué otros grupos está dispuesto a alojar Correa? ¿También será tan amable, servicial, tan buen anfitrión, con los remanentes del
MRTA y las columnas aún activas de Sendero Luminoso?

Evo Morales, aliado natural de Correa y Chávez, espera su momento para saltar. Y lo peor es que Uribe, por supuesto, no es un santo, y Alan García muchísimo menos. Y Michelle Bachelet, para quien lo dudaba, ya dejó en claro una vez más que no es sino una manzana podrida en una caja en la que sobran las manzanas podridas.

Me llegan muchos comunicados, emails de personas que exigen la liberación inmediata de Melissa Patiño. Si es lo que procede legalmente, por supuesto que hay que exigirla. Pero, cosa curiosa, todos esos mensajes coinciden en algo: los escribe gente que dice que Melissa es inocente por completo y ofrece las siguientes pruebas: que Melissa tiene apenas 20 años; que quienes suscriben las cartas han hablado con ella un par de veces y les pareció buena gente; que Melissa escribe poesía; que colaboraba en un colectivo poético muy rico y productivo.

¿Alguien me explica desde cuándo es el interés literario lo que hace inocentes a las personas? Yo, en mis años de universidad, también conocí a muchos chicos y chicas, jóvenes de veinte años o incluso menos, con gran interés en la poesía o en la danza moderna, muy activos en la promoción de las artes, con quienes hablé no una sino muchas veces y siempre me parecieron buena gente, y que resultaron sumergidos en Sendero Luminoso hasta el cogote.

Lo repito: Melissa Patiño puede perfectamente ser del todo inocente; es más: ojalá lo sea. Y es obvio que nadie tiene derecho a tratarla a ella ni a nadie más fuera de los límites de la ley. Y es igualmente claro que no podemos convertir el Perú en un estado policial en el que la sola expresión de un ideal político sea causal de arresto, aunque entiendo que una Coordinadora no coordina ideas, sino acciones.

El comunicado que vienen circulando quienes piden la liberación inmediata de la joven poeta, dice: "Los abajo firmantes que conocemos a Melissa Patiño sabemos que ni sus acciones ni su posición política tienen cercanía alguna al de algún movimiento subversivo marxista leninista peruano o internacional".

Si ven el video que abre este post, en el que aparece el programado orador central del congreso del que volvía Melissa, verán la bandera que flamea detrás suyo: "La Insurgente Comunista Bolivariana", en honor de Sonia, una de las heroínas de las FARC, presa por terrorismo y narcotráfico desde hace varios años. El lema, sumado a las palabras de Reyes, que parece una fusión de cavernario y secuestrador, no hablan demasiado bien del perfil de dicho congreso ni de la limpieza de la Coordinadora. Y lo dejan a uno pensando: ¿es que en verdad alguien puede tomar parte de un congreso así y no tener "cercanía alguna" con movimientos subversivos internacionales? ¿Es que acaso la Coordinadora Continental Bolivariana es otra cosa que eso?

Pero, volviendo a mi tema: la gente que reclama la libertad de Melissa en función de su edad o de su gusto por la poesía, esa gente bien podría comenzar a explicar qué demonios tiene que ver una cosa con la otra. Si Melissa Patiño es inocente, merece la libertad como la merece cualquier peruano: por ser una ciudadana peruana y por ser una persona con los mismos derechos de todos, no porque su estatus de poeta joven la coloque por encima de las leyes humanas.

2.3.08

Son ficciones, pues

Sobre Laura Bozzo y otros síntomas de miseria

Hace muchos años, quizá nueve, cuando yo era editor de la revista Somos, publicamos un largo reportaje de Elsa Úrsula sobre el programa de Laura Bozzo: era la versión impresa y ampliada de un informe que ella había hecho para un canal de televisión pero que jamás había llegado a transmitirse.

El informe probaba no un caso suelto de falsedad en el programa: demostraba muchos, y ofrecía testimonios directos de los testigos mentirosos que se hacían pasar una semana por mujeres infieles, a la semana siguiente por hermanas incestuosas y a la próxima por prostitutas arrepentidas.

Roberto Bustamante dice en su blog que a
Laura Bozzo se le podrían descubrir y probar esos casos a razón de cien al día y que, sin embargo, eso nunca afectará su credibilidad, porque el hecho es que en el fondo nadie le cree: afirma Bustamante que todos los peruanos aceptamos que las historias que muestra la Bozzo son "ficciones", que nuestro código de lectura para sus esperpentos televisivos es el mismo con el que vemos telenovelas o películas, básicamente.

