17.8.07

El envío

Un poema de Watanabe circula por todo el Perú

"Una delgada columna de sangre desciende desde una bolsa de polietileno hasta la vena mayor de mi mano. ¿Qué otro corazón la impulsaba antes, qué otro corazón más vigoroso y espléndido que el mío, lento y trémulo? Esta sangre que me reconforta es anónima. Puede ser de cualquiera. Yo voy (o iba) para ser misántropo y no quiero una deuda sospechada en todos los hombres. ¿Cuál es el nombre de mi dador? A ese solo y preciso hombre le debo agradecimiento. Sin embargo, la sangre que está entrando en mi cuerpo me corrige. Habla, sin retórica, de una fraternidad más vasta. dice que viene de parte de todos, que la reciba como un envío de la especie". (J. Watanabe).

La información acerca de cómo hacer donativos (de sangre, de ropa, de dinero, etc) para las víctimas del terremoto en el Perú pueden verla aquí. Sobre cómo hacerlo desde Estados Unidos, vean esta otra página.

10.8.07

Románticos e ingleses

Observaciones sobre el ombliguismo británico y una nimia homonimia

Leyendo el blog de Iván Thays me encuentro con un nuevo top 20 publicado por The Guardian, un diario muy aficionado a los ránkings literarios y que esta vez ha dado a conocer una lista de las veinte historias más románticas de la literatura mundial elaborada a partir de una encuesta comisionada por un canal de televisión de Inglaterra.

Una curiosidad del ránking, al menos para mí, es el hecho de que en esa nómina de historias románticas (historias de amor) no haya ni una sola que provenga, propiamente, del romanticismo, o que se construya bajo sus principios: ni siquiera las que fueron escritas aún en la época de la segunda generación romántica inglesa --las de Emily Brontë y Jane Austen, por ejemplo-- son novelas románticas románticas.

(Es cierto que esta firmación es discutible en el caso de Emily Brontë; pero yo tengo la impresión personal de que lo que parece romántico en Wuthering Heights se encuentra más en la huella escénica de lo gótico que en una adhesión profunda de Brontë a la mirada romántica en cualquier sentido determinante).

Pero la observación más difícil de evitar es otra: ¿se han dado cuenta de que, de las veinte obras mencionadas, sólo dos --Doctor Zhivago, de Boris Pasternak, y La guerra y la paz, de León Tolstoi-- fueron escritas en un idioma distinto del inglés? (De hecho, el ombliguismo anglófilo de The Guardian es tan apabullante, que, por un momento, como Iván, yo también creí que se trataba de un ránking referido sólo a las historias de amor de las letras inglesas).

¿Qué pasó con Madame Bovary? ¿Qué pasó con Notre-Dame de Paris? ¿Qué pasó con El amor en los tiempos del cólera? ¿Y Tirant lo Blanc y El caballero de la carreta?

9.8.07

El intelectual veleta

Un personaje que todos conocemos

Hace unas semanas compartí con los transeúntes de este puente un pequeño texto de Thomas Bernhard, originalmente aparecido en su libro El imitador de voces. Aquí va otro, dedicado con mucho cariño a medio mundo académico y un poquito más. La traducción, nuevamente, es dudosa y mía, hecha inglés mediante.

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Carácter

En Viena habíamos invitado a cenar a un así llamado
scholar con el objetivo de que nos pusiera al día acerca de las modas del mundo intelectual y el mundo artístico, algo sobre lo cual habíamos tenido siempre el más vivo interés. De cualquier manera, en lugar de satisfacer nuestro deseo de adquirir un mayor conocimiento de filosofía, literatura y arte, el scholar, un reconocido profesor de la Universidad de Viena, usó nuestra invitación con el solo propósito de ilustrarrnos acerca de lo que, en su opinión, era el mal carácter de aquel colega suyo que recientemente había publicado un libro sobre el mismo tema que ha sido objeto de los estudios de toda una vida de nuestro invitado. Al día siguiente, nuestro invitado estuvo en casa de uno de nuestros amigos, quien es a su vez amigo del profesor al cual nuestro invitado había menospreciado del modo más vil la tarde anterior, y en esa nueva reunión el invitado no dudo en afirmar que su rival ocupaba el lugar preeminente, por encima de todos los demás en su campo, no sólo en lo que respecta a su carácter, sino también en lo relativo a su trabajo académico.
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¿Qué puedo agregar? Sólo que lamento que Bernhard no haya dado nombres propios, porque puedo jurar, no importa cuán anacrónica y absurda resulte mi aseveración, que yo a esa pesona la conozco. Y bajo varios nombres.

