30.11.05

Regrésate al Japón

Basada en la más bien dulzona y poco interesante novela Memorias de una geisha, de Arthur Golden, Hollywood acaba de lanzar Sayuri: memorias de una geisha, una película dirigida por Rob Marshall, el mismo culpable de Chicago.

Nada hace presagiar que se trate de una buena película, pero, eso sí, en ella se han reunido tres de las mejores actrices asiáticas de los últimos años: Gong Li (protagonista de casi todas las películas del genio Zhang Yimou); Michelle Yeoh (la estrella de Crouching Tiger, Hidden Dragon, de Ang Lee); y Ziyi Zhang (coprotagonista de esa misma cinta y también de Héroe, de Zhan Yimou).


¿El problema? Que Gong Li y Ziyi Zhang (la geisha del título y de la foto de la izquierda) son chinas, y Michelle Yeoh es de Malasia, y el público japonés está por lo menos desconcertado ante el hecho de que, en Estados Unidos y el resto del mundo, se ande confundiéndolos a ellos con chinos y malayos, cuando es tan notorio, dicen, que son tremendamente diferentes.

Al principio, la noticia me pareció sobre todo graciosa, con ciertos tintes de un absurdo chauvinismo y, quizá, incluso, algo de racismo (mis amigos coreanos juran poder distinguir a coreanos, chinos, japoneses, malayos o vietnamitas de una sola mirada y desde lejos; mi único amigo japonés quiso matarme cuando le conté que en el Perú alguna vez se había acuñado la desafortunada frase "chino maricón, regrésate al Japón").

Me llama la atención, debo confesar, mi propia reacción. A mí no me gusta cuando un americano me dice cosas como "Ah, tú eres del Perú. Yo una vez viajé a Bogotá", y cuando escucho esas cosas mi primer impulso es el de apagar mi cigarrillo en la nariz de mi interlocutor y aclararle que colombianos y peruanos no somos lo mismo. Entonces, ¿con qué derecho me río de la reacción que la hollywoodense geisha china viene ocasionando en el público japonés?

Respuesta: sin ningún derecho, y no me seguiré riendo, porque creo que no es chauvinismo, ni nacionalismo, ni mucho menos racismo, lo que irrita a los cinéfilos japoneses, o lo que me molesta a mí cuando se producen confusiones parecidas con los latinos: lo irritante es la eterna comprobación de que, para la gran mayoría de los norteamericanos, todo lo que quede al norte de Maine o al sur de Florida, es una gran masa informe apenas clasificada bajo dos o tres etiquetas: lo irritante es esa inculta fijación de la gran metrópoli que jamás es capaz de mirar hacia afuera, que lo confunde todo y a la que todo lo que no es gringo le da lo mismo.

Pero eso desemboca en una paradoja interesante: siendo la periferia, a nosotros nos interesa mirar hacia los centros (la lección borgeana), consumir la cultura propia y también la ajena, conocer más allá de nuestro espacio; eso es algo que no se da fácilmente en países como los Estados Unidos, donde se tienen que desarrollar cuidadosas políticas educativas, públicas o privadas, para alimentar el conocimiento de culturas extrañas, un conocimiento que nunca se daría por inclinación natural de los americanos.

Hay una cierta riqueza en las posiciones periféricas. A veces, en ciertos aspectos, no es tan malo estar en el margen.

29.11.05

Enanos mentales

La raza enana (Detalle modificado de un collage de John Heartfield: gfp).


No está de más repetir que la idea de raza es un concepto imaginario, que las razas son construcciones ficticias, y que lo más ficticio de ellas, por cierto, son las atribuciones de carácter, moral, inteligencia, etc., que suelen poblar todos los discursos racistas, desde el de los nazis hasta el de los segregacionistas sudafricanos o norteamericanos, y desde el estúpido desprecio limeño por lo andino hasta el nuevo racismo "cobrizo" que energúmenos como los Humala quieren inyectar en el Perú, como si la enfermedad se pudiera combatir con nuevas enfermedades.

El año pasado, por casualidad, leí en una misma semana dos ficciones que tocan el tema del carácter imaginario de las razas, y que lo hacen de maneras muy diferentes pese a sus varios puntos en común.

La primera es, quizá, la más extraordinaria nouvelle europea producida durante la segunda guerra mundial y conectada temáticamente con dicha guerra: El enano, de Pär Lagerkvist. La segunda, un cuento brevísimo de la argentina Silvina Ocampo: "La raza inextinguible" (que se encuentra en Lima, o se encontraba hasta hace un tiempo, en el volumen La furia y otros cuentos).

En el relato de Lagerkvist, el enano del título, que se reclama hijo de una raza distinta a la de los humanos, es un ser contrahecho por un profundo complejo de inferioridad, que lo conduce a querer reafirmarse constantemente sobre todos los otros: su aspiración de poder, su afán de dominación, y su insistencia en colocarse más allá de las debilidades de los demás, hasta describirse como fruto de otra especie, son el escudo protector de sus limitaciones, el maquillaje de unas imperfecciones que, al ser mentirosamente glorificadas, jamás podrán ser corregidas. Ese enano, gracias a Dios, nunca alcanza un poder real (como sí lo consiguió quien parece su fuente inspiradora, Adolfo Hitler), de modo que su beligerancia nace y muere en su discurso.

En el cuento de Ocampo, los humanos han deformado tanto su moral, su estética, su relación con el mundo, se han pervertido tanto y tanto se han desvinculado de su origen, que en algún momento, súbitamente, los niños, simbólicos seres no contaminados, deciden dejar de formar parte de ese colectivo, y sobreviene el gesto fantástico: niños y bebes se transforman, efectivamente, en miembros de una raza distinta, se desvinculan de los demás, y mientras que los adultos, defectuosos y baldados, siguen creciendo, los niños, prístinos e inmaculados, se empequeñecen (se depuran) cada vez más. El absurdo de la ficción (que parece una versión social, colectivista, de la fábula de Jeckyl y Hyde) permite ver el absurdo de imaginar las razas como sólo dueñas de bondades, unas, y llenas de bajezas, otras.

Ambas son buenas lecturas para estos días.

La ciudad y los libros

Imagen: la ciudad letrada (Fotomontaje: gfp).

Firmando cartas o escribiendo sobre el tema, siempre he apoyado las razones de los empresarios editoriales cuando reclaman mejores condiciones para su labor, en vista de las consecuencias sociales (educativas, culturales) que esa labor acarrea para el resto de nosotros. Pero esa campaña tiene el defecto de hacer creer que una ley del libro lo solucionará todo. El Perú es uno de los países con mayor índice de piratería en relación con su producción legal de libros, pero ambas son cifras bajas incluso a nivel latinoamericano. Tampoco hay tantos interesados en comprar libros piratas. En otras palabras, en el Perú la gente no lee, no importa si el libro es legal o pirata, caro o barato: nuestro promedio de lectoría anual anda por debajo de 0.2 libros por persona al año, por debajo de Ecuador y Paraguay, cosa que jamás había sucedido antes; y los estudios de comprensión de lectura también nos dejan en una posición lamentable. Cierto es que no siempre esos índices tienen un correlato directo en el desarrollo de los pueblos (el índice de lectoría de Estados Unidos está por debajo del de casi todos los países de Europa occidental, y en cuanto a comprensión de lectura los americanos están muy por debajo de, por ejemplo, Hungría), pero no menos cierto es que ningún país pobre sale del subdesarrollo basado en la ignorancia y la imposibilidad de competir.