Es posible. Pero de ser cierto, sería una miserable realidad, y no una que debamos dejar de denunciar. Porque sería sólo un síntoma adicional en una enfermedad que nos carcome desde hace mucho.

Todos parecemos saber, por ejemplo, que los políticos mienten y que no es necesario reaccionar ante ello: el discurso ético de los políticos, ¿es una "ficción"?. Todos sabemos que los funcionarios roban: ¿sus defensas de la moral no son mentiras sino ficciones?. Todos sabemos que en la mitad de las casas de clase media o alta en Lima vive gente sometida a un régimen de semiesclavitud, pero creemos en la "ficción" de que la esclavitud se terminó con
Ramón Castilla.

Hay maneras muy complejas de diferenciar entre mentira y ficción, y maneras muy sencillas de diferenciar ficción de realidad. Acá una obvia sobre esto último: en las ficciones no mueren personas de carne y hueso; en la realidad, sí.
En las ficciones, no son personas de verdad las que se mueren de hambre trabajando siete días por semana, dieciocho horas al dìa, a cambio de la quinta parte de un sueldo mínimo. En las ficciones, no es la pobreza de verdad la que lleva a personas de verdad a lamerle las axilas a otras personas de verdad a cambio de una miserable propina.

¿Qué es lo que Roberto Bustamante debería considerar pero deja de lado? Primero, el hecho de que Laura Bozzo no es Flaubert ni Tolstoi. No crea ficciones. Cuenta mentiras. Y las construye con seres reales, que sufren de verdad, y sus mentiras no son ni una representación ni una válvula de escape para el sufrimiento de la gente y el abuso en el que vive: son parte de ese sufrimiento y de ese abuso. En otras palabras, sus mentiras se producen en el terreno de la realidad. Por eso --así de fácil-- no las podemos llamar ficciones: las ficciones se producen en otro plano del discurso, y son exclusivamente discursivas.

Si empezamos a llamar "ficción" a la mentira, habremos encontrado la perfecta excusa para no luchar contra casi ningún tipo de injusticia social. Porque, ¿para qué luchar contra una ficción? ¿Acaso somos idiotas o locos? ¿Acaso somos Quijotes para correr a estrellarnos contra molinos de viento?

Claro, yo puedo sentarme cómodamente en la sala de mi casa en Maine y decir que Laura Bozzo no es una estafadora sino una autora de ficción, que lo que pasa es que a los peruanos nos gusta mucho el drama en la tele y que los personajes degradados que aparecen en ese programa son actores amateurs que simplemente representan un rol que les ha sido asignado (habrá de ser pura casualidad que se trate también de las personas más pobres, marginadas y lumpenizadas de nuestra sociedad).

Pero, personalmente, preferiría que no nos cansáramos de señalar que a nadie le gusta vivir en la miseria, en la ignominia, en la perpetua obligación de sobrevivir con las uñas, obligado a vender su dignidad a cambio de limosnas, a ser expuesto en una jaula como un prisionero de la pobreza, dando brincos a cambio de mendrugos, revolcándose en la comisión pública de injurias y falsos testimonios por una propina.

Nada de eso es una simple ficción, nada de eso es realidad hecha ficción o ficción encubierta de realidad, como sugiere Roberto Bustamante, perdiendo de vista, me parece, el aspecto ético y moral del asunto. Eso, pienso yo, es una manera de degenerar el discurso de la postmodernidad (recordemos que hasta el mismísimo Baudrillard tenía un fuerte sesgo moral detrás de sus propias elaboraciones sobre la irrealidad y el simulacro, y que ese sesgo se inclinaba a la denuncia de la deshumanización engendrada en el capitalismo). Es usar el discurso de la postmodernidad para describir la degradación del prójimo como si fuera un espectáculo cualquiera y su caída en la servidumbre a manos de una demagoga despreciable como si fuera un simple show mediático.

Si lo de Bozzo fuera simplemente teatro, sus "actores" no regresarían cada tarde a sus casas siendo, en el sentido más humano del término, un poco más miserables que el día anterior. Nadie a quien la suerte o el destino hayan librado de la penuria de esa experiencia puede dejar de señalar que el programa de Bozzo es una criminal forma de explotación de la pobreza de los más necesitados. Si no lo denuncio, me hago cómplice.

Imagen: Godzilla: así son los monstruos de la ficción: nunca han registrado ninguna víctima en el mundo real.