6.8.07

El séptimo susurro de París

Reseñas recientes y lecturas cruzadas

Se me agudiza la confusión lectora: hace unos días llegaron subitáneamente (es decir, súbita y simultáneamente) a mi casilla de correo tres novelas que quería leer (El enigma de París, de Pablo De Santis; El susurro de la mujer ballena, de Alonso Cueto; El sétimo velo, de Juan Manuel de Prada) y no he tenido mejor idea que comenzarlas todas a la vez: llevo unas quinientas páginas leídas en total pero aún no termino ninguno de los libros.

Pero se me ha antojado adelantar una frase sobre cada uno: la novela de De Santis, diría yo, es gozosa y disfrutable, como todas las suyas, aunque seguramente El calígrafo de Voltaire sigue siendo su mejor libro; la de Alonso es cautivadora y peculiarmente sensible, y me parece superior a las otras novelas de su última época, lo que no es poco decir; la de Juan Manuel de Prada es una odiosa obra cuasi maestra --ni tan odiosa ni tan maestra como Las máscaras del héroe, a mi juicio, pero no hay que esperar mucho de mi juicio en estos días de trabajos forzados.

Mientras yo termino de hacerme un feliz camino entre esos libros (me gustaría reseñarlos, ojalá me alcance el tiempo), les dejo críticas de ellos aparecidas en diversos medios, y de una vez aprovecho para enlazar otros comentarios literarios de interés publicados en fechas recientes (el de Javier Ágreda sobre el último libro de Ludo Castañeda, por cierto, me parece injusto pero, como siempre, serio y respetable; el de El enigma de París, de Miguel García Posada, es bastante descalabrado; el de Olga Ulloa sobre la novela de Daniel Alarcón es absolutamente trivial y lo consigno aquí solo para que los lectores noten más el contraste ahora que la página de reseñas de Correo pasa a manos capaces).

Reseña de El séptimo velo, de Juan Manuel de Prada, en Radar Libros, de Página/12.
(Extracto de El séptimo velo, en ABC).
Reseña de El enigma de París, de Pablo De Santis, en ABCD, de ABC.
Reseña de Fotografías de sala, de Luis Hernán Castañeda, en La República.
Reseña de El susurro de la mujer ballena, de Alonso Cueto, en ABCD, de ABC.
Reseña de Puta linda, de Fernando Ampuero, en ABCD, de ABC.
Reseña de Radio Ciudad Perdida, de Daniel Alarcón, en Correo.

¿El regreso de Mario Levrero?

El discurso vacío y Dejen todo en mis manos

Me ha dejado muy contento enterarme, a través del blog de Iván Thays, de que dos novelas del maestro uruguayo
Mario Levrero han aparecido en ediciones nuevas de la casa Caballo de Troya, en España. Se trata de libros extremadamente disímiles: Dejen todo en mis manos y El discurso vacío, que originalmente fueron lanzados en discretas ediciones uruguayas de las editoriales Arca (1994) y Trilce (1996), respectivamente.

La nouvelle
Dejen todo en mis manos es uno de los libros más peculiares de Levrero: la historia de un escritor fracasado que recibe de su editor el encargo de rastrear el paradero de una joven y anónima promesa de las letras nacionales. A cambio de ello, el editor está dispuesto a publicar la última novela del improvisado detective. La historia, contada en un lenguaje voluntariamente descuidado, resulta dominada por un tono de humor negro y autoparodia que, de paso, fomenta la sátira acerca de los circuitos literarios y su mecanismo editorial.

El discurso vacío, en el polo opuesto, es puro lenguaje, pura divagación, pura observación, y en ella la línea argumental resulta, más que tenue, inexistente: un escritor se fuerza a una suerte de terapia caligráfica, en el convencimiento de que el acto puramente físico de ejercitar la escritura habrá de limar los excesos de su carácter; el resultado es un cuaderno de anotaciones oscilantes, que pasa de unos temas a otros en lo que parece el imperio de la mayor arbitrariedad.

Las dos narraciones, a pesar de las distancias, coinciden en perfilar la preocupación notoriamente metaliteraria y reflexiva que animó la literatura de
Levrero en años recientes: la novela que triunfa, paradójicamente, al ser una reescritura del fracaso (Dejen todo en mis manos); la novela que, al cobrar forma de modo casi inopinado, da forma, en cambio, al espíritu de su propio autor (El discurso vacío).