Los enemigos de la "ciudad letrada", que enseñan que lo académico es pernicioso y avasallante, que el mundo letrado es una cultura de dominación, los que aplauden el descalabro de lo que (caricaturizando involuntariamente a Derrida) llaman culturas "logocéntricas", imagino que estarán felices cada vez que comprueban estas cifras. ¿No?

28.11.05

El ángel y el demonio del nacionalismo

Vargas Llosa y el horror al nacionalismo (Fotomontaje: gfp).

Entre las conversaciones que más público y prensa han atraído hasta ahora en la Feria del Libro de Guadalajara, ha destacado una en la que participaron, entre otros, Enrique Krauze, Mario Vargas Llosa y José Miguel Oviedo.

Krauze puso el marco temático: la posibilidad de comparar las historias nacionales de México y Perú. Oviedo señaló tres áreas en las que esa comparación podría ser efectiva: el populismo, el indigenismo y el nacionalismo. Vargas Llosa resumió, llegado el tercer punto, uno de los temas más repetidos de su prédica política: el nacionalismo como principal causante de males políticos y sociales en el mundo, y especialmente en América Latina (una buena crónica de la conversación aparece en El País español).

Difícil no aceptar la veracidad de muchos de los ejemplos que propone Vargas Llosa. Y, sin embargo, no queda claro que el nacionalismo sea siempre tan esencialmente negativo. En un mundo apabullantemente dominado por unos pocos países, el nacionalismo más negativo e imperialista, sin duda, es el norteamericano, mentirosamente vestido como abanderado de la democracia y la libertad, y que muchas veces viaja burlando fronteras ajenas bajo el seudónimo de "globalización".

Es quizá el nacionalismo de los poderosos el que origina, o, al menos, justifica, paradójicamente, el nacionalismo de los países más débiles, que no encuentran otro recurso defensivo ante el ímpetu matonesco de los grandes, que cerrar simultánemente sus fronteras físicas y sus fronteras mentales. El afán imperialista de los fuertes parece engendrar, o por lo menos fortalecer, el monstruo del nacionalismo entre los débiles, y sus formas más atrofiadas, esas que asumen discursos de fanatismo religioso, étnico, etc.

Pero no todo nacionalismo es fanático, ni racista, ni asume que su nación es superior a las demás (el nacionalismo catalán, por ejemplo, no es así). A veces es simplemente una manera lícita de defenderse de un ataque, una amenaza, una dominación o una marginación. El problema es que, para defender a un grupo social bajo una etiqueta tan ficticia y borrosa como la de "nación", pronto se hacen necesarios discursos que marquen muy sólidamente las diferencias, o que las inventen, que levanten fronteras, y en esas circunstancias los discursos más exitosos suelen ser los más radicales.

En todo caso, cuando el nacionalismo es criticado en términos tan duros y faltos de matiz como los que esgrime Vargas Llosa, a uno le gustaría que el escritor se diera el tiempo de hacer ver el rol de un nacionalismo como el norteamericano en un problema en el que, claramente, EE.UU. lleva gran parte de la culpa; que no olvidara con tanta facilidad que el nacionalismo sigue moviendo también a norteamericanos, ingleses, franceses y españoles.

Gente como Hugo Chávez es sin duda una lacra; pero ¿por qué su discurso nacionalista es más censurable que el discurso de Bush? ¿O por qué creer que el nacionalismo de Bush es una rara excepción en la historia americana, cuando no parece sino una versión menos camuflada de algo que ha movido siempre a los diversos gobiernos americanos?

Y cabe pensar una cosa más: acabando con los nacionalismos a la Chávez, se hace prosperar y fortalecer los nacionalismos a la Bush; mientras que acabando con nacionalismos a la Bush, se dejaría sin piso a los nacionalismos estilo Chávez. Entonces, ¿por dónde comenzar nuestras críticas?

Žižek al matadero









Un amigo que a su vez es amigo de Slavoj Žižek me cuenta ciertas novedades referidas al filósofo esloveno.

Debido a su matrimonio con una modelo argentina, Žižek pasa ahora la mayor parte del tiempo en Buenos Aires, donde se va volviendo una figura simpática en el mundo intelectual (lo que quizá explique en parte el hecho de que, súbitamente, su ex amigo Ernesto Laclau, argentino bastante impopular en su patria, se haya transformado en enemigo del esloveno).

Bueno, ese es el chisme puro; la novedad, que también llega en forma de chisme, es otra: Žižek anda leyendo los clásicos del canon argentino, con la intención de escribir sobre alguno. Su lectura de estos días es El matadero, de Esteban Echevarría, la estupenda primera nouvelle de América Latina, y su objetivo, al parecer, es el de reevaluar la compleja figura del dictador Juan Manuel Rosas, a quien Žižek querría reivindicar (y, de paso, reivindicar a quien consideraría su reencarnación en el siglo veinte, Juan Perón). Se trata, probablemente, de las dos figuras más polémicas de la historia argentina, y uno cruza los dedos para que el filósofo no vaya a escribir un ensayo provocativo por el puro afán de provocar.

Imágenes: Perón de armas tomar; Juan Manuel Rosas, Slavoj Žižek.

26.11.05

Rulfo el ignorante

Parece que en Guadalajara, la Feria del Libro ha comenzado con escándalo: la viuda de Juan Rulfo ha soltado rayos y centellas sobre el ganador del último premio que lleva el nombre del autor de Pedro Páramo.
Un representante de Clara Aparicio, la viuda en cuestión, ha dicho que se debe acabar ya con "esta farsa, en la que el jurado sólo premia a sus mejores amigos".

A decir de los directivos de la Fundación Juan Rulfo, Tomás Segovia, poeta español exiliado en México durante la mayor parte de su vida, y que es el más reciente ganador del premio, "sólo se embolsó 100 mil dólares", pero no ganó el Juan Rulfo, pues este premio "ya no lleva el nombre" del escritor mexicano.


Segovia, dicho sea de paso, es el pésimo traductor de los ensayos de Jacques Lacan que han publicado varias editoriales españolas y mexicanas, y un viejo amigo de Octavio Paz.

La viuda de Rulfo ha declarado que Segovia es alguien que "ha faltado el respeto a la memoria de Juan"), mientras que Víctor Jiménez, presidente de la fundación, ha sido más específico, señalando que, en agosto pasado, Segovia calificó a Rulfo de "ignorante". (Apenas descubra cuál fue exactamente la declaración de Segovia, la colocaré aquí; si alguien la conoce, le agradeceré que me la haga llegar).

El presidente del jurado que le otorgó el premio es un conocido y no muy interesante historiador de la literatura latinoamericana, el norteameicano Seymour Menton, quien dijo sobre Segovia lo siguiente:

"Es un literato constante, se puede decir casi puro, que no se ha distraído con otras cosas y que está ligado a la tradición europea. Es una figura de veras primordial. Su ventaja como escritor es que es más universal. Su poesía, su obra, no es regional, no es de protesta social, como algunos poetas de hoy día, sino que habla de temas totalmente universales: seres humanos, sentimientos humanos que repercuten por todo el mundo, también con un estilo accesible; no es de esos poetas muy herméticos que tienen fama, pero que luego ésta se les va, creo que su poesía va a durar".

Premios y escándalos parecen ir siempre de la mano.


Fotos: Tomás Segovia y Juan Rulfo.

Mediocres y despreciables

La semana pasada, en su columna de La Repúlica, Abelardo Oquendo comentó un pasaje del más reciente libro de ensayos del checo Milan Kundera, traducido al español como El telón.

