15.8.06

Maggie y la culpa

Maggie Gyllenhaal --hermana de Jake, el de Donnie Darko y Brokeback Mountain-- está, sin duda, en el top five de las actrices norteamericanas de las últimas generaciones, como está en el club poco numeroso de los actores de Hollywood con voz y ganas de usarla cuando se trata de opinar sobre política sin excesos patrioteros.

No creo que sea una coincidencia que
Gyllenhaal aceptara, consecutivamente, dos contratos para intervenir en películas relacionadas con los atentados del once de setiembre: ella aparece en un papel nada secundario en World Trade Center, de Oliver Stone, y es protagonista de The Great New Wonderful, de Danny Leiner.

Se trata de dos cintas muy distintas: la de Stone es manida y convencional, formulaica, y es un canto al heroismo tan individualista como sea posible imaginarlo; la de Leiner es una historia, o una trenza de historias, sumamente intimistas y en clave reflexiva.

Maggie Gyllenhaal no debe haber tenido problemas en identificarse con ninguna de las dos películas: por un lado, el heroismo de policías y bomberos en el once de setiembre del 2001 en Manhattan fue manifiesto y digno de todos los homenajes; por otro, el estrés y la depresión colectiva en el New York inmediatamente posterior a los atentados, que Leiner retrata en su película, fueron igualmente palpables y notorios.

Pero aceptar esas dos cosas no lleva a Gyllenhaal a comprar todo el paquete que el gobierno americano ha querido venderle a sus ciudadanos posteriormente. Gyllenhaal se ha ganado algunos enemigos por haber declarado en una conferencia de prensa en Tribeca que los norteamericanos tienen gran parte de la responsabilidad por las condiciones de la situación internacional que condujeron a los atentados. Se le ha pedido que rectifique sus palabras o las aclare, y ella ha hecho público un comunicado que repite exactamente lo mismo.

El hecho es que hace pocos años, cuando Natalie Maines, primera voz de las Dixie Chicks, el célebre trío tejano de música country, declaró sentirse avergonzada de venir de la misma tierra que el presindete Bush, una enorme mayoría del público repudió el comentario, y en varios estados se boicoteó sistemáticamente a la banda, mientras que, ahora, Gyllenhaal no ha sido lapidada por la opinión pública, sino que ha despertado discusiones, sobre todo en Internet, en las que hay opiniones encontradas sobre el tema.

En cierta medida, es palpable la desconfianza creciente del pueblo en su gobierno y en la legitimidad del rol al cual Bush ha vuelto a empujar, una vez más, al país. Y voces como la de Gyllenhaal (quien, inteligentemente, con su participación en World Trade Center, deja muy claro su respeto por las víctimas y su admiración por los héroes neoyorquinos) empiezan a sonar cada vez menos solitarias.

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