Yo, que he tenido que leer toda la obra de
Levrero en ejemplares de biblioteca, que he rastreado sus libros hasta el cansancio, y que sólo poseo los que la buena Gabriela Sanseviero me ha podido enviar desde Punta del Este, doy fe de que el noventa por ciento de la obra de Levrero es inhallable en librerías de todo el mundo hispano. (Gabriela, que administra El Virrey de Uruguay, incluso ha ofrecido fotocopiarme sus ejemplares de ciertos títulos, porque sabe bien que es virtualmente imposible encontrarlos).

De modo que esta noticia es más que saludable, y ojalá sea el presagio de un relanzamiento en toda la línea de la estupenda "Trilogía involuntaria": las novelas El lugar, La ciudad y París (que bien se merecerían esa edición conjunta y definitiva de la que un amigo me habló tiempo atrás).

5.8.07

Prêt-à-porter

Vestidos, artes y letras de México

Y hablando de Laura Esquivel: ¿a qué se debe la moda entre las escritoras mexicanas de vestirse como si fueran indígenas cuando claramente no lo son? ¿O la moda es vestirse como Frida Kahlo?

Yo esto lo pregunto sólo porque me llama la atención, no porque tenga una respuesta pensada sobre el tema.

Desde hace años es claro, por ejemplo, que las carátulas de los libros de muchos escritores de la avalancha del US-Latino explotan inmisericordemente una veta iconográfica hecha para el gusto gringo: imágenes de mujeres de piel de bronce reluciente y largos cabellos negros, como hechas de barro, algo así como unas Pocahontas de confusa estirpe semihispana.

Pero es innegable que resulta incluso más vendedor cuando el lector se encuentra con que no sólo las imágenes en la carátula corresponden a sus prejuicios sobre lo que deben ser los latinoamericanos y cómo deben lucir, sino que los autores mismos cuadran perfectamente dentro de la prescripción.

Todo esto puede parecer trivial, pero deja de serlo cuando uno toma en cuenta que escritoras como Elena Poniatowska (izquierda) y Laura Esquivel (arriba, derecha), han escrito parte de su obra literaria en el límite mismo de la asunción de la voz de personajes indígenas.

(A propósito: es sabido que Frida Kahlo decía ser hija de un judío húngaro, aunque era hija en verdad de un luterano alemán. Elena Poniatowska, por su parte, nació princesa en París, hija de un príncipe polaco. Yo no soy ni nacionalista ni chauvinista, pero cualquiera tiene derecho a preguntarse hasta qué punto es justo que esos sean los rostros más célebres de la mujer indígena mexicana. ¿No creen?).

Otro crack

Entrevista a Ricardo Chávez Castañeda

Me ha tocado conocer a escritores mexicanos de muy diversos tintes durante los últimos años, desde Laura Esquivel, en Middlebury, hasta Jorge Volpi, en Cornell, y alguna que otra correspondencia incidental he tenido con gente tan talentosa como David Toscana.

El más divertido de todos, en ese grupo de gente indudablemente divertida, es sin duda el novelista Ricardo Chávez Castañeda, con quien tengo el placer de compartir trabajo durante estas últimas semanas.

Ricardo es un escritor peculiar (otro de "los raros" latinoamericanos de los que hablé no hace mucho): miembro del Crack mexicano junto a Volpi, Padilla y Urroz, es autor de novelas y cuentos muy idiosincrásicos, llenos de personajes inusitados que habtian universos gobernados por una lógica sui generis, donde el asombro existencial y la inminencia de la muerte son los rasgos más recurrentes.

Una estudiante y amiga mía, Casey Freedman, de Bowdoin College, y yo, le hicimos una pequeña entrevista a Ricardo días atrás, a raíz de su última novela, El libro del silencio, para publicarla en el boletín de la Escuela de Español de Middlebury. Se me ocurrió que no sería mala idea colocarla aquí también, sobre todo considerando que los libros de Ricardo no se distribuyen en el Perú, y que no está de más, entonces, dar a conocer un poco más su nombre por esas tierras.

Entrevista a Ricardo Chávez Castañeda

“NO ME GUSTA LA REALIDAD”

—Como lector, ¿cuál es la literatura que prefieres?