Tras leer yo mismo el ensayo aludido, debo decir que concuerdo en esto con Abelardo: Kundera, como casi siempre, escribe "con brillo pero no con profundidad". (Opinión parecida a la que Joseph Brodsky expresó sobre Kundera años atrás: "sus palabras suenan grandes y trágicas pero son puro histrionismo").

¿Cuál fue la afirmación de Kundera que tómó Oquendo como piedra de toque de su breve nota? La siguiente:

"Toda novela creada con auténtica pasión aspira de un modo natural al valor estético duradero, lo cual quiere decir que aspira a sobrevivir a su autor. Escribir sin esa ambición es puro cinismo. Un novelista mediano, que produce a conciencia libros efímeros, corrientes, convencionales, sólo es digno de desprecio. Es la maldición del novelista: su honestidad está atada al potro infame de su megalomanía”.

La frase crucial ("un novelista mediano, que produce a conciencia libros efímeros, corrientes, convencionales, sólo es digno de desprecio") es tan confusa y contradictoria que uno se ve tentado a culpar a la traducción: si un novelista es mediano, ¿qué más podría hacer que producir libros corrientes y convencionales?

Lo realmente triste sería este otro caso: que un novelista brillante (como Kundera) se dedicara a llenar librerías con ficciones corrientes y efímeras (La insoportable levedad del ser, por ejemplo). Entonces, sí, el asunto se volvería condenable. Aunque no sé si eso haría despreciable al autor.

En todo caso, Kundera nos pone sobre la mesa un tema interesante: ¿están todos los escritores moralmente obligados a intentar siempre la obra maestra, la renovación estética, la experimentación, la experiencia liminar, el descubrimiento? ¿Son la literatura light o la puramente convencional, no sólo estéticamente poco interesantes sino, además, moralmente reprensibles? ¿Son, digamos, Isabel Allende, o Jaime Bayly, o Luis Sepúlveda, o Stephen King, todos ellos o algunos de ellos, "despreciables", como sugiere Kundera?

Imagen: La insoportable levedad de Kundera.

25.11.05

No hay como el peligro pa´ despejar al mamao

Hace cuatro años, en un salón abarrotado de fans y enemigos suyos, en Cornell, escuché dos conferencias de uno de los intelectuales más célebres de nuestro tiempo, el filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Žižek, un gordito desgarbado, extremadamente carismático, con pinta de rockero en bajada y que habla el inglés con el mismo acento de Béla Lugosi.

Conocido por sus desplantes y sus ironías sobre el estatus de los intelectuales izquierdistas y progresistas en la academia americana, Žižek no perdió la oportunidad de confirmar su reputación, y, en un momento, les preguntó a las decenas de profesores de Cornell allí presentes (profesores que están entre los mejor pagados del planeta) cuántos de ellos eran marxistas o, al menos, socialistas. Tras ver las muchísimas manos levantadas, añadió otra pregunta: ¿y cuántos de ustedes tienen menos de tres tarjetas de crédito?

Gracioso, es cierto, pero bastante más ramplón que los sofisticados argumentos que expone Žižek en sus libros (textos tipo Lacan meets David Lynch meets Spiderman, tan complejos como profundamente divertidos). En todo caso, quedaba clara adónde apuntaba su broma: muchos intelectuales miden las cosas con un doble standard: uno para el mundo, al que explican con una teoría que supone un compromiso político de cierta índole, y otro para sí mismos, que quedan libres, así, para dejarse arrullar por los placeres de la sociedad a la que critican.

Ayer, un amigo me llamó la atención sobre una entrevista a
Ernesto Laclau, el argentino más influyente en los departamentos de filosofía y teoría política y social en Europa en los últimos años, y, cada vez más, también, en los Estados Unidos. Laclau, que en el pasado ha colaborado con Žižek (y Judith Butler) en un libro colectivo (Contingencia, hegemonía, universalidad) dice sobre Žižek algo curiosamente parecido a lo que Žižek suele decir sobre los demás, sólo que esto suena bastante más sustentado:

"Žižek es un ultraizquierdista vociferante en lo que se refiere a la política mundial, obviamente en contradicción con las posiciones de universalización del proyecto americano, pero al mismo tiempo es miembro del Partido Liberal-Democrático esloveno, que hasta hace unos pocos meses estaba en el poder, y que por supuesto ni remotamente es un partido de estas características, ni siquiera socialista. Es como decía el Martín Fierro: No hay como el peligro para despejar al mamao".

En fin. No son raros los casos de doble discurso; hay quienes son radicales o incluso violentistas en su tierra y son pacíficos y democráticos en medios extraños; y hay quienes, como Žižek, al parecer, son entusiastas del capital en sus casas, y, cuando salen de gira, sobre todo a los Estados Unidos, se transforman en sus mayores enemigos. Es que, a veces, aunque de lejos no dé esa impresión, hacerse el revolucionario paga mucho en la academia americana.

24.11.05

The Truman (Capote) Show


Anoche vi Capote, la película de Bennett Miller que cuenta los varios años que el escritor norteamericano invirtió en la investigación y la escritura de In Cold Blood, A sangre fría, el libro fundador del género de la novela de no ficción (y que ya hace veintiocho años, con Capote aún en la cresta de la ola, había servido de origen a una notable película homónima del gran Richard Brooks).

El Capote de Miller no es una versión de A sangre fría, y no pretende abundar en el detalle de los crímenes que dieron lugar a la novela originalmente. Es, más bien, una reflexión sobre la escritura en general a partir de la anécdota, conmovedora, de cómo fue hecha esa novela en particular.

Es curioso que ése sea exactamente el mismo designio de otro libro del 2005 que leí un mes atrás: Capote in Kansas, la novela gráfica del escritor Ande Parks y el dibujante Chris Samnee, mucho menos apegada a la realidad y, coincidentemente, mucho menos interesante que la película. (Sobre otras novedades editoriales y cinematográficas relacionadas con Capote --incluyendo la reciente publicación de su primera novela inconclusa-- pueden consultar la última columna de Edmundo Paz Soldán en La Tercera de Chile; tal vez deban registrarse antes de acceder a la página).

Vuelvo a la película: lo que Bennett Miller plantea en ella es la idea de que la experiencia de la escritura literaria es en sí misma una múltiple investigación, en la que simultáneamente se exploran al menos tres cosas: en primer lugar, la naturaleza de un objeto, de una parcela del mundo, social, cultural, individual, quizá psíquica; en segundo lugar, el sentido del trabajo de la escritura, en un giro reflejo y acaso metalingüístico o metaficcional: el alcance de la representación; y, en tercer lugar, la posición mediadora del escritor en el proceso, incluyendo la ética de su lugar como constructor de representaciones que bien pueden convertirse en parte de un imaginario colectivo. (Esto queda plasmado, en la película, en ese vaivén de amor y desprecio que se da entre Capote y uno de los dos asesinos, Perry Smith).

Capote fue, en esto último, un escritor paradójico: luego del enorme trauma que, al parecer, le ocasionó la escritura de A sangre fría, se reafirmó en su papel de esnob indolente, borrachín, juglar del jet set americano, y nunca más terminó una novela. Pero en esa actitud es difícil decidir si se expresaba un real amor por la superficialidad, o una actitud autodestructiva y autodenigrante. Y no es fácil tampoco saber si su silencio literario posterior fue el de un fauno suicida que había decidido vivir y morir de su fama, o el de un escritor que reconocía haber llegado ya al límite de sus capacidades.