—Siempre leo ficción. Casi no leo otra cosa. No me gusta la realidad: sólo me acerco a los libros de historia, o incluso de ciencias, cuando necesito investigar para una novela o para un cuento que esté escribiendo.

—Es decir, sólo te enfrentas a la realidad para transformarla en ficción.

—Exacto. Incluso, cuando escribo, trato de no ubicar mis historias en ningún sitio real: invento ciudades y pueblos, o, si es que tomo lugares existentes, invento una región dentro de ellos que es completamente ficticia. Y trato de que todo lo que ocurre allí sea también imaginario. En “El libro del silencio”, por ejemplo, creo un espacio en el que incluso el clima y los fenómenos atmosféricos son imaginarios: en esa novela hay, cerca del lugar donde viven los personajes, unos yacimientos de carbón que hacen combustión de manera imprevisible, de modo que las personas pueden incendiarse y arder en cualquier momento.

—¿Los mundos imaginarios te parecen más interesantes que el mundo real?

—Es que el mundo real es un límite, la realidad es un límite. Puedo empezar a partir de allí, pero para ir a lugares imaginarios. Por ejemplo, en la época del virus del ébola, escribrí un relato en el que había una enfermedad que se contagiaba de inmediato, apenas alguien se hacía una herida y sangraba: me interesa ese tipo de imaginación, que no es literatura de terror, pero que está cerca.

—Incendios súbitos y enfermedades que se contagian de inmediato...

—Sí, me interesa crear mundos en los que cualquier desgracia puede ocurrir sin anuncios, de improviso. Mis relatos suelen tener que ver con el miedo de la muerte y la necesidad de la supervivencia. Casi siempre recaigo en esos temas. Yo creo que el arte revela tus obsesiones, que hay cosas que no puedes dejar de ver. Escribiendo, descubres esas cosas: yo he descubierto mi lado trágico, mi lado siniestro. Y mis obras vuelven a ello cosntantemente. Pienso que todos los seres humanos nos especializamos en ver partes del mundo, pero no decidimos qué partes: esas cosas que vemos son nuestras obsesiones. Ser “honesto”, en el arte, ser “sincero”, es mantenerse cerca de esas obsesiones.

—Tú escribes literatura infantil y juvenil, además de tus otras novelas y cuentos. El argentino Pablo de Santis, que también vive en esos dos mundos, dice que él no distingue entre ambos. ¿Tú sí?

—Sí, yo sí. Yo creo, aunque no suene bien decirlo, que la literatura infantil tiene la obligación de dar esperanzas. La otra no. Yo en mis libros que no son infantiles ni juveniles, nunca encuentro esperanzas: mis historias suelen ser trágicas, incluso pesimistas.

—Y tú eres padre de una niña. ¿Has buscado ayuda de ella para escribir tus libros?

—Sí. Una vez le di a mi hija, Fernanda, otros libros que he escrito, como “La valla” y “Mañanario”. Y luego me di cuenta de que la impresionaron mucho, porque son muy duros. Entonces le dije que estaba imaginando una historia sobre un hombre que escribía cuentos y que quería regalarle uno a su hija. Pero el hombre era como un rey Midas que todo lo que tocaba lo convertía en tragedia. Y Fernanda me dijo “esa historia me parece conocida”. Y es verdad, porque así soy yo.

—Se te identifica con la generación del Crack mexicano, que rechazó la idea de la literatura nacional, la necesidad de hablar sobre México, además de rechazar el realismo mágico, etc.

—Sí. Yo no tengo muchas afinidades estéticas con la otra gente del Crack, pero el hecho es que en mi obra puedes descubrir también que soy muy lejano del realismo social o del realismo mágico. Y tampoco siento ninguna necesidad de hablar sobre México. ¿Por qué un mexicano tendría que hablar de México o un peruano del Perú? Yo me siento, como lector, más cerca de escritores como César Aira, o el serbio Goran Petrović, o el austriaco Thomas Bernhard, los escritores obsesivos y los que quieren romper conceptos tradicionales, romper estructuras, romper tradiciones nacionales.

4.8.07

Víctor Mural, reseñista y profeta

Sobre cómo no es necesario saber de qué se habla para seguir hablando

El expoeta
de inciales VC --también conocido como Víctor Mural desde que sus versos abandonaran su PC y triunfaran en las paredes de los WC de EC-- tiene una política peculiar en lo que atañe a la administración de comentarios en su blog.