Como, gracias a la extraordinaria actuación de Philip Seymour Hoffman, Capote debe aparecer entre las nominadas al Oscar, será posible, de seguro, verla en el Perú.

Arriba a la izquierda, Capote; a la derecha los dos asesinos de Kansas; el de la fotografía superior es Perry Smith, el verdadero homicida pero, a la vez, el más humanizado de los dos en la novela.

22.11.05

Hazme el favor de escribir como zonzo

Mientras en la prensa peruana se le pide a columnistas y reseñadores que, por favor, no se metan en temas complicados, que no suenen muy complejos, que no parezcan muy intelectuales y, sobre todo, que no luzcan académicos, la prensa del resto del mundo continúa, como siempre, siendo tribuna, eventual o estable, de intelectuales a los que se busca por su capacidad de escribir artículos agudos y aproximarse a temas difíciles.

Chomsky sigue publicando en Z Magazine; Eagleton sigue escribiendo en diarios británicos; Eco sigue siendo columnista de la prensa italiana; las reseñas que escribe Updike en el New Yorker son verdaderos estudios, largos y penetrantes;
Žižek es una presencia ubicua en infinidad de diarios y revistas, como lo fue Said hasta su muerte reciente, o Sontag; Krauze edita en México una revista que tira decenas de miles de ejemplares, etc.

En el Perú existe la idea absurda de que la prensa debe hablar como hablan sus lectores, el error aun peor de creer que los lectores son siempre menos inteligentes que los escritores, y, por tanto, el axioma ridículo de que una columna entregada a un intelectual es una columna perdida.

Si una revista un día tiene una página entera dedicada al comentario de un libro semanal, pronto se convierte en una página de pastillitas predigeridas, sin ningún espacio para la reflexión. Los pocos columnistas que siguen entregando textos inteligentes y argumentados (obviamente todavía hay varios, gracias a Dios, no todos son betoortices y eduardolavados), son vestigios del pasado, o accidentales sobrevivientes, y no pasará mucho antes de que un editor o un director con un dedo de frente les pida "bajar el nivel".

Los suplementos culturales pasan de ser museos de ideas cadavéricas a ser magazines ilustrados de espectáculos sin la menor política editorial que los sustente.

Y luego quedan aquellos que, idiotamente, aseguran que, en el Perú, ese problema es originado por la manera en que la academia se sofistica innecesariamente, se complejiza sin motivo, se llena de jergas y oscuridades, se "desconecta del pueblo" (para usar la frase que más les gusta repetir), haciendo que para la prensa sea inútil darle espacio a un intelectual, sobre todo a un académico, porque nadie lo va a comprender.

En el Perú, donde la vida intelectual, en razón sobre todo de la pobreza y el desamparo del sistema educativo, es más pobre que en muchísimos otros lugares del mundo (y donde un académico atento al cambio, entregado al estudio y pendiente de la bibliografía es, básicamente, un héroe), el problema, créanme, no es la extrema sofisticación de la academia.

El problema, al menos en parte, es que hay que buscar con lupa editores y directores de prensa que sean capaces de comprender mínimamente cualquier tipo de discurso intelectual. En el fondo, cuando rechazan algo diciendo que "la gente" no lo va a comprender, lo que están confesando entre dientes, íntimamente, es que ellos no lo pueden entender (aunque a veces lo dicen en voz alta, y lo celebran, porque para muchos en el Perú la ignorancia es un mérito). Y esas mismas personas creen que, como negocio que es, la prensa no tiene otra responsabilidad que vender, vender y vender.

La idea es tan absurda como suponer que a un laboratorio químico, con tal de cumplir con sus metas comerciales, le da lo mismo vender cápsulas llenas que cápsulas vacías. El periodismo cree que sólo tiene como meta vender y como compromiso informar sobre lo coyuntural. No es así. Tiene un compromiso con el futuro de sus lectores, como país. ¿Algún día comenzará a hacer algo en serio al respecto?

Imagen: Chapa tu Chomsky: visión en un kiosko utópico (Fotomontaje: gfp).

¿Quién necesita a estos intelectuales?

Prospect, la famosa revista británica de política y actualidad que en sólo una década ha puesto a tambalear el lugar de The Economist como la más prestigiosa de su tipo, ha publicado su lista de los cien intelectuales más destacados del mundo, resultado de una encuesta hecha, claro, entre intelectuales de todo el planeta.

Si no he visto mal, sólo tres hispanos aparecen en esa lista: los peruanos Hernando de Soto y Mario Vargas Llosa, y el mexicano Enrique Krauze. De toda América Latina, hay apenas cuatro: los mencionados y el brasileño Fernando Cardoso.

Soy de los que odian esos casos, típicos entre nosotros, en que se piensa que alguien es un "consagrado" sólo cuando lo es en el extranjero, de preferencia en Europa occidental o los Estados Unidos, pero este caso me parece especial: es una encuesta hecha entre pares y organizada concienzudamente (aunque se votó sobre una lista cerrada, se dio la oportunidad de que los electores añadieran candidatos alternativos).

Es curioso que tanto Vargas Llosa como De Soto (y este comentario mío no significa que suscriba sus discursos políticos) hayan expresado su interés por ser presidentes del Perú y que, durante ese tiempo, los peruanos optáramos por dos lumbreras de inteligencia sin duda más portentosa: Alberto Fujimori y Alejandro Toledo. (No sorprendería que la próxima vez postulara el padre Gustavo Gutiérrez y ganase Ollanta Humala).

Otra curiosidad: entre los cuarenta primeros puestos hay más peruanos que franceses. Una curiosidad más: los dos peruanos que aparecen fueron una vez colaboradores y hoy se detestan abiertamente. Curiosidad adicional: no aparece Jorge Edwards. Plop.

La encuesta la ganó por mucho el transformador de la lingüística moderna Noam Chomsky, seguido por el filósofo medievalista, semiota sui generis, novelista criptográfico, aunque no críptico, gourmet confeso, Umberto Eco. En este link pueden ver el top 100 completo (y de paso ver si se me ha pasado algún otro latinoamericano).

Imagen: De Soto y Vargas Llosa nuevamente juntos (Fotomontaje: gfp).


20.11.05

Más amigo de Cachay que de la verdad

Leyendo un artículo de El País, reencuentro un dato conocido pero interesante: que un negocio popular en el siglo diecisiete español era el alquiler de libros: los lectores podían pagar por el derecho a disponer de un volumen temporalmente, e incluso podían alquilar sólo determinados capítulos o partes. Consultando otra fuente, descubro que esos objetos de alquiler podían ir desde novelas caballerescas y tratados legales hasta crónicas y volúmenes de filosofía.

Entre nosotros subsisten dos o tres lugares de Lima donde se alquilan libros (nunca partes), pero, ciertamente, no suelen ser Quijotes los items más populares: se negocia con lo que la gente quiere, y, en un país cuyos índices de lectoría (y, peor aun, de comprensión de lectura) están entre los más bajos del continente, la gente quiere mayoritariamente novelas rosas, pornografía, best sellers, revistas de chismes, chistes, y, si buscan literatura, prefiere lo fatuo, lo vacuo, lo trivial.

Por supuesto, la poca lectoría y las pésimas elecciones tienen que ver con nuestro lastimoso sistema educativo, pero también con una falta de respeto radical hacia la cultura letrada.