Él los escribe anónimamente y los responde de igual forma; en unos insulta a diversas personas, en otros las defiende; en unos más se agrede a sí mismo, en otros se indigna por los ataques autoendilgados.

En suma, la sección de comentarios de su blog es como un circo de cuatro pistas que en todas ellas ofreciera una misma rutina: la de un juglarcillo acantinflado que la emprendiera a cachetadas de ida y vuelta contra sí mismo con tal de atraer la atención de algún distraído expectador.

A veces, sin embargo, en el baile de máscaras de esos seudodiálogos, algo interesante asoma. Miren, si no, este texto suyo (que como rara excepción ha publicado con su propio nombre):
"Al primer libro de Alarcón, traducido como Guerra en la penumbra, lo leí prestado por Oscar Malca. Me sorprendió favorablemente y por eso le hice una nota en Somos el año 2004, antes que todos. De Castañeda leí Hotel Europa y el último. De Hotel Europa publiqué una reseñita favorable en la misma revista. De Fotografías de Sala tengo una opinión más positiva que la de Ágreda, pero como le han hecho tanta propaganda facilona, no creo que escriba una reseña. Sobre la antología firmada por Ruiz, Disidentes, no la he leído porque con lo que cuesta he preferido comprar otros libros más importantes. No me parece trascendente la verdad".
Mural se ufana de haber escrito "antes que todos" sobre la traducción al español del primer libro de Daniel Alarcón. Lo curioso es que dice haberlo hecho en el año 2004, es decir, dos años antes de que apareciera la traducción al español y... un año antes de que fuera publicada la versión original en inglés (lanzada el 29 de marzo del 2005). Mural dice haber leído y disfrutado un ejemplar del libro War by Candlelight cuando Alarcón estaba aún, probablemente, escribiéndolo (y recordemos, a todo esto, que Mural no es precisamente un hablante de inglés).

Más allá del afán ferrandesco y más allá de lo irrelevante de su "yo lo descubrí", provoca decirle a Mural que quizá él llegó, en efecto, "antes que todos", porque los demás sólo comentan cosas que han leído. Y cosas que existen.

Más curiosidades: Mural declara que no escribirá una reseña sobre el libro más reciente de Luis Hernán Castañeda porque a dicho libro ya le han hecho demasiada "propaganda facilona". La frase es muy sintomática acerca de la visión que Mural tiene de su antiguo oficio de reseñista: las reseñas, piensa, están allí para promover o para obstaculizar, no para abrir un diálogo literario.

Y, en la misma línea, sobre la antología Disidentes, de Gabriel Ruiz Ortega, declara que no es un libro importante ni trascendente. Pero también dice no haberlo leído.

Pero la frase más interesante, sin duda, es la última: "no me parece trascendente la verdad". Es llamativo que el lapsus que lleva al autor a olvidar la coma después de la palabra "trascendente", termine por generar la única frase verdadera y verosímil del párrafo: a Mural no le parece trascendente la verdad. De hecho, jamás le parece relevante decirla.

2.8.07

Un año hecho de penúltimos días

El blog más leído por los cubanos cumple su primer aniversario

Una de las varias cosas buenas que estas semanas en Middlebury me han brindado ha sido la oportunidad de conocer a dos nuevos amigos cubanos: Esther Hernández, profesora de teatro del Claremont McKenna College, de California, y su pareja, el poeta Néstor Díaz de Villegas.

Los dos son una fuente inacabable de historias: historias de Cuba, sobre todo, de la vida cotidiana en el eterno régimen de Fidel Castro: tanto Néstor como Esther nacieron ya con la dictadura en el poder, y Néstor pasó cinco años de su vida en una cárcel cubana por haber escrito un poema que no le pareció correcto a los árbitros de la revolución. Un solo poema. Y él tenía apenas dieciocho años de edad.

Néstor, escritor de opinión para el Miami Herald, la revista Letras Libres y el sitio web Cuba Encuentro, es además uno de los fundadores de la bitácora más leída de la blogósfera cubana: Penúltimos Días, que acaba de cumplir un año de nacida y que les quiero recomendar de todo corazón: es polémica y es debatible --como son todas las cosas inteligentes-- y tiene muchos artículos de enorme calidad (por ejemplo, los del mismo Néstor, los del novelista José Manuel Prieto, o los de Ernesto Hernández Busto, quien dirige el sitio).