"Académico" es, en boca de muchos, el más atroz de los insultos. Y hay por ahí, paradójicamente, profesores universitarios, casi siempre superficiales y acríticos importadores de teorías de moda, que estarían felices si el Perú se convirtiera en un gran desfile de cómicos ambulantes, porque, claro, eso también es cultura. Y es verdad: eso también es cultura.

Pero olvidan que cultura no siempre es reflexión e inteligencia, y que éstas últimas no se pueden reemplazar con chatura y ramplonería, salvo que hayamos decidido ya cerrar el kiosko y declarar al Perú mentalmente en quiebra para siempre.

Es curioso el caso de esos intelectuales que gozan y celebran este proceso por el cual la ramplonería empieza a reemplazar buena parte de las culturas populares, asfixiándolas. Intelectuales que, sonrientes, quieren hacerle creer a la gente que la diferencia entre Arguedas y un chascarrilero de la calle es que el mundo del primero ha cambiado, y que ahora el segundo tiene la manera más justa de expresar la nueva situación, es decir, que la validez cultural de Arguedas y Cachay, cada cual en su tiempo, es similar. Parece que esos profesores, en el fondo, pensaran: "total, yo ya estudié, a mí qué me importa si los demás no abren un libro en su vida".

Me pregunto qué puede ser más retardatario, más reaccionario y más cínicamente indolente que estudiar en universidades de élite y luego concebir una teoría cuya primera consecuencia es generar la impresión, voluntaria o involuntaria, de que no es necesario estudiar, ni leer, que está bien vivir de la vulgaridad, que no es más interesante pensar sistemáticamente que quedarse siempre en lo mismo, que no hacen falta ni la sutileza ni la reflexión.

¿Qué puede ser más reaccionario (y qué puede contribuir más a la sojuzgación de los marginales) que promover la idea de que, en una sociedad letrada, los iletrados están “culturalmente” bien como están?

Mientras no quede claro que nuestras zonas de cultura no letrada pueden (así como han generado grandes reacomodos económicos, cierta movilidad social y una serie de productos culturales que expresan, sí, la nueva realidad de su mundo) generar también formas profundas de reflexión y de autoinspección, formas que además puedan ser compartidas, no podemos permitir que la cultura letrada siga muriendo entre nosotros sin hacer nada por salvarla, o, de lo contrario, quedaremos encerrados entre la espada y la pared, con una cultura popular sin las armas necesarias para ser productivamente reflexiva y una cultura letrada paralítica y elitista.

En un texto de Víctor Vich encuentro un pasaje donde se afirma que las “performances” de los cómicos ambulantes “son prácticas populares cuya función consiste, por un lado, en articular diferentes formas de subjetividad a través de la reproducción o crítica de las ideologías hegemónicas de la sociedad, y, por otro, en abrir nuevos canales de circulación de imaginarios populares”. Le faltó decir que es imposible criticar ideologías que se desconocen, que no se puede uno oponer racionalmente a aquello que le ha sido prohibido conocer, y que no todo imaginario popular es positivo. Expresar protesta o rechazo a una situación es muy distinto de estar en camino a comprenderla y solucionarla.

Si una investigación del tipo de la que se propone Vich no empieza por plantearse ese problema y construir una respuesta inteligente, su trabajo es insostenible.

Imagen: Cachay y la nueva filosofía peruana (Fotomontaje: gfp).

19.11.05

Dante y la dictadura

Dante y el paso de las dictaduras (Fotomontaje: gfp).

Sigo con las recomendaciones: La Nación de Buenos Aires ha publicado un texto de Ismail Kadaré, el novelista albanés que poco atrás ganara el premio Man Booker. Se trata de un conmovedor relato (al parecer un fragmento de un texto mayor) sobre la relación entre Dante Alighieri y la historia albanesa através de los siglos, relación que, como la obra del mismo Kadaré, ha soportado dictaduras y persecusiones. (Por si acaso, ese Ernest Koliqi que se menciona en el texto es un poeta albanés, católico y, por ello, también perseguido en su momento).

Basta de payasadas

En El País de Montevideo leo que las tumbas de Heinrich Mann y Bertolt Brecht (en un principio se mencionó también la de Heinrich Böll), en el cementerio de Dorotheen-
stadtischen Friedhof, en Berlín, han sido profanadas, pintarrajeadas sus lápidas con pintas que representan la estrella de David. Son ya varias semanas durante las cuales la aparición de mensajes antisemitas ha ido en aumento en la capital alemana.

Es curiosa y casi simbólica la elección de las víctimas: ninguno de esos escritores era judío, pero sí artistas e intelectuales conscientes de la tara antisemita de tantos de sus contemporáneos, contra la que hablaron muchas veces. En su estupidez, el blanco de los neonazis berlineses parece claro: sus enemigos son la solidaridad y la inteligencia.

No conviene olvidar que en el Perú también hay circo y que nuestros payasos no son menos peligrosos que los que quedan en Alemania, si acaso sólo más ridículos. Recuérdese que, como ocurrió en el pasado con Fujimori, ahora, a pocos meses de las elecciones, el nombre de otro juglar asoma en algunas encuestas, incluso con mucha más visibilidad que la que tuviera aquél en ese tiempo: se trata de Ollanta Humala, y, con él, el laberinto de barbaridades que flota en la cabeza hueca de su hermano Antauro: nacionalista más allá del límite del ridículo, racista, antisemita, demagogo, violentista, delirantemente antichileno, homofóbico. (Los Humala son tan ignorantes que la página web de su partido recomienda la lectura de dos intelectuales extranjeros --entre ellos Noam Chomsky--, que se cortarían todas las venas del cuerpo si supieran con qué tipo de imbecilidad los quieren asociar). Los Humala son una enfermedad.

En Alemania, los neonazis saben que Mann, Brecht y Böll son el enemigo. En el Perú, los Humala pueden respirar tranquilos: casi no hay intelectual alguno que diga algo para detener a estos sujetos que, en muchas otras sociedades, habrían sido ya encarcelados, o al menos reprimidos y, sin duda, largamente retratados por la intelectualidad como lo que son: oportunistas, inmorales, puertas abiertas a la conversión del Perú en el país más salvaje del planeta.

No sólo los intelectuales no han denunciado a los Humala suficientemente, sino que asociarse con ellos es incluso una posibilidad considerable para mucha gente de izquierda (ver en esta página el link "Partidos de izquierda se acercan a Ollanta Humala"), antiguos marxistas hoy sin brújula que no dudarían en unirse a esta recua de fascistas, si eso les diera un par de votos más: es el nuevo eclecticismo peruano.

No hay que olvidar que los payasos tienen algo de diabólicos (Fotomontaje: gfp).


Invitación al crimen

Una recomendación especial: Ensayo de un crimen, una de las más interesantes novelas mexicanas, nunca lo suficientemente celebrada, y uno de los mejores policiales latinoamericanos.

Su autor, Rodolfo Usigli, cumpliría cien años en estos días, y en vista de ello está recibiendo homenajes como el que se le brinda en Confabulario, suplemento de El Universal. El especial contiene un par de artículos interesantes sobre Usigli y un cuento de juventud, "El cerebro de América".

Aunque la fama de Usigli proviene del teatro (y, en ese campo, El gesticulador es su obra culminante), su Ensayo de un crimen es una rara perla en la historia narrativa mexicana. Se trata de un novela aparentemente cínica y unidimensional, la historia de alguien que quiere cometer un crimen perfecto (es la época y parece el humor de La soga, de Hitchcock), pero es en verdad un entramado de complejas alusiones al legado traumático de la revolución mexicana y sus huellas en la sociedad de mediados del siglo veinte. La compulsión asesina del protagonista no sería, pues, en el fondo, una expresión nihilista, como en Hitchcock, sino una respuesta enferma a la necesidad criminal implantada en él por la memoria de la guerra.