El nombre del blog, por cierto, Penúltimos Días, es una alusión al inacabable, al inasible, al siempre esperado fin que nunca llega (pero que ha de llegar: nadie se muere en la víspera, aunque algunas vísperas parezcan interminables): el fin del dictador cubano.


Los invito a leer un par de esos artículos:
este en el que Néstor hace un balance del primer año del blog y este otro en el que escribe sobre el asunto de "La Raza" en el contexto de la ciudad donde él vive: Los Angeles. Y, por si acaso, por adelantado y sin permiso del autor, copio aquí debajo un poema suyo también aparecido en Penúltimos Días:

Narciso

En la boca virada por los años
en la torva mirada del Alzheimer
en el casco o pezuña desgastada
en el mono de Adidas y en la sangre
en la mano, en la uña y en el ganglio
en el diente postizo y en la barba
en el gris verdeolivo de la plancha
en la mancha de viejo y en el cáncer
en el paso inseguro y en el saco
lleno de polvo y mierda enamorada
en el pelo canoso y en la franja
en la risa, en la grieta y en la zanja
en el culo, en el colon y en la próstata
bocabajo, de frente y de espaldas
pronunciando el discurso de un apóstata
la soberbia chochera iconoclasta
en la pata del diablo y en la casta
en el culo, en el casco y en la tranca
en la cerviz de atleta que remanga
en el rayo de artista que descarga
su fogón itifálico en la Patria
de los tres trozos clásicos de caña
en el yayay, la yaya y en la ñáñara
de este muerto que en vida te acompaña
mírate Cuba y húndete en sus aguas.

1.8.07

Ortega sobre Alfredo Bryce

¿Una lucha contra la noción de autoridad?

Los lectores de Puente Aéreo recordarán que, entre las muchas acusaciones de plagio hechas en contra de Alfredo Bryce Echenique, una afirma que su prólogo a la edición de los Cuentos completos de Julio Ramón Ribeyro en Alfaguara es copia de un ensayo del crítico, poeta y novelista Julio Ortega.

Ahora,
Ortega ha publicado, en la sección de Opinión del diario El Comercio, un artículo donde afirma que tal plagio nunca existió como tal, o, al menos, que fue producto de un acuerdo, entre lúdico y rebelde, entre Bryce y el mismo Ortega:

"El prólogo a los Cuentos de Julio Ramón Ribeyro lo firma Bryce y es suyo, aunque lo haya escrito yo. No es un plagio: es una complicidad literaria, acordada por ambos. Nunca he escrito mejor. Y me he divertido mucho con el juego y el humor de ese gesto de des-autor-ización de la propiedad privada. No es el único que he propiciado. Forman parte de mi práctica crítica de 'intervención' de algunos paisajes".

Ortega escribe, asimismo, que es "irónico" el hecho de "que algunos marxistas se hayan desgarrado las vestiduras defendiendo la propiedad privada", en alusión a los autores originales de los textos, que han reclamado, y a algunos comentaristas que han señalado y condenado los plagios
.

Uno se pregunta hasta qué punto es lícito defender a Bryce con argumentos de ese tipo: si lo que está haciendo Bryce es, como parece describirlo Ortega, parte de una lucha silenciosa en contra del fetichismo de la propiedad privada, una demolición del concepto de autoría, si lo que quiere es minar el prurito burgués de la autoridad confundiendo las fronteras de la filiación entre autor y texto, entonces lo mejor que puede hacer es borrar su nombre de las carátulas de sus libros, renunciar a sus ganancias y donar el dinero ganado con su obra a alguna sociedad, de preferncia secreta, formada por escritores antiburgueses.

Mientras su lucha consista en seguir cobrando salarios como columnista a cambio de artículos escritos por autores que (con la declarada excepción de Ortega) no han autorizado tal préstamo, entonces dudo mucho que su mensaje sea defendiible o, siquiera, inteligible. En verdad, el artículo de Ortega no hace sino dejar esto en claro, porque es evidente que Ortega ha sentido la necesidad de decir que en su caso particular no ha habido plagio, pero también hace obvio que ese ha sido un caso sui generis, distinto de todos los otros.

Si el acuerdo entre Ortega y Bryce es argumento para decir que este plagio no es un delito, sino una suerte de statement antiburgués, entonces eso mismo también es argumento para decir que los otros casos, en los que tal acuerdo no se dio, sí fueron simple y llanamente plagios. Y a eso, lamentablemente, ya no hay más vueltas que darle.