(Y cuando digo que es una rara perla me refiero a que la narrativa mexicana ha tendido con mayor frecuencia a tocar el tema de la revolución en narraciones épicas y relatos situados en las zonas marginales del país, donde el combate tuvo lugar, mientras que este libro tiene como primer escenario el cerebro de un personaje estrictamente citadino, jamás partícipe de la lucha, y la narración, oblicua y sutil, no contiene épica alguna).

Usigli construyó su libro con tal conciencia de todo esto, que cuando el genial Luis Buñuel hizo una adaptación cinematográfica de la novela, Usigli, al notar en ella la ausencia de ciertas claves y alusiones que juzgaba cruciales, le entabló al español un juicio civil que oblligaría al cineasta a no usar el título de la novela como nombre de la película (aún ahora se la conoce de dos maneras: Ensayo de un crimen o La vida criminal de Archibaldo de la Cruz). Que ni más ni menos que Buñuel no haya podido (o haya elegido no) recoger enteramente en su versión la trama freudiana que subyace al libro parece un buen indicio de la profunda carga de sentido que Usigli había dispuesto en él.

Arriba: afiche de la película e imposible reunión de dos que terminaron detestándose:
a la izquierda Buñuel y a la derecha Usigli. (Fotomontaje: gfp).

18.11.05

Pero me divertí como un chancho

¿Gozosa crucifixión? El ciudadano Kane no se habría divertido (Fotomontaje: gfp).

Jonathan Rosenbaum es un respetado crítico de cine norteamericano. Entrevistado en El País, Rosenbaum ha dicho, entre muchas otras cosas, lo siguiente:

"En Europa me parece mucho más fácil que un crítico del mundo universitario escriba en la prensa. En EE.UU., al menos en cuanto a cine se refiere, no digo que no se dé nunca pero es muy poco frecuente. En parte, esto se debe a cierta postura antiintelectual y antiartística en la que se confunden muy erróneamente conceptos sobre el arte con conceptos de clase social. Así, mucha gente piensa automáticamente que interesarse por el arte supone tener mucho dinero y ser de clase alta. A mí hasta me parece posible que una de las formas de George W. Bush para hacer creer a la gente que es un hombre del pueblo es mostrar lo mucho que detesta el arte".

No quiero transplantar enteramente esa observación, que compara dos mundos distintos al nuestro, al campo de lo que ocurre en el Perú. Pero sí es interesante descubrir cómo el antiintelectualismo y el rechazo a lo que se percibe como demasiado artístico, o demasiado elaborado, o incluso demasiado inteligente, son fenómenos transnacionales. La gran diferencia es que en el Perú el asunto ni siquiera se distingue de una clase a otra: ser intelectual es generalmente malo, no importa en qué clase social se esté.

Ese fenómeno tiene repercusiones enormes, aquí y en muchas partes. Artes como el cine, por ejemplo, sumergidas casi por entero en el mundo del negocio, se rinden al gusto de las mayorías, a quienes el prejuicio antiintelectual hace creer que el cine artístico es esnob o vacuo, o alejado de su realidad. Mientras, en Suecia, Ingmar Bergman sigue estrenando películas complejísimas y exitosas que se vuelven éxitos nacionales (acaba de estrenar la última), e incluso produciendo para la televisión abierta, en países como Estados Unidos, a decir de Rosenbaum, hoy en día, si Orson Welles estuviera vivo "no podría estrenar
Ciudadano Kane a causa de las pruebas de mercado que se hacen en Hollywood. Muy pocas películas suyas las pasarían".

¿Cuál es esa prueba de mercado? Es sencillísima: se reúnen a decenas de personas en salas, se les proyectan películas apenas acabadas de montar, y se les formula luego una serie de preguntas, la primera de las cuales es, invariablemente, si les divirtió la película. Está claro que ninguna pregunta se refiere a la inteligencia, la coherencia o la importancia ideológica de la película (no se invita a expertos, sino a gente común y corriente). Si la película no divirtió, las cosas se ponen noventa y nueve a uno a que esa película se quedará en el archivo.

Eso está pasando con el cine, cada vez en mayor escala: Hollywood ya produce el 73 por ciento de las películas hechas en todo el mundo cada año. Hay quienes quisieran fijar el mismo standard para la literatura y las demás artes (de hecho, ya ocurre en algunos casos, aunque no se haya sistematizado tanto). Es decir, hay quienes querrían ver que un día la literatura como arte, como forma de conocimiento, dejara de existir. Paradójicamente, son personas que dicen amar la literatura: ésa es la venda que la ignorancia nos pone sobre los ojos.

17.11.05

Dormir con la ballena

Por deformación profesional, seguramente, había llegado a convencerme de que el lugar común según el cual la literatura debe ser entretenida, rápida, ágil, porque su objetivo mayor es hacernos disfrutar, era una creencia sólo verosímil para aquellos que no tienen con la literatura más compromiso que el de un lector eventual. Me ha sorprendido encontrar aquí y en otros blogs a estudiantes y profesores de literatura, e incluso a escritores, que creen a pie juntillas ese lugar común. Quiero hacer una observación al respecto, valiéndome de una de mis novelas favoritas, Moby Dick.

Pocos libros son tan paradigmáticos con relación a un género como lo es Moby Dick en relación con la novela de aventuras. Y pocos géneros se asocian tanto como éste con la idea de diversión.

En el libro de Melville están todos los materiales de la aventura: el horror, el honor, la venganza, la amenaza, la amistad, el odio, la traición, la incertidumbre, y todo tiene una misma forma: la forma del viaje, y el viaje posee un solo sentido: la persecusión, pero esa persecusión tiene mil metas (el horror, el honor, la venganza, etc, etc).

La aventura de Moby Dick es múltiple, y no pocas de sus líneas maestras tienen que ver más con una concepción metafórica de la aventura que con una idea literal de la aventura en tanto cadena de sucesos fascinantes. Es metafórica la idea de perseguir a una bestia que es una encarnación del horror sublime, del mal incomprensible y soberano. Es metafórica también la cacería en que un hombre busca matar a su némesis para con ello completar su propia individualidad mutilada. Es metafórico ese Ahab que persigue a Ahab. Es una metáfora del crecimiento el viaje de Ismael. Y es una metáfora del vacío desesperado esa ballena blanca (como blanco es el color de la angustia en las páginas finales del Frankenstein de Mary Shelley).

Moby Dick es, por supuesto, un libro en que congenian diversión y profundidad, pero, ciertamente, no es uno que deje demasiada sensación de gozo, no siempre es disfrutable. A veces es un libro que hace sufrir, y, a veces, un libro que nos muestra cierta forma de horror de modo tan crudo que es difícil leerlo.

Curiosamente, además, algunos de los capítulos más tediosos de la literatura americana están en esta paradigmática novela de aventuras. Secciones enteras de Moby Dick, decenas de páginas, se dedican a explicar la fisiología de la ballena, su lugar en el reino animal, su hábitat y su comportamiento, etc. Esos capítulos son tratados de biología marina, manuales de anatomía, lecciones sobre el lugar de los mamíferos acuáticos como fuente de insumos en la cadena productiva capitalista, etc. Y en muchísimas ocasiones están escritos sin concesiones, áridamente.

Con una genialidad que seguramente avalarían los defensores de la "literatura entretenida", cientos de libreros alrededor del mundo han mutilado esos capítulos, y han vendido millones de copias de un Moby Dick de cien o doscientas páginas, a veces menos, tirando las otras trescientas o cuatrocientas al tacho de basura. La lectura se hace así más rápida, claro (y sin embargo pierde el ritmo maravilloso del contraste entre la velocidad y la lentitud que sólo se puede percibir en el texto íntegro). El lector fácil, el lector despreocupado que busca una diversión pasajera, agradecerá esa mutilación.

Y jamás sabrá que esos capítulos son cruciales en un libro que intenta construir un paralelo entre la historia moral y la historia natural, que intenta decirnos que la ética tal vez tiene un orden, que la ciencia quizá sirva para comprender también la emoción y la pasión, que el espíritu humano, quizá, tiene un sistema. En esos capítulos aburridos, tediosos, lentos, secos, se concentra gran parte del sentido genial de Moby Dick: la creencia, muy de su tiempo, en que el mundo podía ser estudiado y descubierto y explicado racionalmente, y que esa inclinación debía tenerla uno en mente incluso cuando se enfrentaba con el horror blanco de una existencia tan trágica como en apariencia incomprensible.

Pero claro, mejor no leer esos capítulos y pasar un rato agradable (y no enterarse nunca de qué trataba el libro).

Imagen: ¿Dormida leyendo a Melville? (Fotomontaje: gfp).

16.11.05

Perder la cabeza, conservar la cabeza

Daniel Salas ha publicado en Qaphqa un comentario sobre la sinceridad, la belicosidad y también la vehemencia relativamente juvenil de José Carlos Yrigoyen; en su texto, Daniel recuerda el caso del Roger Santiváñez de años atrás, comparándolo con el apaciguado y más pensativo Santiváñez de hoy. La idea central, si no la he malentendido, es que ni el ardor ni el valor de decir lo que se piensa resultan positivos en sí mismos mientras no se piense con alguna claridad. O, para decirlo en lenguaje científico, que una cosa es ser inconoclasta y otra es salir a la calle todos los días con la pata en alto.

Imagen: Yrigoyen podría estar decapitándose solo (Fotomontaje: gfp)

Con ustedes, Jorge Edwards

Si están interesados en leer algo escrito por un intelectual sin intelecto, les recomiendo esta joya de vacuidad, urdida por Jorge Edwards y publicada en El País hace unos días. Unas mil palabras en las que el escritor chileno pretende explicar un fenómeno histórico dejando de lado cualquier factor político, social, económico y --faltaba más-- histórico.

Con la excusa de comentar la crisis peruano-chilena referida al asunto de los límites marítimos, Edwards encadena una larga serie de lugares comunes. Comunes y disparatados. Parece atribuir la atomización del mundo hispanoamericano a una supuesta inclinación natural al conflicto, aparentemente heredada no sabe bien si en los genes o en la lengua. (Herencia aun más peculiar si uno tiene en cuenta que hay pocos países tan centralistas en el mundo como España).

Observa, también, que los países hispanoamericanos son menos racionales que "Estados Unidos o Brasil" y que en eso está el origen de todas nuestras desgracias. (De paso, exculpa a los Estados Unidos de cualquier responsabilidad urbi et orbi y dice que Bush es sólo una excepción en lo que Edwards parece considerar la transparente y magnífica ejecutoria americana en la política internacional).

Y, para coronar su secuencia de afirmaciones arbitrarias, hace notar que los chilenos, eso sí, son más racionales que todos los demás. Plop. Si eso es verdad, a Edwards van a tener que declararlo paraguayo.

Imagen: El Edwards de Rodin (pésimo fotomontaje: gfp)

El mono dramático

La imaginación gorila y el muro de fuego (Fotomontaje: gfp)


La saga original de El planeta de los simios, que creó un culto privado hace mucho, tiene la rara virtud (rara en una película hecha para el gran público) de contener algunas ideas realmente sugestivas transmitidas de forma no menos contundente. Dos o tres de sus escenas están inscritas en la imaginación de varias generaciones. Esta es una:

Los simios y el puñado de humanos que los acompaña van a atacar la ciudad cavernosa de los mutantes.
Estos últimos, dueños de un poder mental insólito, proyectan una gigantesca pared de fuego imaginaria alrededor de sus defensas. Orangutanes, chimpacés y humanos ven la pared ficticia y dudan de atacar. Pero los gorilas no la ven, porque carecen de imaginación; en su mundo no hay sitio para las ficciones, y eso decide la batalla en su favor.

Creo que, en efecto, hay cierta correlación entre la violencia (como capacidad destructiva), y el rechazo a la imaginación (como cualidad constructiva). Pero tal vez el problema sea incluso peor. Si uno se aparta de la metáfora de los gorilas, aun descubre que hay grandes diferencias entre una imaginación rebelde, contestataria, opositora, crítica, que es siempre imaginación abierta y democrática, y una imaginación arrasadora y totalitaria, empecinada y obtusa, sin espacio para la duda ni la contradicción, que es una imaginación fascista o reaccionaria o autoritaria, amiga de la violencia (la alegoría nazi, el emblema del realismo socialista, etc).

La primera crea ficciones porosas, que aceptan la filtración de quienes se le opongan. La segunda hace ficciones cerradas, impermeables, que sólo propician el choque de los opuestos. La primera concilia sin necesariamente retroceder, la segunda rechaza sin jamás escuchar.

Se suele decir que el arte es actividad superflua, innecesaria, o que su objetivo es solo la evasión y el pasatiempo. Sabemos que eso es falso. Un objetivo del arte es mantener abiertas las vías de esa primera clase de imaginación.

15.11.05

Saramago: la fórmula que se repite

Con cien mil ejemplares simultáneos en español, portugués, catalán e italiano, se lanzó hace unos días la novela más reciente de José Saramago, titulada Las intermitencias de la muerte.

Hay quienes creen (yo soy uno) que Saramago, pasada la etapa genial en que produjo novelas de belleza e inteligencia fascinantes como Memorial del convento --la novela que lee el protagonista de Delirio, de Laura Restrepo, dicho sea de paso--, ha encontrado la fórmula perfecta para repetirse sin dar la impresión de repetirse: cada libro de Saramago plantea una idea contrafáctica, insólita, y luego analiza sus posibles consecuencias.

Curioso procedimiento, este de plantear falsos problemas y analizar sesudamente las falsas ramificaciones que se desprenden de ellos (si no recuerdo mal, algo parecido piensa, de las novelas de Saramago, Félix Reátegui). Especialmente curioso en alguien que presume de ser tal vez el último de los marxistas a la antigua y parece creer que, en verdad, su literatura es parte de una lucha transformadora. (Y no, no le estoy exigiendo realismo; mi crítica es otra).

Repasemos: un hombre se vuelve ciego, luego otro, luego todos, y el mundo en que viven se transforma, pero no tanto (Ensayo sobre la ceguera); un hombre descubre que hay otro igual a él en algún lugar, lo busca, lo encuentra, y el hallazgo cambia su vida, pero no tanto (El hombre duplicado); un país tradicionalmente asumido como alejado del resto del mundo, se desprende de los otros un día y viaja a la deriva por el océano, lo que produce transformaciones radicales, aunque no tanto (La balsa de piedra).

En Las intermitencias de la muerte, según resume Miguel Mora en El País, "de repente la muerte deja de matar. A partir de ahí, el relato indaga con ironía, humor, humanismo y pesimismo en esa situación de inmortalidad transitoria que perturba a los poderosos, ilusiona a los ingenuos y acaba revelándose como un caos muy difícil de administrar". ("Ilusiona" sólo "a los ingenuos", me atrevo a pensar, porque el trastorno
crea las expectativa de un cambio profundo, pero, en verdad, no tanto). Parece tratarse de una más de estas ficciones formulaicas, que tienen, eso sí, la extraña cualidad de hacerle sentir al lector que está leyendo una alegoría de algo importante, aunque uno nunca sepa qué, ni por qué es importante.


No quiero sonar cínico, pero, ¿será José Saramago el más destacado intelectual entregado a la tarea de reflexionar sobre problemas inexistentes?

Arriba: Saramago: ¿jugadas de pizarrón? (Fotomontaje: gfp).

14.11.05

Hotel Europa: hagan sus reservaciones

En su blog, Luis Hernán Casta-
ñeda
, vieja gloria de las nuevas genera-
ciones, se piratea a sí mismo y le ofrece a sus lectores un largo fragmen-
to de
Hotel Europa, su segunda y flamante novela, editada por Peisa. (Si Luis Hernán fuera boliviano, se metería un balazo por el pirateo).

A juzgar por el fragmento, Hotel Europa parece una de esas extrañas ficciones a lo Ballard (por lo tanto, borgeanas with a twist), que ocurren en una época distinta pero no necesariamente futura, en la que algo ha cambiado, no tanto en la materialidad del mundo como en la moral de sus habitantes.

Ha cambiado, por ejemplo, la voluntad de narrar, pues se habla en la novela acerca del tiempo de "
nuestros padres, cuando la voluntad de contar historias no había sucumbido ante el apremio de las necesidades básicas". (Y por supuesto, al contar esta historia el narrador le da la contra a esa misma idea).


Quiza, en estos días, los primeros lectores de la novela quieran hacerle preguntas a Luis Hernán a través de este blog. Y quizá Luis Hernán las quiera responder.

L.H. Castañeda: en el segundo piso, y con segunda novela (Fotomontaje: gfp).

13.11.05

El escritor y el mundo

Javier Marías y su biblioteca en el campo de batalla (Fotomontaje: gfp).

En un artículo del último número de The New Yorker (que pueden ver aquí quienes lean inglés), Wyatt Mason revisa laboriosamente un buen número de rasgos cruciales de la obra de Javier Marías, por quien siente una evidente admiración. Sin embargo, el rasgo que más le llama la atención, con el que decide iniciar su largo ensayo, es el hecho de que Marías, por más de una década, haya publicado una columna semanal en la prensa española, y que esa columna no se haya circunscrito a temas estrictamente literarios, sino que haya lidiado también con cuestiones políticas.

"Los novelistas norteamericanos, típicamente, no escriben para la prensa", apunta Mason. "Es difícil imaginar a Philip Roth o incluso a Norman Mailer produciendo una columna semanal sobre política o actualidad", añade. Y tiene toda la razón. Pero el rasgo de Marías que sorprende a Mason no puede sorprendernos a nosotros, ni a centenares de millones de personas en muchos otros rincones del planeta, donde la prensa, cotidiana o eventual, el trabajo en los medios, y la opinión política, a veces incluso encarnizada y militante, parecen venir con el paquete del oficio literario.

En el Perú, por ejemplo, es difícil pensar en un narrador de cierta trayectoria que no calce con ese aparente requisito: Vargas Llosa, Bryce, Cueto, Gutiérrez, Elmore, Bayly, Niño de Guzmán, todos son columnistas o articulistas habituales; otros, como Ampuero, son periodistas políticos de carrera; Prochazka ha publicado mucho en áreas ajenas a la literatura; Iván Thays tiene ya buenos años en la televisión, y tuvo otros tantos de columnista, y aunque sea el que más se mantiene dentro de un marco estrictamente literario, o libresco, está claro que la televisión, y ni qué decir el blog, son medios que Mason encontraría peculiarmente sorprendentes en un novelista. (Quizá Rivera Martínez sea el más ajeno a los medios en el top ten de nuestra narrativa).

No es simplemente que la economía empuje a los escritores a otros campos: se trata de una larga tradición en muchos lugares del mundo, presente secularmente en América Latina, una tradición que ve a los escritores como opinadores, observadores, como críticos de su tiempo, y también, para usar el término que prefiere Vargas Llosa, como francotiradores. No es extraño, además, y el mismo VLL nos lo recuerda, que esos observadores se conviertan en actores políticos protagónicos.

Es incluso reconfortante ver que, en un país como el nuestro, que ha bajado la escalera del horror intelectual como quien se arroja por un tobogán, sobreviviendo a la estupidez orgánica de gobiernos como los de García, Fujimori y Toledo, los novelistas tengan todavía un espacio en la prensa. ¿O será sólo un rezago del pasado, ya vaciado de sentido? ¿Tienen de verdad los escritores, todavía, algún prestigio social?

A veces tengo la impresión de que ese prestigio es únicamente, por decirlo así, lingüístico: la gente puede agradecer y admirar el estilo de una columna bien escrita, una crónica por encima del promedio, puede aplaudir al que escribe bonito y reconocerle un valor intrínseco a ese talento. Pero eso no quiere decir que le reconozca a la opinión de los escritores (al contenido de esos textos) una importancia especial, o, si quiera, alguna importancia a secas.

Siempre he tenido la ingenuidad de creer que no se puede escribir La casa verde sin una comprensión única de ciertos problemas sociales complejos; que no se puede crear Un mundo para Julius sin detectar profundamente la mecánica del prejuicio y la discriminación; etc. Pero todos sabemos lo que se decía de Vargas Llosa en esa segunda vuelta del año 1990: una cosa es la ficción y otra es la vida; una cosa es escribir bonito y otra es comprender las cosas. En la imaginación de la calle, la distancia entre literatura y realidad parece enorme, gigantesca, insalvable.

Quizá hoy los escritores tienen un espacio en la prensa no porque sus opiniones sean atendibles. Quizás, más allá de la perspicacia y la inteligencia que puedan desplegar en sus textos, ahora tienen ese espacio por el motivo opuesto: porque, para la gente, sus voces son inocuas, secundarias; sonoras y bien articuladas, sí, pero incapaces de hacerle daño a nadie. Quizás, ahora sólo están allí para divertir.

12.11.05

Muere, momia, muere

Reconocido lingüista español abandonando el local de la Real Academia (Fotomonjate: gfp).

Ya que, a raíz del post sobre la tartamudez cervantina y el nuevo Diccionario panhispánico de dudas lanzado por la Real Academia Española, algunos comentaristas llegaron al tema del spanglish (¿o será espánglish?), me pareció oportuno traerles este artículo de El País, que deja una cosa bastante clara: pese a que el diccionario fue presentado como un "nuevo esfuerzo democratizador" de la RAE en su empeño por trabajar descentralizadamente con las academias latinoamericanas, la intención de este diccionario es la misma de siempre: que el capricho de estos señorones se transforme en orden para todos; que todos aprendamos a hablar como se debe, es decir, como ellos. (Una observación de estos puristas resulta particularmente graciosa: en su afán por impedir que el español se anglifique, recomiendan, entre otros cientos de cosas, que uno no llame thrillers a los thrilles sino, castizamente, "películas de suspense"... ¿Y suspense, digo yo, por qué resulta más castizo que thriller?).